9 Y vendré #2
En el metro de vuelta a casa, Reyes le puso en la mano todos los demás caramelos de mora sobrantes. Gon se guardó cinco en un bolsillo y se comió el sexto. Reyes sonrió, satisfecho.
El 7 salieron a cenar todos juntos, ya que el 8 acabarían tarde de vaciar la caseta.
Al final, a Nadia se le saltaron las lágrimas y el resto la abucheó por dramática.
«Es que ha sido muy intenso —se excusó mientras se sonaba la nariz—.
Como un campamento de verano, ¿sabes? Que cuando se acaba piensas que te vas a morir si no ves a tu compa de litera las veinticuatro horas del día y luego en dos findes se te ha olvidado su nombre».
«Más te vale que no se te olvide el mío», protestó Reyes con un mohín infantil.
Gon se rio muchísimo.
—¿Te pasarás mañana a saludar? —preguntó Reyes después, de nuevo sentado en su ya tradicional esquinita del vagón.
—Será a despedirme.
Enfrente, Titi y Bego aprovechaban sus últimos segundos juntas, hablando más deprisa incluso que el metro, como dispuestas a concentrar todo un año de conversaciones en esas tres paradas.
—Pero ¿vendrás?
Archivó lo ansiosa que sonaba su voz en la carpeta más profunda de su cerebro, donde le sería facilísimo ignorarla. Luego se encogió de hombros.
—Digo yo.
Reyes abrió la boca para insistir (¿para qué si no?), pero no llegó a decir nada. En su lugar, asintió y apoyó la sien en la barra, pensativo.
A las 23:06 del 8 de enero, la mayoría de las casetas del Mercado de Navidad ya estaban vacías y a espera de desmontaje.
Fran se despidió de ellos con la rapidez de quien libra un domingo, pero Nadia y Gon caminaron en procesión hasta la última caseta de la Plaza de Santo Domingo.
Allí, sus dueños y Bego recogían sin prisa, simplemente charlando alrededor del radiador de luz naranja.
—Buenas noches —lo saludó Reyes mientras le tendía (cómo no) el cuadro de colmena—. ¿Me envuelves esto, porfa?
Lo hizo. Con cuidado, casi con reverencia, asegurándose de que quedara bien protegido.
Y, aunque Titi le dijo entre risitas que tampoco era necesaria tanta premura para los tres euros que costaba, algo dentro de Gon se negó a tratar ninguna de aquellas herramientas sin el respeto correspondiente.
Láminas de cera estampada, catadores y cepillos.
Tarros llenos, tarros vacíos y papel de regalo con estampado de abejas; cubretapas de paño, cintas doradas y cuerdas finas.
El ahumador de acero inoxidable. Nada le resultaba familiar, ni de aquella vida ni de la anterior, y aun así el tacto del cristal, sisal o metal le producía una emoción extraña, una melancolía que ya relacionaba con Kara.
Cada vez que sus ojos se encontraban con los de Reyes, Gon reconocía en ellos el mismo sentimiento; en su rostro una sonrisa distraída que ganaba intensidad cuando se apuntaba con el móvil para compartir otro vídeo o foto con sus seguidores.
En el minidirecto, el tío los llamó «mis zánganos» y Titi puso los ojos en blanco. Nadia no. Nadia lo miraba mucho.
Poco a poco, las cajas de cartón se fueron cerrando y etiquetando, listas para regresar al hogar.
Titi le regaló un cartel de plástico amarillo que rezaba ATENCIÓN, ABEJAS TRABAJANDO a Bego y otro a Nadia; Reyes se pasó diez minutos de reloj buscando angustiadísimo un tal «recolector de pan de abeja» que resultó haberse colocado tras la oreja como un cigarrillo.
Terminaron a las 0:38. Al día siguiente, papá Cisneros se adentraría en la capital con su furgoneta para recogerlos y ahí acabaría todo.
Gon seguía sin saber cómo sentirse. Menos aún cuando llegó la hora de quedarse pasmarote mientras Nadia abrazaba a sus nuevos compis de campamento de verano como si marcharan a la guerra en lugar de a Guadalajara.
Todo ocurría como a saltos, como a salpicaduras, incapaz de retener ni un solo instante desde Año Nuevo.
Nada importaba y todo importaba, una mezcolanza de cotilleos y carcajadas y promesas de verse pronto.
Café y miel, capital y pueblo, Reyes y él.
Gon tenía ganas de que la noche terminase de una vez para poder recuperar su vida real y, al mismo tiempo, demasiado miedo a que todo volviera a ser como siempre.
Un último trayecto en metro y dos portales frente a frente.
Bego lo miró de reojo antes de:
—¿Os apetece subir a tomar algo?
Más tarde, ya metido en la cama y abrazado a su novia, Gon se daría cuenta de que, muy probablemente, se encontraba en estado de shock.
No había otra manera de explicar sino lo poco que le había incomodado que los alcarreños se apalancasen en su ridículo salón mientras él preparaba café y Bego revoloteaba de aquí para allá recogiendo trastos que solo ella advertiría.
No hablaron ni de vidas pasadas ni de futuros planes de negocio. Gon diría que se dedicaron a conocerse, compartiendo anécdotas y opiniones sobre un millar de temas diferentes. Titi y Reyes eran el día y la noche y aun así se entendían a la perfección; Bego y él eran un frente unido en todo.
Le resultaba extraño. Se refería a ver a Reyes sentado en su sofá, claro.
Acostumbrado a verlo siempre en el metro, en el Stardust o en su caseta, el cambio recalcaba su silueta, como recortada y pegada allí, un collage de carne y hueso.
A veces le recordaba a René. Por la forma de moverse, por la forma de reclinarse taza en mano.
En un momento dado, Reyes se quedó tan quieto, tan rígido, que Gon supo que estaba oyendo algo.
Algo que no estaba sucediendo en su salón, algo que podría pertenecer a un recuerdo ya anotado en la escaleta o a otro todavía por soñar.
A las 3:14, mientras Reyes le ayudaba a fregar las tazas, Gon le preguntó:
—¿Qué ha sido?
No hubo necesidad de especificar.
—Un baile —contestó sin mirarlo—. El volumen de la música me ha jodido un poco el oído, pero bueno.
También le resultaba extraño verlo allí en su cocina en vez de en el salón setentero del edificio de enfrente. Allí, las luces estaban apagadas y las cortinas echadas. Reyes siguió la dirección de su mirada y resopló.
—Menudas vistas. Menos mal que no me ha dado por beneficiarme a nadie en el sofá.
Gon soltó la risa en un bufido.
—Tampoco me habría quedado mirando, tranquilo.
—¿Seguro?
La pregunta lo descolocó. ¿Qué cojones?
—Pues claro. Bastante te veo ya en sueños.
Reyes rio mientras se secaba las manos con el trapo, maleable como gelatina.
A Kara se le habría disparado el ritmo cardíaco con solo esa visión, y aunque a él le pasó igual por simple condicionamiento clásico (el perro oía la campana y comenzaba a salivar; Gon oía la risa de Reyes y su corazón comenzaba a martillear como loco), también se le instaló algo más en el estómago, una clase de acidez que nada tenía que ver con la cena.
Fue casi traumático identificarlo como añoranza.
Reyes Cisneros ni se había marchado todavía y Gon ya le echaba de menos. Inaceptable.
—Deberíamos quedar de vez en cuando —dijo el propio Reyes entonces, como si hubiera podido olfatear la morriña entre ambos—. Dudo que tengamos la suerte de que el proceso se detenga o ralentice porque dejemos de vernos —Gon no lo llamaría «suerte»—, así que…
—Ya.
Se miraron. Gon respiró hondo, o suspiró; una de las dos.
—Trabajo en la empresa familiar, ya sabes. —Ya sabía—. Eso significa tanto que no tengo horario como que todos los días son laborables. Llámame en tus findes y vendré.
—Entendido —contestó, aunque sonó a carraspeo—. Te daré un silbidito.
Reyes volvió a reírse, esta vez apenas un par de resoplidos cortos por la nariz. En el salón, Titi se ponía el abrigo mientras Bego le plantaba en el hocico la vela aromática de mercado navideño.
Podrían haber estado haciendo aquello desde el principio. Podrían haber sido amigos desde el principio y cenar y charlar juntos cada sábado desde el 1 de diciembre si Gon no hubiera sido imbécil. No se arrepentía, pero se aseguraría de recuperar todo el tiempo perdido posible.
—Bueno —suspiró Reyes, dando un paso hacia ellas—, pues me voy.
—Vale. Nos vemos, entonces.
—Sí. Nos vemos.
Después de conseguir liberarse de su novia, Titi se despidió de él con un abrazo y un beso en la mejilla.
Reyes no. Reyes se despidió de Bego tal cual había hecho la propia Titi, pero a él solo le dedicó un breve ademán con la barbilla antes de desaparecer tras la puerta.
El clic del pestillo resonó en la quietud del salón.
Para ser un pisito tan diminuto, de pronto le parecía enorme.
Enorme y vacío .