12 Nuestra #5
De esa noche también conservaría su propia sorpresa cuando Bego le dio su regalo.
Y es que, con todo el estrés, había olvidado que el aniversario era de los dos.
«Oh», se le escapó, al verla sacar otra cajita.
Ella puso los ojos en blanco. El reloj inteligente de su interior, especializado para deportistas, costaba más que la pulsera y la colmena juntas y venía acompañado por una suscripción anual premium al nuevo gimnasio del barrio.
Gon recordaba haber comentado de pasada que le gustaría retomar sus rutinas previas al palazo del colegio, pero ni el sueldo ni el horario del Stardust ayudaban.
Veinticuatro horas abierto, a cinco minutos andando del piso, mil clases diferentes, spa y sauna. Sonaba a paraíso.
—¿Es una indirecta? —bromeó mientras se lo abrochaba.
—Sí —asintió ella, boyante—. De que ya es hora de que saques tiempo para vivir y no solo para sobrevivir.
Por primera vez en dos años, Gon sintió que era posible. Que quizá sí que podría vivir para sí mismo. Un poquito, al menos.
Los Bosques de Miel no eran bosques, no exactamente.
Tampoco rezumaban miel, como se decía en los principados más alejados al Panal, cuyos habitantes estaban demasiado ocupados con sus propias vidas o sus bolsillos demasiado vacíos para permitirse viajar a la capital.
«Peregrinar», lo había llamado René, aunque los Bosques tampoco suponían un lugar de culto, ni un templo, ni nada parecido; por mucho que así se los tratara.
Los Bosques de Miel eran el apiario de la reina, sin más.
Se erguían por encima de cualquier otro edificio del Panal, solo rivalizando en altura con el palacio al que se hallaba conectado por delgados puentes blancos, y el alicatado cobrizo que revestía su silueta cilíndrica reflejaba los rayos del sol desde el amanecer hasta el atardecer.
Carecía de paredes o corredores, de modo que los peregrinos acababan describiendo el conjunto como un jardín vertical, terraza sobre terraza sobre terraza, cada una de ellas unida a la siguiente por una gruesa columna vertebral y cada una de ellas repleta de vegetación.
Frondosos árboles en los niveles superiores, ligeros cultivos en los inferiores, parques floreados y laberintos en los centrales.
Todo un mundo en miniatura para las miles de colmenas repartidas entre los diez pisos de los Bosques de Miel.
Nadie entraba a los Bosques sin permiso escrito de la reina.
Incluso los apicultores y jardineros necesitaban renovar su licencia mensualmente, y quienes guiaban por el complejo a los pocos visitantes autorizados heredaban el cargo de sus padres.
El resto de mortales debía conformarse con disfrutar de las vistas desde las azoteas de los edificios colindantes.
Pagando, claro. Menudo negocio tenían montado los vecinos.
Desde la última planta de los Bosques de Miel, el Panal parecía diminuto.
«Hormiguitas», había dicho Jez’bel, el primer día que lo llevó allí.
«Abejitas», había sonreído una de sus tías, por entonces nodriza de la nueva camada de princesas y actualmente ya enterrada entre colmenas.
Su cuerpo, como el de todos los miembros de la corte, alimentaba a los cultivos, que alimentaban a las abejas, que los alimentaban a ellos… Un ciclo perfecto.
La tierra bajo la que descansaba la última reina aún estaba húmeda.
Ahora Jez’bel solía sentarse a la orilla de aquel décimo solar, contemplando sus dominios, de espaldas a la tumba de su madre.
Al principio, el zumbido de los enjambres no lograba acallar sus sollozos, así que Kara despedía a sus nuevos compañeros de guardia hasta que Jez’bel se recompusiera.
Solo entonces se sabían realmente a salvo de escrutinios, pues el único puente de entrada a la décima planta partía de los aposentos reales.
Cuando tomó asiento a su lado, Jez’bel no lo miró. Siguió balanceando las piernas adelante y atrás, sin miedo ni vértigo. Kara se preguntó si sentiría alguna otra cosa ya aparte de pena.
Tras unos minutos de silencio, la nueva abeja reina habló por fin:
—Ya tengo la lista.
A él se le encogió el estómago. Tragó saliva antes de verse capaz de responder sin carraspeos.
—¿Quieres que la lleve al Consejo?
Ella negó con la cabeza.
—No. Quiero que la revises conmigo. Todavía dudo con algunos candidatos, así que me gustaría que le pidieras opinión a los An’Ser correspondientes. No quiero preñarme de un paleto.
Kara asintió.
—¿Cuál es tu primera opción?
—Elvire de Brema. En su familia suelen darse mellizos y trillizos, y siempre ha sido muy amable conmigo. —Esta vez sí, lo miró de reojo—. ¿Qué te parece?
«Horrible», quiso escupir. La situación, obvio, no el candidato. El candidato era…
—Perfecto. ¿No eligió tu madre también a su padre?
—Sí, de él vienen Az’lea y Az’qen.
Eso le hizo torcer el gesto.
—Dos varones… A lo mejor te ponen pegas por eso, pero para la primera… —ni siquiera conseguía decirlo en voz alta— para la primera vez está bien.
Con un suspiro fúnebre, Jez’bel se abrazó las rodillas y escondió la cara en el hueco entre ambas. Como nadie los veía, Kara se recolocó tras ella para envolverla entre sus brazos. La sentía temblar contra su pecho.
—Venga, siguiente —la animó, susurrándole al oído.
Quizá si hablaba muy, muy bajito, parecería menos real.
Perdería consistencia, filo, y sería más fácil abordar los pros y los contras de cada donante—.
¿Tienes algún sustituto para Elvire, por si tus hermanas se ponen muy pesadas con lo de los mellizos?
—Sí.
—¿Quién?
—René ax Nazcar.
Kara se quedó rígido. Al notarlo, Jez’bel se giró para mirarlo por encima del hombro.
—Necesitamos el rojo —dijo, como disculpándose—. Si consigo una princesa nazcarena al primer intento no se atreverán a imponerme o a vetarme ningún candidato, y la mayoría de mis hermanas le adora.
—Jez’bel…
—Todos ganamos, ¡incluso tú! —insistió, chirriante—. Pausaríamos las negociaciones con los Gemelos hasta quedarme encinta, e imagina lo que significaría para él darle el rojo a una reina. Aunque no lográramos derribar a Nascente, René volvería a formar parte del enjambre automáticam…
—Jez’bel —le cortó Kara. Sentía la lengua de trapo—. René no puede darte el rojo.
Silencio.
La nueva abeja reina abrió mucho los ojos, pálida y ruborizada a un tiempo, intentando discernir si se trataba de una negativa o de una explicación. Más suave, Kara añadió:
—Lo siento.
Jez’bel volvió a mirar al frente.
—Creía que solo era un rumor. Bal’na miente más que habla, ya sabes.
Una vez más, él asintió, y, una vez más, ella se recostó contra su pecho, dejándose acunar.
Respiraron en tándem durante unos minutos, según el sol se derramaba en la cuenca del valle capital.
Habría mínimo treinta nombres en la lista de Jez’bel, uno por cada colmena, y solo hablar de los dos primeros ya le había revuelto el estómago.
Sin querer, se preguntó dónde estaría René.
Había partido hacia Nascente tres días después de los ritos funerarios, esta vez escoltado por el An’Ser de la difunta, así que Kara no tendría noticias de ellos (de él) hasta el mes siguiente.
Sería el mayor tiempo que habrían pasado separados desde la noche en que se conocieron.
Se le hacía extraño, antinatural. Sentía su ausencia como un miembro fantasma.
—Primero mi madre me nombra heredera, luego fallece antes de que pueda culparla del asesinato de Ozara, ahora René no puede darme el rojo… ¿Por qué me sale todo mal?
Kara no supo qué decir, así que se limitó a abrazarla más fuerte. Jez’bel apoyó la cabeza en su hombro.
—Temo lo que vaya a tocarme después.
—Shh, no pienses en eso.
—No es mucho mejor de lo que me toca pensar ahora —suspiró, dándole una palmadita en la muñeca—. ¿Te digo el tercer candidato? Este te va a hacer gracia.
—Sorpréndeme.
—Terulia de Shar’ma.
Sí que le hizo gracia, sí. Jez’bel sonrió, maléfica.
—Ni siquiera le gustan las mujeres.
—Me da igual. Pienso hacer el proceso tan desagradable para todos los implicados como lo será para mí. Si yo sufro, ellos también.
Ahora fue él quien suspiró.
—No pueden negarse, Jez’bel.
—Yo tampoco.
Aquel silencio vino manchado de lodo. Pesado, sucio, dentado. Triste. Kara no se atrevió a decirle que sería injusto obligarles a pasar por lo mismo que ella, porque eso su princesa ( su reina ) ya lo sabía.
—Yo tampoco —repitió, muy seria.
Y Kara siguió sin decir nada.
Al día siguiente, Reyes no le escribió hasta bien entrada la noche, cuando él ya se había puesto el pijama y Bego dormía a su lado, ocupando como siempre más de la mitad de la cama.
No quería admitir (no quería admitir se ) que había pasado mañana y tarde pendiente del móvil, esperando un mensaje, o un meme, o el audio sobre el sueño de turno que le enviaba sin falta al despertar.
Y eso que lo había visto conectado. Por casualidad, claro, al meterse en su chat de WhatsApp ( En línea ) o en su TikTok (minivídeo de su collab con nosequé marca tocha de gafas de sol).
Supuso que estaría ocupado. Debía de ser agotador llevar un apiario doméstico, con todo el trabajo físico que conllevaba, y encima tener que idear, planificar y grabar contenido de continuo para las RRSS que lo mantenían a flote.
«También puedes hablarle tú primero, ¿eh?», le dijo una vocecilla que se parecía extrañamente a la de Titi.
«No», le contestó. «No quiero molestar».