Con la miel en los labios 10 Ni abeja ni avispa #4
47%

10 Ni abeja ni avispa #4

Temblaba cuando cerró la puerta, pero en su interior solo quedaba ya un agujero donde antes había anidado el recuerdo. Trató de recuperarlo, trató de hacer memoria, amasando mentalmente cada superficie blanda e inútil de su cerebro como si pudiera exprimir el sonido como el jabón del estropajo.

Nada. Ni una mísera pompa chirriante.

Estaba solo.

Con la lentitud (la torpeza) de quien realmente sufría de vértigos, Gon se arrastró hasta la única silla del almacén y se desplomó en ella sin gracia.

Joder. Joder, ese había sido intenso. Al contrario que los sueños, los ecos nunca traían sentimientos ajenos consigo, así que no tenía ninguna referencia de qué le carcomía a Kara por dentro.

¿Estaba enfadado o asustado? ¿Desesperado o decidido?

Su voz había sido una mezcla de mil emociones y todas se habían lanzado dentelladas las unas a las otras por destacar.

Gon estaba taquicárdico, el temblor no se iba.

En piloto automático, su mano había sacado el móvil y buscado el número de Reyes, aunque le dejaba la última palabra a su dueño, pulgar suspendido sobre el icono de llamada.

Gon se lo planteó. Eran las 13:22 («Buenas tardes, no buenos días») y quedaban trece minutos para su descanso, así que bien podría adelantarlo.

Respiró hondo. Así podría llamar a Reyes, como le pedía hasta el último latido de su cuerpo, para asegurarse de que estaba bien.

O quizá con mandarle un mensaje bastaría.

Mira, estaba en línea; Reyes le contestaría al instante y Gon se desharía de esa horrible sensación de… No, mejor no. No tenía sent…

«Hablando del rey de Roma», pensó, cuando Reyes le escribió primero.

todo bien?

por?

me salías como escribiendo

stalker

Reyes respondió con un sticker de un gato bufando. A él la risa le salió muda, en un suspiro trémulo.

uno duro?

uno duro

lo siento

dónde estas?

en el trabajo

me he venido al almacén

quieres que suba?

***

estás en madrid?

no

entonces?

yo qué sé, por si necesitabas que fuera

son solo sonidos

no son solo sonidos

No eran solo sonidos. Gon cerró los ojos largamente, poco a poco recuperando la compostura. Mierda. Qué imbécil. Qué infantil, poniéndose así por un par de gritos. Ni siquiera había sido la batalla final. Oler la muerte había sido aún peor. Y, entonces, ¿por qué…?

gon?

tranquilo, estoy bien

descansando

tú no has oído nada?

hoy todavía no

Dejó que la conversación muriera ahí. Reyes no insistió, aunque seguía conectado.

Lo recordó en el salón setentero de su abuela, sentado al borde del sofá, muy tenso, ojos fijos en la pantalla mientras esperaba a que Gon dijese algo más.

Se preguntó si ahora estaría haciendo lo mismo, como él.

Leer una y otra vez aquel En línea bajo su nombre de contacto.

Para romper el bucle, Gon clicó en su avatar y el rojo contra violeta terminó de calmarlo de un plumazo. De calmarlo y de decidirlo.

oye, una cosa

dime

este domingo es el año nuevo chino

Reyes tardó un poco más de lo habitual en contestar:

feliz año nuevo?

gracias, pero te lo decía porque por usera suelen hacer cosas

bego y yo vamos todos los años, nos arrastran mis hermanas

os apetece venir?

También tardó en responder esta vez. En línea. Escribiendo… En línea. Él frunció los labios, ya oliéndose el no.

titi dice que vale

Gon respiró hondo otra vez. Genial.

y tú?

allá donde va titi voy yo

ya hemos encontrado a la verdadera abeja reina

jaaj

más quisiera

Al final, sonrió. Y, aprovechando la subidita de ánimo, abrió la escaleta para añadir una vaga transcripción de lo que había escuchado justo encima de las cuatro míseras palabras que definían la batalla y justo debajo de la extensa descripción de uno de los sueños de Reyes.

En él, uno de los Gemelos le decía lo muy orgullosos que estaban de su Avispa mientras el otro le escarbaba la piel con un cuchillo afiladísimo.

«Luego me toca la carita y me dice que ya no hace falta que vuelva al Panal».

Odiaba esa última frase.

La odiaba.

No se dio cuenta hasta un par de minutos después, cuando ya había terminado de sacar los bártulos con los que se entretendría durante la ausencia de René.

Tampoco eran muchos, pasaba más tiempo dormitando que leyendo, pero los llevaba precisamente para tener algo que hacer al llegar a su alcoba de posada que no fuera esperar a que la Avispa anunciase que debía partir (que debía hacerle daño).

Cuando la temida sentencia no llegó, Kara se volvió hacia él, extrañado.

Habría preferido cortarse el cuello a enfrentarse a eso.

A René reclinado muy quieto contra la puerta, mirando la habitación pero sin verla, mortalmente pálido.

La dura luz mañanera no conseguía disimular el pánico que retorcía su gesto.

Todo lo contrario, de hecho, pues el rastro plateado de la primera lágrima derramada destelló como un navajazo certero.

Uno, dos, tres segundos. Fue el tiempo que Kara tardó en reaccionar, atravesando el cuarto con la rapidez de sus latidos.

—René —susurró, mientras acunaba su rostro entre sus manos. Él no le devolvió la mirada. Ni siquiera pestañeó—. René, ¿qué pasa?

Aunque ya sabía lo que pasaba.

—No quiero ir.

Sobrecogido, Kara le acarició las mejillas con los pulgares, limpiando el caminito de lágrima.

No sabía qué decir, ni qué hacer, ni qué nada.

Tampoco había nada que pudiera decir o hacer salvo unir su frente a la suya para que supiera que estaba ahí, que lo sostendría fuera débil o fuerte, cobarde o valiente, quejumbroso o estoico.

René se merecía elegir cómo se enfrentaba a los Gemelos.

René se merecía todo y él no podía dárselo, no aún.

Aunque ambos eran conscientes de que no podían posponer su marcha mucho más, Kara lo guio hacia la cama más cercana y lo envolvió con su cuerpo hasta sentir su calor en cada vértice.

Entrelazó los dedos con los suyos, le besó los hombros, el pelo, los labios.

René apretaba los dientes tan fuerte que temblaba, o quizá temblaba por la vehemencia con la que intentaba contener el llanto.

No lo consiguió, claro: la ternura siempre acababa derritiendo cualquier barrera.

Así que lo apretó contra su pecho mientras René se derretía en sollozos silenciosos, manteniéndolo de una pieza, impidiendo que se hiciera añicos tan diminutos como para perderlos entre las sábanas.

«Shh, shhh», era lo único que se veía capaz de decir, y tenía ganas de llorar también, de extirpar su propio horror para que el charco rojo entre sus brazos se sintiera menos solo.

Pero no lo hizo, porque, aunque las abejas lo compartían todo, Nascente lo había arrancado de su colmena como las alas a un insecto y ya no comprendía sus propias raíces.

A René le ayudaría más verlo regio y firme.

A fin de cuentas, no podía remendarse un descosido con los ojos borrosos de lágrimas, y era Kara quien sostenía la aguja.

—René —murmuró, cuando el sol alcanzó el pomo de la puerta—. Es hora de irse.

Ojalá fuera realmente hora de irse. Se lo llevaría lejos, muy lejos, donde el idioma les fuera desconocido y ellos no fueran ni abeja ni Avispa sino Kara y René.

Empezar de cero, olvidarlo todo. Construirían un colmenar con sus propias manos y le pondrían nombre a cada reina y no habría más sangre ni más tortura ni más miedo.

—Por favor, no me hagas decidir a mí hoy.

A Kara se le encogió el estómago: se le había olvidado esa parte. No. No podía hacerlo. ¿Cómo iba a sacarlo de la cama, donde lo había acunado hasta reconstruirlo, para ahora romperlo de nuevo? Nunca más. Nunca más.

—No hace falta decidir.

Lentamente, René se desenroscó de su abrazo para mirarlo. Tenía los ojos hinchados y vidriosos, y hendiduras de dientes en el labio inferior.

—¿Cómo…?

—Que no voy a decidir nada. Por fin te has ganado la confianza del custodio real, ¿por qué iba a hacerte daño?

Sus pupilas se dilataron, una onda expansiva de negrísimo pánico.

—Es demasiado pronto. Recelarán.

—No, no lo harán —gañó Kara—, porque esta vez estarás diciendo la verdad. Saldrás de aquí intacto y volverás con un distintivo de victoria. Es lo único que puedo ahorrarte.

—¡No quiero que me ahorres nada, quiero que sobrevivamos!

—¡Pues sobrevive! Tu plan era bueno, pero les tienes tanto miedo que no sabes cuándo soltarlo.

René se incorporó como un relámpago, electrificando hasta el último punto donde se tocaban, y Kara lo siguió, preparado para el trueno.

— Por supuesto que tengo miedo. —Ahí estaba—. Es lo único que me ha mantenido vivo hasta ahora, y no eres nadie para juzgar cómo me enfrento a él. Nadie.

—Y no lo hago —explicó—, acabas de verlo. Confía tú en mí esta vez.

—Qué fácil es arriesgar la vida de otro, ¿eh?

Acto seguido se apartó de un chasquido brusco, dispuesto a marcharse, pero Kara lo atrapó del brazo a tiempo y lo obligó a encararlo de un tirón.

René le aguijoneó una mirada venenosa, desafiante, aunque el arrepentimiento oculto debajo dolió mucho más: se arrepentía de haberle mostrado aquel breve instante de debilidad.

—Es el momento, René. Tú mismo lo dijiste, que ya quedaba muy poco.

Él rechinó los dientes.

—Si yo fallo, tu Panal caerá. No pienso arriesgarnos solo porque tú no quieras hacer lo que hay que hacer. —Kara comenzó a negar con la cabeza; René siseó —: ¡Suéltame! Tengo una frontera que cruzar.

Y sacudió el brazo, rabioso, forzándolo a obedecer.

Por educación, Kara apartó la vista mientras la Avispa cambiaba sus prendas de viaje por el axala ajustado de la milicia nascente, aun no sin antes captar involuntariamente el entramado de tatuajes rojos y escarificaciones blancas que lo recorría de arriba abajo.

René salió dando un portazo.

Gonzalo suspiró, sentado en su parte del colchón tal y como René había dejado a Kara. La cama parecía inmensa sin su novia, sin su Avispa, una en la oficina y el otro en su memoria.