Con la miel en los labios 13 Hábitat natural #3
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13 Hábitat natural #3

Su risa sonó incrédula, y también un poquito aliviada al pillar por fin la broma.

¿Había pensado que lo acusaba en serio? Suponía que sí.

Carol le daba la matraca con el temita día sí día también, y el tercer grado al que había sometido a Reyes sobre la sostenibilidad de su «ecosistema» en una de sus primeras cenas grupales le había agobiado hasta a él.

«Supongo que no está tan mal si no se la quitáis toda », había sentenciado Carol, con esa mirada que traicionaba que aún no andaba muy convencida.

«No somos saqueadores —había sido su respuesta—.

Sabemos de apicultores que les cambian la miel por agua azucarada para quedarse el beneficio neto de la cosecha, pero a nosotros no nos gusta, no somos…

—y había torcido el gesto, despectivo— industriales ».

—Casi todo lo que ganamos es para ellas —continuó el Reyes presente, ya más tranquilo—.

Les doy casa, abrigo, medicina cuando lo necesitan y agüita dulce para animarlas.

Me las llevo de excursión a campos con muchas flores, las protejo de depredadores e insecticidas…

Yo soy la verdadera abuela de mis enjambres.

Y a veces también reina, porque les traigo hermanas.

El concepto de Reyes abeja reina le pescó con la guardia baja.

Estaba acostumbrado a pensar en él como avispa o como apicultor, y mira que su dichoso usuario en redes era TheKingBee.

Aunque, ¿no hacía lo mismo en el Panal que en Cifuentes?

Rescatar colmenas, cuidarlas, protegerlas.

Enemigo ante ojos ajenos, aquellos que no lo conocían, que no se molestaban en escuchar.

—¿Pasa algo?

—¿Hm?

—Te has quedado callado.

—Ah, no, no. Estaba pensando, perdona.

Sus labios se retorcieron en una sonrisa malévola, pero esa vez no aprovechó para soltarle ninguna puyita. Gon se lo agradeció en silencio.

—¿Seguimos?

Asintió.

—¿Algún voluntario para accionar la manivela de este magnífico extractor tangencial?

Gon arqueó una ceja; Reyes frunció el ceño.

—Vaya. Alguien se va a quedar sin su tarrito gratis de miel al final de la visita…

—Es que no quiero hacerte el trabajo sucio.

—Acciona la manivela, Gon —pasó a ordenar, así que Gon resopló y obedeció.

—A mí me gusta decir que son la encarnación del «más vale pájaro en mano que ciento volando».

No libarán otro tipo de flor hasta que no acaben con todas las de la especie que hayan elegido en primer lugar.

—Señaló las seis muestras de miel sobre la mesita, a cada cual más oscura—.

Así es como conseguimos los diferentes sabores.

Si queremos miel de espliego, llevaremos nuestras colmenas cerca de campos de espliego; si queremos miel de romero, pues a campos de romero; si quisiéramos miel de bosque…

Silencio. Reyes sonrió, expectante. Gon tardó en entender qué estaba esperando.

—¿A un bosque?

—Muy bien —lo felicitó él, levantando la muestra más oscura con ambas manos. Gon puso los ojos en blanco—. La miel de bosque proviene de las resinas de los árboles, y por eso es la más oscura y la menos dulce.

—¿Y la milflores?

—¿Tú qué crees?

—¿De mil flores?

Esta vez, Reyes rio por lo bajo. Todavía tenía la nariz roja de frío.

—Podría decirse que la milflores es el sabor base. Las abejas han libado de diferentes flores en diferentes proporciones y, por tanto, cada año y en cada zona es única e irrepetible. También la más fácil de conseguir, claro. Es la que compras en los supermercados y tal.

Gon se acercó a la mesa para curiosear de cerca las muestras.

—¿Por eso la miel roja de Tesar era venenosa? ¿Venía del polen de alguna planta tóxica?

Cuando volvió a levantar la vista, Reyes lo miraba fijamente, como si lo estudiara.

—Exacto. Diez puntos para el equipo Zángano.

—¿Desde cuándo hay equipos?

—Desde ahora.

Al final, Reyes se removió, inquieto, con un tarrito de miel entre las manos.

La etiqueta estaba pegada con celofán al cristal, un simple folio recortado con las palabras «Recordatorio de mi visita al apiario Cisneros.

Desde 1860. Día/mes/año» seguidas de un espacio libre para que cada invitado escribiera su nombre.

—A ver, aún está todo un poco sujeto con pinzas, pero…

—Está muy bien, Reyes.

Él alzó la vista del tarro para mirarlo directamente a los ojos, mitad inseguro mitad complacido. Y quizá un poquito avergonzado, también, aunque Gon no sabía por qué. Total, a Reyes nunca le había importado una mierda su opinión. ¿O sí?

—¿Sí?

—Sí —confirmó Gon, serio—. Es entretenido, divertido y sincero.

—Sincero. Me gusta eso.

—A la gente también le gustará —le aseguró, adelantándose para darle un leve apretón en el hombro—. Llevas años haciendo esto. Lo único que cambia es que lo harás cara a cara y no por móvil.

Lentamente, Reyes asintió. Cuando además sonrió, animado, a Gon le dieron ganas de abrazarlo. Por supuesto, no lo hizo. Estaría fuera de lugar.

—Gracias.

—Nada.

—La pintura debe de haberse secado ya, y aún falta un ratito para comer. ¿Nos ponemos?

—Venga.

La llamada telefónica que daría un vuelco a su vida llegó a primera hora de la tarde, tras cambiar las brochas de pintor por pinceles de artista para abordar los detalles más pequeños.

Por supuesto, el diseño corría a cuenta de Susana, sencillo pero bonito, lo suficientemente manejable como para que ni él ni Reyes hubieran temido cagarla al replicarlo sobre la colmena vacía.

Por supuesto, no quedaría como las verdaderas maravillas que había visto en el apiario, ninguno de los dos era Van Gogh, pero sería suya, y eso bastaba.

La llamada telefónica que daría un vuelco a su vida le pilló absorto en cómo Reyes rascaba un desliz de pintura con un clínex.

Reyes tenía cuatro agujeros en la oreja izquierda y dos en la derecha.

Salvo un par, todos ocupados por finos aretes plateados en los que se enredaban algunos mechones sueltos.

Bajo el sol, su pelo adquiría un tono ignífugo que destellaba a cada mínimo cabeceo, ahora un poquito más largo que en Navidad y en parte recogido en un vago moño para despejarse la cara mientras trajinaba.

«En parte» porque aún le caían ondas nuca abajo, ya casi hasta los hombros.

Espeso, espeso como un trigal escarlata.

Lo sabía por René, porque en sueños había hundido y hundido los dedos en esa melena leonada suya y jamás parecían tocar fondo.

Si quisiera, Gon podría quitarse la espinita heredada de Kara y tocarlo con las manos desnudas, enroscar un par de mechones en sus nudillos hasta grabarse su textura en las yemas. Si quisiera, claro. Pero no quería.

Había algo en Reyes allí, en su hábitat natural, que no había visto hasta entonces.

No ubicaba de qué se trataba exactamente, solo que se parecía mucho a la diferencia entre ver a un león rondando en un zoo a verlo repantingado en la sabana a media tarde.

Entre la ilustración de una lagartija en un libro de ciencias a encontrársela cruzando el patio como una centella.

Más libre, más real, más todo que nunca.

Reyes era perfecto entre las calles de su pueblo de una manera en la que jamás lo sería en Gran Vía.

Se dio cuenta de que aquel era el verdadero Reyes Cisneros.

No el que pedía cafés que detestaba en el Stardust sino aquel que llevaba media hora peleándose con el mismo pétalo porque sorprendentemente era un completo desastre en manualidades.

Tenía pintura seca bajo las uñas y hasta los codos y, si no prestaba mucha atención, las manchas se confundían con sus tatuajes de flores silvestres.

«Es chica de ciudad, la Titi», había dicho la noche anterior, y por alguna razón en ese momento Gon fue del todo consciente de que nada ni nadie lograría arrancar a Reyes de su tierra.

Había elegido florecer allí y quien quisiera acompañarlo hasta el final tendría que enraizar en ese mismo suelo.

Cuando su móvil sonó, ambos pegaron un brinco, como cazados en algo sucio.

—Qué puto susto —siseó Reyes mientras Gon corría a sacarse el teléfono del bolsillo.

Frunció el ceño. Era un número desconocido, pero descolgó igualmente.

—¡Eyyy, Gonzalito…! ¿Cómo te va, machote?

Ni en sus más alocadas suposiciones habría adivinado de quién se trataba.

—Óscar —consiguió saludar, sin terminar de creérselo—. Bien, gracias, ¿tú?

—Excelente, como siempre, ¿tienes un minuto?

Ah, ¿que no se había equivocado?

—Eh… Sí, espera un momento… —Sintiéndose tan estúpido como torpe, Gon se levantó y se alejó unos pasos de la colmena—. Dime.

El tío de Bego rio sin razón aparente antes de soltarle una perorata de varios minutos sobre tres puntos tan dispares que su cerebro se recalentó como un PC viejo: el primero, que su hija jugaba al baloncesto en un equipillo de Pozuelo.

Ese fue el más fácil de digerir, ya se lo había comentado en una de las comidas domingueras de los Lesmes.

El segundo, que él no sabía jugar al baloncesto («A ver, que yo si me pongo lo saco, pero es que soy más de fútbol, ¿sabes?

»). El tercero, que alguien había dado a luz.

Durante un terrorífico (aunque fugaz) segundo, Gon creyó que iba a encasquetarle al bebé.

Estuvo a punto de vomitar de puro nervio, sobre todo cuando dijo «¿Y quién mejor que tú, con lo que te gustan a ti los niños?

» y «paternidad» y «porque me dijo Bego que estabais esperando que saliera algo, ¿no? ».

Por suerte, hubo una palabra clave, casi al final, que le dio sentido a todo.

«Sustitución».