12 Nuestra #7
A la mención de las abejas, silencio de nuevo.
Reyes le sostuvo la mirada cuando Gon apartó la suya del estampado de casitas de sus calcetines.
Como tenía el moflete aplastado contra el sillón, parecía estar haciendo un mohín.
Le pareció adorable. El mohín accidental y la placidez laxa de su postura, de su respiración.
No recordaba la última vez que alguien lo había escuchado con tanta atención durante tanto tiempo, ni la última vez que había tenido interés en hablar ese mismo tiempo.
De alguna manera, aquel silencio formaba parte también de la conversación; era un diálogo mudo, un dialecto tácito.
Gon no sentía necesidad de llenarlo con palabras, le bastaba con seguir escuchándolo respirar por encima de los grillos y de la fogata y del bullicio de la Latina al otro lado de su ventana.
Y, sin embargo, lo hizo. Le dijo:
—Quise llevarte a los Bosques de Miel.
—Lo sé.
—No llegué a tiempo.
Reyes negó con la cabeza. El roce de mejilla contra sofá resonó rugoso y sordo.
—Ninguno de los dos llegó a tiempo. No fue culpa de ninguno. —Se encogió de un solo hombro—. Así son las guerras.
—Debí llevarte el primer día —insistió Gon.
—Puedes llevarme ahora.
Ignoraba cuándo habían empezado a hablar como ellos.
No era la primera vez que ocurría, ni sería la última.
Solía pasar a final del día, ya agotados de bucear entre recuerdos, de corregirse a sí mismos una y otra y otra vez.
Para entonces los nombres de René y Reyes no solo sonaban similares, sino que se convertían en sinónimos, en títulos intercambiables para designar a la misma persona.
A Gon le inquietaba por un lado y le restaba importancia por otro.
Aquella vez simplemente le resultó natural, orgánico. Sonrió.
—¿«Ahora»? ¿Te llevo a tus propias colmenas?
Se rieron de la ironía al unísono, por lo bajo, como si no quisieran molestar al silencio.
—Bueno —contestó Reyes—, se supone que este viernes me llega la tuya. Cuando sea te vienes y la pintamos juntos. Y ya de paso puedo enseñarte la fábrica, si quieres.
Quería. No podía verbalizar lo mucho que quería ir a Cifuentes y ver con sus propios ojos lo que el famoso TheKingBee compartía en sus redes.
Quería ver las abejas que tanto significaban para Kara y René, y la reina que Reyes le había reservado, pero también averiguar cómo era su habitación más allá del rincón que usaba de fondo en sus directos, o la cocina donde tenía por costumbre sobresaltar a su madre.
Joder, es que ahora le emocionaba incluso conocer al resto de la familia Cisneros, y cómo encajaba Titi con ellos, en la empresa, en la casa, en todo.
Y quizá hasta le daba curiosidad también cómo encajaría él mismo allí.
Bego llegó en ese momento.
Bego llegó en ese momento y su primer pensamiento fue que ojalá le hubiera salido trabajo extra para tener más tiempo a solas con Reyes. Incluso chasqueó la lengua al oírla abrir la puerta, fastidiado, como si Bego les hubiera interrumpido. No. Como si Bego fuera un estorbo.
Que su cuerpo respondiera así le dio tal pánico que se puso en pie de un salto, sin siquiera quitarse primero la pierna de Reyes de encima.
«¡Uop!», lo oyó exclamar, pero Gon lo esquivó sin miramientos para salir a recibir a su novia.
A ella la saludó con un beso rápido (culpable). Bego le rio en los labios.
—Pero ¿y esta efusividad? —Aunque se la veía cansada, le brillaban los ojos—. ¿Tanto me has echado de menos?
No contestó. Bego se echó a un lado para incluir a Reyes, que se levantaba del sillón todavía un tanto zarandeado:
—¿Ya habéis acabado?
—Sí, yo creo que he tenido suficiente por hoy —respondió, mientras se recolocaba distraídamente los vaqueros.
Sonreía. Aunque, ¿por qué no iba a hacerlo? El único que se sentía a punto de vomitar era Gon y ni siquiera sabía por qué. La sangre le había huido del rostro y quería a Reyes fuera de allí. De su casa, de su barrio, de su ciudad, ya.
—¿Te quedas?
—Nah. —Reyes se acercó para darle a Bego un beso en la mejilla; saludo y despedida a un tiempo—. Me voy directo al pueblo, que mañana toca madrugón.
—Qué mal… ¿Y este finde?
—Ya veremos.
De Gon se despidió con una palmadita fugaz en el hombro, la misma de siempre.
Nada raro ni en sus movimientos ni en su sonrisa ni en nada.
Con suerte, ninguno de los dos lo habría notado.
Con suerte, Gon podría regurgitar su repulsiva reacción y enterrarla bajo kilos y kilos de naturalidad fingida hasta convencerse de que jamás había ocurrido.
«¿En qué piensas?», le susurró la Avispa de Nascente al oído mientras Reyes salía por la puerta. Kara suspiró.
«En lo fácil que hubiera sido».
«¿El qué?»
«Cortarte de raíz, al principio».
Bego le dijo algo, pero de sus labios resbalaba la voz de René:
«Deja de engañarte, Kara».
Y:
«Nunca quisiste cortarme».
Y:
«Nunca querrás».
Y:
«¿Os habéis terminado la carbonara de anoche o queda todavía para mí?»
Gon pestañeó.
—No, no.
Aunque no sabía a quién estaba contestando.
Ella rio.
—¿«No, no» a qué?
Se encogió de hombros. Exasperada pero divertida, Bego lo soltó y se volvió hacia la nevera .