Con la miel en los labios 10 Ni abeja ni avispa #5
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10 Ni abeja ni avispa #5

Pese a que el recuerdo aún le amargaba la lengua, conocía el resultado. Reyes lo había soñado unos días atrás.

Había funcionado. Y, en recompensa por ganarse al custodio de la futura abeja reina, los Gemelos le habían condecorado la lengua con una flor de tinta escarlata.

René apenas había podido hablar durante su regreso al Panal, aunque tampoco lo había necesitado para hacerse entender.

«Kara se pone tan contento que le hace algo no apto para menores», resumía la escaleta, porque Gon había parado el audio de Reyes a la mitad, furiosamente rojo mientras tecleaba en mayúsculas que no quería detalles, no quería detalles, NO QUERÍA DETALLES.

Sus hermanas vivían el Año Nuevo chino con una pasión que jamás comprendería.

Hasta bien entrado en la veintena, Gon seguía esforzándose por sentir un mínimo de apego hacia aquel conjunto de farolillos y dragones y fuegos artificiales, pero lo único que obtenía a cambio era una sensación de vacío, de desconexión, que le dejaba mal sabor de boca.

Al final había acabado por rendirse, aunque la melancolía no se iba, recordándole cada Año Nuevo que no pertenecía a ninguno de sus dos mundos.

Ni a China, país que lo había visto nacer; ni a España, país que lo había visto crecer.

Esas fechas siempre eran complicadas para él.

Bego lo ayudaba a sobrellevarlo como podía, tratando de convertirlas en algo propio, desligado de sus raíces o de su futuro, algo más familiar que cultural, más costumbre que tradición; como darse los regalos de aniversario nada más pedirle la cena al camarero para no alargar innecesariamente la aprensión de haberse equivocado.

Gon se lo agradecía en silencio. Sus hermanas también.

Sin contar los sentimientos contradictorios que le provocaba, el Año Nuevo chino le gustaba bastante. Le gustaba la parafernalia, la comida y el alborozo de sus hermanas pequeñas. Le gustaba aprender algo nuevo cada vez y las preguntas curiosas de Bego.

Y ahora, además, le gustaba poder compartir todos aquellos años de conocimiento adquirido con Reyes, quien los absorbía con la misma avidez con la que se empachaba de platos y dulces cuyos nombres apenas lograba pronunciar.

Susana andaba colgada de su brazo, encantada, la perfecta guía turística; Esther había encontrado en Titi un alma gemela amante de lo místico.

Las calles de Usera estaban abarrotadas, y el desfile de dragones prensó a la masa viandante contra las fachadas hasta que Gon, el más alto de los siete, tuvo que pescarlos uno a uno por encima del mar de cabezas.

Le resultaba rarísimo ver a Reyes parlotear con Susana sobre los sueños, resolviéndole dudas de vestimenta y hechuras que Gon ni siquiera entendía; o a Titi mordisqueando un pastelito de luna (nada típico de Año Nuevo pero protagonista de cualquier mercado gastronómico chino) mientras Esther y Bego esperaban expectantes su veredicto.

Parecían contentos. Parecían a gusto. Y, a su vez, la novedad de dos nuevas incorporaciones al grupo le había quitado presión de encima.

Sus hermanas ya no lo miraban de reojo, deseando que algo le despertase por fin un chispazo de pertenencia; ni su novia trataba de distraerlas.

Por primera vez en la vida, Gon se permitió simplemente disfrutar del festival, sabiéndose bien lejos del centro de atención.

—¿Qué miras tanto?

Se volvió hacia Reyes. En algún momento de la tarde, el gentío había comenzado a desgajarse, abriendo claros aquí y allá, devolviéndoles el oxígeno. Las chicas los seguían a unos pasos por detrás, consultando el programa de actividades en internet.

—No miro nada —mintió Gon, algo nervioso. ¿Tanto se le notaba?

—Venga, suéltalo.

Tras otro vistazo rápido para asegurarse de que ninguna podría oírlos desde atrás, susurró:

—En marzo Bego y yo hacemos diez años, así que le estoy busc…

—¡DIEZ AÑOS! —aulló Reyes, mitad pasmado mitad entusiasmado y los ojos como platos.

—¡SHH!

—Uy. —Se tapó la boca con las manos tal cual haría un dibujo animado—. Perdón, me he emocionado.

Gon lo fulminó con la mirada.

—¿¡Qué!? —rezongó Reyes—. Es que no conozco a nadie que lleve tanto tiempo con alguien, sin contar con…, yo qué sé, ¿mis padres? ¿Cómo es posible? ¡Hace diez años ni siquiera habíamos nacido!

En contra de su voluntad, él rio. Por lo bajini, para que Reyes no se lo tomara como una victoria.

Aunque Reyes siempre se tomaba todo como una victoria, ya fuera una sonrisa o un gruñido.

Lo sintió pegarse a su costado, aplastándole el brazo en su intento por cotillear el puestecillo que Gon estaba mirando.

—Hace diez años teníamos diecisiete años, Reyes.

—Pues eso, bebés. ¿Es un matrimonio de conveniencia o algo así?

—No —suspiró—. Por estar, no estamos ni prometidos.

—¿Y eso?

—Pues porque no. Aún es pronto.

—¿¡Una década te parece pronto!? Romeo y Julieta se casaron al día siguiente de conocerse.

—Y mira qué bien les fue.

— Touché.

Gon lo miró con el ceño fruncido, pero Reyes sonrió ampliamente.

Era la sonrisa que esbozaba para asegurarle que entendía la importancia de la conversación.

O, al menos, eso significaba en labios de René.

Lo tranquilizó igual, sobre todo cuando el chaval se le enganchó al brazo como un koala, impidiéndole quitárselo de encima.

—Ya veo… Así que le estás buscando un regalo, ¿eh?

—Eso estaba intentando decirte.

—¿Y cómo lo llevas? Porque, a ver, aún te queda tiempo, pero para diez añazos no te vale cualquier cosa…

Su silencio fue respuesta suficiente, y Reyes aspiró aire entre dientes en una mueca de circunstancias que no debería hacerle tanta gracia, considerando el contexto.

Luego descartó el puestecillo de un vistazo rápido y tironeó de su brazo para ponerlo en marcha antes de que las chicas los alcanzaran.

—No creo que vayas a encontrar mucho en un mercadillo de feria, Gon.

Odiaría tener que darle la razón, así que, en su lugar, dijo:

—A situaciones desesperadas, medidas desesperadas.

—¿Que son…?

—Comprarle un montón de detallitos y hacerle una yincana para que vaya encontrándolos por la casa.

—En vuestra casa de veinte metros cuadrados.

—Sí.

Reyes suspiró. Dicho en alto sonaba incluso más ridículo que en su cabeza.

—Eso solo serviría si el último regalo fuera a ser, no sé, un cachorrito o algo así. ¿Es más de gatos o de perros?

—El casero no admite mascotas.

—¿Tampoco acuarios?

—Si por nuestro décimo aniversario le regalo un pez Bego me ahogaría en la pecera.

—Y estaría en su derecho —dijo Reyes con otro suspiro.

—Ya.

—Ya.

Si el 1 de diciembre le hubieran dicho que el 22 de enero estaría consultando a Reyes Cisneros qué regalarle a su novia por su aniversario, habría terminado en Urgencias de reírse.

Ahora, en cambio, aguardaba esperanzado a que al chaval se le ocurriera algo mejor que una yincana.

Reyes tenía pinta de ser bueno en esas cosas.

En los detalles. En leer a la gente y saber cómo emplear esa información, tal como acababa de hacer con él.

—¿Qué le regalaste en el quinto?

—Una escapada a Santiago.

—Clásico, pero efectivo. ¿Y ahora descartamos viajes porque…?

—Porque todos mis ahorros se los traga el alquiler —resopló, fastidiado solo de pensarlo—. Y porque es difícil cuadrar salidas con mis horarios.

—Vale. Vale…

Lo observó meditar. Aquel día Reyes se había arreglado para subir a Madrid, más próximo al Reyes que mostraba en TheKingBee que al dependiente en chándal y rompevientos que había conocido en Navidad.

Abrigo largo, bufanda gris, guantes de lana, Oxford calados…

La elegancia le sentaba bien, pero a Gon le hacía sentirse terriblemente inadecuado, playeras viejas y vaqueros aún más.

Se había sentido igual la primera vez que sacó a Bego a cenar, cuando él aún ignoraba que aquello era una cita (y eso que había sido idea suya).

Espera. ¿Se había arreglado Reyes porque solía hacerlo o porque Gon había pasado algo por alto?

Y, de tratarse de lo segundo, ¿qué era? ¿Cómo averiguarlo?

¿Qué diferenc…? Ah, Susana. Susana y Esther, pero sobre todo Susana. Guapísima, soltera y lista, como Reyes.

Frunció el ceño, sin tener muy claro si la conclusión le gustaba o disgustaba. Reyes seguía pensativo, ajeno a cómo lo estudiaba él de arriba abajo.

—Vale —repitió este al fin, y Gon alzó la vista al frente—. Más fácil: ¿qué te regaló ella a ti en vuestro quinto aniversario?

—El iPhone nuevo.

El silencio fue tajante, como una bofetada. Reyes se lo quedó mirando, descolocado, y la forma en la que solo curvó una comisura para sonreír revelaba que no sabía si debía hacerlo.

—¿Y cuántas veces te ha regalado un móvil nuevo?

Gon se encogió de hombros. Qué incómodo. Qué incómodo tener que admitir:

—Cada vez que el anterior empieza a fallar.

—Hostia puta, Gon —Y abrió mucho los ojos—. ¡Tú no tienes una novia, tú tienes una sugar mommy !

—Cuidadito.

Lamentablemente, su gruñido sonó más atormentado que amenazante. Reyes carraspeó. Ahora los dos estaban incómodos, cosa que solía pasar cuando la diferencia abismal entre lo que podían ofrecerse la una al otro quedaba expuesta.

—No sé de qué te sorprendes tanto. —Gon chasqueó la lengua—. Fuiste tú el que me preguntaste que qué milongas le había contado para agenciarme a una chica así de lista, guapa y con pelas.

Recordaba cada palabra porque se le habían quedado clavadas como astillas. Al instante, el alcarreño se encogió, estrechando por un segundo su agarre. Parecía tan avergonzado (acorralado) como él.

—¡Pero no iba en serio! ¿Cómo iba a saber que…? ¡Solo quería ser malo!