13 Hábitat natural #2
Solo había que verlo a él. Lejos de casa, cerca de Reyes.
—Si lo de Bego sale bien, mi familia ya no dependería de mi popularidad —dijo, el sol bien alto en el cielo—.
Me gusta la idea de no ser solo una empresa, sino un centro de información.
O un museo. Actividades para niños, cursillos para novatos, servicios de polinización…
Ah, y lo de la comunidad de apoyo al resto de apicultores, que no todos tienen la suerte de tener esta carita para salvarles el culo —rio—. Suena bien, ¿no?
Gon asintió.
—Suena a futuro.
Reyes se giró a mirarlo.
—Sí —exhaló, como sin aire—. Suena justo a eso.
Se pusieron manos a la obra a media mañana, a la entrada de la fábrica de miel de los Cisneros.
Allí conoció al padre de Reyes, un señor estoico que no le encajó con el terremoto que era su hijo hasta que soltó un chiste verde sin siquiera mudar el rostro.
Su madre llegó poco después con aperitivo para los tres y el último bote de pintura que acababa de entregarle un repartidor, encantadora y atenta y pelirroja, pequeña como un pajarito.
Le hicieron sentir bienvenido. No como un conocido de su hijo, ni como un invitado al apiario, sino como un amigo íntimo de la familia.
Al hermano mayor lo conoció mientras ellos dos preparaban la mesa para comer:
—Así que tú eres el famoso Gonzalo.
Ni saludo ni nada, directo al grano. Pelo castaño, talante tosco, corpulento como un toro… Se parecían menos entre sí que Gon con sus hermanas (y eso que con ninguna compartía sangre), pero estaba claro a qué progenitor había salido cada uno.
—Perdona, pero aquí el famoso soy yo —replicó rápidamente Reyes, yendo directo a darle un capirotazo en la oreja. El tío se lo quitó de encima como a una mosca.
—Pero ¿es este del que no dejas de dar por culo sí o no?
—¡No!
—¿No? ¿Y entonces cuántos Gonzalos conoces? —Se encogió de hombros antes de tenderle la mano—. Encantado, soy Sergio. Mis más sinceras condolencias.
El famoso Gonzalo se la estrechó, frunciendo el ceño.
—¿Por?
—Por hacerte amigo de mi hermano.
—¡Tienes sueldo gracias a mí! —protestó Reyes a su espalda, con la misma voz histriónica que ponía Esther cuando Susana le robaba la ropa—. ¡Despedido!
Sergio rio por la nariz.
—Pues buena suerte haciendo la declaración de la renta tú solo.
Al instante, Reyes gimió, así que Gon se volvió hacia él, alarmado. Tenía tal expresión de angustia que, durante un segundo, creyó que de verdad le pasaba algo. Luego dijo:
—Hacienda me da un miedo terrible. Es demasiado fácil evadir impuestos por accidente.
—¿Hablas por experiencia? —sonrió Gon.
Un nuevo gemido le dio su respuesta.
Terminaron de dar la primera capa de pintura antes de anochecer, así que pasaron el resto del día (o, más bien, de la noche) paseando por Cifuentes.
Gon no tenía mucha experiencia con la España Vacía («Vaciada», le corrigió Reyes); sus padres siempre veraneaban en la playa y a sus (antiguos) amigos les atraía conocer otros países antes que el propio.
Ni siquiera recordaba la última vez que había pisado un pueblo.
Quizá de niño, en alguna excursión a la Granjaescuela.
Allí, la inmensa mayoría de las farolas alumbraba en tonos ambarinos, las blancas solo reservadas para la Plaza Mayor, tan triangular como añeja, y para un par de monumentos del estilo.
Los manantiales se fusionaban con las calles hasta formar sus propias plazas y callejuelas, aguas de líquida esmeralda durante el día pero puro alquitrán por la noche.
Todo era viejo y polvoriento, como suspendido en el tiempo; hasta los pocos letreros lumínicos parecían contagiados de vejez.
Cuando Reyes le contó que Cifuentes había estado a punto de convertirse en capital de provincia «allá por el siglo XIX», le costó creerle.
Al ser entre semana, no muchos locales permanecían abiertos después de las ocho, pero por suerte el partido de fútbol de turno les solucionó la cena.
Algunos hombres saludaron a Reyes al verlo entrar, otros no.
El camarero sí, el dueño no. Gon se sintió observado por todos ellos por igual.
Entre los alaridos de GOL y GILIPOLLAS y ESTÁS COJO, CAbrÓN les fue complicado escucharse, y al salir del bar ambos soltaron un suspiro aliviado, Reyes toqueteándose el audífono derecho con una mueca fantasma de dolor.
Ya de vuelta en casa Cisneros, vieron una película en el portátil de Reyes comentándola en bajito para no despertar a sus padres.
Sergio seguía despierto, pero no se les unió.
Después Reyes le enseñó fotos de una casita solitaria en venta al otro extremo del apiario, más cerca de Brihuega que de Cifuentes.
Dos pisos, balcón y jardín, una destartalada piscina con la pintura azul desconchada.
«Creo que en un par de meses tendré suficiente ahorrado —le dijo en un susurro, y—: Estoy deseando mudarme».
«¿Tú solo?», preguntó él, incapaz de concebir poder independizarse tan joven, tan fácil.
«Bueno… Titi puede venirse, si quiere, aunque ella prefiere buscarse algo en Guadalajara. Es chica de ciudad, la Titi».
Eso le hizo preguntarse si él mismo sería chico de ciudad, si se le daría mal vivir en cuatro calles mal adoquinadas, solo río y alfalfa alrededor.
Si necesitaría el barullo, o los grandes supermercados, o las tiendas, o las infinitas opciones de comida y entretenimiento.
Si le molestaría la falta de servicios básicos, de cobertura y de interés ministerial.
Nunca se lo había planteado, porque nunca había conocido otra cosa.
Supuso que no. A él le bastaba con tener para vivir.
Había podido llegar a esa conclusión tras años de explotación laboral y miseria.
Aunque nunca tenía suficiente. «No hay futuro en las abejas», habían dicho los padres de Reyes, pero a Gon le parecía que no lo había en ningún sitio.
Lo envidió. A Reyes. Envidió que él hubiera podido resucitar su futuro mientras el suyo agonizaba cada día más deprisa.
Pensó mucho en eso, tumbado en la cama de la habitación de invitados, mientras miraba sin ver una colección de Barbies y Action Man apilada sobre un silloncito de mimbre olvidado en una esquina.
Pensó en cambiar. Pensó en cómo podría hacerlo, por dónde comenzar, qué era lo que hacía su vida tan desdichada.
No encontró respuesta, así que le dio la espalda al silloncito y se concentró en dormirse.
Terminaron la segunda y penúltima capa de pintura a media mañana del día siguiente.
Se habían despertado tan temprano que el sol parecía igual de amodorrado que ellos y sus respiraciones se condensaban en volutitas de falso humo.
Durante los diez minutos de camino entre la casa y la fábrica, Reyes parloteó sin pausa sobre un antiguo milagro local, nosequé de tres soles amaneciendo a la vez en 1600, un santuario y un convento.
Algo de eso. Gon no le había prestado mucha atención porque había estado demasiado concentrado en no congelarse.
Seguía cotorreando sobre a saber qué cuando horas después lo guio al interior de la fábrica para enseñársela mientras esperaban a que la pintura se secara.
Desde su despacho, el señor Cisneros los saludó con un gruñido, su hijo lo ignoró, Gon contestó educadamente, las tenazas con las que el señor andaba peleándose se partieron con un sonoro crac que resonó en la nave.
La risotada de Reyes también resonó en la nave.
Justo después, el chaval adoptó pose de mayordomo y señaló pomposamente la bóveda bajo la que convivían diferentes máquinas, cacharros y cuartos. A primera vista, parecía que un huracán lo había arrasado todo a su paso. A segunda, Gon empezó a distinguir cierto intento de orden entre el caos.
—¿Preparado para el tour ? —sonrió Reyes, enarcando una ceja—. Vas a ser el primero en vivir la Experiencia Cisneros, futuro certificado de calidad turística de Castilla-La Mancha.
Gon resopló por la nariz, divertido.
—Qué remedio.
En lugar de morder el anzuelo, Reyes sacó el móvil para tener bien a mano el guion. Luego se aclaró la garganta y arrancó a hablar:
—¡Reyes, baja la voz, por Dios, que no somos cabreros! —gritó el señor Cisneros a mitad de exposición.
Una vez más, su hijo lo ignoró, aunque su sonrisa se alargó.
—También hay que estar ojo avizor a las avispas, pues las asiáticas se alimentan de abejas y ahora mismo son la mayor amenaza para nuestras colonias. —La figurita de avispón velutino parecía real en su palma—. Quedaos con su cara. Si veis alguna, llamadnos y nos encargaremos de destruir sus nidos.
—Pero bueno, Reyes, ¿tú masacrando avisperos? ¿Tú?
El chaval bufó mientras devolvía la figurita a su estante.
—Son una especie invasora. ¿Qué quieres que hagamos si no?
—¿Habéis probado a enviar alguna abeja a dialogar?
—Imbécil —le espetó, pero sonreía.
—Cuanto más rápido menea el culete una obrera, más cerca estará la flor que le gusta.
—Pues como los humanos.
— Gon.
—No sé, yo creo que robarle miel a las abejas está bastante feo.
Reyes saltó enseguida.
—¡Solo nos quedamos la miel que no van a usar!
—explicó, tan enérgico y vehemente como Gon había previsto—.
¡Hacen muchísima! Es como… es como cuando las abuelas se lían a cocinar y a cocinar y acaban con veinte tuppers para repartir entre toda la familia.
Es instinto, hacen de más para asegurarse de que todo el mundo tenga para comer.
—Bufó—. ¿Es robar si me quedo los restos que van a tirarse?
Muy a su pesar, eso le hizo gracia. Reyes tenía un don para las palabras que Gon admiraba y odiaba a partes iguales.
—Te los quedas para venderlos.
—¿Y qué? —refunfuñó, cruzándose de brazos.
—¿Cuánto porcentaje de esas ventas se llevan tus abejas? ¿Cuánto cobran?