Con la miel en los labios 12 Nuestra #3
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12 Nuestra #3

Se preguntó por qué su hermana pequeña habría usado esa carta con Reyes, si no era ni su cita ni la de Gon.

Tal vez seguía emperrada con que Reyes iba a metérsela doblada en cuanto se descuidara.

O tal vez quería levantarle el ligue a Susana y había planeado sacarlo a cenar ella primero, con tan mala pata que Gon las había adelantado a las dos.

Aunque eso no era una cita, claro. De hecho, se parecía más a una venganza, por cómo Reyes batallaba por masticar sin llorar.

Seguro que preferiría morirse a poner esas caras en una cita real.

O quizá no. Reyes tenía pinta de planear citas más parecidas a una quedada amistosa, distendidas y naturales, donde la otra persona pudiera sentirse cómoda desde el principio hasta el final.

Tenía pinta de que todo lo relacionado con Reyes era así: natural.

Ninguna diferencia entre amistad o pareja salvo por lo que venía después, como con Bego.

Si estuvieran de cita, lo único que cambiaría sería en qué cama despertaría Reyes. Estaba seguro.

Esa línea de pensamiento le devolvió la mirada, expectante, pero Gon no vio nada raro en ella, así que continuó comiendo tranquilamente mientras Reyes se rendía y pedía un vaso de leche.

—No hay apóstrofo en tu nombre —comentó entonces la Avispa, como si le hubiera leído la mente. Regresaban de su segundo día de turismo regional y Kara no aguantaba las ganas de quitárselo de encima y volver junto a Jez’bel—. Creía que todos los An’Ser formabais parte de la corte.

Se mordió el carrillo para no chasquear la lengua.

—Mi familia solo lleva tres generaciones en el Panal. Aún no nos lo hemos ganado.

—¿Y cómo llegaste a custodio? ¿No era un puesto hereditario?

Henchido de orgullo, Kara asintió.

—Mi abuelo encontró una abeja fosilizada en una gota de ámbar, así que marchó al Panal para regalársela a la reina Mar’ce. Ella lo tomó como una señal y lo ascendió a An’Ser de nuestro principado natal; Rea.

René hizo un ruidito contrariado. Kara lo miró de reojo, ceñudo.

—¿Qué?

—¿Qué pasó con el anterior An’Ser de Rea?

Ah. ¿Que qué había pasado con…? Pues no lo sabía. En todos los años en que su abuelo lo instruyó como custodio nunca se lo había contado, ni tampoco a él se le había ocurrido preguntar. Para Kara, su historia comenzaba allí, con su abuelo, y nada más importaba.

Ante su mutismo, la Avispa rio.

—No pierdas sueño por ello. Dudo que existan muchas abejas inclusionadas en ámbar que puedan amenazar vuestro linaje. —Kara no supo si bufar o agradecer los ánimos, aunque antes de decidirse René volvió a abrir esa bocaza suya—: Y, cuando os ganéis el apóstrofo, como sea que se gane, ¿có…?

—Seis generaciones de servicio.

—Ahá, muy bien.

—Sí, cuando mi nieto nazca, ¿qué?

—Cuando tu nieto nazca —suspiró René, poniendo los ojos en blanco. Esta vez, el custodio se decantó por bufar—, ¿cómo lo nombraréis? ¿Escogerán sus padres nombre y apóstrofo libremente o tenéis una lista cerrada de propuestas…?

Lo fulminó con la mirada. Vaya diíta le estaba dando. Pero Jez’bel (y la reina) le habían exigido mostrar su cara más solícita al embajador nazcareno, así que tampoco le quedaba otra que chirriar los dientes y resolverle las dudas.

—El nombre de un custodio es asignado por la princesa de su colmena, así es como lo dotan de su cualidad real. Cuando mi nieto nazca —repitió una vez más—, la princesa a la que mi hijo guarde…

—¿Por qué la de tu hijo?

—Porque custodios y princesas nacemos a la vez.

—Ah, claro. Un bebé no entiende de apóstrofos.

—¿Me dejas terminar o solo quieres tocarme la moral?

René se volvió hacia él con los ojos muy abiertos.

Mierda. Al final había conseguido sacarle las zarpas, y ahora seguro que le lloriquearía a la reina y esta les añadiría tres generaciones más sin apóstrofo y la Avispa sonreiría, complacido, porque no había manera de que Nascente no lo hubiera enviado para aguijonear el enjambre desde sus entrañas.

Pero lo que hizo fue inclinar la cabeza en una reverencia corta y decir:

—Disculpadme, An’Ser. He olvidado tantas cosas de Quin’Xa que no puedo evitar querer recuperarlas a toda prisa. Siento si os ha parecido que me burlaba de v… nuestras tradiciones.

«Mentira», quiso escupir Kara. Y, sin embargo, René esperó pacientemente a que prosiguiera mientras paseaban con el sosiego de una siesta por las calles de la capital. Los abalorios de sus guantes traslúcidos destellaban a la luz del mediodía, difuminando sus tatuajes rojos, rojísimos.

—Pues eso; que la próxima princesa de Rea le pondrá nombre a mi nieto —zanjó tras unos segundos, escueto y seco—. También se modificarán los de aquellos custodios de Rea que asistan al nombramiento, pues a la herencia se le concede carácter retroactivo.

Eso pareció captar su atención.

—Oh. ¿Cambiará el tuyo, entonces?

—Si llego vivo a la ceremonia, sí.

—¿Y cómo te llamarás?

Hizo un esfuerzo titánico por no sonreír.

—K’ra —contestó, saboreando cada sílaba—. Jez’bel ya lo ha dejado anotado para su sucesora.

Para su (desagradable) sorpresa, la Avispa de Nascente rio por la nariz, una mofa en toda regla. Rápido, se cubrió nariz y boca con la mano, como si eso pudiera retractarla. Kara quiso matarle. Quiso rodearle el cuello y…

—Perdón —balbuceó él—. Es que no me lo esperaba.

—¿El qué?

—Tu futuro nombre.

—¿Qué le pasa a mi nombre?

Poco a poco, René bajó la mano, descubriendo una sonrisa de circunstancias al otro lado. Tuvo encima la desfachatez de parecer nervioso mientras contestaba:

ey, estaba mirando cómo iban mis niñas y he visto que están criando un puñado de reinas, debe de estar malita Cenicienta

vaya

lo siento

voy a vender unas cuantas, que las criadas mientras está la otra reina viva funcionan mucho mejor

guay

quieres una?

perdón?

que si quieres una abeja reina

para?

pues para tener tu propio enjambre

algunas de mis colmenas son de otra gente, me pagan el mantenimiento y yo la miel de las suyas la cosecho aparte

qué iba a hacer yo con una colmena????

no sé

proveer de miel a bego para el resto de vuestra vida, por ejemplo

Oh. Bego.

Gon se quedó mirando la pantalla casi paralizado.

Al otro extremo del sofá, la propia Bego tecleaba furiosamente en su portátil, concentradísima en la propuesta de proyecto ahora que tenía luz verde de su jefa para presentárselo.

Y conseguiría convencerla, de eso Gon estaba seguro.

Conseguiría manejar el marketing y expansión de la marca de miel con la que llevaba obsesionada desde la primera cucharada, miel que venía de las colmenas de Reyes, colmenas de las que podría ser dueña. De una de ellas, al menos.

que tipo de miel dan?

la que les plazca cada vez

normalmente recuerdan las flores que libaban el año anterior, aunque si una encuentra polen de otra cosa más cerca el resto suele seguirla

pero seguramente espliego

—Espliego… —murmuró sin pensar.

—¿Hm? —Bego ni siquiera levantó la vista del portátil, su rostro iluminado de blanco nuclear.

—Nada, nada, perdón. Estaba… estaba pensando en voz alta, perdona.

Espliego. Campos de lavanda. Reyes ofreciéndole una abeja reina.

No, Reyes ofreciéndole un enjambre entero.

Se le secó la garganta, se le constriñó algo entre costillas.

No sabía por qué de pronto necesitaba respirar hondo, llenarse el pecho de oxígeno, ni qué era eso que lo tenía petrificado, sosteniendo el móvil con manos extrañamente temblorosas.

O quizá sí que lo sabía: era lo que sentía cuando algo cobraba sentido, cuando por fin encontraba lo que había estado buscando.

qué me dices?

que sí

sí??

sí, dime cuánto te debo o cómo lo hacemos

es la mejor idea que has tenido en tu vida reyes

jaja

tanta ilusión te hace?

bego va A FLIPAR

Por alguna razón, Reyes ya no contestó.

Siguiendo el consejo de Susana, la persona más sofisticada que conocería en esa vida, Gon había reservado mesa varios meses atrás en un restaurante de alto standing cuyo precio por comensal aún le provocaba pesadillas.

Solo la cena se llevaría un buen pico de su sueldo, pero diez años eran diez años y estaba dispuesto a demostrarle a su novia que todo cuanto tenía, todo cuanto tendría en un futuro, sería también para ella.

Por supuesto, Bego intentaría pagar la cuenta en algún momento de despiste (ya se la conocía), por lo que, mientras ella se daba un último retoque en el baño, Gon había aprovechado para confiscarle sus tres tarjetas de crédito.

Podría pagar con el móvil, claro, pero tenía la esperanza de que pillara la indirecta.

—Estás muy guapo —le dijo, ya en el Uber, las luces de la capital parpadeando sobre su refinado maquillaje.

—¿Y me lo dices tú?

Bego sonrió.

Por muchos años que pasaran, Gon seguía impresionado no solo con que existiera alguien como ella, sino con que encima se hubiera fijado en alguien como él.

De adolescente no había sido tan consciente del trasfondo familiar de Bego como al mudarse juntos a aquel cuchitril de la Latina, cuando la verdadera cara de los Lesmes había salido a la luz.

Pero Bego lo había elegido a él, y continuaba eligiéndolo cada día sin falta, por encima de la comodidad (la facilidad ) que le ofrecía la posición económica de su entorno.

Y siempre bajo los términos de Gon, además.

Anda que no le había propuesto Bego veces cambiarse a un piso mejor pagando ella la diferencia…

Nunca insistía mucho: entendía lo importante que era para él la igualdad.

(Aunque eso no impedía que Gon se sintiera fatal igual).