Con la miel en los labios 12 Nuestra #2
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12 Nuestra #2

A 48h del temido aniversario, Reyes se había negado a enviarle más enlaces y se había plantado en Madrid para lo que llamó «la putivuelta definitiva».

Tan organizado como siempre, una faceta suya imposible de predecir de primeras, traía consigo un listado de tiendas a visitar; cada nombre acompañado por la media de precio de sus productos y el estatus que le conferían a quienes los lucían.

—El problema —dijo Gon con un suspiro frustrado mientras giraba la etiqueta de un simple brazalete de abalorios (ochenta pavos en Rebajas)— es que si Bego quisiera alguna de estas chorradas se la compraría y punto.

¿Sabes la de veces que se me ha ocurrido el regalo perfecto y de pronto me lo encuentro por casa?

Es imposible seguirla el ritmo. Capricho que tiene, capricho que se da.

Reyes asintió, concentradísimo en probarse todos los anillos de la joyería.

Desde el mostrador, la dependienta lo vigilaba con los ojos entornados, suspicaz.

Normal. Nadie diría que aquel chaval, ese de las playeras neón y la rompevientos amarilla, estaría podrido de pasta.

Aunque tampoco lo estaba tanto, ¿no? ¿Cuánto ganaba un influencer de TikTok?

—Entonces nos olvidamos de las marcas grandes —resolvió, mientras estiraba el brazo para ponderar el resultado. Anillo sobre anillo sobre anillo sobre anillo—. Se las tendrá ya vistas.

—Sí…

Cambió un arito fino por otro aparentemente idéntico.

—¿Y para el cumpleaños al final qué?

Con un chasquido de lengua, Gon devolvió el brazalete a su sitio.

—Pues estaba pensando en una pulsera un poco más cara de lo que…

—¿Cómo lo ves?

Se volvió hacia él. Reyes había reorganizado una vez más el conjunto de anillos, mezclando materiales y grosores, y lo que debería parecer un batiburrillo sinsentido en realidad guardaba cierto equilibrio estético que el cerebro de Gon no entendía pero sí apreciaba.

—¿Vas a comprártelos todos?

Él bufó, divertido.

—Soy pudiente, no imbécil.

—Bueno —rio Gon—, esa es tu opinión.

Le respondió con otra risa y un empujón.

—¿Cuál te gusta más?

Por fin una pregunta que sabía responder.

Salir con Bego le había otorgado ni más ni menos que diez años de experiencia en asesoramiento de tiendeo, por eso de que Gon recordaba hasta el último pendiente que su novia se había puesto alguna vez.

Si le parecía que Bego ya tenía algo igualito a lo que estuviera probándose o si no terminaba de convencerle la hechura, se lo diría.

Había aprendido hacía mucho que desentenderse no funcionaba con ella.

—Este —contestó sin dudar, señalando un sello en su anular—. Los había visto de plata y de oro, pero así de cobre no.

—No es cobre, es oro rosa.

—Como sea.

—Mmm…

No bajó el brazo, aún estudiando su obra. Gon miró también; sin mucho que hacer aparte de esperar. Estaba claro que allí no iba a encontrar el regalo perfecto, pero tampoco quería meterle prisa, encima de que le estaba ayudando.

Salvo por los tatuajes, las manos de Reyes no se diferenciaban en nada de las de René.

Se las conocía de memoria por culpa de Kara, podría distinguirlas de cualquier otro par en este mundo o en aquel.

La muesca de calcio en la uña corazón izquierda, la delgada cicatriz entre los nudillos meñique y anular derechos, los dos lunares gemelos tan diminutos que costaba discernirlos sobre la piel morena del dorso.

A veces, si Gon tenía la guardia baja, verlas sin guantes lo golpeaba como una bofetada, contagiado de súbito por el arraigado pudor del Panal.

Peor era cuando Reyes lo tomaba del brazo para captar su atención, o se rozaban por accidente, y el contacto piel con piel lo sacudía entero con un escalofrío eléctrico.

No sabía qué iba a hacer cuando llegase el calor, cada vez menos y menos capas de ropa que lo escudaran de él.

—Oye…

Reyes tenía el ceño ligeramente fruncido y los labios entreabiertos, absorto en sus propios pensamientos, lo que se traducía en que estaba a punto de soltar o una soberana gilipollez o algo que recordaría hasta en su próxima vida.

—¿Por qué no le pides matrimonio y punto?

—¿Perdón?

Parecía seguir ensimismado cuando volvió la vista hacia él, y cuando cerró la mano en un puño, pero Gon ya quería salir corriendo porque sabía lo que se venía.

—¿Qué regalo crees que va a esperar? —insistió Reyes—. Lleváis diez años juntos y compartís piso desde hace tres. Tío.

Ahora sí empezó a retroceder, un paso al menos, negando con la cabeza:

—No, no; no es el momento, nos…

—Nunca va a ser el momento en vuestra situación —le cortó.

En lugar de la voz de cepo, suave y calma, le hablaba con brío, con la firmeza de la lógica aplastante—, pero qué mínimo que formalizarlo, ¿no?

Mira, tú cómprale el anillo más caro que puedas permitirte ahora mismo y ya ahorrarás para el bueno.

—Qué desperdicio.

Reyes avanzó el paso que Gon había retrocedido, recuperando terreno y acelerándole el corazón hasta que le dolió el pecho.

Se sintió acorralado incluso en aquel espacio tan diáfano, rodeado de expositores desde los que le devolvían la mirada cientos de anillos de cuatro cifras.

Todo era demasiado blanco, demasiado brillante, demasiado incómodo.

Cada vitrina una lupa con la que Reyes lo examinaba de cerca, buscando, buscando una rendija por donde colarse.

—¿Por qué? ¿O es que no queréis casaros?

—A ver, sí, algún día…

—¿Entonces?

—Por favor —les interrumpió la dependienta, tensa tras el mostrador—, devuelvan a su sitio lo que no vayan a llevarse antes de pasar a otra sección. ¡Gracias!

«Mi heroína», fue lo que pensó Gon mientras un abochornado Reyes se disculpaba y procedía a quitarse los anillos.

Sus latidos seguían martilleando tan alto y tan aprisa que del vértigo tuvo que apoyarse en la mesa expositora.

Y es que claro que quería casarse; era uno de sus grandes sueños.

El blanco, los anillos, los votos, el beso, el arroz.

Pero ahora no, ahora no, porque no podía garantizarle a Bego el mejor día de su vida y si no podía estar a la altura prefería simplemente…

Buscó un punto fijo en el que enfocar la vista para tranquilizarse.

El sello de oro rosa. No, mejor no, Reyes todavía lo llevaba puesto y se movía demasiado, mejor…

—¿Qué te ha dado ahora con eso? —se sorprendió preguntando Gon.

Él ni siquiera lo miró al encogerse de hombros.

—No sé. A mí me encantaría.

—Suerte que no me quiero casar contigo, entonces.

Ahora sí, Reyes lo fulminó con la mirada, y eso le hizo reír. Increíble.

—¿Te has picado?

—No.

Mmm…

—¿Te ha dicho algo Bego del tema? Porque s…

—Que nooo. —Y puso los ojos en blanco. El último anillo se le había atascado y no lograba sacárselo. El sello, cómo no—. Si hubiera sido idea suya, te lo habría dicho directamente en vez de hacer el paripé de recorrerme medio Madrid por ti.

Silencio. El ambiente entre ambos se había enrarecido, así que Gon se quedó ahí, de pie, esperando con la espalda rígida a que Reyes le ganase la partida al anillo.

Desde el otro extremo de la joyería, la dependienta parecía a punto de echarles a patadas del mismo modo en que Reyes parecía a punto de arrancarse el sello a mordiscos.

—Trae —gañó Gon al final, agarrándole la mano de un tirón brusco. Reyes refunfuñó por lo bajo, pero se dejó hacer—. Joder, ¿cómo puñetas lo has metido?

—Ha entrado perfectamente.

—Y una mierda.

—¡Ay!

—Uy, perdona.

—¿Necesitan ayuda?

—No, gracias, es s… ¡Coño, Gon, que me vas a partir el dedo!

—¿Prefieres tener que pagarlo?

—¿¡A la amputación!? ¡Sí!

—Calla, que ya está saliendo, mira.

La dependienta ya se dirigía como un tiburón directa hacia ellos cuando Gon por fin consiguió arrancárselo, y lo lanzó a su manta de terciopelo tan rápido como Reyes se apartó, masajeándose la mano afectada con la otra.

Durante un segundo, ambos fulminaron con la mirada al sello, un inesperado enemigo común.

Luego se giraron hacia la dependienta, que los miraba exactamente igual que ellos al anillo.

—Lo siento —volvió a disculparse Reyes—. Ya nos vamos, de verdad.

Ella señaló la mesa; ellos recolocaron los anillos tal cual los habían encontrado bajo su atenta supervisión. Y, en cuanto terminaron, cumplieron su palabra y salieron de allí echando leches.

Por supuesto, no encontraron nada para Bego.

No como Reyes, que encontró una cosa diferente en cada tienda y Gon terminó cargado hasta arriba de bolsas (en qué momento se le había ocurrido ofrecerse a llevárselas como pago por su ayuda…).

Cenaron en el hot pot de la calle de las Veneras, lo cual fue al mismo tiempo un error y un acierto, lo primero porque Reyes aguantaba fatal el picante y lo segundo porque Gon aprovechó para reírse bien a gusto de él.

—Llevas planeando esto toda la tarde, ¿verdad? —acusó el chaval, con los ojos llorosos.

—Has elegido tú el sitio.

—¡Me lo recomendó tu hermana !

—¿Quién, Esther? —Rio todavía más—. Pero ¿cómo te fías de ella, hombre?

—¿Cómo no me iba a fiar? Me dijo que traía aquí a sus ligues españoles.

—Sí, para ponerlos a prueba.

Reyes gimió, pero pinzó otra tira de ternera y la sumergió en el caldo rojo.

—Pues pienso superarla con nota, así me cueste la lengua.

—Allá tú.

—Deja de fingir que no pica.

—Reyes, no pica. Hemos pedido el suave.

—¡Explica esto entonces! —aulló, señalándose las lágrimas.

—Fácil; eres débil.

—¿¡Débil!? He soportado torturas…

—¿Qué dijimos de apuntarnos tantos de Kara y René?

No oyó la retahíla de insultos y amenazas que Reyes le dedicó por encima de su propia carcajada.

No sería la primera ni la última vez que Esther conseguía liársela a algún noviete incauto, deleitándose con sus esfuerzos por sobrevivir al picante mientras ella ponía su carita de niña buena y repetía, teatralmente preocupada: «¿Qué pasa? ¿Qué pasa?».