Con la miel en los labios 12 Nuestra #4
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12 Nuestra #4

Aquella noche, Bego llevaba un vestido drapeado en tonos terrosos que conjuntaba con el cobre metalizado de su sombra de ojos y de su iluminador.

Cada pendiente era diferente, al igual que las gargantillas, pulseras y anillos, y le recordó al caos cuidadosamente diseñado del que Reyes había hecho gala en la joyería del centro, aunque en ella resultaba más grácil que llamativo, integrado en su atuendo como otra pieza más de coleccionismo.

Gon llevaba puesto lo mismo que en Nochebuena.

La cena estuvo bien. Como Gon no era ni muy entendido ni muy quisquilloso, le faltaban datos para valorar si el riñón que costaba merecía la pena, pero Bego parecía encantada, así que se dio por satisfecho.

Hablaron de todo y de nada, como siempre y como nunca, saltando de tema en tema con la fluidez propia de una década entera de relación.

También se la veía contenta. «Ya solo nos queda que te salga trabajo de lo tuyo y todo será perfecto», dijo, mientras echaba mano de su copa de vino, como si la vida fuera tan fácil.

Como si bastara con sentarse a esperar. Él prefirió guardarse que no había vuelto a enviar currículums, porque le angustiaba tanto que los descartaran como que los ignoraran, y ella tampoco preguntó.

Total, aunque el Stardust seguía sorbiéndole hasta el tuétano de los huesos, ahora estaban bien. No había razón para estropear la noche.

Cuando les sirvieron el soufflé, Bego lo observó por encima de las tenues llamitas azules del flambeado, pero Gon no le devolvió la mirada hasta que se extinguieron.

—¿Qué? —rio, más concentrado en dónde hincar la cucharilla.

—Estás raro.

Bufó por la nariz, divertido.

—¿Eso es bueno o malo?

Ella se encogió de hombros.

—Bueno, supongo. Te veo más… relajado, y eso que fue idea tuya dejar los regalos para el final. Normalmente lo pasas bastante mal estos días.

«Estos días» era el eufemismo para «la cena en la que celebramos mi cumpleaños y nuestro aniversario».

—Ya —asintió—. Los detalles…, ya sabes, no son lo mío.

—Mentira. —Bego rio entre dientes—. Te pasas el año comprándome cositas.

—Porque me recuerdan a ti.

—¡Pues eso! Tu problema no es con los regalos, es con la parafernalia.

Gon no contestó enseguida. Miró el soufflé por no mirarla a ella mientras ordenaba sus pensamientos. Después, dijo:

—Es que quiero que todo salga perfecto.

El suspiro que abandonó los labios de Bego le hizo buscar su mirada fugazmente. Tenía la mejilla apoyada en una mano y lo contemplaba con mucha atención. Se sintió pequeñito.

—Te lo digo siempre, Gonzalo. Prefiero cenar los dos en pijama en casa a verte incómodo en un tres estrellas.

—Ya lo sé —gruñó, arrinconado—. Pero al menos una vez al año quiero darte esto.

Y «esto» era el eufemismo para «una noche a tu nivel». Una noche de tantas que tendría si se moviera en su verdadero círculo.

Con otro suspiro rendido, Bego alargó una mano para entrelazar los dedos con los suyos.

Sin embargo, cuando Gon volvió a mirarla, sonreía.

Él sonrió también, un poquito, ansioso por recobrar la orgánica placidez del inicio de la velada.

Qué diferente esa cena de la de Reyes en el hot pot, o de cualquiera de las que compartían últimamente con sus amigos (¡tenían amigos en común!).

Supo que era hora de darse los regalos porque, por primera vez en nueve años, tenía más ganas de verle la cara al abrirlos que de terminar con los nervios.

Diría incluso que estaba hasta entusiasmado.

Quizá porque también era la primera vez que estaba totalmente convencido de haber acertado de pleno.

Y por eso mismo se sacó del bolsillo interior de su chaqueta una cajita negra y un sobre del mismo tamaño. Bego se puso recta, súbitamente alerta.

—¿Ya? —preguntó, con timbre inquieto—. ¿No prefieres comerte antes el soufflé ?

Gon rio.

—El soufflé no se va a ir a ningún lado.

—¿Y tu regalo sí?

La ignoró, sonriente, mientras dejaba solo la cajita entre ellos.

Era lo suficiente grande como para no dar lugar a confusión, alargada como un estuche de pluma y la marca en contragrabado dorado.

Curiosa, Bego la tomó con ambas manos, aunque no la abrió, esperando a que Gon le diera permiso.

O, más bien, a que le soltara su retahíla anual sobre la posibilidad de devolverlo si no le gustaba.

Lo que dijo en cambio fue:

—Ese es tu regalo de cumpleaños, pero contiene una pista del de aniversario.

—¿Oh?

Visiblemente emocionada, Bego abrió el estuche al segundo con ojos brillantes, que centellearon en cuanto recorrieron la forma de la pulsera.

Su sonrisa se transformó en una «o» perfecta, muda, y justo la ausencia de halagos confirmó la corazonada de Gon.

Complacido, se embebió de la cuidadosa reverencia con la que se posó la pulserita en la palma para admirarla de cerca.

—Gon —dijo al fin, sin aliento.

Solo eso, «Gon». Ni «es preciosa», ni «me encanta», ni «gracias», ni «no hacía falta que te gastaras tanto», porque lo que no hacía falta era decirlo.

El oro rosa destellaba bajo las tenues luces del restaurante, tan distinguido como discreto, resaltando sus diminutas cuentas ovaladas y la abejita que pendía de una arandela.

—Está inspirada en un diseño victoriano real, pero no me preguntes el año exacto porque se me ha olvidado. Ah, y mira, deja que te la ponga, que tiene truco…

Cuando terminó de abrochársela, Bego lo miraba muy quieta, muy atenta.

—¿La has elegido tú?

Asintió, un tanto cohibido.

—¿Sin ayuda?

Volvió a asentir.

—Bueno, se la enseñé a un par de personas para asegurarme de que era bonita de verdad, pero…

—Lo es —le cortó ella—. Es perfecta. Es lo más bonito que me han regalado nunca.

Gon se removió en el sitio.

—Tu padre te regaló un coche.

—Lo más bonito, cielo, no lo más caro.

«Cielo». Bego solía llamarle cosas así por descuido, de recién despertada o al borde del sueño, o cuando estaba tan distraída que perdía el filtro. Se lo tomó como una victoria: no era fácil hacerla perder pie.

Sin embargo, pronto su novia empezó a fruncir el ceño, a cada segundo más consciente de la suma que implicaba esa marca de joyería a conjunto con los quilates señalizados en la etiqueta; así que Gon intentó distraerla:

—Felices veintiocho.

—Gon…

—¿Lista para el regalo de aniversario?

—¡No! —protestó, con un susurro escandalizado—. ¡Esto vale mínimo por dos regalos! ¡No, no te rías! ¡Devuelve el otro, con este basta y sobra! —Él negó con la cabeza, aún sonriente—. ¡Lo digo en serio! ¡Gonzalo!

La ignoró una vez más. Ah, quién le iba a decir que se lo pasaría así de bien viéndola tan agobiada. Se limitó a señalar la pulsera con la barbilla.

—¿Has descifrado la pista?

—¿Qué p…? Ah. —Y volvió a estudiar el brazalete, sin atreverse ni a girarlo—. ¿Es… es la abeja? ¿Tiene que ver con abejas?

—Caliente, caliente.

De pronto, Bego relajó los hombros y lo miró con un cariño y alivio infinitos. ¿En serio? ¿En serio lo había adivinado tan rápido? ¿Ni siquiera iba a necesitar darle el sobrecito con la tarjeta regalo?

—Qué susto me has dado, idiota —rio, arrebatándole de un tirón el sobrecito—. Ya pensaba que te habías gastado todos los ahorros en alguna locura. Casi se me para el corazón.

Esta vez fue él quien frunció el ceño.

—Pero… ¿sabes lo que…?

Su novia sonreía mientras despegaba el sello que Reyes le había prestado específicamente para eso. Una segunda abeja roja lo miró desde el lacre.

—Miel, ¿no?

Lo dijo tan calmada, tan tranquila… «Miel, ¿no?». Le dieron ganas de reírse.

—¿En serio crees que te he regalado miel por nuestro décimo aniversario ?

—¿Por qué no? Me encanta.

Ni siquiera le estaba escuchando, demasiado ocupada en extraer la tarjetita. Seguía muy tranquila cuando empezó a leerla en voz alta:

—Vale por una c…

Y hasta ahí llegó. La voz se le ahogó a mitad de palabra, transformada al instante en un «¿eh?» tan tembloroso como confundido, y cuando sus ojos buscaron los suyos parecía tan descolocada, tan inmensamente atónita, que Gon no pudo hacer otra cosa salvo echarse a reír.

De esa noche, Gon conservaría el rostro asombrado de su novia mientras repetía «¿En serio?

¿en serio?» cada vez más alto, digiriendo poco a poco el significado de aquel diminuto vale impreso en cartón.

Tuvo que explicarle que la reina aún no había nacido, que Reyes acababa de pedir por internet la que sería su colmena (le enseñó el modelo en el móvil), y que hasta final de mes no podrían pasarse a verla.

—Yo iré antes a decorarla, así que ve pensando qué quieres que le ponga.

Ella dejó escapar otro grito ahogado, ojiplática.

—¿Pueden decorarse?

—Claro —contestó, como si él mismo no se hubiera enterado hace dos días—. Mientras no huela a pintura para cuando Reyes traslade a la reina, todo bien.

La risita con la que Bego respondió sonó infantil, emocionada. Incontenible.

—¿Y será nuestra nuestra ? En plan… ¿Para siempre?

Gon asintió, sintiéndose muy blandito.

—Pero es tuya, no mía. Yo solo corro con los gastos. Puedes vender la miel que den, o quedártela, o regalarla, lo que quieras. Y lo mismo con la propia colmena. Es tuya.

—No —sentenció ella, entrelazando ambas manos con las suyas—. Es nuestra.

La abeja de oro rosa brillaba en su muñeca. Gon respiró hondo, vibrando de dentro afuera. Había merecido la pena. No podría gastarse ni un mísero céntimo en meses, pero había merecido la pena.

Bego siempre merecería la pena.