15 Quienes lo tienen todo #2
El estruendo de maquinaria, siropes y hielos superpuesto con las imágenes componía una película de terror tan incongruente como mareante, los relámpagos iluminando en plata el cenagal, cada chorro de café un nubarrón que se partía en dos, cada entrechocar de jarras de plástico un nuevo trueno.
Se sentía atrapado en su propio cuerpo, desconectado de la realidad, un cuenco vacío relleno una y mil veces de recuerdos que no podía experimentar, solo presenciar.
La clienta le preguntó si estaba bien, ahora su voz viniendo del otro extremo de la barra; Recla contestó en su nombre algo sobre jaquecas, o sobre alérgenos, no lo tenía muy claro.
Se despidieron alegremente mientras Kara se acurrucaba sobre el fango, la cajita metálica bien pegada al estómago, como si quisiera frenar el sangrado con ella. Si es que la sangre era suya, claro.
—Tío…
En cuanto Recla lo tocó, la visión se fue.
Así, tan de súbito como había aparecido, en un pestañeo. La luz de media tarde lo deslumbró, y al darse la vuelta para protegerse los ojos Gon se topó de paso con el estropicio de su mano izquierda, roja e hinchada y dolorida. Joder. Es que… Joder.
A su lado, Recla lo miraba de hito en hito, visiblemente preocupado.
—¿Qué pasa? ¿Llamo a la ambulancia? ¿Llamo al hospital? ¿A Nadia?
Él negó con la cabeza, poco a poco recobrando el control por dentro y por fuera.
Luego fue para la pila a meter la mano bajo el grifo como un robot, solo concentrado en recuperarse del susto, de la sensación de impotencia, indefensión, ceguera.
Borboteaba entero de angustia, pero más por sí mismo que por Kara, que ahora mismo le importaba una mierda haberlo visto a punto de desangrarse en mitad de la puta nada porque ¿y si le hubiera pillado cortando algo, bajando las escaleras, subiendo al metro?
¿Qué más quería Kara de él? ¿Qué más querían las dos Avispas de él?
¡Estaba colaborando! ¡Estaba poniendo de su parte por respetar y guardar sus recuerdos, no hacía falta que lo apuñalaran a traición así, que intentaran destrozarle la vida así!
¿Cuánto iba a durar ese estado, cuánto de largos iban a ser los recuerdos?
Porque no podía, no p… ¡Necesitaba ver para servir cafés!
¡Y para barrer y para cobrar y para hacer caja!
¡para todo! ¿Cómo iba a trabajar tranquilo sabiendo que en cualquier momento podía quedarse ciego?
Imposible. Era un peligro y, sobre todo, un estorbo.
¿Durante cuánto tiempo le cubrirían sus compañeros las gilipolleces?
La excusa de los vértigos no funcionaría para siempre, era cuestión de tiempo que alguno de los nuevos se cansara de él, o que alguien reportara a dirección que no estaba siendo efectivo, que…
Bueno, no, a ver, pausa: aún podía aceptar la sustitución.
Trabajaría menos horas, lo que se traducía en menos oportunidades de que los ecos lo asaltaran en plena faena, aunque con su mala suerte seguro que Kara le boicoteaba todos los partidos y acababa jodido igual y quedando fatal ante la familia de Bego…
No, no, tenía que quedarse en el Stardust. Pero ¿y si encima de rechazar la sustitución le echaban por inútil?
¿Y qué cojones hacía diseñando toda su puta vida alrededor de la anterior?
¿Por qué no le dejaban en paz?
—Eh, eh, Gon, tranquilo, está bien… Voy a llamar a alguien, ¿vale…?
Se dio cuenta después, cuando ya le había aferrado por la muñeca para impedirle sacar el móvil. De que estaba hiperventilando. De que se ahogaba. Una gota de sudor frío le cayó nuca abajo y Recla hizo un sonidito mitad confuso mitad dolido.
—No —consiguió boquear, mientras se encorvaba tras la enorme cafetera para ocultarse de ojos curiosos.
—Vete al almacén.
—No puedo.
Porque no podía. No podía moverse, solo asfixiarse allí, en directo, a plena vista.
Para su sorpresa, ninguna alarma saltó. Quizá porque Recla se encargó de todo.
De ponerle un vaso de agua en la mano primero, de limpiar el café derramado después.
Atendió a dos amigas, les cobró, les preparó sus bebidas.
Cada vez que pasaba por su lado le daba un apretoncito de ánimo en el brazo.
Se movía rápido, diligente, y la situación se le hizo tan alien que por un segundo pensó que seguía recordando.
Eso, más que ninguna otra cosa, fue lo que le hizo despertar.
Con una última bocanada de aire, tan temblorosa como infinita, Gon vació de un trago el vaso de agua.
«Ya está, ya está», se dijo a sí mismo, mientras se centraba en el tacto rugoso de la encimera bajo su palma, en el chirrido de un trapo húmedo limpiando la jarra de plástico.
Cuando reunió fuerzas para volverse hacia Recla, este le sonrió, comprensivo.
—Bienvenido de vuelta, campeón.
—Lo siento —contestó Gon automáticamente, avergonzado, porque solo una parte de todo aquel circo era culpa de la visión. El resto había sido él montando el espectáculo—. Me ha dado un v…
—Un ataque de pánico.
—¿Eh?
—Eso. —Recla se encogió de hombros—. Que te ha dado un ataque de pánico.
—Qué va —negó, aún sin aliento—. Ha sido uno de mis vértigos, perdona. Muchas gracias.
El modo en que Recla lo miró le hizo sentir raro.
Rarísimo. En el orden natural de las cosas, Gon se preocupaba por Recla, no al revés.
Aunque hacía ya mucho tiempo que al orden natural de las cosas le importaba poco lo que Gon creyese ley o no.
Hacía lo que le daba la gana, como Reyes y como René y como la maldición que le habían echado encima.
—No soy cerebrólogo —dijo Recla al fin, tras un silencio tenso—, así que no tengo ni idea de lo que es un vértigo si no hay ningún precipicio cerca, pero te aseguro que sé reconocer un ataque de pánico cuando lo veo. Mi madre los tiene crónicos. De toda la vida, además.
Gon no dijo nada. No se atrevía. Le daba vergüenza darse cuenta de que no sabía nada de la familia de Recla.
Nunca le había preguntado por sus padres, ni él soltaba prenda.
Ni siquiera de pasada, o sin pretenderlo.
Esa era la primera información sobre el verdadero Reclamaciones Récords que oía tras años compartiendo barra de trabajo.
—Lo siento —repitió, sin saber qué otra cosa decir.
—No lo sientas —respondió él, muy serio—: cuídate.
Lejos de amansarle, la preocupación de Recla le caldeó aún más.
Y, por supuesto, lo pagó con Reyes. Lo pagó en cuanto se refugió en el almacén, en su ratito de descanso, su lengua ardiendo con tal veneno que parecía que el café le había escaldado la boca y no la mano.
Directamente lo llamó, ciego ahora de rabia en lugar de recuerdos, pero Reyes lo colgó.
Y lo volvió a colgar. Y lo volvió a colgar.
A cada intento fallido se cabreaba más y más.
me estás llamando?
contesta
Esta vez sí descolgó, y Gon tuvo tiempo de reconocer la ansiedad en su voz antes de apisonarlo con un rugido del que no consiguió arrepentirse. Al otro lado de la línea, Reyes permaneció en completo silencio mientras él:
—¡… podríamos tardar años, años, en soñarlo todo!
¡Pasaban juntos las veinticuatro puñeteras horas del día durante meses, no, años también, cuando nosotros apenas tenemos unos minutos y horas cada noche!
¿¡Van a meternos ahora además toda su puta vida a presión durante el día o qué!
? ¿¡Y por qué parece que te da igual!? Claro, como no tienes nada que perder, ganando dinero de pasear por el campo, ahí, con las abejitas…
Seguro que hasta te gusta, seguro que hasta estás deseando que te vengan más recuerdos porque te encanta, te encanta esta mierda, te encanta todo el rollo de ser especial y de que nos haya tocado la maldita lotería kármica o algo así mientras yo me juego el sueldo cada vez que René se pasa a saludar.
¡Y ahora también hasta la salud! ¡Podría haber estado cortando algo, joder!
—En realidad, ni siquiera sabía qué estaba diciendo.
Solo quería vaciarse, vomitar la culpabilidad.
Quería que Reyes se enfadara tanto que lo cortara de raíz, a él y a su vida en común (sus vidas en común), para no volver a sentirse tan perdido como cuando Bego llegó a casa y él deseó que se fuera, como cuando se metía en la cama y el estómago le borboteaba expectante por descubrir qué soñaría aquella noche, si volvería a verle o besarle o tocarle o golpearle.
Quería que Reyes le devolviera el golpe.
Quería, quería, quería…—. ¡No puedo seguir así, es que no puedo !
¡No es normal! ¡No tengo tiempo para esto, tengo mi propia vida y ni tú ni René ni Kara formáis parte de ella y no me vais a obligar a haceros hueco porque no es vuestro sitio! ¡ Yo no soy vuestro sitio!
La quietud que vino después le martilleó los oídos, de lo espesa. De lo diametralmente opuesta a sus gritos. Casi sonaba más alta, incluso. Se preparó para acuchillarla con otra oleada de ponzoña, acorralado por su propia cólera, temblando de arriba abajo, pero entonces Reyes suspiró y dijo:
—Creía que ya habíamos superado lo de echarnos la culpa el uno al otro.
Silencio de nuevo. Su voz sonaba tranquila, casi profética, como si ya hubiera escuchado (¿en otra vida?) cada una de las palabras que Gon le había mordido sin pensar.
Eso lo descolocó, lo desarmó. Le hizo sentir ridículo.
Reyes siempre conseguía hacerle sentir ridículo.
Y lo peor de todo es que ni siquiera lo hacía a propósito.
Abrió la boca para replicar; la cerró. Reyes volvió a hablar:
—¿Quieres que suba y hablemos de lo que ha pasado?
El cepo, la voz de cepo. Por desgracia, funcionó.
—… Sí.
Si las sonrisas sonaran, oiría la de Reyes alta y clara a través de la línea. Seguro que repicaría como cascabeles, o como trinos. O como el zumbido de un millar de abejas en un campo de lavandas.
—Vale —dijo, suave. Muy suave—. Deja que termine primero un par de cosillas y que le pregunte a mi madre qué quería que le trajera de Madrid, ¿va?