Con la miel en los labios 8 Querían el rojo #6
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8 Querían el rojo #6

Con una risita, René se escurrió entre su cuerpo y la puerta para adecentarse de nuevo.

Nunca lo había visto tan radiante. Nunca se había sentido tan radiante.

Pero Kara aplastó el sentimiento por los dos mientras lo miraba remeterse el axala bajo la estrecha cinturilla de sus pantalones de montar.

Apretó los dientes. Por un glorioso momento, había conseguido olvidarlo.

A Nascente, a los Gemelos, al peligro al que lo enviaba con una cadena de cardenales como única defensa. El miedo regresó.

Antes de irse, René ax Nazcar se puso de puntillas y lo besó.

El primer pensamiento que tuvo Gon en la mañana del primer día del año fue: «No».

No podía respirar nada salvo el aroma inconfundible del perfume con el que René rociaba su rígido atuendo militar cada trece días y el del pan de posada recién hecho, dueto que Kara (que Gon) ya relacionaba con esperar durante horas su regreso.

No.

No, no, no, no, no. NO.

Se incorporó, tratando de arrancarse el recuerdo, de hacerlo trizas, pero cada vez que lo rozaba el corazón le bombeaba más rápido en el pecho.

No quería entenderlo pero lo entendía, ahora lo entendía todo.

La traición lacerante, el guante en los labios, la forma en la que René lo miraba.

¿Lo sabría Reyes? ¿Habría soñado ya con eso?

¿Y por qué no le había dicho nada? «Juega para el otro equipo», había reído Bego ya el año pasado, y luego Reyes parpadeante de purpurina entre los brazos de un desconocido y es que ni se le había ocurrido, ni se le había pasado por la cabeza conectar los puntos entre sus recuerdos y el presente.

—¿Gon?

Se volvió hacia ella de un respingo, pálido y sin aliento.

—Dime.

—¿Otra visita de nuestro Peter Pan particular?

Eso le hizo reír por lo bajo, y se obligó a recostarse, a oprimir sus latidos como había hecho con el cuello de la Avispa.

—Más bien del monstruo del coco.

—Mmm… —Silencio. Silencio tan pesado como largo—. Si ves que te afecta mucho al sueño, a lo mejor podemos buscar un psico.

Gon respiró hondo y luego espiró muy, muy despacio.

Su móvil alumbraba tenuemente su antigua habitación, y, con ella, unos recuerdos que sí recordaba: posters de jugadores y equipos de baloncesto, medallas, botellines vacíos de cerveza de cuando le había dado por coleccionarlos, el armario de madera, la silla de escritorio de Susana porque Susana siempre había preferido la suya…

La familiaridad de su adolescencia lo tranquilizaba, pero la fragancia de René seguía allí, manteniendo el sueño pululando en la frontera, buscando una grieta por la que colarse de nuevo en su cerebro.

—No, no hace falta. Ya se me pasará.

Sin soltarse de su abrazo, Bego le posó una mano sobre el corazón, que todavía aleteaba como un pajarillo enjaulado.

—¿Has vuelto a morir?

Sonaba preocupada.

—No, es que… —Calló. ¿Debería decírselo?

¿Por qué no? No era como si fuese su beso.

No era como si René fuese Reyes, ni como si él fuese Kara.

Y, aunque los sueños realmente resultaran ser recuerdos de otra vida, su propio nombre lo decía todo: otra vida.

La vida de otro. No significaban nada—. Para que los malos crean que no nos fiamos del embajador tengo que hacerle daño.

No me gusta. Hoy he tenido que estrangularlo.

—Qué horror.

—Ya.

Y, al mismo tiempo… Sus labios sobre los suyos y sus manos en su pelo.

Aquel sonido entre sorpresa y alivio, como si llevase siglos esperando a que Kara lo acorralase contra la pared.

Quizá llevaba siglos esperando a que Kara lo acorralase contra la pared.

Porque lo sabía, eso era lo que la Avispa había sabido. Que él también quería hacerlo.

Bego le acariciaba la mejilla, dejándole decidir entre seguir hablando o descansar.

—Creía que lo había matado sin querer —añadió.

—Pero no estaba muerto, ¿verdad?

—No.

—Pues ya está. —Y se estiró para darle un besito en la sien—. No has hecho nada malo. Ni aquí, ni allí.

Gon volvió a respirar hondo. Era verdad; no había hecho nada malo.

Aparte de mentir a su novia, claro.

Al caer la tarde del primer día del año, Gon se escabulló para buscar al culpable de todos y cada uno de sus males, desde verse forzado a salir de casa en su tiempo libre hasta el sentirse insoportablemente ruin por un mísero sueño.

Reyes parecía cansado pero feliz, y cuando sus miradas se encontraron a lo lejos lo saludó con una sonrisa amplísima, radiante, que convirtió su estómago en una serpiente de cascabel.

Hizo amago de levantarse para felicitarle el Año Nuevo, iluminado mitad por el sol de mediodía y mitad por su eterno calefactor eléctrico, pero Gon no le dio tiempo ni de abrir la boca:

—¿¡Tú lo sabías!?

Su sonrisa no tembló, aunque sí frunció el ceño, confuso.

—¿El qué?

—¡Que Kara y René estaban…! ¡Que eran…!

Gon carraspeó, tan frustrado como rabioso, mientras Reyes trataba de descifrar sus balbuceos. No lo conseguiría. Es que no lo conseguiría, ¿cómo iba a imaginárselo? ¿Cómo sospechar siquiera que lo que contaban sus sueños era ni más ni menos que una… una puñetera historia de amor ?

—¿Gon? —lo llamó él, con el mismo cuidado con el que René hablaba a Kara cuando lo notaba atrapado en sus propios prejuicios y valores y deberes y joder.

—Ayer se besaron. Kara y René, en… Se besaron.

Una vez más, Reyes Cisneros no reaccionó como habría esperado. En lugar de escandalizarse o disgustarse, lo que hizo fue reclinarse en su sillita con un resoplido que sonaba más incrédulo que molesto para luego seguir mirándolo con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creerse que…

—¿En serio no lo sabías?

—¿Perdón?

Sus labios se abrieron en una «o» perfecta antes de torcerse en una mueca ofendidísima y:

—¡ Sigues sin mirar la puta escaleta!

—¿Qué pasa con ella?

—¡Está ahí! ¡Lleva ahí puesto desde el principio!

—¿¡Y por qué esconderías algo así en la escaleta!?

—¡Que yo no he escondido nada! —siseó, arrebujándose en su mantita como bajo un escudo. Le mostraba los dientes como si tuviese colmillos y desde luego Gon los sentía como tal—. ¡Joder, Gon! ¡René te contó cuando Nazcar lo reclutó! ¡Ese sueño lo has visto!

—Sí —admitió, con un gruñido—. ¿Y qué?

—¿Y qué? —repitió Reyes, esta vez en un susurro histérico—. ¡Acababa de bañarme delante de ti ! ¡Y tú…! ¡Kara estaba en la cama todavía! ¿Qué creías que habíamos estado haciendo?

Gon abrió la boca para replicar; la cerró.

Un súbito vértigo le picoteó de arriba abajo según recuperaba pedacitos de ese recuerdo.

La Avispa estirado en la mecedora, su cabello un río encarnado goteando sobre la alfombra, el batín de seda abierto, el sendero exento de tatuajes de su garganta al esternón.

Se le tiñó la cara entera del mismo color furioso que tanto adoraba Nascente.

—Creía que… —¿Qué? ¿Qué creía? ¿Qué había creído? ¿Qué explicación le había dado salvo cerrar los ojos?—. Creía que, no sé…

—¿Que no tenían dinero para más camas? —se burló Reyes, ácido—. ¿Que eran súper amiguitos?

Cada palabra le sonó a latigazo, y él retrocedió, humillado.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Reyes alzó mucho las cejas. Gon adivinó el descaro con el que quería contestarle en cómo se echó hacia delante, preparado para aguijonearle de nuevo, pero en cambio su voz salió suave, dolorida, y eso fue peor:

—Porque pensaba que lo sabías, Gon. Yo soñé con eso ya la segunda noche.

No. Negó con la cabeza, tratando al mismo tiempo de digerir la información y de vomitarla, blindarse a ella. Ni la quería ni la necesitaba ni…

Y entonces se le ocurrió.

—Así fue como le traicionó, ¿no? —Odió sonar así. Odió trasmitir aquella debilidad que no le pertenecía, no realmente—. Ese era su plan desde el principio, engañarle para que se… —no quería ni decirlo— para que confiara en él y luego apuñalarlo por la espalda.

Reyes lo fulminó con la mirada sin siquiera moverse del sitio. Le recordó a un depredador a punto de saltar.

—No te atrevas.

—Tú no has visto lo que yo. No has visto el campo de batalla.

—No —concedió, muy serio—. Pero soy yo quien está dentro de René, y no hay ningún truco. Quiere derrotar a Nascente y quiere hacerlo junto a Kara porque está enam…

—¡Yo también estoy dentro de Kara! —le cortó—. ¡Y sentí que me había traicionado! ¡No, morí sabiendo que me había traicionado!

—Ya hemos hablado de esto —suspiró Reyes, cerrando los ojos y masajeándose las sienes con dedos colorados de frío—. René jamás habría traicionado a Kara, no voluntariamente. Habría preferido morir.

—Deseo concedido, al parecer.

No se quedó a oírle replicar, pero no pudo librarse de verla.

La pena. Su rostro retorciéndose en una mueca desolada, impotente, abiertamente desesperada.

La que ponían sus hermanas tras cada disculpa del Programa de Búsqueda de Orígenes y la que él mismo encontraba en el espejo al pensar en el laberinto sin salida que era su futuro.

No estaba preparado para cargar con los sentimientos de otra persona, tenía bastante con los propios y con los de Bego.

Esa era la única relación que le importaba, la única relación real.

Reyes podía seguir jugando a los detectives cuanto quisiera, pero Gon no iba a permitir que le convirtiera en un segundo Kara.

Aprendería de sus errores, tal como le había aconsejado Esther; se fiaría de su primer instinto.

Y, sin embargo, para cuando entró en el metro ya sabía que tarde o temprano volvería, porque la historia tendía a repetirse y el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

Porque le odiaba como lo había odiado Kara y le fascinaba como le había fascinado a Kara y porque estaba completamente obsesionado con él.

—¿No me vas a besar?