Con la miel en los labios 14 Tiempo muerto #4
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14 Tiempo muerto #4

Se forzó a respirar hondo e ignorar la amargura, que no era más que la repuesta de su Kara interno.

Empezaba a estar harto de él. Harto de no poder tener una sola conversación normal con Reyes sin que el tío se metiese en medio, infectando cuanto sentía con otras emociones que ni quería ni le pertenecían.

Era Kara quien se sentía rechazado, no él. Él entendía que un coro ensordecedor de cigarras acabara cortándole la mecha, poniéndole de garras. Lo raro era que lograse siquiera pensar.

vale

dejo el móvil en vibración por si necesitas algo, vale?

ok gracias

nada

Pero apenas un par de segundos después:

mañana entras de tarde o de mañana?

de mañana

ah perf

buenas noches

por?

na por nada

reyes

cuéntame el partido del domingo

no hay nada que me aburra más que los deportes, así que a lo mejor cuela

ni siquiera sé cómo funciona el baloncesto

Gon sonrió.

pues voy a tener que explicártelo primero, porquesinonovas a entender nada

no voy a entender nada igual así que

solo si quieres eh

o puedes contármelo ya mañana y me lo guardo paraporlanoche

nono me da igual

venga, listo?

dispara

Reyes dejó de contestar a la mitad, casi dos horas después.

Allá afuera empezaba a clarear, y cuando Gon conectó el móvil al cargador vio que el despertador saltaría en cuarenta minutos.

Gruñó. Al final, había acabado contándole batallitas de su antiguo equipo, y lo que intentaría lograr con este si por algún casual aceptara la sustitución.

Esperaba haberle ayudado un poco, aunque le daba la impresión de que, una vez más, era Reyes quien lo había ayudado a él.

No a dormir, claro, pero sí a recordar lo mucho que le gustaba entrenar.

Suspiró. Mejor no pensar en eso. Mejor aprovechar los cuarenta minutos que le quedaban para descansar antes de enfrentarse de empalme a un lunes en el Stardust.

A media mañana, Recla apoyó el culo en la encimera, blandiendo su quinto café del día, y le preguntó:

—¿No era tu sueño ser entrenador?

Gon ni siquiera se giró a mirarlo. ¿Es que no había otro puto tema de conversación en el mundo?

Se limitó a asentir, concentrado en preparar la nueva (y, por ende, complicadísima) bebida de temporada.

Salvo por la clienta del final de la barra, que aguardaba su bebida sin despegar los ojos del móvil, el Stardust estaba desierto. No por mucho tiempo, seguro.

—Pero, en plan… ¿En la NBA y eso?

—No creo que llegue a la NBA —bufó, sonriendo a su pesar.

—Pero querrías, ¿no? ¿O solo te gusta con niñas?

Al instante, la clienta dejó de mirar el móvil para mirarlos a ellos, alarmada.

Lo que le faltaba.

—No, Recla, no me gusta entrenar solo a equipos de baloncesto junior femeninos —aclaró, elevando un poco la voz, y la clienta emitió un ruidito de alivio antes de volver a lo suyo—. Cualquier cosa me iría bien, en realidad.

—¿Equipos grandes también?

Suspiró mientras se acercaba a la dueña de la bebida para entregársela. Se sonrieron, se dieron las gracias, se despidieron, se olvidaron el uno del otro al segundo. Pero Recla no se olvidaría de su pregunta, así que no le quedó otra que admitir, aunque a regañadientes:

—Estaría bien.

Recla le dio un sorbo a su café; Gon limpió la leche que no paraba de derramar por la falta de sueño.

Sí. Estaría muy bien.

La Avispa de Nascente lo miró desde el otro extremo del salón de bailes.

Desde allí Kara no podía distinguir el color almíbar de sus ojos, pero sí el durazno de su xamar de gala y el oro rosa de sus pendientes, gargantillas, anillos, tiara, tan diferentes del rojo que apenas horas antes aún le manchaba los labios.

Un estudio en maquillar el dolor, era René.

Un estudio en callar, en bailar, en reír, en sobrevivir.

Como atraído por un campo de caléndulas en flor, Kara cruzó el salón hacia él.

Los suelos habían sido pintados a mano para la ocasión, filigranas espirales que indicaban estratégicamente los pasos de baile a seguir en puntos de partida y llegada, reverencias y encrucijadas; un caminito que ayudaba a los novatos a no perderse y a los veteranos a hacerlo en los ojos de su pareja, confiando en encontrarse, de ser necesario, con un rápido vistazo al trazo.

Kara no necesitó el sendero. Tampoco René.

Al llegar a su lado, el nazcareno esquivó su mano tendida para colocarse de un salto en una de las discretas casillas de salida, y Kara se rindió con un suspiro y ocupó la opuesta.

A su alrededor, nobles y princesas y custodios celebraban la llegada de la primavera como no se había celebrado en décadas, con la esperanza que traía consigo la presencia de la Avispa.

Su pelo rojo un estandarte de futura victoria, suelto como lo llevaba en las tabernas fronterizas, donde a nadie le importaba ni la etiqueta ni las normas.

A René nunca le habían importado ni la etiqueta ni las normas, y hacía tiempo ya que el resto de la corte se había contagiado de su energía, como una segunda epidemia que erosionaba poco a poco todo cuanto aprendieran de la primera.

El violín resonaba agudo y vibrante en sus tímpanos y nada existía más allá de René, René, René.

Le daba igual lo que pudieran pensar quienes los contemplasen bailar, qué dirían, a qué conclusiones llegarían, porque la música encajaba perfecta con cómo se movía René y hasta con cómo se alejaba, se alejaba, obligándolo a compartir danza durante algunos compases con la princesa de Brema, quien sonreía.

—Nunca os había visto bailar, An’Ser Kara —pio, pícara pero sincera—. No por voluntad propia.

—Nunca había tenido motivos para hacerlo.

Ella rio. Olía a rosas.

—Al final, la primavera nos llega a todos, ¿no es así?

—Eso estamos celebrando, si mal no recuerdo.

Volvió a reírse. Antes de que la música la separase de nuevo de su lado, la princesa le dedicó una rápida reverencia y le agradeció algo que no alcanzó a oír.

Sus viajes a Nascente, supuso. No muchos custodios querían arriesgarse a acercarse a la frontera, ni siquiera a cambio de reconocimiento (ni siquiera aquellos que seguían con la mirada a la Avispa como un perrillo a su dueño).

Cuando se reencontró con René, palma contra palma y girando el uno alrededor del otro como pétalos al viento, todo era dorado.

La emoción le burbujeaba por dentro, aligerando sus pasos, sus giros, su estómago.

Ignoraba por qué se sentía así, si nada había cambiado en el horizonte, si nada sugería que aquello fuera a terminar de otra manera salvo exangüe en un campo de batalla.

Y aun así allí estaba, rodeándole la cintura con un brazo y sosteniendo su mano con la otra en un arco perfecto sobre sus cabezas tres pasos adelante, uno a la derecha, dos atrás, uno a la izquierda, su pecho pegado a su espalda y ese impulso tan, tan fuerte por hundir la nariz en su melena ondulada, cerrar los ojos, dejarse llevar.

—Ven luego a mi cuarto —le susurró al oído bueno, y René ladeó la cabeza como si quisiera que sus palabras cayeran directas a su interior.

Huesos hechos cuerda de violín, voz hecha flauta, músculos madera y nervios clavijas.

Cada vez que lo tocaba era un instrumento diferente.

Ni siquiera lo sentía humano a sus manos, sino algo precioso, algo que merecía la pena tocar.

Kara quería tocarlo sin guantes, memorizar el tacto de su piel y de su pelo y de sus labios y de todo su cuerpo.

Quería tocarlo como un pianista, pulsar cada una de sus teclas y escuchar cada una de sus notas.

Quería que lo guiara como un director de orquesta y que improvisaran y que resonaran en cualquier parte del mundo, desde aquel titánico salón de baile hasta la alcoba de posada más destartalada en la que hubieran trasnochado y quería que su eco reverberase en pasado, presente y futuro.

Si iban a morir, lo harían bailando.

—¿No puedes esperar tres días?

—No.

René rio. Sonó musical, cómo no.

—Vas a ser mi ruina.

Y lo fue.

Kara fue su ruina.

De lo que ocurrió la madrugada del viernes, a poco más de una semana de tener que darle una respuesta al tío de Bego y a menos de un mes de que esta presentara el proyecto final de los Cisneros a su jefa, Gon lo achacaría al estrés.

La noche fue bien, en realidad. El día entero.

Había salido del Stardust a su hora, sin incidentes dignos de mención, y había comido, merendado y cenado con Bego, Titi y Reyes.

Ahora siempre iban los cuatro juntos, como un pack ahorro de supermercado.

Aprovecharon que empezaba a hacer calor para llevarlos al punto turístico más vago del mundo (el templo de Debod), donde el atardecer prendió en llamas el pelo de Reyes y también le derritió el helado por quedarse embobado mirando el cielo.

Se lo bebió como un batido después, refunfuñando mientras ellos tres se burlaban de él.

Tras cenar fuera, volvieron a casa. A la de Gon y Bego, claro.

Y, como él los vio nerviosos por la presentación del proyecto, les dio vía libre para pasarse la noche revisando cada punto.

Aunque se divirtió igual simulando ser la jefa de Bego mientras esta señalaba con un puntero láser algún dato decisivo del famoso Power Point.

«Chupito cada vez que diga miel», le susurró Reyes al oído, acodado en el respaldo del sofá.

No necesitó girarse para saber que sonreía.

«Te he oído», acusó Bego, y lo apuntó al pecho con el láser.

«Te tenemos rodeado», bromeó Titi, poniendo voz de policía norteamericano.

Reyes alzó las manos («¡Me rindo!»), pero Bego pulsó varias veces el botón a toda prisa («¡Pium, pium, pium, piummmm!

»), así que el muy payaso se desplomó sobre su regazo, fingiéndose tiroteado a muerte.

Gon puso los ojos en blanco, Reyes le suplicó que vengara su muerte, las chicas se rieron como hienas.