Con la miel en los labios 11 Tercero en discordia #2
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11 Tercero en discordia #2

Ni siquiera intentó volver a dormirse. Por mucho que deseara poder olvidarse del sueño, lamentablemente contenía información relevante, así que hizo de tripas corazón y abrió la escaleta para apuntar «último viaje, todo estable» entre la amalgama de párrafos de colores.

Dudó si añadir que Kara había intentado decirle a René que le quería. No lo puso.

Pero sí se metió en WhatsApp, recordando de golpe que al final no había contestado los mensajes de Reyes. Uff. Esperaba que no le tocara soñar nada muy horrible.

Contempló el chat durante unos segundos hasta reparar en ese diminuto y cursivo En línea.

vete a dormir

en eso estoy, listo

me he desvelado

mal sueño?

espantoso

el tuyo también?

para mí sí, para ti no tanto

capullo hijo de una hiena encima restregándome el polvo cómo te atreves

Gon sonrió.

perdón

que te jodan

si te sirve de consuelo, este no lo has soñado aún

con suerte te toca pronto

por qué lo dices como si me muriese de ganas de vernos follar?????

acabas de decirme que te estoy “restregando el polvo”

porque prefiero despertarme cachondo que con un puto ataque de ansiedad

Uh, mierda. No sabía qué responder a eso. Solía ser bueno consolando a los demás, pero con Reyes le costaba elegir las palabras correctas. Le daba demasiadas vueltas y siempre terminaba sonando como si quisiera quitárselo de encima. Tampoco ayudaba que por móvil todo resultase tan… frío. Distante.

pasado mañana libro

La invitación estaba implícita.

no hace falta gon

***

siempre me dices de subir cuando tengo un mal sueño

no hace falta, estoy bien

prefiero quedar cuando de verdad quieras y no por lástima

¿Perdón?

—¿Gon?

Se volvió como pinchado por un alfiler. En la oscuridad del cuarto no conseguía distinguir la expresión de Bego, pero su voz había sonado tensa (incrédula).

—¿Qué pasa?

—¿Qué haces?

—Nada. —Se inclinó para darle un beso allá donde cayese. Aterrizó en un párpado a medio cerrar y ella se quejó en bajito—. Uy, perdón. ¿Te he despertado?

—La luz…

—Ahora apago.

—¿Todo bien? ¿Has tenido una pesadilla de las tuyas o…?

Estuvo a punto de decir que sí, por eso de que tenía el estómago encogido en un puño. Luego fue consciente de que se sentía mal por Reyes, no por sí mismo. De hecho, él se había despertado bastante contento. La mezcla de emociones le hizo sentirse aún peor.

—No, tranquila. Cierra los ojos, ahora apago.

Su novia hizo un ruidito adorable que marcó el fin del intercambio, así que Gon volvió a darle la espalda y sacó el móvil de debajo de las sábanas, donde lo había enterrado para no deslumbrarla.

Reyes ya no estaba conectado. Tampoco le había dicho nada más.

Joder. Ahora iba a creer que le había dado la razón.

¿O es que la tenía? Sí, últimamente se habían visto muy a menudo, y todas porque Gon los había invitado a Titi y a él después de leer un nuevo «gemelos» rojizo en la escaleta o de sonsacárselo al propio Reyes a la fuerza, pero eso no quería decir…

¿O sí? Era su primer impulso, eso era cierto.

Tenerle cerca, asegurarse de que estaba bien.

Incluso se había metido a WhatsApp a las putas cuatro de la mañana, angustiado por si había pasado lo que al final había pasado por no escribirle antes de dormir.

Lentamente, dejó el móvil en la mesilla. Quedaban dos horas para que sonara el despertador y no quería malgastarlas pensando una respuesta. Contestaría en el metro, o a lo largo del día. Total, no le debía nada. Tampoco eran tan amigos.

Al menos ya no estaba empalmado.

Quedaron igualmente en su finde, aunque aquella vez solo subió Reyes.

Se lo pasó quejándose de que no podía andar viniendo mil veces todas las semanas, que tardaba hora y media en coche, que la gasolina estaba carísima y que los horarios del autobús a su pueblo eran una mierda, pero cuando llegó la hora de despedirse se fue al piso de su abuela a dormir y al día siguiente lo saludaba desde su salón setentero antes de volver a cruzar la calle.

Consiguieron ordenar por fin la escaleta al completo, y para celebrarlo pidieron comida, jugaron a la Play (Reyes era malísimo) y luego fueron al cine.

Reyes prefería las palomitas dulces a las de mantequilla y las de mantequilla a las saladas.

«Y, si pudiera comprarme una bolsa solo con las de color verde, lo haría».

Luego cenaron con Bego y con los del Stardust.

Reyes cruzando la calle de madrugada; Reyes saludándole en pijama por la mañana.

Discutieron teorías sobre los cambios de estado, no llegaron a ninguna conclusión, Gon cocinó para los dos, volvieron a jugar a la Play, Reyes tomó el último bus a las cinco.

Ambas noches soñaron con apacibles campos de lavanda, rumor de abejas y trinos de pájaros, largas horas a caballo de regreso al Panal. Verano y sol y brisa.

Jamás había empezado Gon tan descansado y de buen humor una semana de trabajo.

En casa, su nombre se habría escrito R’nee y se habría pronunciado con una suave vibración de lengua, una «u» muda seguida de la «n» sólida que precedía a la larga «e».

Era un nombre elegante, como su dueño; encajaba perfecto con su largo y espeso cabello de sangre y sus ojos de miel.

En casa, esa cara y esa gracia suyas le habrían granjeado mínimo la entrada a la corte y máximo el honor de cederle el rojo a la abeja reina.

Pero la Avispa había crecido en Nascente y allí era simplemente René. De «r» dura y acento aún más. Kara se preguntaba si aún recordaría cómo sonaba su nombre real, si lo habría llamado alguien así alguna vez desde la toma de Nazcar o si Nascente le había despojado también de aquello.

este finde puedes?

no, sorry!

es el cumpleaños de mi hermano y va a hacer fiesta enelpiso

qué raro que te pierdas una fiesta

no me merece la pena la doble resaca de después

doble?

la del alcohol y la del oído que me queda

soy selectivo a la hora de elegir cuándo y cómo quiero destrozarme el tímpano, y la música que le gusta a mi hermano y sus amigos…

digamos que a mí me gusta la miel de espliego y esa música pues no es miel de espliego

jaja

recibido

a la próxima entonces

Siempre había oído que era imposible sobrevivir a la explotación del siglo XXI sin un hobby, sin una pasión que impulsase a tener vida más allá del trabajo, sobre todo si este era de cara al público, o duro, o mecánico.

Antes, su pasión había sido el baloncesto.

Entrenar, más bien. Le encantaba reunir a una panda de críos atolondrados y enseñarles a jugar en equipo, descubrirles la maravilla de encestar una canasta; o plantarse frente a un grupo ya experto y asegurarse de que jamás olvidaban esa sensación infantil de diversión, se jugaran lo que se jugaran en la cancha.

Le encantaba el olor tan típico de los polideportivos, el chirrido de suelas deportivas sobre pista y el pum pum rítmico del balón.

Cuando la canasta vibraba, su cuerpo entero lo hacía con ella.

Bego también había formado parte de sus pasiones. Su vida en común, el futuro que querían construir juntos, sus amigos.

Pero entonces el colegio lo había puesto de patitas en la calle y ahí estaba, sirviendo cafés para sacarse dos pelas contadas.

Los horarios del nuevo trabajo habían desencadenado la irremediable (pero vaticinada) pérdida de amistades, y, poco a poco, como un mal virus, también la oxidación de su relación amorosa.

No había sabido cómo ponerle freno ni cómo combatirlo.

No había sabido hacer nada salvo seguir trabajando sin descanso, para paliar la falta de tiempo y de ganas con el triste sueldo que podía ofrecerle a su novia.

Y entonces Reyes Cisneros se convirtió en su nuevo hobby.

Él, el puzle de sus vidas pasadas y todo lo relacionado con ellas.

El idioma, los mapas, la cultura, hasta la ropa; era algo que lo mantenía ocupado y distraído, que lo mantenía latiendo.

Hacía mucho que no se sentía con tanta energía para afrontar cada día, apenas sentía ya el cansancio, si es que siquiera estaba cansado ya.

Hasta se tomó con filosofía que le encasquetaran a la nueva novata, Estefanía, recordando así lo mucho que le llenaba enseñar y animar y verla aprender a desenvolverse más rápido que con ningún otro compañero.

Se ganó las felicitaciones de sus superiores, que no le supieron amargas cuando no vinieron acompañadas de ningún bonus.

Empezó febrero con fuerza y con esperanza.

Empezó febrero sintiéndose, por primera vez en años, vivo.

Tan vivo.

Y, aunque Bego no había estado tan estancada como él, Gon notaba cómo su nuevo hobby la ayudaba también a ella.

Junto con Titi, la propuesta de negocio avanzaba a pasos agigantados y su novia volvía a tener ese brillo en la mirada que prometía gloria.

Le recordaba a cuando eran adolescentes y aún querían comerse el mundo, cuando aún se retaban a competiciones absurdas para conocerse.

Volvían a arder. Gracias al apiario de los Cisneros, volvían a arder.

Incluso los encuentros con su familia política se le hacían más…

tolerables. O eso le pareció aquel milagroso domingo libre en el que Bego lo convenció de acompañarla al famoso vermú postmisa de los Lesmes.

Siguió siendo desagradable, e incómodo, pero logró encontrar un tema de conversación con uno de los tíos que no les pondría en evidencia a ninguno de los dos.

Baloncesto, claro. El equipo en el que jugaba su niñita allá en Pozuelo y cómo el entrenador les estaba arruinando la temporada por sus estúpidos nervios prepaternidad.

«¡Ni que fuera a parirlo él!». Ante eso Gon había soltado una carcajada más sincera que robótica y el tío se había hinchado como un pavo real.

En cambio, su suegra lo había estudiado de arriba abajo como si supiera perfectamente que lo que le había recargado las pilas a su (por desgracia) yerno y a su hija era nada más y nada menos que un tercero en discordia.

Aunque «discordia» no sería la palabra que Gon escogería para describir a Reyes Cisneros.

Más bien todo lo contrario. Vale, sí, le gustaba armar revuelo, y ser el centro de atención allá donde iba, pero también era educado y empático y sabía cuándo callar y cuándo presionar y cómo hacerles sentir cómodos incluso si era él quien no conseguía seguir la cháchara por culpa de su oído.

Reyes le tiraba de la manga, Gon se inclinaba para repetirle lo que se había perdido, la tertulia continuaba sin pausa.

Su diminuto piso de la Latina se llenó de velas de cera de abeja, de diseños de etiquetas descartados y de listas de aromas.

También de ecos pasados, más intensos cuanto más tiempo pasaba Reyes allí, y pronto adivinar el recuerdo se convirtió en un juego privado entre ambos.

Si Gon libraba entre semana allá que se presentaba Reyes hasta que Bego llegaba de la oficina.

A veces cenaban los tres juntos; a veces Titi se unía también.

A veces se alineaban los astros y lograban quedar con los del Stardust, rascarle una comidita a la rutina.

Y, tras muchas fiestas seguidas del primogénito Cisneros en el piso de enfrente, Bego había convencido a los alcarreños de acampar en su sofá-cama.

Desde entonces, los cuatro cotilleaban cada fiesta por las ventanas mientras cocinaban o fregaban, apostando quién se liaría con quién y haciendo rankings «de bellezones», como los llamaba Reyes.

San Valentín le resultó raro, cenando a solas con Bego en un restaurante de pitiminí en lugar de todos juntos en alguna hamburguesería de mala muerte que Recla habría encontrado trasteando por Google Maps.

Nunca se regalaban nada por los enamorados, su aniversario siempre demasiado cerca, pero aquella vez su novia dijo «estoy deseando ver qué se te ha ocurrido este año» y la ansiedad volvió a oprimirle el pecho.

Ningún sueño especialmente relevante, ningún eco especialmente peligroso para su desempeño en el Stardust, aunque Kara y René follaban como conejos y eso acababa afectando ( mejorando ) su relación con Begoña.

Ella se reía cuando la despertaba en mitad de la noche; él ya después, al disculparse.

Reyes también se rio cuando salió el tema durante una cena, tan rojo como su pelo cada vez más largo mientras Titi atormentaba a la parejita hasta sacarle los colores a su estoica novia.

«Envidiosos», replicó Bego, y a Gon no se le escapó la mirada de reojo que le echó el chaval.

Eso fue lo que le puso rojo a él. Titi se agenció la victoria igual.

Marzo se acercaba a velocidad de estampida.

En cuanto diera con el regalo ideal para el aniversario, su vida sería perfecta.

Ya ni siquiera le molestaban los ecos. Se había acostumbrado a ellos tal y como se había acostumbrado al insecto zumbón que los protagonizaba.

Y, si se permitía ser sincero, tampoco tenía prisa ya porque los recuerdos se acabaran.

Reyes le gustaba. Se le había olvidado lo que era tener un amigo fuera del trabajo.

Un mejor amigo, de hecho. ¿Hacía cuánto no tenía de eso?

A saber. A lo mejor nunca había tenido uno, pues Bego siempre había ocupado el primer, segundo y tercer puesto.

Era un buen cambio.

Era un gran cambio.

No podía creerse la suerte que tenía, lo feliz que se sentía, sobre todo teniendo en cuenta que, en realidad, nada había cambiado.

Seguía ganando una miseria para lo mucho que curraba, seguía agobiado por el aniversario, seguía sin entrenar equipos de baloncesto. Y aun así, aun así… No podía creérselo.

Es que no podía creérselo .