Con la miel en los labios 10 Ni abeja ni avispa
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10 Ni abeja ni avispa

–¿ Q ué estás haciendo?

Se giró como picado por una avispa, daga ya lista para defenderse.

El susto se le pasó nada más reconocer la silueta de su princesa, pero no el malestar.

A esas alturas de la madrugada, solo el alumbrado exterior continuaba prendido, y las vidrieras del corredor plasmaban su piel de hexágonos ambarinos.

Kara se había despedido de ella horas atrás, poco después de que René se retirara del baile por su lado.

Aunque Jez’bel había tratado de retener a su custodio un ratito más, al final se había apiadado de su supuesto agotamiento y lo había dejado marchar bajo promesa de que madrugarían para aprovechar esos escasos días juntos.

Su princesa llevaba los tacones en la mano y la incredulidad en la mirada.

—Jez’bel…

—Dime que no estás haciendo lo que parece que estás haciendo.

Con un suspiro, Kara soltó el pomo de la puerta del cuarto de invitados, se guardó la daga y adoptó su postura de acato, con los hombros cuadrados y la espalda recta.

Como tenía prohibido mentirle, optó por callar.

Por eso no había querido arriesgarse. Por eso había querido escabullirse cuanto antes, recordándole una y otra vez que no podían, que no allí, que esperase solo cuatro días y volverían al camino (a la intimidad).

Pero la culpa había sido únicamente suya, por ceder.

—¿Desde cuándo? —exigió saber Jez’bel.

—Tres meses.

—Tres meses —repitió, pálida—. Has tenido tres ocasiones para decírmelo.

—Vamos a tu realera. Te lo explicaré allí.

—No. No hay nada que explicar.

Se quedaron mirando, paralizados. A Kara el pánico le picoteaba en cada ramificación nerviosa, le sorbía la sangre del rostro, le subía en una náusea por la garganta.

Jez’bel se limitaba a mirarlo con los ojos muy abiertos, tejiendo sospechas, excusas y bailes hasta alcanzar la única conclusión posible.

Muy, muy lentamente, se llevó la mano al corazón. Como él, temblaba.

—Eres mi custodio.

—Lo soy.

—¿Cómo has podido hacerme esto…? A mí. Al Panal.

—La reina confía en él —gruñó Kara.

—¡Pero yo no soy la reina! —replicó ella, chirriante.

El grito lo tensó entero, y miró de reojo la puerta, atento a cualquier posible señal de que René estuviera escuchando al otro lado.

No se cuestionó qué hacía su princesa allí, en el corredor de invitados, deshabitado salvo por la propia Avispa.

Solo le importaba que lo había encontrado saliendo de aquel preciso cuarto con la camisa a medio abrochar y el pelo revuelto.

Rápido, Kara aferró su muñeca y la arrastró hacia la enorme escalinata aún iluminada.

Jez’bel primero hizo amago de soltarse, pero después se dejó llevar tres pisos arriba, donde apaciguó con susurros suaves a los zánganos de guardia que les habían salido al paso al reparar en la saña con la que su An’Ser la agarraba.

Kara podría recorrer aquellas galerías con los ojos cerrados, con los ojos arrancados, aunque esta vez sentía clavadas en la nuca las miradas recriminatorias de los retratos de antiguas princesas, lideradas por la frialdad de Jez’bel.

Las realeras ocupaban las dos plantas superiores del Panal, todas ellas viviendas independientes pero contiguas compuestas de antesala, balcón, baño y alcoba.

La de su princesa, por tanto, no era diferente a las otras cuarenta, aunque de ascender al trono habría de reubicarse en la realera al cénit de palacio. Y él con ella.

Kara había llegado a considerar esa cámara su segundo hogar.

Antes de serle asignada la escolta de la Avispa pasaba jornadas enteras allí dentro, charlando con su princesa en el sofá de la antesala o leyendo mientras ella andaba ocupada.

Solo abandonaba voluntariamente su vera para entrenar, y siempre reemplazado por algún zángano o aspirante a custodio, así que no recordaba ni un mísero día en el Panal sin Jez’bel a su lado.

Por eso dolía tanto la desconfianza, confusión, rabia patentes en su rostro. Kara cerró la puerta tras ellos, amparándolos de oídos indiscretos, pero no sabía qué hacer a partir de ahí. Ella se masajeó la muñeca sin mirarlo.

—Te aseguro —comenzó finalmente, con un carraspeo— que mi relación con René ax Nazcar no ha afectado de ninguna manera, ni positiva ni negativa, a nuestro propósito de derrocar a Nascente.

Mi vigilancia es igual o mayor que antes de involucrarme con él, y no poseo ni voz ni voto en las falsas negociaciones con los Gemelos.

No los conozco, jamás he cruzado la frontera, jamás traicionaría a la colmena y, si bien René ax Nazcar cuenta con mi completa confianza, no dudaré en ejecutarlo en caso de perderla.

Jez’bel aún no lo miraba cuando Kara terminó de vomitar cada palabra.

Cuando lo hizo, el estómago se le encogió. Sentía más pavor a que lo relevara de su custodia a que lo acusara de traición: solo uno de los dos destinos ofrecía un final rápido. En solo uno de ellos moriría siendo An’Ser Kara, hijo de An’Ser Gala, nieto de An’Ser Hana.

—Mi madre se muere, Kara —fue lo que dijo, muy seria—.

Quizá a tu próximo regreso ya será demasiado tarde para mí.

No puede destronarse a una reina una vez empieza a proveer, y tú no lo has visto, porque llevas fuera casi un año, pero los preparativos comenzaron hace meses.

—Se le cortó la respiración, horrorizado—.

Me prometiste que encontrarías otra reina y lo único que has encontrado es una avispa.

¿De qué me sirve tu fe en René ax Nazcar?

¿De qué me sirven la paz o la guerra si mi final es el mismo?

—René conoce a fondo a tus hermanas —ofreció sin pensar, buscando algún modo de…—, podemos preguntarle cuál de ellas quiere la corona, podemos…

—Ya sé quién quiere la corona —escupió secamente Jez’bel—. Al contrario que tú, yo sí he hecho mi trabajo. No te necesitaba para obtener información, te necesitaba para regatear con aquellas en duda y para encubrir mis intenciones. Ahora ya nada.

Silencio. El peso de su propia deficiencia le cayó encima como una pila de cadáveres. No quería escucharlo, pero debía escucharlo, y por eso ella continuó:

—Ninguna quiere ser reina en vísperas de una guerra.

De todas ellas, hasta de la más dispuesta, he recibido la misma respuesta: no reinarán con las falsas negociaciones en curso.

—Jez’bel jamás había parecido tanto una abeja reina como entonces, iluminada por los últimos restos de candil, maquillaje corrido, pies descalzos y mueca amarga—.

Si tu Avispa y tú no me conseguís una vía para destruir Nascente antes de que mi madre fallezca, si no me conseguís la victoria ya, tú y solo tú, An’Ser Kara, me habrás condenado a subir al trono.

Aceptó la maldición como aceptaba toda orden de su princesa, con compostura y decisión.

Asintió, respiró hondo, volvió a asentir.

Contuvo la vergüenza lacerante que le lagrimeaba en los ojos mientras se inclinaba en una reverencia oxidada, rígida, dolorida.

Si Jez’bel advirtió lo cerca que estuvo de llorar, no dio muestras de ello.

Solo soltó sus tacones de baile, que retumbaron contra el suelo poniéndole punto final a la discusión.

Sin embargo, como Jez’bel era Jez’bel, no pudo resistirse a asestarle un último corte en cuanto Kara abrió la puerta:

—Espero que estés preparado para verme parir hasta pudrirme sabiendo que te marchaste aun cuando te rogué que te quedaras.

—No sabía que la reina estaba tan mal —se excusó él, voz débil—. Quería salvar al Panal.

—No. Querías salvar a la Avispa.

Kara no la contradijo. Ambas afirmaciones eran correctas, pero ella no le creería. La contempló desde el umbral, esperando a que dijera algo más. Esperando a que lo perdonara.

—Ve sin miedo, Kara; ya no volveré a rogarte. Si decides delegar en otro An’Ser tus obligaciones como escolta de René ax Nazcar, habrá de salir de ti.

Pero eso era justo lo que más miedo le daba.

Aunque a Reyes el ultimátum de Jez’bel le agobió muchísimo, a Gon le habría afectado más si el Stardust no le hubiera concedido cuatro días libres consecutivos en pago por la jupa de principios de diciembre.

El descanso lo ayudó a tomárselo con filosofía, y mientras ocupaba sus minivacaciones limpiando la casa, cocinando y consintiéndole todos los caprichos a Bego (boyante por tenerlo a su entera disposición), iba rascando tiempo para actualizar la famosa escaleta.

Una de esas tardes, su novia volvió del trabajo y se lo encontró absorto en la pantalla del portátil, con los bocetos de Susana esparcidos por la mesita del salón y de fondo un audio de Reyes relatando su último sueño. Gon la saludó, distraído, y Bego le dio un beso en la sien.

—¿Ese eres tú? —preguntó mientras se quitaba el abrigo.

—¿Quién?

—Este. —Y se apeó sobre el sofá para señalar un garabato vestido entero de negro.

—Ahá —Gon le tendió el folio—, Kara. Es como el guardaespaldas de… —apuntó con el boli a la siguiente figura— Jez’bel, princesa heredera.

Casi cuidadosa, Bego se sentó a su lado.

Encajaron como siempre, sin darse cuenta, ella descansando las piernas en su regazo y él rodeándolas con un brazo, como queriendo asegurarse de que no se alejara.

Ahora que lo pensaba, Bego no había mostrado mucho interés en sus sueños imposibles, solo una genuina preocupación por el estado de su salud mental, pero ahora contemplaba las ilustraciones cada vez más detalladas de su hermana con semblante grave.

—Qué bonito —comentó, sin dejar traslucir nada en la voz.

—Es todo cosa de Susana. —Él se encogió de hombros—. Me tiene hasta más muerto que Reyes, en qué diíta le dije que podía usar mis recuerdos de proyecto final… Ni que supiera distinguir entre colores o telas…