9 Y vendré
L as cigarras chirriaban como si no hubiese un mañana y la cabeza empezaba a dolerle del escándalo. O quizá de pensar.
Fuera como fuese, tenía cosas más importantes de las que ocuparse.
Suspiró mientras sopesaba cada uno de los tarros de cristal, intentando calcular a ojo cuál de ellos valía las pocas monedas sueltas que se reservaba para ofrendas.
No quería pasarse, porque necesitaban el dinero; pero tampoco quedarse corto, porque sería un insulto.
—¿Ahora te da por llevarle un suvenir a tu reina?
Kara gruñó.
—No es para Jez’bel. Es para ti.
Eso pareció captar su interés, porque dejó de toquetear todos los tarritos que el custodio devolvía al estante para husmear los dos finalistas.
Si se concentraba, podía oír el eco sordo de camisa contra piel por encima del estridular de los insectos, de los resoplidos de sus caballos a la orilla del camino y de las suelas de sus botas sobre la gravilla.
A René le hacía gracia la existencia de los puestos de miel, casetas o armaritos de madera que flanqueaban toda ruta de Quin’Xa, donde los apicultores donaban parte de su cosecha (usualmente el excedente) a los cansados viajeros.
Era un modo de darse a conocer, pero también un acto de fe, una ofrenda a la colmena.
Y, como toda ofrenda, no se esperaba nada a cambio.
Aunque la elocuente hucha que remataba cada puestecito decía lo contrario.
René lo llamaba «estafa»; Kara lo llamaba «ser agradecido».
—¿Para mí por qué?
—Vas a necesitar un poco de leche con miel para esa garganta.
No le hizo falta mirarlo para saber que sonreía.
—¿Y qué clase de miel vas a darme?
—Milflores, por listo.
Se mordió el carrillo para no reírse cuando René fingió un gritito ofendido.
—¿Milflores? ¿Qué soy ahora, mozo de orines? ¡Como mínimo me merezco azahar!
—Pues tendrás que conformarte con espliego. Es lo que hay.
Su rimbombante mohín de disgusto duró poco, sustituido por una mueca indescifrable.
Kara observó en silencio cómo delineaba con la yema del índice el reborde de un cubretapas hecho con retales.
Aquel día llevaba unos guantes largos de fina y flexible piel granate, tan ajustados como todo en Nascente.
Rechinaban cuando cerraba los puños y relucían como puñaladas a la luz del sol mañanero.
Un nuevo entramado de escarificaciones cruzaba sus omóplatos, así que se había permitido vestir una camisa holgada.
—¿Para qué usabais la miel de espliego?
—Para pedir perdón.
—Oh.
René desvió la mirada. La tristeza que emanaba a oleadas de él tronaba más alto incluso que las cigarras.
—Te prometí que sería la última vez —dijo, muy bajito. Kara tuvo que esforzarse para oírlo—. Lo siento.
El estruendo de las monedas al aterrizar en la hucha metálica fue su única respuesta.
Todas de cobre, pues el frasco ganador era tamaño bebé, suficiente para el par de días que duraría el dolor.
Ya compraría algo mejor en el Panal, por si acaso volvían a necesitarlo.
Kara descansó la mano sobre la ranura, cuerpo pegado al suyo de tobillo a hombro, una proximidad tan poco accidental como silenciosa.
—Pero ¿estamos más cerca, al menos?
René asintió.
—Un poquito. Ya casi.
Kara también asintió.
—Cuando crean que ya te has ganado mi confianza, ¿qué te ordenarán hacer?
Se encogió de hombros.
—Algo malo.
—¿Peor de lo que te he hecho yo a ti?
No respondió.
Estaba enseñándole al nuevo la disposición de los repuestos en el almacén cuando ocurrió por primera vez.
Fran le caía bien. Era majo, trabajador, y, aunque lo de la atención al público le pillaba de nuevas, le agobiaba poco. Una pena que fueran a perder tal fichaje en menos de lo que canta un gallo, por eso de que «lo suyo» tenía muchas más salidas que «lo de Gon».
El caso es que Gon había puesto el piloto automático, ahora apuntando con un rotulador la fecha de apertura del sirope de arce en el mismo bote mientras narraba cada cuánto tiempo debían desecharse, caducados o no.
Sí, daba rabia tirar a la basura un producto del que apenas habían gastado dos pumps, pero así se curaban en salud y…
El trueno se expandió desde el centro de su cerebro.
Recorrió en un estallido hasta el último pliegue de aquel laberinto de masa gris y luego le rompió el cráneo en pedazos, tronando de vértebra en vértebra, haciendo vibrar músculo, tendón y órganos.
Los cinco míseros segundos que duró fueron suficientes para ahogarle en un miedo primitivo, instintivo, que le hizo querer huir y gritar y esconderse bajo el edredón como cuando tenía seis años y creía que el monstruo del coco lo espiaba desde el pasillo.
Solo cuando ya había terminado se dio cuenta de que no había sido un trueno, sino un grito.
Un alarido grave, crudo, con el que compartía timbre.
Nunca se había oído gritar así. Nunca había necesitado gritar así.
—¿Gonzalo? ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
Fran se abrazaba al resto de botes de sirope como a un chaleco salvavidas, más perplejo que asustado y más inseguro que perplejo.
El de arce de Gon rodaba ahora por el suelo, tapón perdido en combate y contenido manchándolo todo de viscoso marrón, sus playeras incluidas.
Y, sí, recordaba haberlo soltado del susto, recordaba la cara de Fran retorciéndose de sorpresa, pero las imágenes le venían como vividas por un tercer Gonzalo que nada pintaba ni en el Panal ni en el Stardust.
—Joder —masculló, agachándose para recoger el bote—, mierda. Perdona, Fran.
—¿Estás bien? —repitió él.
—Sí, sí, tranquilo, es que me ha dado un tirón…
Ni el nuevo parecía muy convencido ni a él le importó, porque explicarle que se le había colado un bramido de otro mundo en el cerebro sería peor remedio que la enfermedad. Vamos, que prefería quedar de rarito que confirmarlo.
—¿Traigo la fregona?
—Primero papel de cocina —gruñó mientras se agachaba para pescar el tapón de detrás del estante—, gracias. Anda que…, vaya la que he montado. Porfa, avisa a Carol de que voy a tardar un poquito más en salir, tú vuelve a sala.
—¡Vale!
Tan rápido como eficaz, Fran cumplió y él se puso manos a la obra, tratando de despegar el sirope del suelo y de sus deportivas.
Antes, se habría enfadado. Se habría cagado en todo (en Reyes) durante horas, volcando su mal humor en él.
Pero en ese momento solo chasqueó la lengua, respiró hondo y aguantó el papelón, porque el grito de Kara aún le cimbreaba los huesos.
¿Por qué? ¿Qué le había hecho sonar así?
¿A quién le estaba gritando? Había sido horrible, espeluznante.
Se le había grabado en la garganta, la que sentía seca, rasposa al tragar saliva.
Espera, ¿es que iba a ser así a partir de ahora? ¿Había tenido razón Reyes y saltaban de sentido en sentido, entonces?
No supo qué sentir. Por un lado, le aliviaba que Bego no volviera a oler a cadáver.
Por otro, el aullido lo había dejado paralizado en el sitio, un fogonazo de ceguera momentánea, absoluta.
¿Cómo iba a prepararse para eso? ¿Y si lo pescaba con un café ardiendo en las manos?
¿Y si lo pescaba tendiéndoselo a un cliente?
¿Le habría pasado ya a Reyes? Se sorprendió esperando que no le hubiera cazado en mal momento. No soportaría su berrinche si se le rompiera algún tarro, aunque solo de pensarlo se le encogió el estómago. Desperdiciar miel tan tontamente…
¿Y qué lo habría desencadenado?
Se le ocurrió una teoría mientras restregaba el papel de cocina contra el suelo, pero la desechó enseguida porque le faltaban datos.
Por eso y porque tenía que ver con ellos.
No con Kara y René, sino con ellos mismos.
Seguramente, que ambos «cambios de fase», como Reyes los llamaba, se hubieran dado cada vez que Gon aceptaba una nueva faceta de la situación (primero al admitir lo que estaba ocurriendo, luego al dejar de obviar las partes que le incomodaban) sería pura coincidencia.
Y más le valía serlo, pues entonces cada cambio vendría acompañado de su propia revelación engorrosa y pasaba de angustiarse antes de tiempo.
Cuando terminó de fregar el almacén, sus playeras arruinadas para siempre, puso al día a Reyes con un mensaje rápido simplemente para demostrarle que se lo estaba tomando en serio. Y quizá también para evitarle un mal trago.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Carol al volver a barra.
—Nada, que soy un manazas.
—Ya, pero ¿tanto? ¿Desde cuándo?
Gon se encogió de hombros.
—Desde hoy, supongo.
La última semana de mercado navideño pasó en un suspiro. Un día se le caía un bote de sirope al suelo y al siguiente tenían el Stardust a rebosar de familias haciendo tiempo para la cabalgata de Reyes Magos.
No le gustaba pensar en el 8 de enero. Los cambios de rutina le sentaban fatal, y ya se había acostumbrado a las visitas diarias de los alcarreños pasadas las diez, a tener a uno de ellos persiguiéndole por toda la cafetería con sus preguntas y sus piques y sus risotadas.
Le irritaba tener que hacerse a otro ritmo tan pronto.
Aquella víspera de Reyes («Ah, mi noche favorita del año», «¿Por?
», «Pues por lo obvio», «¿Qué es lo obvio?
», «Es mi noche»), las casetas cerraron pronto, así que Titi y el tocahuevos fueron a ver la cabalgata.
Volvieron con chuches para todos, y ellos se las comieron mientras cerraban y mientras Reyes contaba que había conocido a Titi en la cabalgata de su pueblo guadalajareño con seis añitos gracias a un triste sugus de piña por el que se habían peleado a puñetazo limpio.
«A las niñas no se las pega», le sermoneó Recla, burlón.
«Pues bien que me arreaba Titi para no poderse», replicó él.
Ni uno lo entendió ni el otro se molestó en explicarse, pero Gon aprovechó que nadie lo miraba para sonreír.
Y, bueno, también para recolectar cuidadosamente sus caramelos preferidos de entre la montaña de chucherías.