15 Quienes lo tienen todo #3
—Va.
No sabía cómo se sentía, o cómo debería sentirse.
¿Era así de fácil amansarlo o es que Reyes ya le tenía pillado el tranquillo?
Seguía dolido, inquieto y agraviado por sus reencarnaciones, todo al mismo tiempo, pero antes la muerte que admitir que la idea de ver al culpable de aquellas emociones le destensaba hasta el último músculo.
Esperó mientras oía a Reyes teclear una, dos, tres veces, cada una intercalada con las pausas correspondientes a las respuestas de su madre. Por mantenerse ocupado, Gon se dedicó a comprobar las fechas de caducidad de los bricks de leche. Todo en orden.
—Ea, ya estoy.
Sonrió en contra de su voluntad.
—¿Qué quería al final?
—Ah, lo de siempre, las palmeritas estas de chocolate… ¡Y yo pensando que era algo importante! Bueno, eso, que subo al coche y voy.
—No.
—¿No?
—En coche no.
—¿Por qué?
—Porque podrías tener una visión mientras conduces.
—Oh.
Tercer silencio. «Por favor», pensó Gon, aunque no sabía qué estaba pidiendo.
—Pero a estas horas ya no pasan buses…
Por supuesto. La suerte nunca le sonreía mucho.
—Pues entonces nada —se forzó a responder—. Tampoco es urgente…
—No, no. —Su voz sí sonaba urgente—. Voy despacito y punto.
—Que no, Reyes. —Chirrió los dientes. Mira que emocionarse para nada… Casi se sentía peor que antes. Más frustrado, más al límite—. Total, hemos quedado este finde, ya te subirá Titi el sábado.
Ninguno quiso decir en alto lo que suponía depender de Titi.
Gon se había malacostumbrado a tenerlo en cualquier momento, con cualquier excusa; lo cual, en parte, exponía la raíz principal de su estallido: lo mucho que se resistía a renunciar ni a un segundo de Reyes Cisneros.
Aunque esta vez no le quedaba otra opción.
Gon resopló. Últimamente solo parecía tener dos estados de ánimo; o enfadado o cansado, o peleaba o se rendía.
Con Reyes, además, parecían darse siempre a la par.
Se despidieron rápido, un par de adioses anticlimáticos que no lograron cerrar la conversación, como seguir hambriento ya habiendo pagado la cuenta. Le inquietó comparar a Reyes con el hambre.
No, con el hambre no.
Con saciarse.
Sin embargo, poco tiempo tuvo de diseccionarlo, pues al salir del almacén un cliente le exigía a Recla una hoja de reclamaciones, así que suspiró y acudió en su ayuda con su mejor sonrisa de cara al público, que no era ni de lejos su verdadera mejor sonrisa.
Cuando acudió a la llamada de su reina, la encontró sentada en el trono muy recta, muy pálida, muy todo.
Las cejas perfectamente maquilladas con uno de tantos colores tierra que habían comprado juntos eones atrás en el mercado (jamás sabría diferenciar cuál), el cabello recién cortado, los labios recién humedecidos.
Le resultaba extraño que lo hubiera citado allí a esas horas, el crepúsculo ya cercano a su fin.
¿Tanto había decaído su relación que ya no lo quería en su realera?
¿Debía convocarlo a la sala del trono, para recordarle su lugar?
Estaban solos.
Eso, al menos, lo consoló. Significaba que Jez’bel no necesitaba más guardias que el propio.
O que no quería público.
Al llegar a los pies del trono, ella descendió los tres peldaños que los separaban a paso lento. Kara no supo identificar su expresión, lo cual le encogió el estómago. Aún más al distinguir cómo aferraba un papel arrugado, el sello escarlata asomando entre sus dedos.
Nascente.
—Kara —empezó, voz velada—. Escucha…
Por un momento, creyó que iba a tenderle la carta.
Luego, por cómo tomó su mano entre las suyas, que se la incrustaría en la palma.
Pero lo que hizo fue quedarse inmóvil así, con la misiva escondida bajo el negro guante de su custodio, como si pudiera hacerla desaparecer con solo sacarla de su vista.
Ella miraba sus manos unidas, él la miraba a ella.
La miró durante un lapso infinito de tiempo, mientras la noche caía y caía y su reina callaba y callaba.
Trajera el mensaje que Dijera lo que dijera la carta, Kara no quería escucharlo. Quería vivir el resto de su vida en aquel limbo en el que ella seguía buscando las palabras correctas y él seguía en la más pura ignorancia.
Porque lo sabía, lo sabía.
Sabía qué salía de sumar una misiva de Nascente, una sala del trono vacía y una audiencia con An’Ser Kara.
Con la delicadeza de quien no quiere realmente hacerlo, Kara extrajo la carta prensada entre sus palmas con la mano libre y la leyó.
Para su sorpresa, el pánico llegó después, una vez hubo respirado hondo, asentido, dejado un beso sobre los temblorosos nudillos de Jez’bel.
Ella dejó escapar un gemido trémulo, confusa, pero Kara no sentía ni un ápice de confusión.
A fin de cuentas, nunca habían tomado el destino de la Avispa de Nascente como una posibilidad, sino como una profecía.
Por mucho que hubieran deseado, soñado o prometido, siempre habían sabido que caminaban en dirección a un callejón sin salida.
Lo único que no habían esperado era que Nascente les diera opción a cambiarlo.
—No es real —trató de convencerlo Jez’bel mientras él se cuadraba para despedirse—. Es un cebo. Te necesito aquí, conmigo, movilizando el ejército.
Kara retrocedió un paso y su mano resbaló de entre las suyas como muerta.
—Confiaré tu custodia al An’Ser de tu madre antes de partir.
Dos Karas coexistían en su interior en ese momento:
El que aullaba y chillaba, escondido en el fondo de su cerebro, solo reconocible en la celeridad con la que su pecho subía arriba y abajo; y el que hablaba con voz firme y rostro neutro, una coraza de arterias y venas.
Memorias, estrategias, súplicas y maldiciones se sucedían a toda velocidad, un tornado que lo arrasaba todo a su paso, pero la coraza se quedaba con lo necesario y echaba los restos a los gritos, que los consumían con una voracidad únicamente comparable al fin del mundo.
—Kara —insistió ella, y de pronto su voz le venía desde atrás. Tardó en darse cuenta de que le había vuelto la espalda y que ya atravesaba los portones de la sala del trono—. Kara, espera. ¡Kara!
Pero no podía esperar, porque si frenaba un solo segundo el tornado perdería impulso y se disolvería, exponiendo el horror que tanto luchaba por aplastar.
Así que no, no. Seguiría adelante, bajando escalinatas, impartiendo órdenes, cediendo todo impulso a la coraza.
No podía depender del Kara interior. No podía escuchar al miedo.
A su alrededor, zánganos y obreras asentían con ojos asustados, revoloteando en busca de custodios y princesas, disgregándose tan rápido que Kara olvidaba al instante lo encomendado a cada uno.
Siempre había creído que un pánico así sería ensordecedor, incapacitante. Había creído que en el segundo en que supiese que los Gemelos habían descubierto las artimañas de su Avispa se caería a pedazos, desmembrado de espanto.
Y quizá así hubiera sido, de no ser por la invitación.
La invitación convertía el pánico en miel; mitad insulto mitad esperanza.
Antiséptica, cubría sus heridas de pegajoso ámbar hasta hacerle obviar que aún sangraban.
Jez’bel lo seguía a la zaga, tratando de retenerlo, y el Panal entero miraba hacia otro lado.
Nadie quería violentar la intimidad de su reina ni aunque a ella le diera igual desplegarla en mitad del vestíbulo principal, donde cualquiera podía verla.
A Kara también le daba igual, porque no era Kara. Era la coraza.
— Por favor.
Fue lo único que lo empujó a resurgir, aunque fuera por un instante. Jez’bel nunca suplicaba. Una abeja reina jamás se rebajaba a tales argucias. Lentamente, Kara se giró a mirarla.
Mala idea. Nada más hacerlo, fue consciente de que aquello era real. Y abrió la boca para hablar, para explicarle que debía partir enseguida, que los demás custodios y guardias mantendrían el Panal a salvo y que se reuniría con su ejército en la frontera en cuanto regresara de Nascente.
Pero lo único que abandonó su garganta fue un sonido grave, animal, más advertencia que quejido y más quejido que súplica. «Déjame ir».
—Por favor —repitió Jez’bel, y si alguna vez la había visto Kara sollozar por alguien más que por sí misma no lo recordaba. Quizá era la primera—. Por favor, no vayas.
A cada segundo que pasaba quieto, más líquido se tornaba el pavor. Resbalaba, resbalaba. Si permitía que el verdadero Kara hablase ya no podría volver a refugiarse en el otro. Debía mantenerlo a raya. Los soldados no gritaban. Los soldados no sentían miedo.
—Jez’bel —probó—. Jez’bel, debo irme, debo m…
Y dio media vuelta para hacerlo, ignorando el repicar de sus tacones sobre los escalones del vestíbulo. Siempre sería más lenta que él.
—¡NO! ¡Kara, no, por favor! ¡Por favor!
Jez’bel rompió a llorar.
El custodio siguió andando, un autómata, un fantasma. Cuando Jez’bel impactó contra su espalda en un intento fútil por impedirle abrir la puerta trasera a las caballerizas él solo cerró los ojos, enterrando aún más hondo al Kara que chillaba.
—No vayas —gimió ella en su oído—. No vayas, no volverás, por favor, no vayas, seguro que es una trampa y no puedo, no quiero… —La mano de la coraza se cerró alrededor del pomo—. ¡PARA!
Y:
—¡NO VAS A CRUZAR ESA MALDITA PUERTA!
Y:
—¡ES UNA ORDEN, ZÁNGANO!
Demasiados años cumpliendo órdenes como para no reaccionar a ellas por instinto, sin pensar. La autoridad de su princesa era ineludible incluso para el Kara interior, a leguas y leguas del mundo real.
Se permitió salir. Se permitió ser arrollado por el terror, por la urgencia, por la desesperación, solo para encararla una última vez y decir:
—Mi reina.
Esperó a que lo mirara a los ojos antes de continuar.
—Moriría por ti. Aunque no hubiera sido entrenado para ello y aunque no hubiera jurado hacerlo, moriría por ti sin dudar. —Jez’bel sollozó—. Pero si me obligas a quedarme jamás tendré oportunidad de demostrártelo, porque caeré muerto aquí y ahora.
—También morirás si vas.