14 Tiempo muerto
L as veces anteriores no había notado el paso de un estado a otro.
Quizá habían ocurrido de forma diferente, de súbito en lugar de poco a poco, como una tirita arrancada del tirón.
Nunca así, como un atardecer, las sombras alargándose hasta cubrirlo todo, luz y oscuridad entremezclándose, realidad y recuerdo, eco y algo más.
Sabía que se avecinaba un cambio de estado porque los ruidos del pasado martilleaban insistentes las paredes de su cráneo, queriendo dejar huella.
Era ensordecedor, incapacitante, paralizante, y cuando el domingo por la mañana se montó en el tren hacia Pozuelo estuvo a punto de vomitar en una papelera de la estación, de lo alto que restallaba la batalla en su interior.
¿Qué vendría después? Reyes tenía la teoría de que sus vidas anteriores utilizarían cada uno de sus sentidos para hacerse entender; Gon, la de que los cambios se producían cuando algo cambiaba en el presente.
Eso último no se lo había dicho, claro, aunque cada vez tenía más pruebas.
El fin de semana en Cifuentes era la prueba.
Lo tenso que se notaba al hablar con Bego era la prueba.
Las toneladas de grava bajo las que enterraba todo pánico eran la prueba.
¿Qué vendría después? Si ya habían sufrido gusto, olfato y oído, solo vista y tacto restaban.
A veces le parecía ver algo por el rabillo del ojo, un reflejo, una sombra; y deseaba con todas sus fuerzas que no tocase vista, que aquel fuera el último sentido, pues podía soportar los gritos y los olores y los sabores, pero no que sus ojos lo engañaran.
Otras; el mero hecho de sostener un vaso de cartón le producía tal dentera que le asaltaban las náuseas, como si de pronto sus palmas se hubieran vuelto hipersensibles a cualquier roce.
Tenía miedo, la verdad. Miedo de que, en esa ocasión, fuera demasiado.
De que alguien lo notara. Hasta entonces había conseguirlo al menos disimularlo.
Pero ¿cómo iba a trabajar sin ver? ¿O sin sentir ?
¿Y durante cuánto tiempo podría soportarlo u ocultarlo antes de cagarla estrepitosamente?
Con un cliente, con un compañero, con Bego.
¿Cuánto tiempo antes de que su novia le dijese que era hora de pedir ayuda?
No, estaba adelantándose. Estaba poniéndose en lo peor porque no quería hacer frente al nerviosismo que ahora le carcomía por dentro.
Le temblaban las manos al pasar el abono por el lector del autobús.
Bego todavía no sabía lo de la sustitución.
Gon se sentía mal por guardárselo. Ocultarle cosas no era su estilo (¿o sí?
Ya empezaban a acumulársele los secretos), pero creía firmemente en lo que había hablado con Reyes cuatro días atrás: Bego no sería objetiva. Y tampoco le dejaría serlo a él.
Por eso estaba yendo de encubierto al colegio privado en el que su novia había pasado media vida antes de mudarse a Argüelles.
A ella le había dicho que le tocaba doblar en el Stardust y a sí mismo que solo se estaba cubriendo las espaldas, por si acaso la oferta caía en saco roto.
No quería hacerse ilusiones, sin más. Solo quería…
echar un vistazo. A solas. Sin presiones.
A pesar de que abril prometía calor, el frío se negaba a marcharse, así que el partido se celebraría a cubierto.
El polideportivo olía a sudor, spray antiinflamatorio y bebidas energéticas, todo aderezado con el chirriar de suelas sobre cancha y el ruido sordo del balón al rebotar.
La familiaridad de la mezcla le encogió el corazón, aunque no consiguió relajarlo.
Menos aún cuando el tío de Bego lo saludó desde las gradas, risueño como un niño con una piruleta.
Le presentó al profesor de gimnasia (que había aceptado hacer las veces de entrenador mientras buscaban sustituto), a otro par de padres entusiastas y, por último, a las propias niñas.
Ellas lo miraron de arriba abajo, juzgándolo duramente. Ninguna pasaría los trece años, lo que las convertía en arpías en miniatura.
Gon trató de recordar cómo había manejado su anterior equipo, qué había hecho o dicho para ganarse su confianza, pero no lo consiguió.
A lo mejor había perdido el toque. Tendría sentido.
¿Cómo iba a guiar o animar a un grupillo de preadolescentes si no era capaz de hacerlo consigo mismo?
Carraspeó, nervioso, mientras se presentaba.
Les dejó claro que no venía para quedarse, que ni siquiera sabía si sustituiría a su entrenador y que, aun de ser así, respetaría lo que este hubiera planeado para ellas.
Cuando terminó su discursito, les cedió el turno de palabra. No esperaba que lo tomaran, no después de las miraditas que habían cruzado entre ellas al escucharlo, claramente disgustadas con la novedad.
—Me suena tu cara —espetó una, sin molestarse en parar de mascar chicle—. ¿Has estado antes en el circuito?
Otra chica respondió por ella:
—Mi padre me dijo que estuvo en el Sagrado Corazón de Jesús hace un par de años.
Y otra más:
—Es verdad, tenían un chino. Con perdón —se apresuró a añadir, aunque tampoco parecía muy arrepentida—. ¿No os acordáis de la matraca que dio Andrea por el grupo?
—Bueno, pero es que Andrea da la matraca con todo.
—¡Oye!
—¿Cómo les fue ese año?
—Pues como siempre; nos dieron tremenda paliza.
—Sí, no estuvo Marco fino ahí.
—Ni nosotras.
—No, no, ni nosotras.
Gonzalo las dejó parlamentar, mitad apabullado mitad divertido.
Era buena señal que reconocieran sus propios fallos, y también que tuvieran tan fichado el circuito.
Significaba que se lo tomaban en serio. Que no aceptarían novatos, ni miedosos, ni vagos.
Le recordaron a sus chicas, aunque les sacaban tres años.
Los mismos que llevaba Gon en el Stardust. ¿Seguirían jugando?
¿Se enfrentaría a ellas si aceptaba el trabajo?
¿Qué pensarían al verlo con otro equipo?
¿Se alegrarían, se enfadarían? ¿Les daría igual?
Después, silencio. Y diez pares de ojos clavados en él, expectantes.
—¿Ya habéis terminado? —preguntó, arqueando una ceja.
Ellas asintieron a la vez.
—Vale. No tenemos mucho tiempo para conocernos, así que poneos a calentar e iré preguntando una a una lo que necesite, ¿de acuerdo?
Volvieron a asentir.
—Pues venga.
La palmada que dio luego actuó como pistoletazo de salida, y las chicas echaron a correr en círculos por su lado del campo. Gon sentía en la nuca las miradas taladradoras de los padres, quizá más críticos incluso que ellas. Le sudaban las manos.
Como se trataba de un equipo junior, la capitanía tampoco importaba mucho, pero aun así se acercó primero a una tal Magda, para demostrarle que atendía a la jerarquía. La chica lo miró desde el suelo mientras estiraba, asintiendo o negando a sus preguntas sin extenderse demasiado.
—¿Habéis jugado antes contra el Sagrados?
—Esta temporada no.
—¿Cómo fue en las anteriores?
—Unas bien, otras mal. El año pasado fueron campeonas.
Gon asintió.
—¿Sabes si conservan la misma plantilla?
Ella negó con la cabeza antes de examinar el campo contrario con los ojos entornados. Él esperó, paciente.
—No veo a nadie nuevo.
—Bien. ¿Conservamos nosotros la misma plantilla?
Negó otra vez y luego señaló con el mentón a una chiquita algo apartada del resto.
—La del coletero rojo, la de rizos. Elena. Entró en enero.
—¿Y cómo la ves?
El modo en que frunció los labios le dijo todo. Y, aun así, contestó:
—No es Almudena.
Los padres de Almudena se habían mudado a Valencia el verano anterior, lo que había supuesto una reestructura involuntaria del equipo; rotando posiciones, rangos y dinámicas.
A Gon apenas le hicieron falta diez minutos de partido para diagnosticar el problema.
Saltaba a la vista, sangraba. Y entendió por qué Marco había sido incapaz de verlo, porque él también había sufrido esa reforma.
Se veía a leguas, el remiendo.
La marcha de su mejor pasadora había abierto un agujero en la fluidez del equipo, obligándolas a tejer a toda prisa un parche que lo cubriera.
Durante el primer trimestre, el puesto de Almudena había sido ocupado por voluntarias, ninguna dispuesta a quedarse (solo a hacerles el favor), así que las chicas se habían acostumbrado a cumplir su rol y parte de otro.
Hasta cierto punto, les había funcionado, porque llevaban años jugando juntas y se conocían, sabían detectar la ubicación de las demás incluso sin verlas.
La nueva, Elena, intentaba cumplir el suyo, pero no se lo permitían.
La trataban como a otra suplente más, invadiendo su zona, apropiándose de sus pases, decidiendo por ella.
Gon no creía que lo hicieran con malicia, ni siquiera a propósito.
Simplemente, se habían hecho a sus nuevas responsabilidades, y ya no recordaban qué parte del juego pertenecía a Elena.
Y Elena, todavía demasiado novata como para entender que no es que estuviera haciendo nada mal, sino que sus compañeras seguían empeñadas en proteger el agujero, se limitaba a dar tumbos cancha arriba, cancha abajo, perdida e insegura e inútil.
En el descanso, ellas ni siquiera los miraban. Ni a Elena ni a él. El Sagrados Corazones les sacaba ya veinticinco puntos de ventaja.
—Magda —llamó Gon, y la capitana solo ladeó la cabeza hacia él, sin apartar la vista de su botella de agua—.
No subas tanto, deja que Elena te conecte con…
con los pívots. Lo mismo te digo a ti —«Andrea», ofreció la chica, tan alta que casi le llegaba al hombro—, no hace falta que bajes todo el rato.
Estás corriendo más kilómetros que en atletismo, amiga.
—Ella le rio la gracia, las otras no—. Atenta a los aleros, son ellos quienes tienen que traerte la pelota, no ir tú a por ella.
Se os cuelan por los huecos libres que dejáis al abandonar vuestras zonas, cuidado con eso.