8 Querían el rojo #5
René terminaba de arreglarse para su encuentro con los Gemelos, ya vestido entero de negro apenas media hora después de poner pie en el mismo dormitorio de la misma posada del mismo pueblo fronterizo.
Era extraña, la mezcla de culturas en su cuerpo.
La melena larga y suelta de los nazcarenos, los guantes de los quinxaínos, las prendas livianas pero ceñidas de los nascentes.
No quería hacerle daño. No quería hacerle daño nunca más.
Pensativo, Kara avanzó hacia él, estudiándolo de arriba abajo.
Se le agotaban las opciones. Jamás le rompería una pierna, pues tardaría más de trece días en sanar, y aunque un dedo sería fácil de excusar en el Panal no se veía capaz de hacerlo.
¿Qué le quedaba por partir? Bajo su escrutinio, René se apoyó contra la pared cruzado de brazos, esperando el veredicto.
El negro le sentaba bien. Hacía resaltar el furioso color de su pelo. Ah, su pelo.
—A lo mejor no es necesario hacerte daño.
Sin pensar, Kara enroscó un sanguinolento mechón entre sus dedos, el único rojo con el que querría teñirlos. Se sentía sucio al proponerlo, pero mucho mejor eso que tres costillas, ¿verdad…?
—Por favor —dijo René, muy bajito—. El pelo no.
Había verdadera súplica en su voz. Le revolvió el estómago. Hasta entonces, nunca se había negado a nada. Siete meses de bailes, cicatrices, golpes, besos: cualquier cosa por mantener el engaño. La Avispa se dejaría hacer cualquier cosa menos algo tan sencillo e indoloro como cortarse el cabello.
Y, aun así, Kara asintió. Cuando soltó el mechón, René respiró hondo, aliviado.
—No haré nada que tú no quieras.
—Lo sé.
—Dime qué quieres que haga.
Él se encogió de hombros. Parecía derrotado.
—Solo se me ocurre que me asfixies. Eso deja marca enseguida.
Le salió solo, el gruñido. René y sus malditas ideas. Empezó a negar con la cabeza antes incluso de que terminase de hablar, pero él insistió sin moverse ni un mísero centímetro:
—A mí me dolerá menos que un puñetazo y durante menos tiempo y para ti será más fácil porque solo es apretar y punto.
—¿Te estás oyendo?
—Puedo incluso hacerlo pasar por un intento de asesinato —añadió—. Es más, si nos queda lo suficientemente convincente podría usarlo para que no tengas que volver a tocarme nunca más.
Pactar la escena siempre era la peor parte del proceso justo por eso.
Por el modo en que René planteaba cada golpe con la neutralidad de un estratega, sopesando los pros y los contras como destinados para algún otro pobre desgraciado.
Kara negaba con la cabeza e intentaba encontrar otra solución más tibia, menos cruda.
Nunca lo conseguía porque la Avispa de Nascente era mil veces más listo y valiente que él.
Y cuando marchaba a la frontera Kara se quedaba atrás, a solas con su propia debilidad, limpiándose las manos desnudas con un trapo rasposo hasta notarlas ajenas.
—¿Nunca más? —inquirió, suspicaz y esperanzado a un tiempo.
—Nunca más —prometió.
—¿Cómo?
—Tú confía en mí.
Incongruente, que fuera René quien tuviera que pedirle un voto de confianza a él y no al revés.
—¿Y si me propaso?
—Te haré una señal.
—¿Y si me propaso?
—Pues ya contáis con suficiente información de inteligencia como para desequilibrar a Nascente sin que yo sufra las consecuencias.
—¡Porque ya las habrás sufrido!
—Vamos, Kara.
Dudó un único segundo más. Luego respiró hondo y obedeció, porque eso era lo que hacían los custodios y porque quería devolverle al menos un gramo de aquella confianza ciega suya.
René se enderezó, exponiendo el largo arco de su cuello.
El cuarto era enorme y ellos allí, confinados en un rincón junto a la puerta.
Sus manos se cerraron alrededor de su garganta, el cuero oscuro de sus guantes contrastando contra piel aún intacta.
Kara mantuvo la vista fija en aquel punto mientras comenzaba a ejercer presión, tratando de ignorar primero el silencio y finalmente el eco de sus estertores, esos que René también intentaba acallar, rebajar o espaciar.
Para hacérselo más fácil. Para no preocuparlo.
Se acercó un poco más, bloqueando así el resto del mundo de su visión, pero el quejido seco que lo recibió lo hizo detenerse al instante.
«No», lo oyó protestar, sin aire. Pero no podía; no podía hacerlo.
Sintiéndose tan inútil como egoísta, Kara apoyó su frente en la suya y se lo dijo, le dijo:
—No puedo.
René no contestó. Solo rodeó sus muñecas en una orden sin palabras, ojos cerrados y respiración entrecortada. «Venga», decía ese silencio. «Cuanto antes empieces, antes me iré», como aquel primer día. Como si Kara quisiera que se fuera.
Apenas se alejó al apretar de nuevo. Tampoco se permitió desviar la vista.
René pasó a acariciarle las mejillas y el pelo y qué horror que tuviera encima que consolarlo a él, a la persona que le cortaba el oxígeno.
Uno, dos, tres segundos mientras Kara empleaba todo su peso y fuerza en empujar, comprimir, estrangular. Treinta, cuarenta.
Le devolvió el aliento poco después, con la primera convulsión. René tenía las pestañas densas de lágrimas contenidas y sus resuellos sonaban a rastrillo barriendo piedra.
—Perdón —susurró Kara.
—Más. —Voz áspera, rota.
—¿Seguro?
René lo miró fugazmente. Estaba tan cerca…
Y no quería hacer eso, ninguno de los dos quería, pero a Kara no se le ocurría cómo hacerle saber que jamás lo haría, que él jamás le…
Así que apretó hasta el final, hasta que creyó que oiría el chasquido de vértebras partiéndose, y al liberarlo dejó además un beso en la comisura de sus labios abiertos de par en par.
El ruidito que abandonó la garganta de René fue de sorpresa y algo más, pero ni abrió los ojos ni lo apartó.
—Más.
Volvió a presionar.
—No. De eso no.
A Kara no le hizo falta preguntar de qué.
Esta vez lo besó en el labio inferior, dándole tiempo para recuperar el aliento, pero René se adelantó en una ofrenda silenciosa y él la aceptó.
Así, sin siquiera soltarlo, unió sus labios a los suyos mientras notaba el terciopelo de sus guantes ascendiendo por sus brazos, hombros, pelo, para atraerlo más cerca, más cerca.
A cada mínimo retroceso lo sentía respirarle en la boca, jadeos entrecortados que ahogaba en cuanto volvía a besarle.
Era otro tipo de asfixia, una que no dejaba marca pero sí con las ganas, lenta y tortuosa y reveladora.
No se cuestionó por qué lo había hecho ni por qué seguía haciéndolo.
Lo único que lamentaba era tener que apartarse.
Cuando se separaron, Kara tardó en abrir los ojos. René le devolvía una mirada borrosa, aún bastante falto de oxígeno, aunque sonreía cuando dijo:
—De haber sabido que esto sería tu última gota lo habría propuesto mucho antes.
Qué ajada sonaba su voz.
—Cállate —espetó él, porque no sonaría ajado ni violento sino blando decir «shh, no hables aún» mientras examinaba de cerca su garganta. Delineó su nuez con el pulgar—. ¿Crees que será suficiente?
—No. Tienes que dejar de parar a besarme.
Kara gruñó; René sonrió aún más. Era una de las sinceras.
—No mires esta vez —le susurró—. Yo te aviso.
Muy a su pesar, agachó la cabeza y ejerció presión por última vez.
El corazón le latía a velocidad de estampida, la lengua le sabía a sal y azúcar al mismo tiempo.
Contó los segundos que pasaban, desoyendo los sonidos húmedos que René intentaba ahorrarle, encerrando lo que hacían sus propias manos en el cofre más diminuto del fondo de su mente.
Solo importaba apretar y contar, apretar y contar.
A dos segundos del límite, Kara sintió un par de toquecitos en la muñeca y eso marcó el fin.
El fin de la tortura y el principio de todo lo demás, pues aunque lo soltó al instante René le impidió retroceder ni medio paso, ensañado en recuperar el aliento pero no el espacio.
Lo oyó jadear en su oído una, dos, tres veces.
Cuatro, a lo sumo. Luego le rodeó el cuello con los brazos como un cepo de hierro y Kara lo besó con la misma brutalidad con la que le había partido a golpes los labios, sin piedad y sin descanso, acorralándolo contra la pared por puro acto reflejo.
En los sueños en los que René le besaba, lo hacía con cuidado, con reverencia.
En la realidad, usaba garras y dientes. Le clavaba las uñas en la nuca, le mordía la boca, le mantenía bien pegado a su pecho, encajado en cada vértice.
Mejor, mejor, mejor. No podía esperar a pagarle con la misma moneda, a remacharle las manos al colchón.
Si por él fuera, la Avispa de Nascente jamás volvería a respirar.
Solo pararon porque René se ahogaba.
Kara lo contempló descansar la cabeza en el marco de la puerta, ojos cerrados y pecho arriba y abajo, aún aferrado a sus brazos para no rendirse al vértigo propio del bajón de oxígeno.
Temía el momento en que René lograra llenarse los pulmones, en el que recobrase el control suficiente como para digerir lo que acababa de pasar.
¿Cómo lo miraría entonces, si la gargantilla de lavandas que comenzaba a florecer en su cuello tenía la forma de sus dedos?
El miedo no duró mucho. No duró nada, porque René le sonrió nada más abrir los ojos, sosteniéndole la mirada durante eones antes de romper el conjuro:
—Tengo que irme.
Así los devolvió al mundo real. Kara retrocedió un paso y de pronto aquella mínima distancia entre ambos le parecían trece días de camino.
—Cuando vuelvas, hablaremos.
La sonrisa con la que le respondió fue punzante y otra cosa.
—Espero que hagamos mucho más que hablar.
— Largo.