10 Ni abeja ni avispa #6
Por alguna razón, el agobio descarnado de Reyes le hizo sentir mejor.
Quizá porque sacaba una a una las astillas, ayudaba a sanar las punzadas el saber que realmente no le creía tan poco apropiado para Bego.
Veía el arrepentimiento en sus ojos al igual que lo había visto en los de la Avispa tras desahogarse con Kara.
Tuvo el impulso de imitar a su otro yo, abrazarlo para hacerle entender que todo estaba bien, que no pasaba nada, pero se contuvo a tiempo y, con una risita, dijo:
—No se te da bien ser malo.
Reyes enarcó una ceja.
—Ah, ¿no?
—Le pones nombre a tus abejitas y vendes miel ecológica en mercados navideños. No es que sea el perfil más común de villano, la verdad.
Con eso por fin reasomó su sonrisa. Y así, en un segundo, Reyes volvía a irradiar esa energía suya que Gon solo conseguía describir como traviesa. Infantil, blanca y sin dobles intenciones.
—¿Y qué me dices de saber preparar un veneno indetectable?
—Que no vale apuntarse tantos de René, eso digo.
Rieron.
—Cachi’ en la mar…
Justo entonces, las chicas los alcanzaron.
Ambos se giraron hacia la voz de Susana a la vez, sincronizados, como si compartieran un mismo cuerpo, y asintieron de igual forma al escuchar el nuevo plan.
Luego Bego se colgó de su otro brazo, Susana y Titi le robaron a Reyes, y Esther los guio a saltitos ilusionados hacia algún espectáculo de danza que a Gon solo le resultaría familiar de verlo cada año pero al que tampoco le molestaba asistir otro más.
Mientras Titi y Bego se desmaquillaban en el baño, ellos dos aprovechaban el sofá para revisar juntos la escaleta.
Así, cara a cara, era más fácil discutir dónde colocar cada sueño, reestructurar el orden entero, aclarar el sistema de colores y símbolos con el que identificar estaciones, lugares, momentos.
Gon apuntaba sus sueños en negro; Reyes en rojo.
Cuando ambos habían vivido el mismo recuerdo, cambiaban ambas descripciones a color azul.
En violeta las pistas obtenidas mediante sentidos, en negrita los datos aún sin contexto.
Y, al final del documento, un glosario de términos y nombres que cada vez consultaban menos porque cada vez entendían más.
Era un lenguaje propio, esa escaleta. Más que un rompecabezas o un proyecto común, eso: un lenguaje propio.
Gon sabía qué significaba un párrafo rojo abandonado a mitad o un simple «gemelos», y se guardaba de pedirle más información como Reyes se guardaba de darle detalles incómodos.
El equilibrio entre lo que se contaban, lo que escribían y lo que callaban era perfecto.
Bueno, no del todo.
—Uy. —Reyes fruncía el ceño. Se había adueñado de su ordenador y de su sofá y Gon le había dejado hacerlo—. ¿Por qué puse esto en azul? Debería estar en rojo, perdón, ahora lo cambio.
Ugh.
—No —lo frenó Gon, con un carraspeo—. Está bien así, lo cambié yo. El jueves, creo.
Claro que fue el jueves. Cómo olvidarlo.
Él lo miró, confuso. Las chicas seguían riéndose en algún punto al fondo del piso y sus risas les llegaban sordas, pesadas, como ecos bajo el mar.
—¿Y por qué no añadiste tu parte también? Solo está la mía.
—No había nada más que añadir.
Tensísimo, Reyes abrió la boca para protestar, pero cuando volvió la vista hacia el documento la cerró de golpe.
Fue apretando más y más los labios según releía sus propias palabras hasta convertirlos en una fina línea.
Al menos Gon no tendría que pasar el mal trago de explicarse. Bastante tenía ya con soñarlo.
—Sip. Ciertamente hay poco más que contar aquí.
Y pasó a subir y bajar páginas sin siquiera mirar lo que estaba haciendo, tratando de ahogar el silencio ahora pegajoso, buscando a toda prisa algo con lo que aniquilarlo.
Gon odiaba esos momentos tanto o más que el recuerdo omitido, quizá porque lo único que podía hacer entonces era rezar para que Reyes no cambiase de opinión y…
—Sabes que no pasa nada, ¿no?
Mierda. Chasqueó la lengua, pero él ya le estaba mirando otra vez. De pronto, el sofá le parecía demasiado pequeño, Reyes demasiado cerca, Bego demasiado lejos. ¿Cómo huir sin huir? ¿Cómo librarse sin que Reyes le viera las intenciones?
—Gon. —Y se inclinó un poco hacia delante, obligándolo a devolverle la mirada—.
En serio, no pasa nada. No eres Kara, no estás haciendo nada malo.
Tú tómatelo como un videojuego, ¿vale? —Qué suave sonaba su voz, qué blanda.
La fiera en el cepo y René susurrando—. Vives la trama a través de los ojos del protagonista, sí, pero no eres tú.
Lo importante, lo real, está aquí; y aquí estás con Bego. No estás engañando a nadie.
También odiaba eso. Lo de que supiera leerlo a la perfección incluso sin conocerlo, rellenando los huecos con lo que soñaba de Kara y acertando. Lo odiaba. Lo odió incluso más cuando Reyes le dio un apretoncito de ánimo en la rodilla, así que apartó la pierna bruscamente y escupió:
— Ya sé que no la estoy engañando. No soy imbécil.
Se arrepintió enseguida. Primero porque Reyes alzó la mano para que la viese bien lejos de él y después porque claro que la estaba engañando.
Quizá no en el sentido tradicional del asunto, pero estaba ocultándole cosas, y eso, de alguna manera, era incluso peor.
Kara no tenía la culpa de hacer lo que hacía con la Avispa, ni Reyes de que Gon hubiera decidido mentir a su novia.
—Perdona —se disculpó, después de respirar hondo—. Todo esto me resulta muy… violento.
Reyes sonrió, muy poquito.
—No pasa nada. Contaba con que fuese más difícil para ti que para mí.
Ahora su voz sonaba exhausta, y le miraba los labios al hablar.
Debía de haber forzado demasiado el oído aquella tarde en Usera, entre la música, el barullo, los gritos…
, y aun así invertía la poca energía que le quedara en intentar animarlo.
Con un gruñido frustrado, Gon se desplomó contra el respaldo del sofá.
Los techos de su piso eran altísimos y la arañita de siempre había vuelto a tejer su tela en la esquina de siempre.
—¿Más difícil para mí por qué?
Lo oyó cerrar el portátil antes de reclinarse también, cuerpo vuelto hacia él y rodillas al pecho.
—Ah, ya sabes, por todo eso del tío hetero con novia suscrito en contra de su voluntad a un canal mágico de porno gay.
No tuvo fuerzas ni para reírse, pero reunió un par de gramos para girar la cabeza y mirarlo. Reyes esperaba su respuesta con una sonrisita tan irreverente como expectante.
—Imbécil —fue lo único que se le ocurrió.
Lejos de ofenderse, él echó la cabeza hacia atrás y rio.
Esa noche la pasaron como dos matrimonios octogenarios en la residencia, agotados y calentitos, jugando a Adivinar la película hasta bien entrada la madrugada.
Abuchearon a Titi y Reyes cuando les pillaron haciendo trampas, mezclando lengua de signos con aspavientos; ellos se lo devolvieron cuando Bego le dio un inocentísimo beso entre turnos.
Los cuatro, sin excepción, madrugaban al día siguiente, pero ninguno tenía ganas de ponerle fin a la velada.
Así que esta siguió y siguió; seis horas para que sonase el despertador, cinco, cuatro, tres y media.
«¿Por qué no subís este finde? —sugirió Bego poco después, escandalizada por lo tarde (temprano) que era—.
Gon está de mañanas, así que podemos adelantar trabajo nosotros tres y hacer algo juntos cuando salga».
No sabía cómo sentirse al respecto, aunque tenía demasiado sueño como para darle vueltas. Mientras se ponía el abrigo, Reyes les aconsejó practicar para la revancha.
«Tramposo», vocalizó Gon, sospechando que podía leerle los labios.
Reyes respondió con un corte de mangas, confirmándoselo .