14 Tiempo muerto #2
Ninguna le llevó la contraria. Tampoco protestaron, ni trataron de convencerle de que Elena era incapaz de conectar base con pívot. Todavía era un extraño. Su opinión ni siquiera merecía consideración.
Y, aun así, cuando Andrea se cansó de patearse todo el campo, cubriendo su propia posición y parte de la del escolta, y cuando Magda se vio obligada a encargarse de su posición y la completa del escolta, fueron ellas mismas quienes se dieron cuenta de su error.
Gon se lo vio en los ojos, incluso a esa distancia, cómo pívots y aleros cruzaban miradas con su capitana, reparando por primera vez en aquel espacio enorme entre ambas partes.
Y en Elena ahí en medio, preparada pero invisible.
Hasta entonces.
Pero Magda siguió jugando a ser Magda y Almudena a la vez, y sus compañeras siguieron permitiéndoselo, así que la derrota fue tan espectacular como vergonzosa.
Rojas, frustradas y agotadas, las chicas arrastraron los pies hasta él, algunas con la barbilla alzada, desafiantes; otras con los ojos fijos en el suelo, avergonzadas. Ninguno de los dos extremos era bueno.
—Pues así está la cosa —le escupió Magda—. Ahora es cuando nos das unas palmaditas en la espalda y nos dices que a la próxima ganaremos.
Con un suspiro, Gon se levantó. Desde las gradas, los padres cuchicheaban (siseaban), seguramente ofendidísimos porque el chaval de Óscar no hubiera obrado su magia china para que sus nenas salieran victoriosas.
Ni que fuera tan fácil. Ningún entrenador, por bueno que fuera, hacía milagros. Y menos el primer día.
—No creo que vayáis a ganar.
Ellas protestaron como hienas.
—Que te jodan —chirrió Magda, envalentonada—. Normal que te echasen del Sagrado.
Eso dolió, pero no lo exteriorizó. Elena se removió en el sitio, incómoda, mientras que Andrea desvió la mirada. Ambas lo sabían. Todas lo sabían. El fallo, el remiendo. El problema era que Magda se negaba a soltar la aguja.
Gon se encogió de hombros, fingiendo una indiferencia que no sentía realmente.
—Tampoco me necesitáis, ¿no? Y a Marco tampoco, por eso se habrá pedido el permiso. Total, vosotras ya os entrenáis solas…
En otros tiempos, habría insistido. Las habría sentado en las gradas y les habría explicado qué habían hecho mal, qué debían hacer.
Pero aquel no era su equipo, ni él su entrenador, y si algo había aprendido de su experiencia con Reyes Cisneros era que de nada serviría brindarles la realidad en bandeja si ellas estaban emperradas en ignorarla.
Ni ellas contestaron ni él dijo nada más. Solo se dirigió hacia el tío de Bego, que lo esperaba a la entrada del polideportivo con una sonrisa de circunstancias.
—Bueno —carraspeó—, no ha sido amor a primera vista, ¿eh?
Gon miró por encima de su hombro al resto de padres, tan indignados como sus hijas, y eso que todavía ni habían hablado con ellas. No, desde luego que no había sido amor a primera vista.
—Roma no se construyó en un día.
—Entonces, ¿contamos contigo?
Se encogió de hombros. Dudaba de que ellos quisieran contar con él.
—Te diré pronto —respondió aun así—. Primero tengo que hablar con el Stardust.
También dudaba de que fuese a hablar con el Stardust. No quería perder un infierno estable para meterse en uno temporal. Allí por lo menos tenía amigos, no niñas adineradas con la lengua muy larga. Le ardía el estómago. Había querido que fueran perfectas. Había querido que lo convencieran.
—Claro, Gonzalete —sonrió Óscar—. Tú mantenme informado, ¿eh?
Gon asintió.
qué tal?
un desastre
tú o ellas?
ambos
no creo que vayan a contratarme ni aunque les dijera que sí
pero quieres decir que sí?
no sé
pues eso es lo primero
Se lo contó a Bego esa misma noche, ya que estaba bastante convencido de querer rechazar la oferta.
No salió como esperaba.
Con el tenedor a medio camino de su boca, ahora entreabierta no para comer sino de sorpresa, Bego lo miró largamente. Luego dejó el tenedor en el plato y el plato en la mesita.
—No lo entiendo —empezó—. No entiendo nada, en realidad. Ni por qué no me lo habías dicho, ni por qué me has mentido esta mañana y, sobre todo, por qué rechazas un trabajo de lo tuyo.
Gon dejó su plato también en la mesa antes de responder:
—Lo siento. Quería tener tiempo para… pensar.
—Pensar —repitió, impávida. Tan impávida que se le veía el cabreo por debajo.
Asintió.
—Siendo tu tío, me pareció que…
—¿Te pareció que te obligaría a aceptar solo para quedar bien con mi familia?
—¿Qué? ¡No!
—¿Entonces?
—Entonces nada —carraspeó, incómodo y molesto a partes iguales—. Precisamente quería tener las cosas claras sin que me influyera tu opinión.
—Pero si tú nunca tienes las cosas claras, Gon.
Bego se arrepintió enseguida. Se le notó en la cara, en cómo aspiró aire entre dientes, mueca torcida y brazos cruzados.
Y, por primera vez en diez años, Gon quiso reprochárselo, hurgar en la herida.
Pero no sería justo, considerando que estaban así por su culpa.
Eso era lo que pasaba cuando tomaba decisiones por su cuenta: que Bego acababa mirándole así, como si no lo reconociera.
Sin embargo, tenía razón, así que se lo dijo:
—Lo sé. Siempre me apoyo en ti para todo. Por eso esta vez quería liberarte un poco…
La forma en la que frunció los labios le advirtió de que no siguiese por ese camino. Ambos sabían que no lo había hecho por ella, sino por sí mismo. Aunque eso tampoco era tan malo, ¿no? Mentir, sí, claro, pero ¿lo demás…?
—Cobrarías lo mismo que en el Stardust y trabajarías la mitad —apuntilló Bego, incrédula—. ¿Qué…? ¿Qué problema hay? ¿Qué me estoy perdiendo?
—Solo serían tres meses. ¿Y si no me renuevan y me quedo en la calle?
Ella resopló. Estaba perdiendo la paciencia.
—Pues te vendría incluso bien, porque así tendrías paro, cosa que no tendrás cuando el Stardust termine de sangrarte y decidas irte tú voluntariamente.
—¡Pero no tendría trabajo!
—¡El trabajo no es tan importante! —espetó Bego, gesticulando con un ímpetu que Gon reconocía como frustración—. ¡Podrías encontrar algo mejor mientras descansas! ¡No es un pecado parar! ¡Y eso es solo poniéndonos en lo peor, Gon, ¿qué te pasa?! Que parece que te gusta sufrir, por Dios.
No contestó, no de inmediato, porque su primer impulso había sido escupir que por supuesto que el trabajo no era tan importante para ella; nunca le había faltado.
Nunca le había preocupado quedarse estancada, sin nada a lo que aferrarse para seguir creciendo.
Incluso si no hubiera conseguido entrar en su empresa de publicidad actual, su familia habría removido cielo y tierra hasta escarbarle un hueco en otra.
Y, sí, Bego era buenísima en lo suyo, la mejor, de hecho, pero si había podido siquiera optar a un puesto en el líder del sector era porque había estudiado donde había estudiado y nacido donde había nacido.
Así que, no, Bego jamás iba a entender su miedo.
—No me gusta sufrir —chirrió finalmente entre dientes, después de respirar muy, muy hondo—. Solo soy precavido. Aparte de que el equipo no es… Son desagradables. No lo pasaría bien.
—Sí, porque en el Stardust te lo pasas de puta madre.
Gon entornó los ojos, una advertencia muda.
Bego la cazó al vuelo y chasqueó la lengua, consciente de haberse pasado de la raya.
Se quedaron en silencio uno, dos, tres minutos.
Al final, su novia suspiró largamente y se arrimó a él, pegándose a su costado de arriba abajo, de tobillo a hombro.
Luego tomó sus manos entre las suyas y le dio un beso en los nudillos antes de acunarlas en su regazo.
Todo esto en silencio, en pausa. Gon solo la miró sin decir nada con un nudo en el estómago.
Odiaba discutir con ella. Odiaba aún más discutir sobre su futuro.
—Lo entiendo, ¿vale? —susurró Bego, suave. La voz de cepo no le sentaba tan bien como a René—. Da vértigo arriesgarse otra vez. Pero entrenar… entrenar es lo que siempre has querido, es lo único que has tenido claro desde el principio, desde que nos conocemos.
—También a ti.
Ella alzó la vista de sus manos entrelazadas para mirarlo a los ojos, blandísima y preciosa.
—Vale —asintió—. También a mí. Así que, como a mí ya me tienes y no vas a perderme, ¿qué tal si intentas ir a por todas? Seguro que, en cuanto te conozcan, te será más fácil tratar con ellas.
Puesto así parecía tan simple… Parecía que decir que sí solucionaría todos sus problemas. Y quizá así era. Quizá bastaba con decir que sí.
Gon volvió la mirada hacia la serie en pausa en su televisión, midiendo una vez más los pros y los contras. Bego siempre acababa convenciéndole, desmenuzaba cada problema en pequeñas lógicas que enfrentar de una en una hasta que ya no quedaba nada, solo alivio. Y aun así, aun así…
—¿Qué es lo que no te convence?
El encogimiento de hombros con el que contestó fue otra mentira.
No quería volver a discutir, y encima por el mismo tema de siempre.
Sintió sus dedos enterrándose en su pelo corto, alentándolo a abrirse (a confesar), pero aunque Gon cerró los ojos y relajó los hombros, fue incapaz de decirlo en voz alta.
—No tienes que decidirlo hoy —le dijo Bego al oído, tras darle un besito en la sien—. ¿Por qué no lo comentas con Nadia? Ella sabrá si hay posibilidades de que te readmitan en junio, si es que quisieras volver.
Lo último que quería era sumar a otra persona al drama y, sin embargo, asintió de nuevo.
—Sí. Es buena idea.
—¿Verdad? —Le hablaba como se le hablaría a un niño que no quería irse a la cama en Navidad, tratando de hacerle ver que, cuanto antes se durmiera, antes vendría Papá Noel—. Vale, pues quedamos en eso. Ya verás como te tranquiliza. Seguro que hasta te monta una fiesta si te vas.
Era verdad. Nadie se alegraba tanto de que alguien se marchara del Stardust como sus propios empleados. El corazón se le aceleró al imaginarse entrando en la cafetería no para trabajar, sino para saludar. Libre, descansado, tranquilo. ¿Feliz…?