8 Querían el rojo #7
Kara terminó de enjuagar la gasa con la que raspaba los remanentes de sangre seca antes de alzar la vista hacia él.
René no había sonado ni burlón ni tentador, solo derrotado; ojos fijos en el hilo suelto de colcha que andaba enroscándose en el índice.
Todo su cuerpo era un jardín de golpes en flor.
No había funcionado. Ante un intento de asesinato por parte del custodio de la princesa heredera, los Gemelos habían contestado con más rojo, como las primeras veces. Una advertencia para su Avispa, una disculpa para el An’Ser.
—¿Quieres que lo haga?
René asintió sin siquiera mirarlo, como si prefiriera no ver su reacción.
Sin embargo, a Kara esa pequeña respuesta muda le llenó de emoción contenida, sus manos extrañamente firmes para lo vibrante que se sentía mientras le acunaba el rostro y le dejaba un beso en la sien, luego otro en el pómulo, luego otro en los labios.
Él siseó de dolor, pero no se apartó. Kara tampoco. Kara profundizó el beso, ignorando el deje a óxido de la sangre que tintaba su lengua, dientes, labios. No le importaba. De hecho, cuando evocase aquel momento más tarde, únicamente recordaría el sabor de la más pura y densa miel.
Por la mañana, el olor a herrumbre había dado paso al de las sábanas limpias y al de las hierbas aromáticas que aún flotaban en la bañera.
El cuerpo de René era una presencia cálida entre sus brazos, su rostro bien hundido entre los espesos mechones rojos y su pecho pegado a su espalda.
No quería soltarlo jamás, no quería abrir los ojos y tener que partir hacia el Panal.
Quería quedarse allí para siempre, respirando el calor de los primeros rayos del sol, notando la suavidad de su piel bajo las yemas de los dedos.
Reconocería su olor a lavanda y polvo en cualquier parte.
Lo tenía grabado en lo más hondo de su identidad, y se lo llevaría consigo allá donde fuera, en aquel mundo o en el siguiente.
Con ese pensamiento en mente, lo estrechó un poquito más fuerte durante un instante antes de darle un beso en la nuca. René respiró hondo, despertando lentamente.
—¿No deberías estar ya en el Stardust?
Kara abrió los ojos, aturdido. La maraña de rizos castaños con la que le recibió la realidad le aceleró el corazón, hendido por un rayo de incomprensible comprensión.
Sin embargo, aún tardó varios segundos en asimilar tanto la pregunta como la distorsión entre el cuerpo al que estaba abrazado y el aroma del otro, así que disimuló el temblor de sus manos cerrándolas en puños.
—No —contestó al fin, con la voz ronca de sueño—. Al final esta semana también estoy de tarde.
—Joder. Ni una mísera noche juntos vamos a poder tener.
—Ya, lo siento.
Todavía farfullando entre dientes, Bego rodó sobre sí misma y le rodeó la cintura con los brazos.
Él se dejó hacer, aún paralizado de angustia pero tratando con todas sus fuerzas de recordar que aquella era su vida, aquella era su novia, su cama, su habitación.
Aunque oliera a otra persona y lugar, no era real; solo otra prueba más de que su sentido del olfato sufría fallos técnicos.
Se arreglaría con el tiempo, como los dos anteriores.
No tenía por qué preocuparse. Lo que tenía era que seguir soñando hasta que los recuerdos se agotaran.
Cuando la besó, Gon procuró mantener el índice enroscado en uno de sus rizos, por si acaso lo necesitaba como hilo de vuelta a ella.
—Yo no soy Kara.
Reyes se giró como pinchado por un alfiler, en las manos una caja de tarritos de repuesto y el pelo medio recogido con una pinza dorada a todas luces de Titi.
Alarmado, miró en rededor, como si Gon pudiera haberse equivocado de persona.
Al final, dejó la caja de vuelta en el suelo y se sentó en su eterna silla con la afectación del alumno que espera una bronca en el despacho del director.
Manos entrelazadas en el regazo, espalda muy recta, ceja enarcada. Asintió.
—Lo sé.
Así que Gon continuó hablando:
—Ellos vivieron su vida, nosotros tenemos la nuestra. Yo no soy… No me gustan los chicos.
Por supuesto (¿por supuesto?), Reyes sonrió.
—¿Eso es lo que te preocupa?
—No —gruñó—, lo digo porque sé que a ti sí.
Esta vez, Reyes ladeó la cabeza, sin desterrar esa sonrisa que poco a poco iba volviéndose ladina, peligrosa.
—¿Así que lo que te preocupa es que a mí me gusten los chicos? ¿Por qué? ¿Por si me aprovecho de ti como todo buen marica depredador?
—¡No! —repitió Gon, espantado, la sangre huyendo de su rostro para colorearle las orejas de un bochorno demoledor—.
¡No…! Es porque… Por lo que dijiste ayer.
Estaban enamorados, y sé lo que puede dar a entender todo esto, lo de que empezara nada más conocernos y que los recuerdos acaben donde ellos mueren, por eso mismo te aviso.
Reyes pareció comprender, así que alzó las cejas; Gon se sintió incómodo, así que desvió la vista.
Aunque el silencio no duró mucho, a él se le hizo eterno.
Todo puente tendido entre ellos se le hacía cuesta arriba, tablas de madera carcomida y precipicio a ambos lados.
El vértigo, la sensación de que caería al vacío al siguiente paso en falso, era abrumadora.
Al final, el muy imbécil se rio. Se rio tan sincero como siempre (¡otra carcajada!) y Gon lo fulminó con la mirada.
—Iba a picarte con que eres un egocéntrico, pero tu preocupación por mis sentimientos me conmueve —suspiró, tan teatral que él puso los ojos en blanco—. Pero descuida, Gon —y ahora una risita burlona—, no me voy a enamorar de ti. No cuando puedo compararte con tu versión más tocha y sexy.
Eso le hizo gracia.
—Sí. Reconozco que saldrías perdiendo esta vez.
—¡Bueno, no te creas! ¡La otra acabé muerto, así que…!
La frase quedó suspendida en el aire, como esos puentes que no paraban de enlazar sus orillas.
Gon le sonrió por acto reflejo, o quizá porque era lo que habría hecho Kara.
Verlo feliz y tranquilo (verlo a salvo ) le destensaba los músculos, lo apaciguaba.
Y, de hecho, ahora que lo pensaba, también le alegraba verlo rodeado de miel, sabiendo que procedía de unas colmenas a su nombre.
Ojalá pudiera decirle a René que renacería entre abejas, que dedicaría toda su futura vida a cuidarlas y que, además, sería conocido por ello. Ya no avispa sino abeja, por fin.
—Entonces, ¿todo bien? —quiso asegurarse, de pronto blando—. ¿Seguimos siendo amigos?
—Ah, ¿éramos amigos? Primera noticia.
—Reyes…
Este volvió a reír. Cuando lo hacía, estrechaba los ojos y le salían arruguitas. A Bego también le pasaba, suponía que a todo el mundo, pero solo se había fijado en ellos dos. Ah, Begoña. «Que sí, que sí…», decía Reyes, de vuelta a recoger la caja de repuestos sin perder la sonrisa.
—Pero mejor no le digas nada a Bego —se apresuró a añadir Gon tras un desagradable carraspeo—. De lo de… de lo de Kara y René. No quiero que ande preocupándose por nada.
—Tranqui. —Le guiñó un ojo—. No soy de presumir de conquistas, ni siquiera cuando vienen con tremendos polvazos.
El latigazo de incredulidad y vergüenza fue tan intenso que no alcanzó ni a replicar, solo a boquear patéticamente, escandalizado como una yaya.
Kara se la habría devuelto. Kara lo habría destruido, y no a golpes, precisamente.
Pero él no era Kara, justo de eso iba la conversación, así que se limitó a chasquear la lengua y dejarle divertirse a su costa porque se lo merecía.
Reyes se merecía venganza después de que Gon lo atacara a placer cada vez que perdía los nervios.
—Al salir del trabajo añadiré los dos recuerdos que faltan a la escaleta —resopló finalmente, como ofrenda de paz.
—Deja, ya lo hago yo. Dime qué pasaba y lo apunto en cuanto suba la collab del micrófono.
Ah, no, no. Ni de coña.
—No, si no me cuesta nada. Así me guardo el enlace de una vez.
Sus ojos destellaron.
—Uy, ¿por qué no me lo quieres decir? ¿Era muy guarro? Porque yo aún no he soñado nada subidito de tono, me censuran, pero tiene pinta de que Kara… —Gon empezó a dar media vuelta, decidido a huir de allí—. ¡Jesús, María y José, es eso, ¿verdad?! ¡Lo sabía! Eh, ¿¡dónde vas!?
—¿Tú qué crees? Son las tres.
—¡Nooo! —aulló Reyes, pletórico, pero él ya se alejaba—. ¡Cuéntamelo! ¡Gon! ¡GON!
Ni que decir tiene que no se lo contó .