10 Ni abeja ni avispa #2
Como no respondió, Gon la miró. Seguía concentrada en las ilustraciones.
Esta vez, en la más reciente del repertorio, un plasmo impresionante de René ax Nazcar durante el baile de bienvenida.
La melena trenzada prendida de abalorios cristalinos, el xamar blanco, los guantes transparentes, los tatuajes debajo.
No supo descifrar su expresión. Ni la del boceto ni la de su novia.
—¿Qué piensas?
—Nada. —Pero no apartaba la mirada del René a lapicero—. En lo raro que suena todo esto. Lo tienes ya asumidísimo, ¿eh? «Mis recuerdos». Te lo crees de verdad.
Gon bufó, divertido.
—Si no puedes con ellos, únete a ellos.
Bego rio, acurrucándose aún más sobre su regazo.
Estiró el bracito para dejar los papeles sobre la mesa, pero como no alcanzaba Gon lo hizo por ella.
Luego volvieron a repantingarse, cómodos y calentitos gracias a la calefacción central.
Eran tardes así, sin planes ni deberes, las que le hacían recordar por qué salía cada día a servir cafés.
Dentro de un ratito ella se iría a poner el pijama, él a hacer la cena y verían la serie de turno hasta que les entrara sueño.
—Cuéntame la historia —le pidió entonces Bego, usando su hombro de almohada—. Empiezo a sentirme un poco celosa de que supuestamente te acuerdes de toda tu vida anterior y os la guardéis Reyes y tú como la clave del banco.
—Te aburrirías.
—Que noo…
—Ya verás, vas a estar roncando antes incluso de que llegue lo bueno.
—¿Qué es lo bueno?
—Pues tienes para elegir —contestó, sonriente, mientras cerraba el portátil para ahorrarle leer por accidente algún recuerdo incómodo en la escaleta.
«Algún recuerdo que hayas decidido ocultarle», corrigió una vocecilla en su cerebro, odiosamente parecida a la de Reyes—: Están los bailes de paso, que son rollo Orgullo y Prejuicio —«¡Oh!
», exclamó su novia, interesada de pronto—; las escarificaciones que los malos le hacen al otro Reyes para castigarle o premiarle, aún no lo tenemos muy claro —«Puaj»—; y por último la puñalada trapera que ninguno de los dos sabe por dónde nos va a venir.
—Pero sí que sabéis que va a pegártela él, ¿no?
—Se supone —asintió—. Solo yo tengo recuerdos tan lejanos.
—¿Por qué?
Su voz sonaba amortiguada contra su cuello, sus labios haciéndole cosquillas en la piel.
No le gustaba rememorar aquellos sueños finales.
Reyes siempre trataba de sonsacarle los detalles, pero Gon nunca cedía.
Nada ganaban describiendo explícitamente el hedor, el horror, el dolor.
«Batalla, traición, Gemelos, suicidio», eran las únicas palabras que aparecían en el documento, y ninguna más conseguiría arrancarle.
—¿Gon…?
Bego se había apartado para mirarlo a los ojos.
—Perdón —se apresuró a disculparse, dándole un beso en la frente—, ¿por dónde íbamos?
—Ni siquiera has empezado —rio—. Te había preguntado que por qué los recuerdos más lejanos son tuyos.
—Ah. Porque él muere mucho antes que yo.
Lógica aplastante. Ni siquiera se planteaba que la Avispa hubiera sobrevivido, pues entonces Reyes lo sabría.
No, René estaba muerto y la forma en la que Kara sangraba por ello lo ahogaba incluso en la otra vida.
Era un dolor crudo, lacerante, cegador, lo desgarraba todo con colmillos de hierro hasta convertirlo en un féretro latiente, lo obligaba a enfrentarse a la pérdida de una persona a la que jamás había conocido.
El sentimiento permanecía al despertar, al igual que todos los demás, y Gon hacía todo lo posible por sofocarlo, ya que ni le pertenecía ni merecía sufrirlo.
A veces despertaba desorientado y se abrazaba a Bego con la virulencia del alivio, porque quizá durante aquellos primeros segundos no recordara el nombre del muerto, pero sí que ella era su equivalente para el Kara que no se llamaba Kara.
Cada vez que ocurría rezaba a dioses en los que no creía y daba las gracias a otros tantos por no quitarle también a Begoña.
Tardaba mucho, muchísimo, en convencerse de que su novia estaba a salvo, que estaba bien.
—Bueno, ¿empiezas o qué? —lo picoteó la propia Bego, soltándolo para desplomarse de espaldas sobre el sofá—. Que no tengo toda la noche.
Con una sonrisa, Gon se arrimó aún más sus piernas al estómago y procedió a concederle ese otro capricho.
Por las mañanas, la respiración profunda de René era lo último en despegarse de él, y llegaba a oírla por encima del estruendo del metro, por encima del goteo de la cafetera, por encima de la propia respiración de Bego.
El grito de Kara no volvió, aunque a veces distinguía su risa, sola o entrelazada con la de la Avispa, con la solidez de un espacio cerrado o con el eco de cigarras y cascos sobre gravilla.
Otras los oía en algún recoveco lejano de su cráneo, susurrándose promesas que ninguno de los dos cumpliría.
Mientras le preparaba un té matcha a la misma ejecutiva de siempre, Kara le prometió que, cuando todo aquello acabase, lo llevaría a los Bosques de Miel.
Mientras contaba por quinta vez el contenido de la caja, René le prometió que jamás, jamás le mentiría.
ey, este jueves subo a madrid, cómo lo tienes?
salgo a las 4
para qué vienes?
voy a tatuarme!!
y no hay tatuadores en guadalajara?
lamentablemente la que me gusta tuvo que irse a vivir allí
españa vaciada y todo eso
entonces? puedo ir a recogerte, que yo terminaré antes y así veo a estos
vale
que nadia lleva suspirando desde el 8 como si te hubieran destinado a la trinchera
jajaj
pobre
una lástima que no sea mi tipo
deberías decirle que eres gay
le diría que soy gay si fuera gay
***
ah espera ok
a veces es como hablar con mi abuelo
sueles liarte con tu abuelo en sueños?
tendría más sentido que liarme contigo
desde luego
bueno
qué te vas a hacer?
espera te enseño!!
Aquel jueves de enero, Reyes Cisneros atravesó las puertas del Stardust de la Plaza de Santo Domingo como si le perteneciera, y sus baristas le recibieron como si así fuera.
Lo hizo con los brazos extendidos, señorial y radiante, haciendo honor a su nombre.
Negando con la cabeza, Gon puso los ojos en blanco, pero cuando Reyes se acodó en el mostrador para pedirles un café de edición limitada se dio cuenta de que le dolía la boca de reprimir la sonrisa.
—No te va a gustar —le advirtió mientras Recla lo apuntaba en el terminal.
—No sé, Gon, mira que no te veo yo muy puesto en mis gustos, ¿eh?
Bufó, ya vaso en mano.
—Allá tú.
—Solo me fiaría de tu palabra si Kara se lo hubiera preparado a René en el Stardust medieval.
—¿Hay un Stardust medieval? —preguntó Recla, contento de tenerlo por allí.
Nadia chilló al verlo y unos cuantos clientes pegaron brincos alarmados, así que Gon aprovechó la distracción para preparar la bebida (Nadia canceló la orden, «invita la casa») y para sonreír a gusto ahora que nadie miraba.
Todo parecía ponerse en marcha ante la presencia de Reyes Cisneros, como las escaleras mecánicas al pisarlas.
—Oye, no es justo que hayáis quedado sin nosotros —se quejó Recla, de pronto mustio.
—Subo muy a menudo, a la próxima salimos a comer.
—Más te vale —amenazó Nadia—. Venga, Gon, vete ya, que no te quiero ni ver.
Cuando salieron al aire frío, la perspectiva de tener un plan diferente al de esperar durante horas en el sofá a que su novia volviera lo llenó de energía: detestaba sentirse como un perrillo con ansiedad por separación.
Sabía que a ella le reconcomía quedar con amigas cuando Gon libraba de tardes, porque tenían tan poco tiempo juntos, sus findes coincidían tan pocas veces…
Pero Bego tenía su propia vida aparte de la que compartían, y ni muerto le pediría él que se la dedicase entera.
Y, además, ahora también Gon tenía vida más allá de Bego. No era suya, no realmente, pero para salir del bucle le bastaba. Para dejar de sentirse una carga le bastaba.
Durante los cuatro días que Reyes y él habían pasado separados, los ecos habían seguido avanzando sin pausa, sin variación de ritmo, por lo que mientras paseaban hacia la FNAC concluyeron que no era necesario verse en persona para mantener activa la máquina de recuerdos.
En el último piso, Reyes se agenció tres libros y le recomendó un cuarto a Gon «para cuando sacara tiempo».
No publicó las fotos de las cubiertas hasta que no abandonaron Callao «para que nadie pasara a buscarlo».
Había ocurrido más de una vez, al parecer.
Tampoco le extrañaba; Reyes era a la gente lo que la luz a las polillas, y más aún para sus entregados seguidores.
—Hostia, tu audífono.
—¿Qué pasa?
Reyes se llevó la mano a la oreja, pálido al segundo.
—No lo llevas puesto, ¿¡se te ha caído!?
—Ah, no —rio, visiblemente desahogado—. Lo llevo en la izquierda, mira.
Y giró la cabeza para enseñárselo. Sí, ahí estaba.
—Uy. Creía que era en la otra.
—También. Suelo llevar uno en cada una —le explicó.
Uh. No se había dado cuenta—. El de la mala capta con un micro los sonidos y me los envía al de la buena.
Este de hoy es un audífono normal, que como han ido saliendo modelos mucho más potentes desde la última vez que probé uno queríamos ver si…
Pero nada, ¡sordo como una tapia! Volveré a los dobles en cuanto termine el periodo de prueba.
—Vaya. Lo siento.
—No pasa nada. Siempre he sido así.
Ese pensamiento se quedó rondándole la cabeza.
No fue al único, pues ninguno habló durante un rato.
Caminaron el uno junto al otro sin destino concreto, esquivando la marea de madrileños y turistas, simplemente disfrutando del débil sol de enero.
Gon no sentía urgencia alguna por rellenar el silencio, cosa extraña en él.
—Es un alivio, en realidad —dijo por fin Reyes.
—¿El qué?