Con la miel en los labios 10 Ni abeja ni avispa #3
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10 Ni abeja ni avispa #3

—Eso, saber que siempre he sido así. —Se encogió de hombros—. Lo del pelirrojo no es raro, y soy más castaño que otra cosa, pero la suma de todo… Sordo unilateral, trans, bi. Soy así en todas mis vidas. No es un fallo de esta, no estoy mintiendo, ni en el cuerpo equivocado. Soy así.

Como con todos los asuntos serios, Gon no lo miró.

En su lugar, mantuvo la vista baja, concediéndole un espacio seguro donde Reyes no tuviera que preocuparse por descifrar qué significaría su expresión.

Solo cuando lo notó buscar su mirada se la devolvió, aunque ignoraba qué podría querer de él. Qué podría querer escuchar.

—¿Te sorprende? —le preguntó al final.

Reyes se pensó la respuesta.

—No mucho. Simplemente me confirma cosas. Me da más seguridad.

Gon asintió.

Ni un par de segundos después, Reyes volvió a hablar:

—¿Tú te ves igual? Aparte del físico, digo.

Ahora fue él quien se encogió de hombros.

—Hay… alguna que otra diferencia —reconoció—. En gustos y eso —Reyes rio por la nariz como un cerdo—, y en la personalidad. Kara es más divertido.

—¿Divertido? ¿¡Kara!?

Siguió riéndose mientras tironeaba de su manga para guiarlos hacia una callejuela de tiendas antiguas y restaurantes de dudosa calidad. Gon no sabía adónde lo estaba llevando, pero tampoco le importaba. A él cualquier sitio le valdría.

—¿Qué pasa? René se ríe mucho con él.

—René se ríe mucho de él —corrigió Reyes, ufano—. Le hace gracia que vaya de oh gran forzudo de la reina y luego sea un corderito.

—Bueno, pues como tú conmigo.

—¡Qué va! —Le dio un empujón que lo mandó a la carretera—. ¡Uy! —Y ahora le devolvía a la acera de un tirón, disculpándose de un gesto con el coche que casi lo atropella—. ¡Si tú eres el que me pica a mí, por WhatsApp! De hecho, cambias más de online a offline que de Gon a Kara.

¿En serio? Con el ceño fruncido, Gon repasó mentalmente sus conversaciones, pero no sacó nada en claro. Sí que se sentía más cómodo hablando por móvil, donde existía la opción de no contestar y donde no llegaban las sonrisitas de suficiencia de Reyes. Al final, chasqueó la lengua.

—Puede —concedió—. Pero es porque tú eres muy fácil de picar. Saltas enseguida.

—Aprendí del mejor. Además, a veces lo exagero: considero que me queda extremadamente mono hacerme el ofendido. —Se atusó el pelo con esa característica rimbombancia suya—. Es mi técnica definitiva de ligue.

—¿No era liarte a poner reclamaciones?

El modo en que su sonrisa se retorció, puntiaguda y venenosa, no logró ponerle en guardia a tiempo.

—Ay, ¿creías que estaba ligando contigo?

— No , cr…

—Porque, de haber querido hacerlo, habría utilizado otra táctica muy diferente.

Por eso prefería los mensajes. Porque para responder debía escoger cada palabra, teclear cada letra, pulsar el botón de enviar.

Era un proceso consciente, le daba espacio para recular o cambiar de opinión.

Hablar cara a cara no. Hablar cara a cara siempre le soltaba la lengua, que se movía antes de que Gon reparase en lo que estaba diciendo, justo como ahora:

—¿Cuál?

Se arrepintió enseguida, y aunque Reyes se dio cuenta jamás perdería oportunidad de atormentarlo:

—¿Y tú para qué quieres saber eso?

Si ya tenía poco control sobre su lengua, lo de su cara era directamente un caso perdido, así que Gon no tuvo otra que dar la batalla por perdida según se notaba enrojecer hasta las orejas.

Reyes, cómo no, soltó una carcajada estridente, maquiavélica, muy distinta a las que les dedicaba a sus seguidores en los directos.

—Definitivamente —sentenció después el muy comemierdas— lo de escandalizarte como una abuela te sale mejor a ti. Es que no falla.

Gon gruñó.

—Y luego dices que no te ríes de mí.

—Ea, ea —canturreó, dándole un par de palmaditas en el brazo—, no puedes escapar de tu destino. Te encontraré en cada vida y en cada vida te haré sufrir. Ah, es aquí. ¡Vamos!

Decidió dejarlo correr, mitad por no contradecirle una vez más con que no, que Kara y él no se parecían tanto, mitad por reponerse primero del golpe.

Ya se la devolvería por WhatsApp.

Tal como esperaba, Reyes presumió de tatuaje en el restaurante.

Gon ya sabía que tenía varios, se los había visto en fotos antiguas, veraniegas, aunque no les había prestado atención porque ninguno de ellos era rojo.

Todo lo contrario, de hecho. Un trazo fino, casi etéreo, dibujaba un ramo de flora silvestre en su brazo izquierdo, un pedacito de primavera en suaves tonos verdes, amarillos, azules. Lavanda, ahora.

Por supuesto, lavanda.

—Qué raro que no te hayas hecho ninguna abeja —comentó Gon, conteniendo el impulso de recorrer cada tallo con el pulgar.

—Lo he pensado —sonrió él, cómplice—, pero me da cosa vérmela de pasada y creer que he secuestrado a una de las mías sin querer.

Por supuesto otra vez.

—Pues háztela en un sitio donde no la veas.

—¿Y para qué la quiero entonces?

Le resultaba curioso que Reyes adorase tanto a las abejas.

No, esa no era la palabra. Más bien le parecía entrañable.

Un deseo cumplido. Se preguntó qué sentiría él de visitar alguna vez sus colmenas, o qué sentiría el propio Reyes ahora que René ax Nazcar le había dado mayor profundidad a ese amor suyo.

—¿Sabes? —dijo Reyes un poco más tarde, ojos fijos en sus manos—. A veces, al despertar, me asusto cuando no me veo nada rojo. Es como si no reconociese mi cuerpo si no está lleno de… —Gon asintió. Sabía a lo que se refería—. Tardo un rato en darme cuenta de que no soy René. ¿A ti te pasa?

Desvió la vista de la ramita de tinta, aunque el restaurante tampoco le ofrecía mucho confort.

—No —mintió al final—. Yo siempre sé quién soy.

Podrían cortar toda comunicación, si quisieran.

A fin de cuentas, seguirían soñando igualmente.

Si quisieran, podrían borrar el número del otro, bloquearse en redes sociales, ignorar que habían coincidido alguna vez.

No tenían por qué seguir informándose de lo que veían, sentían o pensaban Kara y René, pues eso no cambiaría ni el pasado ni el futuro y solo añadía más interrogantes a su presente. Si quisieran, podrían elegir olvidar.

Si quisieran.

Tenía que reconocerlo: en ocasiones, los ecos del pasado mejoraban su presente.

Añadían un punto esperpéntico a su día a día, como si fuera el protagonista de alguna comedia hollywoodiense con su propia banda sonora, y eso le hacía muchísima gracia.

Había tenido que morderse la sonrisa cuando la grandilocuente orquesta de los bailes de paso había comenzado a tocar mientras un cliente rojo de ira le gritaba que a partir de las 13:00 no se decía «buenos días» sino «buenas tardes».

La risa de la Avispa se había colado entre nota y nota, como burlándose del cliente, como compartiendo una broma privada con él a través del tiempo y el espacio.

Más tarde, al contárselo a Reyes, su carcajada había sonado idéntica por audio.

Bego también se había reído, aunque con un retazo de inquietud más que lógico.

«Google, cómo saber si a tu novio se le está yendo la olla», le había preguntado a su móvil, divertida, y Google, como era de esperar, le había ofrecido un artículo titulado «Cómo saber si tu relación se está yendo a pique».

El grito ahogado, ultrajadísimo, que había emitido entonces había sido lo más gracioso que Gon había oído en años.

Era un buen cambio. Lo prefería al gusto y al olfato corrompidos, porque podía seguir con su vida sin pestañear tras el sobresalto inicial.

Pero en ocasiones también eran así.

Terroríficos, perturbadores, caóticos; su cuerpo congelado de súbito frente al expendedor de base de frapé.

Perdió la cuenta de cuántos pumps llevaba, así que tiró el vaso y empezó el pedido desde cero, volcando todas sus fuerzas en ignorar los gritos, los sollozos, el rasgueo oxidado de una respiración entrecortada.

«¿Estás bien?», le preguntó Carol con el ceño fruncido.

«Kara, por favor, no», le suplicó Jez’bel con voz ajada.

—Sí, sí, tranquila —respondió—. Es que me acaba de dar como vértigo. Ahora se me pasará.

«Jez’bel. Jez’bel, debo irme, debo m…»

«¡NO! ¡Kara, no, por favor! ¡Por favor!»

Un estruendo metálico amortiguó el bullicio del Stardust a media mañana y de pronto le dio tanto asco el tacto acartonado del vaso que lo envolvió con la esquinita de su delantal.

Más lloros resonando en su cerebro. La desconexión entre el pánico que creían registrar sus tímpanos y la falta de contexto empezaba a abrumarlo.

«No vayas», gimió Jez’bel, muy cerca de su oído. «No vayas, no volverás, por favor, no vayas, seguro que es una trampa y no puedo, no quiero… ¡PARA! ». Y Gon obedeció, automático, incapaz de resistirse a la autoridad de su princesa. «¡NO VAS A CRUZAR ESA MALDITA PUERTA! ¡ES UNA ORDEN, ZÁNGANO!»

—Gonzalo…

Advirtió más que vio cómo Carol rescataba la bebida de entre sus manos para entregársela a su dueña con una sonrisa de circunstancias y una disculpa.

«Mi reina», llamó Kara, y por un segundo creyó que lo había dicho en voz alta, de lo real que sonaba, de lo tangible que la notaba en la boca.

No conocía el idioma y aun así entendía cada sílaba, entendía hasta los jadeos y los silencios.

«Moriría por ti. Aunque no hubiera sido entrenado para ello y aunque no hubiera jurado hacerlo, moriría por ti sin dudar».

Jez’bel sollozó. «Pero si me obligas a quedarme jamás tendré oportunidad de demostrártelo, porque caeré muerto aquí y ahora».

«También morirás si vas».

«Entonces tú decides cómo prefieres ver morir a tu custodio».

Carol le pidió que se fuera al almacén; Gon negó con la cabeza. Ella insistió; él cedió. Cedió porque el silencio era incluso más ensordecedor que las súplicas y los quejidos, y porque Fran se apresuró a cubrirlo sin necesidad de que se lo pidieran.