12 Nuestra
C omo en un baile aprendido eones atrás, sus cuerpos se movían en tándem, siguiendo una música inexistente.
René llamaba a la puerta tres veces con los nudillos, Kara abría y, nada más echar el cerrojo, respiraban bien bien hondo antes de mirarse a los ojos.
Kara siempre buscaba en los suyos alguna señal que le destensase los hombros, que le dijese que estaban a salvo.
Cuando la encontraba, acunaba su rostro con las manos para besarlo muy, muy levemente, su única bienvenida.
Luego se apartaba y lo dejaba decidir cómo quería proceder con sus nuevas marcas. Si prefería dormir primero y tratarlas después o al revés, si quería espacio para rumiar su dolor o volcárselo a Kara en el colchón.
Normalmente, el baile continuaba con la Avispa despellejándose una a una las piezas de su prieta vestimenta militar, pero siempre empezaba por el tradicional axala , una prenda sin mangas de cuello cisne que al sacarse por la cabeza le dejaba el pelo alborotado.
Era la señal para que Kara comprobase la temperatura del baño (una excusa para no quedarse embobado mirando), la cual debía situarse invariablemente en el punto justo entre templada y demasiado caliente.
De ahí partía el resto del ritual: el eco sordo al desabotonarse el pantalón, el rasgueo de los cordones de sus botas altas, el suspiro de alivio al liberarse de las costuras dentando su piel.
Todo dejaba marca en Nascente. O, más bien, Nascente dejaba marca en todo.
Aquella noche, el rojo devoraba su muslo derecho, carne cruda titilante bajo los candiles. Kara quiso ayudarle con la ropa interior para evitarle cualquier roce accidental, pero se vio incapaz de dar un solo paso hacia aquel entramado de escarlatas y cobres que era su cuerpo desnudo.
Por respeto (o por cansancio), René nunca se quitaba los guantes hasta no haberse acomodado en la bañera de cedro, donde el agua perfumada distorsionaba la hechura de sus cicatrices y tatuajes y mechones.
Tenía dos cicatrices simétricas en el pecho y otras dos a cada flanco de la cintura, finas y elegantes como toda impronta nascente.
También finas y elegantes eran sus manos, cuando por fin las descubría.
La primera vez que Kara se había atrevido a mirarlas el instinto lo había forzado a desviar la vista inmediatamente, pero al segundo siguiente se bebía la luna blanca de sus uñas sin pintar, la tinta roja en sus falanges.
Le fascinó y horrorizó a partes iguales no sentir rechazo sino hambre.
Quería tocarlas y, sobre todo, quería que le tocasen. Quería que René le tocase.
Sus padres no se habían mostrado las manos hasta después de concebirlo y sin embargo allí estaba él, deseando con la sed de un adolescente entrelazar los dedos con los suyos.
Y lo peor, lo peor, era esa desesperación borboteante por devolverle la confianza, esa ansia por desabrocharse sus propios guantes y ofrecerle las palmas para que hiciera cuanto quisiera con ellas.
Y de nada le servía recordarse que para René desvestirse las manos en su presencia no significaba lo mismo (no significaba nada), porque el cerebro de Kara había sido moldeado desde niño y jamás conseguiría escapar de su cultura. Tampoco quería.
Una vez más, él lo miró como si lo supiera.
—Es tarde —carraspeó Kara, voz ronca de no usarla en todo el día—. Ya creía que no ibas a volver.
Ahí René cerró los ojos y se hundió hasta el mentón en el agua. Dentro, su pelo parecía negro.
—Envía un pájaro a Jez’bel —dijo, él sin entretenerse en preámbulos—.
He logrado venderles que Her’nan les dará paso al Panal llegado el momento, pero necesito apoyo visual.
Dile que refuerce la seguridad real en las minas de miel roja y en su frontera con Nascente, como si recelara de ella.
No podemos posponerlo trece días, ha de parecer que lleva semanas maquinando.
Kara chasqueó la lengua.
—La reina ya recela de ella, René. Si incrementamos nuestra presencia militar en Tesar lo tomarán como un insulto.
O peor; como otra prueba más de que seguimos sin considerarlos colmena incluso tras seis generaciones de anexión.
No, no lo veo. Y menos aún después de que Jez’bel ordenara investigarlos por traición.
Así solo vas a conseguir que Her’nan se alíe con Nascente de verdad.
En lugar de responder, la Avispa se sumergió por completo durante uno, dos, diez segundos, una cadena de burbujitas conectando sus labios con la superficie.
Al salir, se peinó hacia atrás el cabello empapado para despejarse la cara, ademán que Kara ya identificaba como frustración.
Y es que, aunque a René la paciencia no solía agotársele, siempre le quedaba muy poca al regresar del cuartel.
Cuando por fin abrió los ojos (sus pupilas dos insectos inclusionados en el ámbar de sus iris), le sostuvo la mirada largamente antes de:
—Con todo respeto, Kara… Me ofende que pienses que no he tomado en consideración las intrarrelaciones del Panal, sobre todo teniendo en cuenta que fui yo quien abrí el cadáver de mi princesa para hallarlo a rebosar de miel roja.
—Pálido, Kara intentó excusarse, pero él no le dio oportunidad—: Fui yo quien convenció a Her’nan de tomarse la acusación de la futura abeja reina como un mero trámite y soy yo quien me ofrezco cada mes para que me mutilen por tu tierra.
—René…
—¿Le he dado a Nascente absolutamente todo cuanto me han pedido durante más de dos décadas y crees que se me va a escapar algo tan relevante como una maldita colmena independentista?
¿Qué crees que he estado haciendo en cada baile, para qué crees que quería ganarme a las princesas?
¿Por ego? ¿Por diversión? No. —Sonaba a ladrido.
Sonaba a veneno—. Me he convertido en el único enlace entre el Panal y sus posibles detractores justo para esto.
Para que, cuando Nascente les tienda la mano, ellos piensen antes en mí que en el enjambre que los oprime.
Y entiendo que no te hayas parado a pensar en todo esto, porque no eres más que un centinela, no eres ni rey ni estratega, así que lo mínimo que podrías hacer por la persona que está sangrando en tu bañera sería dejar de cuestionar sus palabras y mandar ese puñetero pájaro.
Kara aguantó el chaparrón en silencio, sin mover un solo músculo.
Tenía razón: no lo había pensado. En un principio, había asumido que la Avispa rondaba a las princesas para destruir Quin’Xa desde dentro, y, más tarde, que lo hacía para asegurarse protección en caso de que la reina se volviera en su contra.
Ni en mil años se le había ocurrido que dicha protección podría ser para el Panal.
Antes de levantarse a preparar la misiva, Kara se inclinó hacia él y desenganchó sus dedos engarfiados como garras en el canto de la bañera para envolver su mano entre las suyas.
De inmediato, René pegó las rodillas al pecho y retrocedió cuanto pudo, encogido, preparado para huir o atacar, pero Kara no hizo nada más.
Solo se quedó quieto, muy quieto, esperando a que volviera a relajarse.
Lo que ocurrió poco después, cuando estiró las piernas con un siseo de dolor.
—Lo siento.
Él tardó en devolverle la mirada. Parecía altivo y avergonzado a un tiempo, como si no terminara de decantarse por uno u otro talante.
—Tienes razón en todo —continuó, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar.
Sus ojos ambarinos bajaron un único segundo hacia allí, vigilantes—.
No pretendía ofenderte, ni sonar condescendiente.
Nascente me aterra, y me aterra todavía más que el peso que soportas pueda hacerte obviar alguna tontería que te descubra.
Porque, si esto es lo que les hacen a sus fieles —señaló con la barbilla la escarificación de su muslo—, no quiero ni imaginar lo que les harán a sus traidores. Lo siento.
Y luego se puso en pie, dispuesto a cederle un poco de intimidad para limpiarse el polvo del camino (la tensión del miedo) de una vez por todas. Pero René no le dejó marchar. No, René le aferró la muñeca en cuanto Kara lo soltó, pagando honestidad con fiereza:
—Discúlpate mejor.
—¿Cómo?
—Discúlpate mejor —repitió—. Quiero un beso de disculpa.
Le pilló tan desprevenido que cumplió sin pensar. Por supuesto, René le salió al paso, derramando cascadas de agua perfumada al izarse. El beso, breve y vehemente, no fue tanto un beso como un sello con el que lacrar sus labios. Llevaba la firma de la Avispa. Le marcaba.
Solo minutos después, ya pluma en mano sobre el escritorio, se dio cuenta Kara del calculadísimo descontrol de René, que lo había retenido con dedos de hierro, sí, pero cuidándose bien de ni rozar siquiera la piel que sus guantes no cubrían.
Ojalá lo hubiera hecho.
Como el tema del regalo de aniversario comenzaba a adquirir urgencia vital, Reyes se ofreció para ayudarlo.
Titi también, claro, pero si lo de Gon con los regalos era poco tino lo de Titi era directamente desatino.
Quedó despedida en cuanto le envió un link de un bolso de Prada tan atroz que hasta se lo detectó el antivirus («Pues a mí me parece muy bonito», había sido toda su defensa, junto a un emoticono de carita enfadada).
Los del Stardust, por su parte, hacían lo que podían, aunque Gon tampoco quería respaldarse mucho en ellos porque ya le habían solucionado el del año anterior.
Reyes, contra todo pronóstico, tenía buenas ideas.
Y buen gusto, facultad que Gon necesitaba desesperadamente.
Si alguna vez salía del binomio Vaqueros + Camiseta/camisa siempre se aseguraba de contar con la aprobación de Bego, y, siendo sinceros, el 90 % de su armario lo componían prendas escogidas a mano por ella.
Cosa que Gon le agradecía, por cierto: no soportaría que pudiera adivinarse de un vistazo quién se había rebajado a salir con quién.