12 Nuestra #6
Se sintió estúpido por discutir consigo mismo, pero es que tenía muchísimas ganas de contarle el éxito que había sido su regalo, la cara que había puesto Bego, agradecerle de nuevo la idea y preguntarle cuándo podría bajar a su pueblo (¿Cifuentes, era?) para empezar con las decoraciones.
Aunque, ahora que revisaba otra vez su conversación de WhatsApp, tampoco habían hablado mucho desde que le ofreciera el enjambre; solo habían detallado el modelo de colmena, los gastos, los pagos…
Y Reyes sonaba raro, como si… como si hubiera cambiado de idea y ya no supiera cómo decirle que no, que mejor le vendía la reina a otra persona.
Intentó echarle tierra al asunto. Si Reyes no lo quisiera en su apiario, se lo diría.
Reyes no tenía pelos en la lengua. En cuanto hablasen cara a cara vería que todo habían sido imaginaciones suyas y punto.
A fin de cuentas, todavía no le tenía pillado el tranquillo a Reyes; a veces el chaval aún lo miraba así, justo así, como tratando de buscar algo más en sus palabras.
Fue entonces cuando Reyes le habló:
ey
he tenido un día de locos
qué tal ayer? no me dijiste nada
no pasa nada
no quería molestar
nunca molestas
y bien?
Su inteligentísimo reloj nuevo le informó de que su ritmo cardíaco ganaba velocidad. Lo ignoró.
pues creo que fue la mejor noche de mi vida
genial tio
enhorabuena
Gon frunció el ceño. ¿Y ya? ¿Ni una sola coña sobre lo asquerosamente enamorado que estaba de su novia ni sobre que sus colmenas tenían certificado de regalo de calidad o algo así? ¿«Enhorabuena»? Ni que hubiera ganado una maratón. «Enhorabuena», ¿qué cojones?
Se removió, inquieto, sin saber si debía preguntar o dejarlo pasar o…
Al final, prefirió quedarse tranquilo:
estás bien?
sí por?
no sé, suenas raro
estoy cansado
hay mucho que hacer ahora en vísperas de primavera
Le picaban los dedos.
tanto como para no venir pasado mañana?
Le puso algo nervioso que Reyes tardase en contestar. Las semanas que no se veían en finde todos juntos solían quedar ellos dos en el primer día de libranza de Gon. Bueno, «solían». Las dos últimas veces ni siquiera le había invitado. Simplemente había asumido que vendría.
depende
que hay en el planning?
jezbel es reina y quiere que rené la preñe
Su respuesta fue inmediata:
JAJAJAJAJAJAJAJA
vale
ahí estaré
Y luego procedió a mandarle un audio de quince minutos relatando hasta el último detalle de su fin de semana. Gon soltó el aire que por alguna razón había retenido en los pulmones, extrañamente aliviado, y se acomodó en la cama con el móvil pegado a la oreja.
Se quedó dormido escuchando su voz.
Supo que algo iba mal dos noches después, con Reyes todo estirado en su sofá como un gato panza arriba y él encajado en una esquinita, portátil en el regazo.
El día se les había pasado volando entre el puñado de recados que le encargaban los Cisneros a su hijo aprovechando que subía a la capital y otras tantas tonterías; así que allí estaban, intentando recuperar el tiempo perdido en su destartalado piso de la Latina.
La calefacción central aplacaba el frío húmedo de las lluvias de principios de marzo y Reyes ya se había quejado varias veces de haber lavado el coche para nada.
Ya no venía en autobús. Ahora aparcaba el coche a las afueras de Madrid y hacía el resto del trayecto en metro.
Como había supuesto, ver a Reyes en persona había desterrado esa sensación tan rara de las últimas semanas, lo que agradecía infinitamente.
Había temido que el chaval se hubiera cansado de él, de ellos, que se vería forzado a volver a su aburrida y desesperante vida pre-Mercado de Navidad.
Quizá por eso aquel día estaba siendo más blando, dejándole salirse con la suya en todo y contándole los sueños atrasados con el máximo detalle posible; como si algo en su interior quisiera convencerle de que merecía la pena. De que él merecía la pena.
En ese momento, Reyes se reía a trompicones, apretándose el estómago con las manos y los ojos cerrados con fuerza.
—Es que me fascina esta tía —dijo, entre resoplido y resoplido—. Primero le echa la bronca del siglo a Kara por liarse con él y luego va y le pide que le haga un bombo. Increíble. —Volvió a reírse—. Si es que no hay nadie en ni un solo tiempo o universo que pueda resistirse a mis encantos.
Eso le hizo soltar una risa por la nariz, corta y ronca, y Reyes le pegó un talonazo en el muslo.
—¡No te rías! Tengo pruebas que lo demuestran.
—Sí —bufó él—, pruebas que solo existen en nuestra cabeza.
—¿Y mi más de millón y medio de seguidores totales?
—Solo en internet.
Gon echó una ojeada por encima del portátil. Reyes había torcido los labios en un mohín de disgusto tan falso que resultaba graciosísimo, y lo fulminaba con la mirada desde el reposabrazos del sofá, su almohada preferida.
—No seas duro con ella —le dijo Gon al fin, volviendo a centrarse en la escaleta. No hacía falta aclarar a quién se refería—. Tiene que ser horrible.
—Bueno, en general todo lo que ocurre por allí es horrible. Solo se salvan los viajecitos de pueblo en pueblo. Y los bailes, si eso.
Asintió mientras terminaba de apuntar el sueño de anoche.
Al fondo de su cabeza, un coro de grillos indicaba que era noche cerrada en otro mundo, y el constante chasquido de una lumbre, que la pasarían al raso.
Gon se había acostumbrado a convivir con los ecos de su pasado, a dejarlos en segundo plano, sobre todo los que, como aquel, apenas contaban como sonido ambiente.
—Al menos sabemos que no pudo obligarte a hacerlo.
—Solo porque la biología se lo impidió.
Sonrió, sin apartar la vista del portátil.
—Creía que René habría querido darle el rojo, de haber podido.
Reyes tardó un poquito más de lo normal en responder, pensativo.
—Seguramente. Haría cualquier cosa por regresar al enjambre, incluso aunque fuese lo mismo por lo que Nascente arrasó Nazcar.
—Hombre, no me compares…
Calló nada más verlo enarcar una ceja. Ah, había vuelto a hacerlo.
Lo de defender al Panal y sus costumbres automáticamente, por simple reflejo.
Otro poso más que Kara dejaba en su interior.
La inmensa mayoría de las veces, Gon tenía que pararse a pensar fríamente, reevaluar la situación bajo su propio punto de vista y no el del custodio.
Solía ganar la crítica.
—En realidad —continuó Reyes—, como René es ciudadano nascente, Jez’bel tampoco podría forzarlo a nada.
Tendría que pedírselo, y él tendría que aceptar.
Lo cual pondría a René en una situación comprometida con los Gemelos, pues Nascente invadió Nazcar para «monopolizar» el rojo.
Que uno de sus agentes se lo ofreciera voluntariamente a su antigua soberana tiraría por la borda los casi dos años de duro trabajo tanto del Consejo de Quin’Xa como del propio René.
—Suspiró, negando con la cabeza—. Nascente lo tomaría como una amenaza.
O, bueno, más bien como una prueba de dónde se sitúan las verdaderas lealtades de su Avispa.
Ya no podría volver a Nascente, pasaría a ser miembro de pleno derecho del Panal.
—¿Y aun así crees que René habría aceptado?
Sus labios se estrecharon en una fina línea.
—¿Por la oportunidad de visitar aunque fuera una única vez los Bosques de Miel? Puede. O quizá no. Solo lo sabremos si Kara se lo comenta, y ni siquiera.
Silencio.
—Fuera como fuese —murmuró Reyes—, Jez’bel es un peligro. Arriesgar toda la operación, y con ella la vida de todos sus súbditos, solo para aplazar lo suyo unos meses… Me parece bastante egoísta por su parte. Mezquino, incluso.
—Reyes —le advirtió Gon.
—No es tu reina —le recordó él.
Mierda. Otra vez. Cada vez le era más difícil sacudirse a Kara de encima.
Buscó una manera de redirigir la conversación, alejarse del hierro al rojo que eran Jez’bel y René. Cualquier cosa que consiguiera que Reyes dejara de mirarlo con los ojos entornados, esperando escuchar alguna barbaridad que Gon ni querría ni podría excusar.
La encontró en las propias palabras del chaval:
—En ese sueño estábamos en los Bosques de Miel.
Bingo. Sus ojos fulguraron, interesados, y su expresión se suavizó enseguida, perdiendo filo para tornarse melancólica. Soñadora.
—El cuarto de René daba a los Bosques. Los contemplaba desde el balcón durante horas. —Respiró hondo—. ¿Cómo son?
Se los describió como pudo, con palabras toscas y comparaciones aún más.
Le habló del laberinto vegetal del sexto piso, del único puente al décimo y de los rosales del segundo.
Mientras desterraba el portátil a la mesita del comedor le habló del Rito de la Lumbre, de cómo la reina liberaba el primer farolillo desde el mirador de la novena y de cómo todo su enjambre la imitaba después, moteando la noche más corta del año de estrellitas caseras.
Reyes se incorporó a mitad de explicarle la Jalea para reacomodarse de costado contra el respaldo del sofá, como si quisiera recolectar los recuerdos directamente de su boca y solo pudiera hacerlo acercándose un poquito más.
Originalmente, en la Jalea se llenaba de miel la alberca de la octava planta, donde la abeja reina se bañaría desnuda en privado durante seis horas, seis minutos y seis segundos.
Gon marcó cada tramo de tiempo (un, dos, tres) con un tamborileo en la rodilla de Reyes, que había acabado en algún momento sobre su regazo.
Llevaba los vaqueros enrollados por encima de los tobillos y calcetines de casitas de colores.
Eso le hizo sonreír, y seguía sonriendo cuando le contó que las Jaleas actuales apenas consistían en las princesas rulándose entre ellas un frasquito de miel en el que hundían el meñique en torno a la alberca, ahora simplemente rellena de agua.
Sus custodios mantenían los ojos cerrados en todo momento, pero a cambio eran ellos quienes azucaraban el agua de la alberca al terminar para que los cientos de abejas de los Bosques se alimentaran de ella.