15 Quienes lo tienen todo
L amentablemente, la curiosidad de Kara no conocía límites.
Cuando pensaba en sí mismo frente a la Avispa de Nascente se imaginaba como un cervatillo huérfano, vagando por entre las retorcidas lianas de una selva tropical, exuberante y húmeda y colorida, tan diferente de los bosques otoñales a los que estaba acostumbrado.
En cualquier momento probaría bocado y moriría envenenado.
En cualquier momento pisaría un supuesto parche de hierba y este le clavaría los colmillos.
Sin embargo, era fácil olvidar que René seguía siendo un arma enemiga en momentos como aquel, mientras se dejaba curar con la languidez del cansancio.
El pelo aún empapado, la noche cerrada, el batín resbalando hombro abajo y el pie izquierdo anclado en el regazo del custodio para hacérselo más fácil.
Kara trataba de ignorar la fijeza con la que lo miraba, concentrado en extender la pomada de encina por la curva de su gemelo, por el tobogán que conectaba rodilla con tobillo.
—No —contestó René, con la misma voz distante que había usado hasta entonces—. Ya no, al menos. Ahora, aunque sigue siendo más común que las mujeres lo lleven largo, no significa nada. Los propios Gemelos lo llevan así; suelto y largo.
Kara asintió, aún sin devolverle la mirada.
El diseño escarbado en su piel era exquisito, una obra de arte, pero sangraba igual que cualquier otra carnicería.
Las veces que se había imaginado a los Gemelos tomaban la forma de dos l’encantos enormes y monstruosos, tatuados de arriba abajo con escamas, la espina perforada de púas metálicas, dientes afilados a mano; la más viva imagen de una pesadilla doble, el ejemplo perfecto de lo que Nascente podía crear con sus bisturíes y tintas.
Sin embargo, por lo poco que había logrado sonsacarle a René de ellos, más bien parecían lo opuesto. Carcasas bonitas para disimular la carne podrida.
—En Nazcar todo el que heredaba el rojo lo dejaba crecer, era un símbolo de nuestro orgullo, y en Nascente lo sabían —continuó la Avispa—.
Así que no me hizo falta cambiar nada de mí, solo decir la verdad por fin.
—Incluso sin mirar, Kara pudo captar por el rabillo del ojo cómo fruncía los labios—.
Fue liberador, en parte. Todavía me siento un poco culpable, como si hubiera usado la masacre de los míos para mi propio beneficio.
La pomada de encina dejaba una capa protectora a su paso, transparente como el tercer párpado de un cocodrilo e igual de brillante. René siseó; Kara le dio un ligero apretón de ánimo en el tobillo. Ya quedaba menos.
Carraspeó antes de preguntar:
—Y, ¿cuando quisieron…? Quiero decir, os querían por el rojo.
—¿Ahá…? —René no se lo iba a poner fácil.
—¿No intentaron forzarte?
Esta vez sí, Kara se atrevió a mirarlo. René sonreía, extrañamente blando y amargo a un tiempo.
—Los nascentes son unos salvajes, en eso tenéis toda la razón —dijo al fin—, pero si algo aprecian es la individualidad.
La noción de uno mismo. Por eso decoran y transforman sus cuerpos a placer, para convertirse en algo aún más único.
Para el Panal es un concepto ajeno, porque adoráis a unos insectos millonésimos y vuestras reinas tienen treinta hijas de media; os da pánico ser diferentes.
Pero aquí la palabra es ley. Cuando les dije que era un hombre, me creyeron.
Eso le hizo fruncir el ceño.
—¿Por qué?
René, en cambio, alzó las cejas.
—¿Por qué alguien mentiría sobre su propia identidad?
—¿Para protegerse? —bufó él, un tanto molesto.
René hablaba como si Kara estuviese siendo obtuso a propósito, cuando la realidad era tan obvia como asquerosa—.
No puedes fingir que no tuviste miedo de que te usaran como animal de cría, como a todos los demás.
Eres perfectamente capaz de darles el rojo.
Conseguir que la Avispa desviara la vista no le supo a victoria. Kara se mordió la lengua enseguida, maldiciéndose por dentro por ser así de insensible (de imbécil ), y ya había abierto la boca para pedirle que lo olvidara cuando él respondió, tan falsamente calmo como abiertamente dolido:
—Claro que tuve miedo. Pero para cuando fui convocado para extender el rojo ya me había asegurado de serles útil de otras maneras.
Y, aunque lo lamentaron, no me forzaron.
—Kara bajó los ojos de nuevo hacia la reluciente escarificación que atendían sus manos, avergonzado—.
Todo lo contrario, de hecho: me ayudaron a ser como soy hoy.
Como quería ser desde el principio. Tú lo has visto.
Él asintió. Ocultas tras la seda del batín, las cicatrices.
—No habrías podido serlo aquí —murmuró a su pesar—, en el Panal. Jamás habrían aceptado que dejaras de ser obrera.
Aunque nunca lo había sido.
—No —concedió René—. Pero tengo la esperanza de que eso cambie.
Podemos aprender de Nascente, replicar sus avances.
Preferiría vivir mil vidas siendo alguien que no soy a perder a todo mi pueblo otra vez, pero sueño con darles la oportunidad de elegir su propia vida a quienes aún no pueden serlo.
Puedo ayudarles como me ayudaron a mí. Puedo darles un futuro.
—Sonaba tan seguro, tan vehemente, tan todo…
—. Cuando destruya Nascente, enterraré su cultura en lo más profundo de Nazcar y su cadáver nutrirá mi tierra durante generaciones.
Nos alimentaremos de él hasta rebañar los huesos, asimilaremos su libertad como ellos asimilaron el rojo.
Será nuestra. Nacerá de nosotros, innegable, indeleble, y nadie volverá a doblegarnos jamás, porque sabremos lo que somos y quiénes somos.
Por primera vez, Kara fue consciente de que René ax Nazcar no solo quería recuperar su pueblo: quería mejorarlo. Quería sembrar las migajas de su orgullo y regarlas hasta convertirlas en todo un ecosistema latiente, vivo, rojo. Pleno.
Por primera vez, Kara creyó fervientemente en la Avispa de Nascente, en la Avispa de Nazcar.
Creyó en sus valores, en sus sueños y en que, al igual que lo había conquistado a él, conquistaría a cualquiera que se interpusiese en su camino a esa tierra prometida.
Al Panal, a su reina, a sus princesas, nodrizas, zánganos y obreras.
René no quería el trono, pero reinaría igual.
Su propia colmena, su propio enjambre de admiradores y soñadores.
Y toda abeja reina necesitaba un custodio.
—Lo harás —prometió Kara, con la garganta seca—. Sé que lo harás.
La Avispa extendió una mano enguantada para acariciarle la mejilla y, mientras trazaba su pómulo con el pulgar, dijo:
—Lo haremos.
A cambio, él cerró los ojos y selló la promesa con un beso en su rodilla.
El cambio de estado llegó con la primavera, a dos días de tener que darle una respuesta al tío de Bego.
Fue la gota que colmó el vaso, porque fue horrible.
En un instante estaba poniéndole un macchiato a la ejecutiva de cada jueves a las 18:36 y al siguiente ya no.
Al siguiente su cuerpo escupía sangre, flema y lágrimas en mitad de un barrizal de madrugada.
Llovía. No, diluviaba. Diluviaba completamente a oscuras salvo por una hilera de antorchas arrancando destellos del joyero de nácar que apretaba con frenética desesperación contra su pecho y dos soldados tatuados de un rojo tan oscuro como brea se alejaban, se alejaban, dejándolo ahí tirado como basura, como mala hierba, como los rescoldos de una fogata improvisada.
Gon aspiró aire entre dientes, paralizado, pero el hedor a fango no acompañó a la imagen.
Solo el del café recién hecho, tan real y tangible como el barullo del Stardust en rededor o el dolor cuando apretó tan fuerte el vaso de cartón que el café hirviendo desbordó sobre sus dedos.
Contuvo el siseo a duras penas, ojos muy abiertos pero inútiles mientras tanteaba la encimera con la mano buena para estabilizarse, para no perder pie.
En cuanto la encontró, dejó encima el vaso con el mayor cuidado posible incluso aunque sus dedos escaldados chillaban.
En el recuerdo, Kara se arrastraba por el barro sin fuerzas, temblando, y el aguacero no conseguía llevarse toda la sangre encharcando su vientre.
Sin dolor, sin sonido, era imposible saber qué estaba ocurriendo.
Y, sin vista, también imposible continuar con su verdadera vida, anclado a la encimera muy recto, muy quieto, sin atreverse a dar un solo paso por miedo a volver a quemarse o peor: quemar a otra persona.
—¿Gon? —le llegó la voz de Recla, cinco mil octavas más aguda de lo normal—. Gon, hostia, la mano…
—Macchileche —le cortó.
—¿Cómo?
—Para Carmen. Macchileche, full. Corre.
Por supuesto, no pudo ver qué cara ponía, pero sí oírlo ponerse en marcha enseguida, apartándolo de la cafetera para tomarle el relevo con una delicadeza impropia del infame Reclamaciones Récords.
«Perdone la tardanza —pio tras él—, hemos tenido una pequeña revolución de las máquinas».
La clienta rio bajito. «No te preocupes, no hay prisa», «¿Ya de finde?
», «Gracias a Dios, sí», «¡Pues disfrútelo por los que no tenemos tanta suerte! ».