14 Tiempo muerto #5
Ninguno regresó a su sitio después, cuando Bego retomó la exposición con naturalidad, más relajada y sonriente.
A Gon le encantaba verla así de segura, de emocionada.
Desde su regazo, Reyes corregía datos y murmuraba «eso, eso» de vez en cuando, concentradísimo.
También le encantaba verlo así de cómodo, de natural.
Y, aunque de Titi no era tan íntimo, solo captarla de reojo signando alguna broma interna a Reyes o asintiendo con aprobación a cada palabra de Bego le hacía sentir parte de un puzle de cuatro piezas, accidental pero perfecto.
Le hacía sentir un poco ebrio, también, y eso que la cerveza de la cena ya se le había bajado.
Gon no cambiaría ni un solo detalle de aquella noche.
Podría revivirla mil veces sin cansarse, y si pudiera elegir un recuerdo que llevarse consigo a su siguiente reencarnación sería aquel, con Reyes recostando la cabeza sobre sus piernas, Begoña haciendo lo que mejor se le daba en el mundo y Titi apuntándose en las notas del móvil los puntos a reforzar para después.
Y él allí, simplemente observando, simplemente viviendo, distendido y feliz.
No, no cambiaría ni un solo detalle de aquella noche, ni siquiera lo que pasó de madrugada.
—No mientas —rio la Avispa en un jadeo, divertido, sin parar de mecerse arriba y abajo sobre su regazo.
Kara apenas podía abrir los ojos, de lo cerca que estaba de correrse, y nada conseguía traspasar la pesada neblina que envolvía su cerebro salvo su voz, húmeda y velada y algo más—.
Incluso cuando me odiabas me querías cerca.
Despertó con un jadeo propio, aferrado a las sábanas con la misma urgencia que Kara a las caderas de René en el sueño.
Por un momento, creyó que seguía dormido, porque el recuerdo se negaba a soltarlo.
Le martilleaba los tímpanos a base de gemidos, súplicas y órdenes, del eco resbaladizo de piel contra piel y de jadeos cada vez más rápidos, cortos, agudos.
Era abrumador. Era una puta pesadilla. Y, para su desgracia, también larguísima.
Ni en sus mejores días duraba él tanto con Bego, la que dormía plácidamente al otro lado de la cama, ajena a la desesperación con la que su novio intentaba ignorar el escándalo.
Gon enterró la cara en la almohada para sofocar un gruñido de frustración, como si cerrar los ojos con fuerza o contener el aliento fuera a servirle de algo.
Se conocía ya demasiado bien los sueños para saber que no tenía más remedio que esperar a que pasara el chaparrón.
Eso y quedarse muy muy quieto, porque como se moviera ni medio centímetro acabaría o restregándose contra el colchón o directamente pajeándose y la vergüenza (la culpabilidad) le duraría incluso más que el recuerdo, consiguiera terminar o no.
La ropa se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, la camiseta por el sudor y los bóxers por algo mucho peor.
Se sentía sucio. Se sentía al borde. Febril.
No ayudaba ni tumbarse bocarriba para evitar cualquier mísero roce ni bocabajo para aplastar la erección hasta que desapareciera.
René sonaba paradisíaco, pero era peor aún reconocerse en los jadeos de Kara, porque sabía lo que le hacía reaccionar así a él, no necesitaba ni verlo ni sentirlo para tener claro qué estaba pasando, qué estaban haciendo y cómo y cuánto.
Al final, un comentario especialmente malvado de René lo obligó a rendirse, mortificado ante la perspectiva de correrse encima como si aún tuviera quince años.
Mira, lo había intentado. Lo había intentado y había fallado, así que a la mierda. Lo cortaría de raíz en el baño en un pispás y volvería a la cama a descansar, que era lo que debería llevar haciendo media hora.
Pero cuando salió al pasillo ya había alguien dirigiéndose hacia allí.
Ah, se le había olvidado.
Se quedaron paralizados al segundo, mirándose el uno al otro como ciervos deslumbrados por los faros de un coche.
Gon cerró tras él la puerta del dormitorio; Reyes abrió la del baño, ambos con muchísimo cuidado de no despertar a nadie más.
Por la ventana del salón se colaba la luz de las farolas, recortando un recuadro anaranjado justo a sus pies, y tuvo tiempo de desear que no se le notase el panorama antes de que Reyes chasqueara la lengua, visiblemente incómodo.
En qué momento les habían ofrecido su sofá cama para refugiarse de la fiesta que Sergio estaba montando en el piso de su abuela, en qué momento…
—Hm —solo dijo Reyes, aún aferrado al pomo del baño—. Overbooking.
Habría sido graciosísimo si René no hubiera dicho otra cosa muy diferente en su cabeza.
Muerto de vergüenza, Gon se concentró en repasar sus palabras antes de soltarlas para asegurarse de que contestaba al Reyes correcto.
Solo necesitaba pedirle que le dejase pasar primero, sin más, se excusaría en que ni de coña podía aguantarse la meada y si hacía falta entraría a la fuerza porque no pensaba quedarse ni medio segundo más ahí de pie, acorralado entre la Avispa suspirándole al oído y Reyes mirándole con la frente perlada de sudor y…
Espera.
—Has… —carraspeó Gon—. ¿Lo estás…?
—Sí —masculló entre dientes, tan tenso como él—. Lo siento.
Se le escapó una risita nerviosa, aunque sonó grave.
—¿Por qué? Ni que pudieras controlarlo.
—Ya.
Silencio. Raro, rarísimo.
Ahora que sabía dónde buscar, las señales se veían claras como el día.
Reyes tenía el pelo revuelto, las mejillas rojas y los hombros rígidos.
Por primera vez, eco y realidad se acompasaron, la respiración irreal de René encajando perfecta con el subir y bajar del pecho de Reyes.
Apenas dos horas antes Gon le había prestado una camiseta y un pantalón viejos que solía usar de pijama y le quedaban enormes, le quedaban muy bien, le quedaban normal.
Con suerte, cuando se las devolviera olerían a él.
—Necesito entrar al baño, Gon.
Ah, joder.
—Iba a pasar yo.
— Necesito entrar —repitió, tirante.
La emergencia que delataba su voz le subió los colores y algo más.
—Reyes…
—Gon, si no quieres que te empape el pijama, déjame pasar.
—Ni se te ocurra —siseó, escandalizado como una abuela.
—¡Por accidente! —aclaró Reyes, furiosamente rojo—.
¿Te crees que me voy a tocar ahí con Titi al lado?
¿¡En tu casa!? —Rápido, Gon le chistó para que bajara el tono, aunque era imposible que sus airados cuchicheos se oyesen más allá del pasillo.
No sirvió de nada, porque Reyes insistió—: Gon, por favor, que me siento como si estuviera viendo porno a escondidas de Titi. Un agua al men…
—¿¡Y yo qué!? ¡Tengo a mi novia en la misma cama mientras te escucho a ti!
—¡Pues aprovecha! ¡Despiértala y desfógate con ella como haces siempre!
Ah, no. Por ahí no pasaba. Sin saber muy bien qué hacía, Gon avanzó un paso que Reyes retrocedió, encogido de vergüenza, y con el tono más grave que pudo susurrar, rugió:
—Bego no es un juguete.
Lo vio rechinar los dientes, pero también arrugar la nariz de una manera que se conocía más por la Avispa que por Reyes. Tenía suerte de que Gon pudiera leerle el arrepentimiento de un vistazo.
—Lo sé, lo sé —susurró a toda prisa—, perdón. Es que…
Gon suspiró.
—Tira.
Reyes lo miró, confuso.
—Vamos —insistió, señalando el baño con un cabeceo más bien brusco—. Y date prisa.
No esperó a comprobar si obedecía o si respondía, simplemente le dio la espalda y se refugió de nuevo en su habitación, bien protegido de cualquier amenaza.
Seguía empalmado (ahora incluso más), seguía sintiéndose sucio y pastoso y culpable mientras volvía a la cama con los dientes tan apretados que le dolía la mandíbula entera.
En cuanto se tumbó, cayó en que el eco había terminado.
Estaba a solas con sus pensamientos, lo cual tampoco suponía ningún alivio.
Todo lo contrario, en realidad, porque en lo más profundo de la madrugada el silencio amplificaba hasta el más mínimo sonido, aislándolo del resto.
Antes de darse cuenta, se encontró agudizando el oído, tan concentrado en escuchar como lo había estado en no hacerlo apenas diez minutos atrás.
Paró enseguida, asqueado consigo mismo. No iban a darle ni un respiro, ¿verdad?
Iban a seguir torturándolo noche sí y noche también, tanto la Avispa de sus recuerdos como la de su presente, sin descanso, sin piedad.
Una vez más, Gon hundió la cara en la almohada, pero saber lo que estaba haciendo Reyes en su baño era incluso peor que soñarlo .