Con la miel en los labios 14 Tiempo muerto #3
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14 Tiempo muerto #3

Habría aceptado sin dudar, la sustitución. La habría aceptado sin dudar de haberle venido de cualquier otra persona. De un antiguo compañero de módulo, de sus padres, sus hermanas, sus amigos. De cualquiera menos del tío de Bego. De la familia de su novia.

Como a un crío, así le trataban. Como a un crío luchando por subir las escaleras hasta que a su madre se le agotaba la paciencia y le aupaba los últimos escalones.

«Venga, por Dios, que llegamos tarde», oía resoplar a los Lesmes en su cabeza, poniendo los ojos en blanco.

Casi podía verlo. La cara que pondría la madre de Bego, mitad satisfecha mitad desdeñosa.

No decepcionada, porque nunca había esperado nada de él; pero sí victoriosa, porque habría ganado.

Gon habría demostrado que los necesitaba para dar la talla.

Y se negaba, se negaba, se negaba.

—En nascente es un insulto. Muy soez, muy grosero. Solo pensar en decirlo en voz alta me pone incómodo.

Kara frunció el ceño. «K’ra», ¿un insulto en otro idioma? Primera noticia.

—Siento haberte incomodado. ¿Para qué se usa?

De pronto, René se movía sin su fluidez habitual, como aplastada bajo toneladas de espesísima y negra miel de roble.

—Digamos que es como llamarías a alguien que cobra por tocarte sin guantes.

Al instante, una oleada del rechazo más intenso le picoteó desde la yema de los dedos hasta el cuello, las mejillas, la punta de sus orejas.

Supo que había enrojecido por cómo la Avispa apartó la mirada, y Kara hubiera preferido reaccionar también con una risotada a tener que mantener el tipo delante de un maldito espía enemigo.

—En Nascente no vestís guantes —fue lo único que se le ocurrió decir.

René asintió.

—Es el ejemplo más cercano que he encontrado.

Kara sacudió la cabeza, intentando desquitarse del mal sabor de boca.

Odiaba a Nascente. Odiaba a Nascente y odiaba a su Avispa, que insistía en aguijonearle con preguntas malintencionadas y falsas sonrisitas de disculpa.

No podía esperar a que el An’Ser de la reina se lo llevara del Panal de una vez.

Como tampoco podía permitir que lo ridiculizara así. Por eso cuadró los hombros, recuperando su orgullo, y dijo:

—Dará igual. Cuando mi nieto nazca, pasaré a llamarme K’ra, y dará igual lo que signifique o no en tu lengua, porque para entonces Nascente ya habrá caído.

René ax Nazcar sonrió.

—Para eso estoy aquí.

Tal como había supuesto, hablar con Nadia no fue de ninguna ayuda. Más bien lo contrario.

—¡Enhorabuena! —exclamó, echándosele al cuello. Gon resopló mientras le devolvía torpemente el abrazo—. ¡Ya era hora de que te saliera algo bien!

—Aún no sé si voy a aceptarlo.

Se descolgó de él con los ojos muy abiertos. Detrás, Recla y Carol lo miraban igual, como si les hubiera fastidiado una fiesta sorpresa.

—¿Cómo que no sabes si vas a aceptarlo? —protestó Recla, ofendidísimo por alguna razón desconocida—. ¡Hasta yo lo aceptaría! ¡Y no tengo ni idea de baloncesto!

Volvió a resoplar.

—Solo son tres meses. No quiero quedarme sin nada luego.

Se sentía como un robot, respondiendo en bucle las mismas preguntas, con las mismas palabras, con las mismas reacciones.

Se alegró de que Estefanía, la más nueva del lugar, anduviera concentrada en sus propios asuntos, rascando una manchita de sirope que llevaba incrustada en la barra desde tiempos inmemoriales.

Recla solía decir que había venido con el mueble.

—Bueno, pero tendrás paro, ¿no? Si se te acaba el contrato…

La misma conversación. Exacta. Gon contestó lo de siempre, así que recibió el contraataque de siempre:

—¿Por qué querrías volver aquí?

—Eso, el Stardust es una mierda, un curro de paso y ya.

—¿Es que te pagarían poco? ¿No te daría para el piso o cómo?

—A ver, si son pocas horas tal vez podría pedirte una reducción de jornada temporal, pero siendo tres meses…

—Lo largarían en cuanto dijeras que faltaría todos los findes.

—Cierto.

—¿Y si pides la baja por depresión?

—Pero, Recla, ¿tú te crees que esas las dan en la tómbola o qué?

—En serio, olvídate de volver. Agárrate al paro y punto, que encima tendrás casi un año entero acumulado. Mira si tendrás tiempo entonces para buscar otra cosa.

—No buscarán un asistente también, ¿no? En los animes deportivos siempre tienen un entrenador y un asistente.

—Recla, cierra el buzón.

—¿¡Por qué!?

—Eso digo yo, que por qué, pero a ti, Gon. ¿Tan horrible es la idea de quedarte en paro?

Esa pregunta le pescó con la guardia baja. Había desconectado a mitad, dejándolos cacarear libremente sin molestarse en replicar o explicarse porque ya se sabía la respuesta. Los tres lo miraron, expectantes, y Gon suspiró.

¿Tan horrible era la idea de quedarse en paro? No lo había pensado.

Para su sorpresa, fue Estefanía quien contestó, sin siquiera parar de rascar la manchita de sirope:

—El capitalismo nos mete en la cabeza que nuestra valía se mide por nuestra aportación económica a las empresas, por eso sentimos que, si no trabajamos, no valemos nada.

Es peor si encima cobramos paro, que es cuando creemos que nos estamos aprovechando como parásitos del esfuerzo de los curritos.

Cosa que no tiene sentido, porque justo parte de nuestro sueldo se destina a mantenernos cuando ya no contamos con él.

En definitiva, nos vemos obligados a seguir trabajando a toda costa y casi bajo cualquier condición con tal de no sentirnos juzgados por los demás o por nosotros mismos.

Silencio. Los cuatro se la quedaron mirando.

—Joder, Esti —dijo Nadia al fin—. ¿Qué eres, de Comisiones Obreras?

—No —respondió ella, pétrea—. De Vallecas.

Los demás suspiraron, aunque ninguno la llevó la contraria.

Gon, especialmente, tenía la sensación de haber sido examinado con lupa, sujeto involuntario de un estudio sociológico del que ni siquiera se sabía partícipe.

Había oído el razonamiento de Estefanía miles de veces, en cenas con amigos y en redes sociales, con mayor y menor fervor, con mayor y menor crítica, pero él nunca le había dado muchas vueltas.

El mundo era así, punto. De nada servía quejarse.

Supuso que eso significaba que, en algún momento de su vida, había perdido la esperanza, asqueado y resignado a partes iguales.

Al menos aún quedaba gente que peleaba por mejorar su mundo, porque, si fuera por él, iban listos.

Vaya mierda.

Por suerte, la intervención de Estefanía agitó de nuevo el gallinero, lo que Gon aprovechó para apartar a Nadia del ojo del huracán y pedirle confirmación de que, si aceptaba la sustitución, después podría reincorporarse sin problemas al Stardust. Sin embargo, su supervisora no le dio esa seguridad.

Total, para entonces su sustituto ya llevaría tres meses trabajando allí, bien pasado su periodo de prueba, y Nadia no lo echaría solo para recuperarlo a él. Gon tampoco se lo pediría.

—Puedo pasar tu CV si saliera otra vacante aquí —dijo, visiblemente angustiada—, siempre prefieren cubrirlas de forma interna para ahorrarse el proceso de selección, ya sabes, pero no puedo asegurarte nada. Lo siento.

Él asintió.

—No te preocupes, con eso me basta.

Ella negó con la cabeza.

—Sí que me preocupo, pero por ti. Esto es algo bueno, Gon. Deja de tomártelo como una amenaza.

No contestó.

El único que no tocaba el tema de la sustitución era Reyes.

No le preguntaba por ella, ni le colaba indirectas, ni trataba de aconsejarlo.

Si Gon lo conociera un poco menos, creería que se le había olvidado, pero estaba claro que prefería dejarle su espacio.

Reyes se convirtió en su refugio, en su tiempo muerto.

Le ofrecía horas de seguridad, charlando de todo y de nada, de sus sueños y de sus ahoras.

Cada vez que su móvil lucía con una nueva notificación temía encontrarse al tío de Bego metiéndole prisa, o a la propia Bego, así que el alivio que sentía al ver el nombre de Reyes contaba ya como reacción pavloviana.

Le gustaría poder devolverle el favor, o, por lo menos, darle las gracias.

Pero Reyes andaba agobiadísimo por las posibles plagas primaverales, sin tiempo para conversaciones sentidas, y un simple agradecimiento sonaría además tremendamente robótico, como si el chaval lo cuidara por deber y no por amistad.

Lo único que podía hacer era estarse pendiente del WhatsApp por las noches, cuando Reyes lo pasaba peor.

Así, Gon había tomado la costumbre de guardar el móvil bajo la almohada en modo vibración para que no se le escapara ningún mensaje de madrugada.

Aquella noche, Reyes lo desveló con un meme de Twitter que su cerebro amodorrado no comprendió. Las 4:37 de la mañana. Con los ojos todavía medio cerrados, Gon escribió:

pasa algo?

nop, vuelve a la cama

estoy en la cama

;)

Gruñó.

es la quinta noche que te quedas despierto hasta tarde

llevas la cuenta?

vas a soñar igual duermas de día o de noche,

así que posponerlo no tiene sentido

no es por los sueños

entonces?

Reyes tardó un poquito más en contestar.

son las malditas cigarras, no se callan

dentro de mi cabeza todas las putas noches

cinco días seguidos?

en cuanto se va el sol vienen ellas

joder

nunca me ha durado tanto un eco

no me digas eso que lo de las alucinaciones auditivas lo llevo mal

me estoy volviendo loco es como si las tuviera poniéndome larvas en la oreja y como no existen ni siquiera se soluciona apagando el audífono

Sonaba a pesadilla. Gon no sabía qué hacer.

a lo mejor es porque ya se está acabando

el qué?

este tramo

no has notado que se viene un cambio de estado?

no he notado nada más aparte de las ganas de arrancarme el tímpano

y tomarte algo para dormir? pero medicamento de verdad

no funcionan

da igual, vete a dormir, ya se me pasará

quieres que hablemos de algo mientras y así te distraes?

no

Le sentó mal. No el rechazo, sino su contundencia. «No».