Con la miel en los labios 13 Hábitat natural #4
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13 Hábitat natural #4

Como en un puzle, las piezas encajaron. Ah, vale.

Ah, vale. Vale. Eso tenía más sentido. Mucho más que forzarle a adoptar un bebé aleatorio, al menos.

Recordaba que aquel domingo Óscar se había quejado del entrenador de su hija, tildándolo de flojo porque la barriga de su mujer estaba enorme y eso le distraía.

Al parecer, la temida baja de paternidad había llegado un mes antes de lo previsto (junto con el bebé), y el zagal «de repuesto» no podía incorporarse hasta principios de mayo.

—Bueno, ¿qué me dices?

Nada, para empezar. No pudo decir nada. Solo se quedó ahí de pie, boquiabierto, aturdido.

—Eh…

—Porque, mira, para ser sinceros, Gonzalín, con la que nos ha liado no te creas que nos morimos porque vuelva, ¿eh?

Que las niñas tienen partido este domingo, ¡contra el Sagrados Corazones de Argüelles!

¿Tú te crees que es de recibo marcharse así, sin avisar ni nada?

Que sí, que entiendo que la señora tampoco se lo pudo aguantar dentro más tiempo, pero no hacía falta que pidiera el permiso de paternidad ahora mismo, ¿no?

No sé, chico, un poquito de empatía. —Gon se limitaba a colar pequeños «claro, claro» aquí y allá, incapaz de meter baza—.

¡Pero bueno…! Si es tan corto de miras como para no ver que un buen equipo te lleva más lejos que un bebé, allá él.

¡Como si no supiera lo importante que es el baloncesto juvenil en Pozuelo!

¡Que somos cantera de equipos de primera!

Así que, ya sabes, si te ganas a las crías te ganas el resto, ya sea en el cole o en extraescolares, ¿cómo lo ves?

Entre la metralleta de plañidos del señor, sus ojos se encontraron con los de Reyes. Lo vio enarcar una ceja, inquisitivo, quizá preocupado por su expresión. Se apresuró a levantar el pulgar para tranquilizarlo, aunque él no dejó de observarlo.

—¿De… de cuánto tiempo es la sustitución?

—Lo que te digo, el último trimestre, de abril a ¿junio? No sé cuándo terminan las clases. Te apuntas, ¿no?

Muy, muy cuidadosamente, Gon evitó decir que sí. Primero porque sentía que le faltaban datos, que no podía ser tan bueno; segundo porque ni siquiera sabía si quería aceptar la oferta.

—¿Para cuándo necesitaríais saberlo?

Y otro aluvión de palabras:

—Tendrías que incorporarte después de Semana Santa, a principios de abril, aunque si pudieras venirte a conocer a las chicas ya el domingo mejor que mejor, que andan un poco tristonas, ya sabes.

—No le dejó ni contestar—: Ah, espera, ¿lo dices por el preaviso al Stardust?

¡Tienes tiempo de sobra! ¡Si estamos en marzo todavía!

No era por eso. Era porque se trataba de un trabajo temporal.

Tres meses. ¿Y si cuando se le terminara el contrato ya no le readmitían en el Stardust?

¿Y si sí que lo readmitían pero en otro más lejano, con peor horario, con otros compañeros ?

No lo soportaría. Si había sobrevivido en el Stardust tanto tiempo era gracias a Nadia, Recla y Carol, y, últimamente, también Fran y Estefanía.

No podía… No podía lanzarse a la piscina así, sin más.

Necesitaba una red de seguridad. Necesitaba garantías de que lo renovarían en verano, no palabrería, no…

Pero si metía la cabeza luego sería más fácil que contaran con él para otras ocasiones, ¿no?

Más sustituciones, en otros colegios; o incluso en equipos oficiales, aunque fueran pequeñitos…

Odiaba la indecisión. Odiaba elegir. Lo paralizaba, le revolvía el estómago. Odiaba los cambios, positivos o negativos, porque destrozaban la calma de una vida quizá no perfecta, pero sí estable.

—Bueno, Gonzalín, tú dime en cuanto puedas, ¿sí? Sobre todo lo del domingo.

—Claro —carraspeó—. Te voy diciendo. Muchas gracias, de verdad.

—¡Nada! ¡N ǐ hào! Se dice así, ¿no? ¡ N ǐ hào , chaíto!

Ni siquiera tenía fuerzas de chirriar los dientes.

—En realidad, adiós es «zàijiàn». «N ǐ hào» es hola.

—¿Uy, seguro? Mira que a mí me habían dicho que se saludaban igual que se despedían, ¿eh?

—Eso es en hawaiano… Aloha.

Una risotada le martilleó el oído.

—Aaah… Ay, si es que me suenan todas iguales. ¡Pues eso, aloha !

— Aloha —balbuceó por inercia.

El pitido de fin de llamada llegó tan de súbito como la propia llamada, y Gon tardó un par de segundos más en apartarse el móvil de la oreja.

Se quedó mirando la pantalla, planteándose si acababa de sufrir una alucinación.

Tal vez el intenso olor a pintura le había drogado, o estaba dándole una insolación.

Desde luego, el sol pegaba fuerte en su nuca.

—Te he visto envejecer sesenta años en cinco minutos.

Gon resopló, regresando a su lado a paso pesado. Se dejó caer en su pedacito de hierba, que crujió bajo su peso. Reyes no le quitaba la vista de encima.

—¿Quién era?

—El tío de Bego.

Se tensó entero.

—¿Ha pasado algo?

—No, tranquilo. Es… —Volvió a levantar la brocha. Ya ni recordaba qué le tocaba pintar—. Luego te cuento. Necesito unos minutitos de zen , que me ha puesto la cabeza como un bombo.

Lo oyó reír, blando y suave.

—Los que quieras. Toma.

Y le tendió un pincel de punta fina. Gon lo miró, descolocado, hasta que lo reconoció como propio. Ah, sí, las florecillas. Ya estaban con los detalles.

Con un suspiro, cambió la brocha por el pincel.

Para lo insoportablemente cotilla que se ponía Reyes a la hora de interrogarle sobre sus sueños, con este otro tema fue todo un caballero, dándole espacio para rumiar a gusto mientras finiquitaban la colmena.

No le tanteó, no le metió prisa, ni siquiera habló.

Se encargó de fotografiar el resultado final para Bego, de manejar la breve despedida con sus padres y se ofreció a llevarle directo a Madrid en lugar de solo hasta Guadalajara, como habían acordado.

«Tú mañana madrugas, yo no», y Gon fue débil y aceptó.

No se le ocurrió por qué querría nadie hacer hora y media de coche a las siete de la tarde para hacer otra hora y media de vuelta al día siguiente.

Estaban ya cerca de Madrid cuando Gon se lo contó. Había contemplado la posibilidad de guardárselo hasta tomar una decisión (así podría ignorarlo cuanto quisiera), pero tenía la sensación de que compartirlo con él le ayudaría a organizarse las ideas.

—¿Y qué vas a hacer?

Gon lo miró. Reyes no, Reyes seguía concentrado en la autopista. Mmm. Había esperado que saltara a decirle que aceptara el trabajo, o a darle su punto de vista, como siempre.

—Pues… No lo sé.

Silencio.

Y luego:

—¿Tú qué harías?

Lo vio enarcar una ceja.

—Qué raro que me preguntes tan pronto.

—¿Pronto?

Reyes asintió.

—Normalmente esperas hasta el último milisegundo para pedir ayuda. Sobre todo a mí.

El clic del cambio de marchas resonó como un tiro en la quietud del coche, el atardecer lo inundaba todo de magma. Bajo esa luz, sus ojos parecían amarillos, como los de una lechuza. O como los de un felino.

—¿Eso hago?

—Sí, Gon —rio Reyes por lo bajo—. Eso haces.

—No me había dado cuenta.

—Ya.

El silencio volvió, así que Gon sintió la necesidad de explicarse:

—Es porque quiero sopesar todas las opciones antes de contárselo a Bego, y tú eres bueno en eso. Ella también, claro, pero… —Se removió en el asiento, incómodo—. No creo que vaya a ser muy objetiva esta vez.

Reyes se tomó su tiempo para contestar.

—No hay prisa, Gon. Ni siquiera tienes por qué decírselo hoy.

Tú descansa, dale vueltas, y ya cuando estés tranquilo y quieras una visión más general de las cosas, nos preguntas.

—Alzó la vista hacia el cartel de preseñalización de salida—.

Y sobre todo un día que tengamos más de veinte minutos para hablar.

Se lo quedó mirando. Allá afuera, el sol se ahogaba tras la explanada, partiendo su rostro en dos. Sombra y oro. No quería irse. No quería bajarse del coche. No quería volver a la vida real.

Así que asintió, aceptando el consejo, porque Reyes tenía razón: siempre podía dejarlo para después. Después, después, después, siempre después.

Como si no llevara haciendo eso mismo desde el 1 de diciembre .