Con la miel en los labios 15 Quienes lo tienen todo #5
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15 Quienes lo tienen todo #5

Reyes tomó el móvil con cuidado, estrechando ojos y labios en un gesto de concentración.

Él lo contempló sin decir nada, sin darse cuenta de que le había abierto la puerta.

A su alrededor, turistas y parejitas trataban de rapiñar un hueco en la balaustrada para disfrutar también de los últimos retazos de crepúsculo, pero, aunque Gon sabía que lo más educado sería cederles el suyo (esa conversación podrían mantenerla en cualquier otro sitio), no se movió.

Como con todo, una vez agarraba algo, ya no lo soltaba.

Su trabajo abusivo, su piso ruinoso, su inseguridad, su cabezonería, su odio.

Quizá el cepo siempre había sido él.

—Pero, Gon —dijo entonces Reyes, con una risita sin aire, tan blanda como su voz al guiarlo fuera del Stardust—, todo esto es morralla. Aquí te falta la razón principal.

Gon frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Si ni siquiera te lo reconoces ante ti mismo, mal vamos.

—Pero ¿el qué?

Con una ceja arqueada, Reyes le tendió su móvil y dijo:

—Que no aceptas la oferta solo porque viene de la familia de Bego.

Se quedó sin habla. Abrió la boca para rebatírselo, para negárselo, pero en su lugar boqueó como un pez fuera del agua, la mentira evitando su lengua.

Picadísimo, recuperó el teléfono de un zarpazo, rechinando tanto los dientes que creyó oír la fricción de hueso contra hueso alta y clara en mitad del mirador.

—Qué va —logró farfullar. Odiaba cada segundo que Reyes gastaba simplemente en mirarlo, paciente, paciente como el caimán—. A mí me da igual quién…

—No es verdad.

No «eso es mentira», sino «no es verdad». Hasta para eso sabía cómo responder, qué palabras elegir para amansarlo, y aunque ser consciente de que el chaval estaba usando la voz de cepo en su contra una vez más debería enfadarlo, lo único que consiguió fue romperlo.

Leyó la pregunta en sus labios. Reyes quería saber, quería entender qué le frenaba.

Reyes siempre quería saber mientras Gon nunca quería compartir.

Y, sin embargo, algún otro botón debió pulsar, porque entonces su cuerpo entró en piloto automático y contestó antes incluso de que Reyes alcanzara a formular aquel por qué:

—Porque, durante toda mi vida, otra gente ha estado ahí para solucionármela.

Mis padres me sacaron del orfanato, me dieron beca para un instituto privado por inclusión, mis hermanas me convencieron de ir a conocer mi propio país natal…

No he hecho nada por mí mismo. Nada. Lo único que salió de mí fue meterme al FP para entrenar equipos y mira lo bien que ha ido.

No puedo… —carraspeó, de pronto oxidado, estridente— No puedo seguir aprovechándome de todo el mundo.

«Parásito», pensó, y cerró fuertemente el puño alrededor del móvil.

Para su sorpresa (¿de verdad le sorprendía?), Reyes no se lanzó de cabeza a contradecirlo. Se limitó a rehuir su mirada, pensativo, como siempre dejándole su espacio aun estando pegados codo con codo.

—Y no me estoy quejando de haber tenido ayuda, que conste —añadió Gon, incomodísimo—. Sé que he tenido mucha suerte. Es solo que quiero hacerlo yo mismo, por una vez. Conseguir algo por mí mismo.

Lo vio asentir. Lo vio centrarse en juguetear con los abalorios arcoíris de la pulsera que Titi y él se intercambiaban tan de continuo que Gon no sabría decir a cuál de los dos pertenecía realmente.

Era de plástico, infantil, de colores saturados.

Siempre le recordaba a las que llevaban las niñas de su clase en primaria. Quizá la llevaban desde primaria.

Mil años después, cuando creía que había logrado escaquearse del tema, Reyes le preguntó:

—¿Dirías que yo me estoy aprovechando de mi familia?

Solo le salió balbucear:

—¿Qué?

—Eso. —Se encogió de hombros—. Yo ni siquiera tengo carrera o FP, pasé directamente al colmenar. Si terminé bachiller fue porque me obligaron mis padres. ¿Me estoy aprovechando de su trabajo duro?

Gon chasqueó la lengua.

—¡No es lo mismo! ¡Es un negocio familiar!

—La familia de Bego también es la tuya. Lleváis muchísimos años juntos.

—Pero es que solo lo hacen por ella —insistió, frustrado.

—¿Qué más da? —Y, esta vez, Reyes ya no sonaba tan suave.

Más bien firme, lógica aplastante. Le había hablado igual en la joyería, cuando le dijo que jamás encontraría un buen momento para pedirle matrimonio a Bego—.

Si te ofrecen un puesto para el que estás formado, ¿cuál es el problema?

No te están poniendo de CEO en el Stardust, Gon, relájate.

¿¡Que se relajara !?

—¡Hay gente más cualificada que yo para cubrirlo!

—Que no podría acceder a ese puesto porque ya has visto que se escoge a dedo.

¿Prefieres ocuparlo tú, que sabes lo que haces, o que se lo den al hijo del vecino solo porque le gusta Michael Jordan?

—Respiró hondo, negando con la cabeza. A su espalda, el sol volvía a casa y lo coronaba de rojo atardecer—.

La gente que tiene medios los va a tener toda la vida, y quienes no los tenemos no podemos agachar la cabeza y tragar porque es lo que quieren que hagamos.

Quieren que sigamos siempre en el mismo sitio.

Un ramalazo amargo le subió por la garganta. No quería… No quería que tratase a la familia de Bego como el enemigo. Aunque ¿no era eso lo que llevaba haciendo él siglos? Desconfiar de sus buenas intenciones, darles un doble sentido a sus palabras…

—No te sirve de nada vivir en la mierda, Gon —continuó Reyes, vehemente—.

¿A la mayoría de esa gente le importa una mierda explotar al resto pero eres tú el que se siente mal por aprovecharte de ellos?

¿Quién se está aprovechando de quién? Si el tío de Bego no te conociera, ¿crees que se hubiese molestado siquiera en hablar contigo?

—El tío de Bego no es… no es malo. Nadie de su familia lo es, por muy forrados que estén. ¿Qué culpa tienen ellos de que me sangren en el Stardust? Ni que fueran el de Amazon.

Reyes suspiró de nuevo.

—No estoy diciendo eso. Digo que quienes lo tienen todo no suelen pensar en quienes no tienen nada. Ni siquiera se les ocurre, no ven cuánto cuesta.

Silencio. Parte de Gon quería morder, decirle que quién se creía para predicar sobre esfuerzo cuando las marcas le pagaban por echarse una foto con sus productos, para no considerarse parte de quienes lo tenían todo. Era hipócrita, era…

—Oye… —Muy despacio, con mucho cuidado, Reyes se inclinó sobre la balaustrada para buscar su mirada.

Él se la devolvió, reticente—. No te lo tomes como un ataque, ¿vale?

Pero no vas a poder mejorar ni «hacerlo por ti mismo» si estás demasiado ocupado sobreviviendo.

Piensa que, incluso si todo saliese bien y te renovaran, no es para siempre.

Puedes seguir buscando por tu cuenta otros trabajos, pero ya más tranquilo.

Y, en cambio, si todo saliese mal… Bueno, tú mismo lo has dicho, ¿no?

La familia de Bego no es mala. Quieren ayudarte, no juzgarte.

Nunca lo había pensado así. Se había obcecado en… en no perder.

—Ahora mismo el trabajo duro no sirve de nada sin la suerte.

—Reyes le dejó desviar la vista para seguir rumiando sus palabras—.

Yo tengo la suerte de heredar el colmenar y tuve la suerte de poder sacarle partido porque a Internet le hago gracia.

Si no, habríamos tenido que venderlo, y yo me habría quedado de patitas en la calle sin estudios.

—Una pequeña pausa, un pequeño paso que lo pegó aún más a él—.

Bego tiene la suerte de haber nacido en una familia adinerada; tú, de que esa familia te extienda su influencia.

Todo el mundo necesita un empujoncito alguna vez, y a ti te ha tocado ahora. Aprovéchalo.

Esa idea le gustaba. Era mucho más fácil de digerir que la del mérito.

Si podía aceptar que a los demás les sonriera la fortuna sin desmerecer todo el empeño que le habían puesto para sacarlo adelante (Bego escalando dentro de su compañía a dentelladas, Reyes trabajando día y noche en sus redes), ¿por qué medirse a sí mismo con distinta vara?

¿Por qué se tomaba la suerte como un insulto?

Cuando volvió a mirarlo, Reyes sonreía como un crío travieso. Le hizo sentir un poco tonto, para variar, pero era un sentimiento más cercano a encontrarse las llaves en el bolsillo después de darlas por perdidas que a creerse total y completamente inútil.

A lo mejor sí que podía permitirse un poquito de suerte. A lo mejor aceptar aquel empujoncito no significaba rendirse, o que no valiera, o que no se lo mereciera.

A lo mejor solo era eso, suerte.

—Mientras no vayas con el cuento de que todo lo sacaste con currártelo y que absolutamente cualquiera podría conseguir lo mismo sin contactos, todo irá bien.

—Jamás haría eso.

—Lo sé —dijo Reyes, sonriendo aún más—. Por eso estás al borde del colapso en vez de llevar cuatro años trabajando en un cole privado.

Se le escapó la carcajada. Fue corta, más una exhalación que otra cosa, pero le vació la angustia de una cucharada, rebañando hasta los huesos.

Nunca había sido consciente de cuánto pesaba.

Su ausencia le dejó los nervios flojos de haberlos mantenido tensionados durante semanas (durante años) y ganas de dormir tres días seguidos.

Derrotado, se dobló en dos para descansar la frente en sus brazos, y la risa de Reyes le llegó amortiguada mientras le daba palmaditas en la espalda.

—Ea, ea, ya pasó, ya pasó —canturreaba, divertido—. Qué dramático te pones con las decisiones, hijo. No querría yo verte teniendo que elegir entre jubilar a una abeja reina o aguantarla un año más.