Con la miel en los labios 15 Quienes lo tienen todo #6
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15 Quienes lo tienen todo #6

Eso le hizo gracia y resopló por la nariz.

Típico de Reyes, comparar su disyuntiva laboral con matar a un bicho.

Inspiró hondo, espiró aún más hondo. Todavía tenía que darle un par de vueltas más, pero ahora que veía la situación bajo aquella nueva luz ya no sería capaz de apagarla.

El problema siempre había sido él. El problema siempre había sido creer que podría salir entero de un sistema caníbal.

En algún momento, Reyes pasó de darle palmaditas a posarle la mano en la nuca, y un estremecimiento cálido descendió escalón a escalón por su columna.

Gon no abrió los ojos, ni dejó de respirar rítmica, profundamente.

Pero cuando además le dio un breve apretoncito de ánimo tuvo la corazonada de que después hundiría los dedos en su pelo, como siempre hacía la Avispa de Nascente, así que aguardó muy quieto, expectante. Hasta contuvo el aliento y todo.

No lo hizo, claro. A fin de cuentas, Reyes no era René.

—¿Qué tal tu estómago?

La pregunta lo confundió. Al menos hasta que una oleada de hambre le estrujó con garras férreas, forzándolo a enderezarse como electrificado. Reyes rio otra vez; Gon lo miró, incrédulo.

—¿Cómo…? ¿ ¡ Cómo!?

—Créeme —casi ronroneó, teatral, mientras apartaba la mano por fin (sus yemas resbalando brazo abajo, levantando escalofríos a su estela)—. Soy experto en nervios. Esta noche te dará cagalera y mañana te levantarás como nuevo.

—Dios, qué guarro eres.

—Ah, ¿también te escandaliza hablar de caca?

—Reyes, acabo de recuperar el apetito, te suplico que no me lo quites tan rápido.

El muy desgraciado puso los ojos en blanco, rimbombante, y sacó el móvil para consultar la larga lista de restaurantes que tenían pendientes. «Que esto hay que celebrarlo», dijo, antes de recitarle los más caros.

Del crepúsculo ya no quedaban ni los restos.

Cuando a la noche siguiente le anunció a Bego la buena nueva, ya había cerrado el trato con su tío.

Óscar le había incluso vitoreado, arreando palmadas al volante de su carísimo BMW, asegurándole en manos libres que «iban a reventar» y que «eso es lo que necesitan estas nenas, un poquito de kung fu basket ».

Gon había tenido tanto miedo de que alguien se le hubiera adelantado que la gracieta ni siquiera le molestó.

De hecho, ni se acordó de ella hasta que Bego se le abalanzó como una leona en la sabana, rugido incluido:

—¿¡Cómo!? ¿¡Cuándo!? ¿¡Desde cuándo!? ¿¡Cuándo empiezas!? ¡Cuándo todo!

Gon se rio, derribado en el sofá.

—Esta mañana. Empiezo después de Semana Santa, y ya he hablado con Nadia. Han aceptado compensarme el preaviso de baja con mis vacaciones pendientes, así que adiv…

—¡Dios mío! —aulló ella, emocionadísima, seguido de un chirrido ultrasónico sin palabras—. ¡Que te vas del Stardust! —Otro chirrido—. ¡El mejor regalo de mi vida!

—Oye —farfulló Gon, voz ahogada bajo el peso de su novia—, que por nuestro aniversario te regalé unas cincuenta mil abejas.

—Bah.

Pero continuaba sonriendo ampliamente mientras le tironeaba de la camiseta para que se incorporase con ella. Gon rio otra vez. Así, quería quedarse así para siempre, acurrucados en el sofá con sus piernas sobre las suyas y sus manos en su pelo corto.

—¿Y cuándo lo decidiste?

Bego sonaba como si les hubiera tocado la lotería. Quizá les había tocado la lotería.

—Ayer. Reyes prácticamente me arrastró a Debod para que me decidiera de una vez. —Puso los ojos en blanco—. Bueno, más bien para obligarme a aceptar.

—Ah. ¿Por eso cenasteis juntos?

—Yep —Gon odió reconocer el tonillo ufano de Reyes en su propia voz—, para celebrarlo.

Sin embargo, ella frunció el ceño. Muy poco, casi imperceptible, pero ahí estaba.

—¿Qué pasa?

—Ah, nada, nada. —Se echó un poco hacia atrás—. Es solo que… Bueno, me hubiera gustado estar ahí también.

Gon sonrió, sintiéndose un poquito culpable, aunque tampoco demasiado. Desde que había colgado el móvil esa mañana todo le pasaba como flotando, esponjoso y dulce. Volátil. Suponía que era alivio.

—Perdona. Es que quería decírtelo una vez estuviera ya todo cerrado, en plan sorpresa.

Eso pareció ablandarla.

—Al que le han dado trabajo de lo suyo es a ti, Gon, no a mí.

—Pero sabía que te haría ilusión…

—¡Y me hace! —Bego sacudió la cabeza, como hacía cuando quería concentrarse en algo.

En una receta, un examen, un problema. Se inclinó para darle un besito rápido en la punta de la nariz y Gon se dejó hacer, amodorrado de felicidad—.

Bueno, pues ahora te toca celebrarlo por segunda vez, conmigo. Por listo.

Él volvió a reír. Si le hubiera dicho al Gonzalo de cinco meses atrás que pasaría la Semana Santa holgazaneando con Bego y preparándose para su nuevo trabajo mientras quedaba casi a diario con dos apicultores de Guadalajara, habría llamado a urgencias psiquiátricas.

Por supuesto, el Gon de ahora tampoco acabaría de creérselo hasta no haber firmado el contrato, hasta no haber superado su primer entrenamiento, hasta no haber cobrado la primera nómina, pero de momento estaba simplemente disfrutando la sensación de que por fin su vida despegaba.

—Contaba con ello.

Firmó la baja voluntaria entre vítores y aplausos, sus (pronto ex) compañeros convirtiendo el día entero en una ceremonia en toda regla. Incluso el momento de fichar fue diferente, incluso limpiar la encimera de leche fue diferente. Todo fue diferente.

Por la noche, puso el último café con la primera sonrisa auténtica que ese trabajo del diablo le había sacado jamás, y luego se quitó el delantal, lo colgó en su percha (que ya no era suya) del almacén y apagó las luces al salir.

Afuera, sus (ahora sí) excompañeros lo esperaban para celebrar por tercera vez que ya no pasaría ni una sola hora más allí metido.

El día previo a estrenarse como entrenador en Pozuelo, Gon despertó sintiéndose ligerísimo.

En el sueño, René paseaba por entre infinitos campos de lavanda bajo la atenta mirada del custodio.

En la realidad, Bego respiraba entre sus brazos con la placidez de las vacaciones.

Habían trasnochado otra vez con Titi y Reyes, pero no se encontraba cansado, y aún faltaban muchas horas para que el nerviosismo del día siguiente asomara por la puerta.

Con cuidado de no despertar a Bego, se levantó y se vistió con ropa de estar por casa, arrugada y vieja y cómoda, y después de la paradita de rigor en el baño pasó de puntillas al salón para hacerse un café.

La luz de media mañana iluminaba el revuelto de mantas sobre el sofá cama abierto, señalando como con fuegos artificiales el rojo cada vez más rojo del pelo de Reyes.

Sonriente, Gon se acodó sobre el respaldo del sofá, dispuesto a despertarlos de un susto, pero cambió de idea al instante, primero porque vio que Titi no estaba y segundo porque Reyes parecía tan a gustito, enrollado en su manta y en la de su amiga, que le dio pena romper el hechizo.

Aunque hubiera dado igual, porque entonces el chaval se estiró, bostezando como un dibujo animado, y se giró hacia él con los ojos hinchados de sueño y el relieve del sillón marcado en la mejilla. Gon sonrió aún más.

—Buenos días.

Reyes también sonrió, aunque en lugar de desperezarse volvió a cerrar los ojos y arrebujarse bajo las mantas.

—Es la casa más calentita en la que he estado nunca —dijo por todo saludo, con voz ronca.

—Ventajas de la calefacción central. Disfrútala, porque en una semana la cortan ya hasta noviembre.

El mohín que puso en respuesta le hizo gracia, y alargó la mano para apartarle un mechón cobrizo de la cara. Reyes hizo un ruidito mudo mientras refrotaba la mejilla contra su palma como un gatete, sin hacer ni el intento de espabilarse. Le faltaba ronronear, vaya.

De pronto, Gon fue consciente de lo que estaba haciendo, así que apartó la mano como si quemara (como si Reyes quemara). Confuso, Reyes abrió los ojos, aunque gracias a Dios reaccionó enseguida:

—Titi se ha ido ya —carraspeó, ahora rígido bajo las mantas—. Tenía lo de…

—Ya —le cortó él, igual de rígido—. Nos avisó ayer.

Le picaba la mano con la que lo había tocado.

Le picaba todo. Y, sin embargo, durante esa Semana Santa había ido recuperando las fuerzas que el Stardust le había sorbido, y, con ellas, la capacidad de pensar con claridad.

Aquel era su último día de vacaciones antes de empezar su nueva vida; no iba a estropearlo con idioteces.

No se lo merecía. No se lo merecían ninguno de los dos, de hecho.

Así que suspiró y preguntó:

—¿Café?

Y Reyes sonrió y contestó:

—Sí, porfa. Pero con…

—Miel, sí —volvió a interrumpirle, mientras se encaminaba hacia la cocina—. ¿Cuál te apetece?

—Hoy me he levantado con antojo de romero.

En Quin’Xa, los enamorados se regalaban miel de romero cristalizada al formalizar su unión, un símbolo de que su amor pasaba a otra etapa, de que estaban preparados para cambiar, juntos. «Miel de latido», la llamaban.

Allí, en cambio, no significaba nada. Solo era otra miel dorada más.

—Marchando —dijo Gon, con su mejor voz de barista.

—Gracias —contestó él, con su mejor voz de cliente.

Se mordió el carrillo para contener la sonrisa.

—A ti .