Con la miel en los labios 13 Hábitat natural
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13 Hábitat natural

D os semanas después, Reyes lo recogía a la salida del metro en el modesto Ford Fiesta de su madre, que, desde luego, había visto tiempos mejores.

Gon lanzó su mochila al asiento trasero, lleno de botes industriales de lo que parecía pintura pero que no lo sería, y usó la hora y media de viaje para despabilarse del madrugón. El parloteo emocionado de Reyes ayudó.

El salpicadero polvoriento, los asientos raídos, el ambientador gastado.

Se preguntó en qué se gastaba el dinero de sus colaboraciones en TikTok si no era en coches lujosos ni ropa de marca; pues, aparte del millón de playeras diferentes que tenía (ninguna precisamente barata), Reyes Cisneros podría pasar por cualquier otro chico de su edad.

Supuso que lo invertía todo en la empresa familiar, reflotándola a golpe de sonrisa en internet. Funcionaba.

A mitad de trayecto, Reyes bajó el volumen de la radio casi al mínimo y tarareó por encima una tonada de taberna, tamborileando en el volante al ritmo.

Gon la reconoció y sonrió, pero no se unió al recuerdo tal y como Kara no se había unido al baile, simplemente contemplando desde su mesa cómo René daba vueltas y vueltas con la mujer del posadero.

Habían bailado juntos ya después, a solas en el dormitorio, la fiesta aún en su apogeo dos pisos más abajo haciendo vibrar los tablones bajo sus pies descalzos.

René llevaba el pelo suelto y caía sobre ambos como las ramas de un sauce cuando él lo aupaba por la cintura en cada giro.

Habían sido felices esa noche. Kara había estado a punto de quitarse los guantes.

En Cifuentes, fueron directos al apiario de los Cisneros.

«Ya habrá tiempo de hacer turismo cuando terminemos tu colmena, que cuanto antes pierda el olor a pintura mejor», había dicho Reyes, y aunque dicha colmena lo esperaba en la fábrica y no allá arriba, a ninguno se le había pasado por la cabeza no visitar las colonias lo primero.

Para ser mediados de marzo, hacía un día espléndido, casi veraniego.

Del maletero del Ford Reyes sacó dos monos de apicultor, uno amarillo y otro kaki.

Le tendió el segundo y le dijo que se quitase el abrigo y la sudadera.

El resto podía quedárselo puesto, botas de montaña inclusive (Gon se las habría traído justo para aquello).

—Creía que eran blancos —comentó mientras metía el pie en la pernera correspondiente. Tanto los bajos como los puños del traje eran elásticos, así que se sintió más seguro cuando notó la goma ciñendo su tobillo.

—No todos —explicó Reyes, ya a medio vestir—. Esos son los más baratos, pero basta con que sean de colores naturales. Verdes, rosas, azules… Si al final empezamos a hacer las visitas guiadas compraremos un puñado de los blancos, aunque yo seguiré con mi fiel amarillo.

Y se dio un par de palmaditas en los muslos, como hablándole al color. Quizá por eso nunca se quitaba la rompevientos amarilla. Quizá le recordaba a su ropa de faena.

—Te pega.

Reyes le sonrió. Hacía un poco de rasca, ya que el sol apenas terminaba de despuntar y la primavera de llegar, y a Gon le hubiera gustado no fijarse en cómo el frío erizaba la piel de sus brazos floreados antes de enfundarse las mangas.

—¿Te va bien? —le preguntó después, arrimándose para ajustarle las gomas de las muñecas—. Es el de mi hermano, ya no lo usa mucho. Perdona las manchas.

La verdad, las manchas no le preocupaban lo más mínimo.

Moteaban ambos trajes aquí y allá, sobre todo en rodillas y mangas, medallones de barro seco y miel pegajosa; muestras de toda una vida de trabajo entre abejas.

El olor también traicionaba que había sido usado y reusado, la tela dura absorbiendo sudor y agua azucarada y medicina.

No le desagradó. Olía a esfuerzo recompensado, a verano y a algo más.

Quizá a cuero, porque de ese material eran los guantes blancos que Reyes le tendió luego, aunque los puños volvían a ser elásticos, prietos.

Ni una abeja se le colaría por los brazos.

—Me siento como un astronauta —bromeó Gon, cuando terminó de subirse la rígida cremallera.

—Pues ya verás con la careta.

Como aún no se había puesto los guantes, fue Reyes quien se la colocó.

Dentro de la caperuza enrejada, el traqueteo de la cremallera tronó ensordecedor mientras sus pensamientos y oxígeno quedaban atrapados bajo esa segunda piel que le hacía sentirse tan torpe, tan enorme.

La malla emborronaba el mundo exterior, como difuminando la luz, un efecto extraño en contraste con la claridad con la que podía oírlo.

Por alguna razón, Reyes se rio. Después se puso de puntillas para rascarle con la uña una manchita reseca en la rejilla (rasrasras) y por un momento todo fue amarillo.

Gon se dejó hacer, muy quieto. Cuanto más respiraba, más calor tenía, un efecto invernadero en miniatura.

Parte de él era consciente de que la emoción que le vibraba en el pecho no le pertenecía, pero tampoco sabía (ni quería) librarse de ella.

Ni una sola nube en el cielo, ni una sola nube en su cabeza, solo expectación y ganas, ganas de doblar la esquina arbolada y reunirse con el zumbido que ya se oía desde el coche.

Ni siquiera quedaba rastro del pánico que llevaba arrastrando dos larguísimas semanas; disipado de golpe en hora y media de reloj.

A su lado, Reyes terminó de prepararse. Apenas distinguía su rostro tras la malla.

—¿Listo? —preguntó, y a Gon no le hizo falta ver la sonrisa para poder oírla.

El apiario de los Cisneros compartía espacio con una hilera de placas solares que le confería al conjunto un aspecto ajeno, de espacio sideral, las colmenas propagándose monte abajo en monolitos blancos y pardos.

Le parecieron miles. Seguramente fueran miles.

Se oyó a sí mismo contener el aliento, tratando de abarcar el campo entero de un único vistazo, sus movimientos un tanto errantes por culpa del buzo.

Era tal como se lo había imaginado, como le habían adelantado los vídeos de Reyes y, al mismo tiempo, completamente diferente.

Más grande, más organizado, más abierto.

Mirase donde mirase allí habría un nuevo enjambre, y tardó en darse cuenta de que no caminaba sin rumbo entre ellos, sino que seguía por instinto el faro amarillo que era Reyes Cisneros.

Y las abejas. Ah, las abejas.

Salieron a recibirlos enseguida, curiosas y en guardia, posándose sobre sus guantes y botas y caperuza.

Quería quitársela y dejarlas recorrer su piel expuesta, que anidaran entre su pelo corto y se le colaran bajo la camiseta.

Quería tocarlas. Quería saber si le picarían o si le reconocerían.

Si eran tan suaves como parecían. «Peluditas», había dicho la Avispa de Nascente, la que ahora lo miraba adelantar las manos y estudiar cada diminuta obrera en el cuenco de sus palmas.

Sentía su zumbido no a su alrededor sino en su interior, como si él mismo guardase un enjambre entre costillas y ellas pudieran oírlo desde allá afuera, a través de músculo y tendón y recuerdos.

Con la emoción vinieron las lágrimas, así que se forzó a no pestañear hasta que se fueran. Total, con la caperuza no podría enjugárselas, y tampoco quería mostrarse tan vulnerable frente a Reyes.

—¿Te gusta?

Se volvió hacia él. Estaba ridículo con el mono, los dos lo estaban, y eso le hizo reír en lugar de contestar, y eso fue respuesta suficiente para Reyes, que también rio. Se rieron como idiotas, rodeados de abejas, sus risas otro zumbido más en el aire.

—Mis padres empezaron a traerme desde muy pequeño —le contó, acercándose—, deberías haber visto el trajecito que me ponían, parecía un niño burbuja.

Lo tomó del codo para guiarlo hacia una colmena en particular, atravesando en diagonal el bosque de miel. Gon la reconoció enseguida por el cisne dibujado en la base y sonrió.

—A los doce comencé a ayudar en la fábrica, y a los quince ya quería dejar el instituto para dedicarme a esto. Mis padres se negaron. Decían que no hay futuro en las abejas. Que están vivas, pero también muertas.

Los entendía. Muy a su pesar, los entendía.

—Odié la universidad desde el primer día.

—¿Qué estudiaste?

—Publicidad. No duré ni un año.

No le sorprendió ninguna de las dos cosas. Reyes se detuvo a un par de pasos largos de la colmena para no estresar a sus diminutas habitantes, limitándose a contemplarla desde allí. Gon también.

—Me daba igual tener un futuro muerto porque era mío —continuó—.

Por eso me abrí el canal. Quería… compartir todo esto.

Para que, cuando tuviésemos que venderlas, me quedasen algo más que recuerdos.

Ni se me pasó por la cabeza que pudiera ganar dinero.

—Hizo una pequeña pausa. Gon no supo descifrar su expresión; dos láminas de rejilla se lo impedían—.

Pero luego se me viralizó el rescate de enjambre que hicimos mi padre y yo en Brihuega, y empecé a tener más y más visitas, y la gente compraba nuestra miel, y preguntaba, y se interesaba, así que Titi aprovechó el tirón para renovarnos los logos, las etiquetas, la web… Y desde entonces.

Pasearon en silencio durante lo que a Gon le parecieron años.

No porque se le hiciese largo, sino porque era fácil perder la noción del tiempo, cada tramo de apiario igual al anterior y colmena tras colmena tras colmena.

La mayoría blancas, básicas; otras decoradas como pequeñas obras de arte.

Flores de colores intensos, hexágonos ambarinos, manos infantiles plasmadas cual sello, cuadros famosos replicados con mayor o menor éxito…

Reyes le enseñó el enjambre del que procedía su futura reina, y el que había rescatado en el famoso vídeo, ahora propiedad de una de sus fans.

No era la única que había comprado una colonia.

Al parecer, Reyes decía la verdad: todo el mundo quería un pedacito de él. Y, cuanto más cercano, mejor.

Eso Gon también lo entendía.