Con la miel en los labios 11 Tercero en discordia
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11 Tercero en discordia

Y , justo así, Reyes Cisneros encajó en su vida como si siempre hubiera formado parte de ella.

Encajaba en sus recuerdos, en sus sueños y en sus pensamientos.

Encajaba con su novia, con sus amigos y hasta con sus hermanas.

Encajaba en su trabajo y en sus fines de semana, encajaba en sus redes sociales y en las no tan sociales, ahora que además de miel le enviaba canciones que le recordaban a Kara.

La oleada de pánico nervioso que vino con los mensajes se disipó en cuanto se los enseñó esa noche a Bego y ella respondió con la misma carcajada encantada de Reyes.

Más tranquilo, se metió en la cama, dispuesto a borrarlos o a ignorarlos, lo que costara menos esfuerzo mental.

También tenía doce wasaps pendientes del rey de Roma y todos ellos eran stickers disculpándose (de mentira). Debería contestarle. O bloquearle.

En cambio, se metió a husmear sus stories para repasar qué había dicho exactamente y por qué la gente se lo había tomado en serio.

Suponía que tenía que ver con la novedad.

Gon también había irrumpido en la vida de Reyes Cisneros de la nada, junto con Bego, y, ahora que lo pensaba, era impresionante la de espacio que ocupaban en la del otro cuando el mes pasado ellos dos no se soportaban.

Y el anterior ni se conocían. De la noche a la mañana, estaban ahí.

En sus fotos, en sus vídeos, en sus menciones; y no solo en las de Reyes.

Podía trazarse el camino de un perfil a otro saltando de selfie en selfie , todo seguidito desde el de Titi hasta el de Carol.

Cosa que, para desgracia de Gon, solo atraía más atención sobre su cuenta privada, convenientemente etiquetada en cada vídeo de TheKingBee aunque apenas saliera un segundo, aunque solo se le oyera de fondo.

«Si Bego no tuviera el insta lleno de cosas vuestras ya me habría sacado mínimo diez pelas por desmentirle a alguna lo tuyo con Reyes», había dicho Recla.

En realidad, los cotillas tampoco andaban tan desencaminados. Simplemente se habían equivocado de universo.

Se preguntó cómo serían René y Kara de existir en la España actual.

Si vivieran en un mundo en paz, como ellos, ¿qué harían?

¿Cómo lo llevarían? La Avispa no parecía muy diferente del propio Reyes, él mismo lo había dicho…

¿Llenaría de fotos de Kara su Instagram, como Bego, o sería más reservado?

¿Tendría siquiera perfil? ¿Público, privado?

¿Popular, como el de Reyes? ¿Qué hacía Reyes cuando se echaba pareja?

En TikTok, desde luego, no colgaría nada.

Esa cuenta era exclusiva para sus abejitas, el trono de su imperio.

Su Instagram, en cambio, sí era ligeramente más personal, más pequeñito («pequeñito») y, sobre todo, más antiguo.

Por mucho que Gon rebuscó, no encontró siquiera indicios de relaciones pasadas, pero Reyes también sabía muy bien qué enseñar y qué no, sabía cómo hacer creer a la gente que conocían cada aspecto de su vida, por cómo y cuánto contaba de ella, aunque en realidad no estuviera diciendo nada importante.

Por ejemplo, no había enseñado su cara hasta la primavera del 2020, cuando el Covid había encerrado a medio planeta en casa.

Había aprovechado entonces para presentarse a sí mismo y a sus colmenas, conectando así a los cautivos con el exterior a través de la cámara de su móvil.

Gon sospechaba la razón, pero, egoístamente, quería saber más.

Quería saberlo todo. Conocía más a René que a Reyes y ni siquiera lo conocía de verdad.

—¿Otra vez cotilleándole?

Su novia se enroscó en las sábanas como un burrito de Bego.

—¿Cómo que otra vez?

—Pues eso. —Sonrió—. No hay día que no mires sus cuentas, buscando pruebas del crimen.

Eso le hizo gracia.

—¿Qué crimen?

—Pues su traición de cuando eras el caballero de brillante armadura de otras.

Ah. La sonrisa se le pudrió en la cara. Últimamente, los sueños habían sido tan inofensivos (tan buenos ), que había llegado a olvidarse del resto.

Sus días eran mejores si tenía noticias de Reyes, e increíbles si quedaban, así que quizá sí que había tomado por costumbre chequear sus redes antes de dormir, como un amuleto de buena suerte.

Tal vez por eso Reyes siempre le escribía hacia esa hora, porque Gon no posteaba treinta mil cosas diarias y necesitaba contacto para librarse de los Gemelos.

Preocupado, se apresuró a buscar los mensajes que tanto se había esforzado en ignorar.

—Ah, ¿y ahora encima os dais las buenas noches?

—No —gruñó él, poniéndose rojo enseguida—. Le estoy diciendo que pare de decir cosas raras o mi madre se las creerá. Está obsesionada con él.

—Pues como tú. Como toda tu familia, en verdad.

Esta vez, Gon la miró, ceja enarcada y sonrisa ladina.

Se la había copiado a Kara, y había comprobado pocos días atrás que lograba sacarle a Bego un sonrojo que hacía años que no le veía.

Lo había echado de menos. Había echado de menos sentir algo más que cansancio y frustración y… pena, también pena.

—¿Estás celosa?

La forma en la que abrió mucho los ojos, pasmada, no debería haber sido tan graciosa como lo fue.

—¿Celosa? ¿Yo? ¿De quién?

—Del chaval de pueblo sin estudios pero ultraexitoso que lo tiene todo y a todos.

—Lo has dicho tú, que conste.

Divertido, Gon dejó el móvil en la mesilla de noche para cernirse sobre ella, quien se había vuelto de espaldas y fingía estar profundamente dormida, la muy teatrera. Sonrió aún más.

—¿Es porque mi madre le comenta las fotos? Porque puedo pedirle que comente las tuyas también. —Le dio un pequeño beso en el hombro—. Sabes que te adora.

—Ya —farfulló, sin siquiera girarse—, tu madre es una santa. Si sigo contigo es por ella.

—Hombre, alguna razón más habrá, ¿no?

Rio contra su pelo rizado, buscando un hueco por donde colarse hasta su cuello. Olía a champú carísimo y a acondicionador todavía más caro. Desde allí podía ver la curva de su mejilla ahuecada: estaba sonriendo.

—Alguna —concedió Bego, mientras él terminaba de encerrarla entre sus brazos—. Susana me hace de personal shopper veinticuatro siete y Esther me echa las cartas gratis.

—Mmm…

Pegado a su espalda, Gon apartó el collar de su pijama para dejarle una cadena de besos nuca abajo.

Su piel erizada le confirmó que iba por buen camino, así que lo siguió.

Al zumbido de enjambre veraniego que iba ganando volumen en su interior, en cambio, lo ignoró.

No pensaba permitir que ningún recuerdo volviera a empañarle el presente.

—Y luego está tu padre. Que es, pues… tu padre.

—Begoña.

—¿Sí?

—¿Podrías, por favor, no mencionar a mi padre justo ahora ?

—¿Por? ¿Es que estás haciendo algo importante?

—Eso intento.

Al final, ella se giró para besarlo por encima del hombro y él encajó sus caderas con las suyas, sintiendo su sonrisa en los labios.

Después de diez años juntos, se conocían de memoria.

No había parte de ella que no hubiera tocado o besado ni sonido que no hubiera oído ni absolutamente nada que le quedase por descubrir.

Volver a Bego era volver a casa, ya fuese discutir con ella o reír con ella o llorar con ella o, como ahora, hacer el amor con ella.

No tenía claro que su cuerpo supiera moverse sin ella. Tampoco quería averiguarlo.

El esfuerzo que tuvo que hacer por escucharla por encima del zumbido de las abejas fue hercúleo, pero mereció la pena.

Bego siempre merecería la pena.

Nada se movía más lento en aquel mundo que la Avispa al inclinarse sobre sus labios, como si quisiera darle tiempo para pensar, para macerar bien dentro de su cabeza lo que iba a ocurrir una vez más en tres, dos, uno.

Y uno, y uno, y uno, porque siempre se detenía durante un segundo infinito a un milímetro de distancia, tan cerca que su respiración le calentaba la piel.

Luego se pasaba la lengua por los labios y, si Kara no se apartaba (nunca lo hacía), por fin ( por fin ) le besaba.

Esa vez, además, también el beso fue lento. No prendió en llamas en cuanto se tocaron, ni en cuanto Kara respiró hondo, rindiéndose. Se preguntó si algún día dejaría de sentirse culpable. Si llegaría el día en que René no necesitara preguntar sin preguntar antes de besarlo.

Aún no le había dicho que seguramente aquel fuera su último viaje juntos.

Penúltimo, con suerte. Quería reservárselo para la vuelta, cuando René hubiera superado su tortura mensual, cuando sus nervios se licuaban en almíbar en lugar de afilarse en dentellada, ya a salvo durante una luna más.

Aunque, por cómo acunaba su rostro con las manos y por cómo delineaba sus dientes con la lengua, Kara estaba seguro de que ya lo sabía. De alguna manera, lo sabía.

Sin soltarlo de entre sus brazos, Kara se puso en pie y cruzó el cuarto para tumbarlo en la cama con cuidado.

En un día normal, a esas alturas ya estarían desnudos.

René lo habría clavado al colchón, encargándose de todo, y él (cómo no) le habría dejado hacerlo.

Pero aquel no era un día normal, así que Kara se apartó lo justo para mirarlo desde arriba.

—No lo digas —le advirtió René, muy serio.

Kara frunció los labios. El cepo.

Le sostuvo la mirada mientras meditaba si decírselo igualmente o no.

Al final, decidió obedecer. No porque la Avispa de Nascente tuviera ningún tipo de poder sobre él, sino porque decirlo habría traído más preguntas que respuestas. Y, además, tampoco le hacía falta. René sabía que le quería.

Así que se arrodilló a los pies de la cama e hizo lo más parecido a confesar entre sus piernas.

Gon miró el reloj. Las 4:06. Las 4:06 y estaba empalmado otra vez por culpa de un puto recuerdo de mierda.

Patético. Con un gruñido, rebuscó entre las sábanas hasta encontrar sus pantalones de dormir (aunque primero encontró el tanga de Bego, el que lanzó a su mitad de la habitación), como si con vestirse bastara para que se le bajase.