Con la miel en los labios 15 Quienes lo tienen todo #4
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15 Quienes lo tienen todo #4

—Entonces tú decides cómo prefieres ver morir a tu custodio.

Kara captó el instante exacto en que Jez’bel decidió dejarlo ir.

Ocurrió largos, larguísimos segundos después, tras toda un batalla consigo misma.

Retrocedió un paso, luego otro, y luego soltó su camisa, a la que se había aferrado con zarpas de hierro.

Tenía los ojos hinchados de llorar y los labios fruncidos en una fina línea.

A los dos Karas esa mínima distancia que ahora los separaba de ella les pareció abismal.

—No serás el mismo después.

Otra profecía.

—Así que, encuentres lo que encuentres en Nascente, ten en mente que quise escudarte de ello. Que te pedí que te quedaras otra vez, y que fuiste tú quien eligió marcharse otra vez.

Kara asintió. No había más respuesta posible.

—Ve, pues. —Y su voz sonaba rota—. Muere por la Avispa como no morirás por tu reina.

—Jez’bel —dijo, sin aire—. Volveré a tu lado.

Ella negó con la cabeza.

—No. Si vuelves, volverás al Panal, pero no a mi lado.

Kara tardaría trece días y trece noches en comprender que aquello no era una sentencia.

Era simplemente la verdad.

Gon tardaría mucho más.

Jamás lo reconocería ante nadie, pero cuando Reyes Cisneros entró en el Stardust aquel jueves a las 16:08, a veinte minutos del final de su turno, le pareció que el mismísimo sol bajaba del cielo a liberarle.

Le pareció que el tiempo se ralentizaba, que frenaba en seco para girarse a mirarlo, un agujero negro de pelo rojo y rompevientos amarilla.

Aunque lo peor fue lo mucho que tardó Gon en darse cuenta de que estaba conteniendo el aliento.

—¿Qué haces aquí? —espetó por todo saludo, inexplicablemente nervioso.

A Reyes no debió de ofenderle la bienvenida, porque sonreía al contestar:

—Mi madre me dijo que quería sus palmeritas.

—Y yo te dije que no quería que condujeras.

—Pesan más los deseos de una madre, Gon —rio, dicharachero—. Venga, quita ese getuño, que al final no me ha pasado nada, ¿no?

—Hasta que te pase.

El resoplido de Nadia le llegó alto y claro desde algún punto posterior.

—Dios, son insoportables.

—Han pasado de odiarse como enemigos a odiarse como un matrimonio —asintió Carol, sin siquiera mirarlos—. Un caso digno de Cuarto Milenio.

—¿Llamamos a Iker?

—¡Eh! —protestó Gon, fulminándolas con la mirada antes de girarse de nuevo hacia Reyes—. Y tú no te hagas el listo. ¿A qué vienes?

—Habíamos quedado —respondió, con una sonrisa tan falsa como angelical—. ¿No te acuerdas?

—Sí, el sábado. Eso es pasado mañana.

—Me gusta llegar pronto a mis citas.

Su gruñido fue la mar de genuino, pero solo consiguió que Reyes soltara otra risita entre dientes.

—Bueno, ¿vas a pedir algo o qué?

—¿Invita la casa?

—No.

—Sí —resopló su supervisora, apartándolo con un empellón del TPV—. Gon, a recoger bandejas. Me quedo yo ya en caja hasta que llegue Recla.

Y, como invocado, el propio Reclamaciones Récords se unió al circo en ese preciso momento, atravesando las puertas automáticas con un bostezo tan enorme que le saltaron hasta lagrimitas.

Ni siquiera pareció sorprendido de ver allí a Reyes, como si aún fuera Navidad y le preparase un matcha con coco a Titi cada día.

—Hablando del rey de Roma —masculló Nadia.

—Que por la puerta asoma —terminó este, satisfecho por alguna razón desconocida, mientras saludaba a Reyes chocando los puños—. ¿Qué, vienes a hacerle entrar en razón, my man ?

—Nah. Nunca emprendo negocios abocados al fracaso.

Gon frunció el ceño. Los había oído de pasada, según salía de la barra bayeta en mano, pero estaba seguro de haberlos entendido bien.

—¿Hacer entrar en razón a quién?

—¿A quién va a ser? —Carol puso los ojos en blanco—. De verdad que…

—¿Te ayudo? —se ofreció Reyes.

—Otro que trabaja gratis por vicio, como la Bego.

El aludido se volvió hacia Recla, teatral:

—Todo se pega, menos la belleza.

—Lamentablemente —suspiró Nadia.

—Lamentablemente —concedió Reyes.

En contra de su voluntad, Gon sonrió, así que se mordió el carrillo para disimularlo. Ocupó lo que restaba de su turno limpiando mesas mientras los escuchaba ponerse al día y de pronto ya era hora de salir. Todo un milagro, porque normalmente los últimos minutos se le hacían eternos…

Al salir de recoger sus cosas del almacén, Reyes le ojeó de arriba abajo. Él se removió, incómodo.

—¿Qué?

—¿Has comido?

—Sí.

—No —corrigió Nadia de nuevo, aún recta como un centinela tras el terminal.

Reyes enarcó una ceja, inquisitivo.

—No tenía hambre.

—Cuando está estresado se salta comidas —añadió Carol.

Los odiaba (los quería).

—Bueno, pues ya sabemos cuál va a ser nuestra primera parada.

—En serio —graznó Gon, más incómodo incluso—, tengo el estómago cerrado. Si intento comer algo, lo echaré.

El gesto de Reyes se suavizó. No le gustó. Ni eso ni tener que admitir lo mucho que la ansiedad le afectaba en el día a día.

—Vale —respondió, blandísimo, y luego le dio un toquecito en el codo con la punta de los dedos para guiarlo hacia la salida.

Al final, Gon accedió a tomarse un helado.

De yogur, porque Reyes tenía una obsesión insana con los helados de yogur (la dependienta hasta se conocía su orden de memoria), pero los trocitos de fruta que llevaba le sentaron bien.

Tanto, que fue por rebuscarlos que acabó terminándose la tarrina entera.

«Todo se ve mejor con el estómago lleno», solía decir su madre.

Ojalá su estómago no se lo pusiera tan difícil.

Siguieron el mismo camino de siempre, solo que sin Titi ni Bego.

Bajaron por Leganitos, Gon entró a comprar unas cosas al supermercado chino (Reyes se agenció un zongzi para después y se lo guardó en el bolsillo de la rompevientos como si fuera una simple bolsa de quicos), cruzaron la ya vieja nueva Plaza de España y subieron sin pensar la escalinata del templo de Debod.

Como seguramente abril rompiera en tormentas en cuanto empezara Semana Santa, los madrileños aprovechaban la cálida tregua de finales de marzo ocupando por entero el parque.

Parejitas paseando, carritos de bebés, mantitas de picnic, influencers sacándose fotos delante del templo egipcio…

Gon señaló a la más cercana con su cucharilla de plástico, esbozando una sonrisita burlona; Reyes le contestó que ya haría un directo más tarde, cuando estuvieran a punto de irse.

Se acodaron en la barandilla del mirador por inercia, por costumbre.

Madrid al atardecer era un espectáculo.

Quizá su ciudad careciese del encanto de las grandes capitales europeas, o de otras ciudades más pequeñas de España, pero a él le parecía preciosa.

No solía pensar mucho en eso; Madrid era Madrid, no el lugar donde había nacido pero sí donde había enraizado, así que hasta que no puso pie en China no había sido consciente de cuánto la echaría de menos si se fuera.

Al país entero, en realidad. Aquel era su hogar. No necesitaba nada más.

—Es por la sustitución, ¿verdad?

¿Eh?

Volvió el rostro hacia Reyes, un tanto descolocado. Había esperado que le preguntara por su rabieta del día anterior, o que allanase el terreno como siempre, sorteando el asunto. Jamás se le habría pasado por la cabeza que le sacaría el temita del trabajo.

Se sintió ligeramente traicionado. Reyes era su espacio seguro. Reyes no le obligaba a hablar de lo que no quería hablar. Reyes le coloreaba los días, no los tiznaba de la misma ansiedad que le reconcomía el tiempo restante.

Quizá tomando su silencio por respuesta, el chaval continuó:

—¿Cuándo tenías que contestar?

Él desvió la vista y buscó un punto fijo donde que clavarla. Siempre era más fácil concentrarse cuando no tenía que preocuparse del resto de su cuerpo. El Palacio Real le devolvió la mirada desde la lejanía, inmutable y gris y azul.

—Pasado mañana.

—Ah.

Sonó a «Ahora entiendo todo». Lo cual le molestó, porque le molestaba todo lo que tenía que ver con Reyes conociéndole tan bien; y al mismo tiempo le quitó un peso de encima, porque así se ahorraba explicaciones.

—¿Sabes ya lo que vas a decirle?

Era extraño, cómo conseguía que su voz adquiriera ese tono enteramente conversacional, pero Gon también empezaba a conocerlo, y podía detectar sus intenciones, latentes bajo la pregunta como el caimán bajo el fango.

Sin embargo, había sido él mismo quien le había pedido opinión aquel día, mientras volvían en coche de Cifuentes…

«Normalmente esperas hasta el último milisegundo para pedir ayuda», había dicho sin mirarlo, aquel otro atardecer rasgándole el rostro en dos. «Sobre todo a mí».

Hoy sí que tenían más de veinte minutos para hablar, así que habló:

—No.

Bueno. Menos da una piedra, ¿no?

A su lado, Reyes suspiró. Sí, Gon también se sentía un poco así.

Podría decirle que las visiones se lo estaban poniendo mucho más difícil.

Que el miedo de quedarse en la estacada tras la sustitución era igual de intenso que el miedo de que lo echaran del Stardust por no dar la talla, por quedarse ciego y paralizado mínimo una vez por turno, por haberse convertido en un peligro andante.

Que tenía pánico de no dar la talla tampoco allí, en Pozuelo.

De decepcionar a unas chiquillas a las que había visto una única vez en toda su vida, a la familia de Bego y a la propia Bego.

Si jamás lo intentaba, jamás fallaría. Pero, si jamás lo intentaba, no tendría derecho después a quejarse del callejón sin salida que era su presente.

Y, desde luego, si jamás lo intentaba tampoco jamás tendría éxito.

Quería intentarlo. Le picoteaban las puntas de los dedos solo de pensar en arreglar el descosido, ayudar a ese equipillo local a ser de nuevo una única máquina bien engrasada y no un revuelto de retales.

Pero es que…

—¿Quieres que hagamos una lista de pros y contras para cada cosa?

—Ya las tengo hechas —gruñó, y sacó el móvil para enseñarle el conjunto de pretextos mal escritos que había ido apuntando a lo largo de los días—. Mira.