8 Querían el rojo #4
—Estamos en guerra y tengo que vigilar y escoltar a un embajador del reino enemigo al que han enviado para intentar colarnos una propuesta de paz falsa.
Sabemos que es falsa solo por palabra del propio embajador, así que no nos fiamos ni de la negociación ni de sus intenciones, pero decidimos seguirle el juego por si acaso.
Silencio. Un tanto incómodo, alzó la vista, encontrándose tres pares de ojos muy abiertos y la boca de su hermana pequeña formando una enorme «o».
—¿¡Eres militar !?
Se le escapó la risa.
—Algo así.
—Sexy —sonrió su novia.
—Inverosímil —rebatió Susana—. Si hasta saca a las avispas de la piscina cuando se están ahogando…
—Aquí me han entrenado desde niño para luchar —protestó él, ofendido en nombre de Kara—. No soy yo cuando sueño. Bueno, no del todo. Creo.
—¿Y qué pasa al final? —los interrumpió Esther—. ¿Le pillas con las manos en la masa? ¿Os la mete doblada?
Ya le gustaría a él saber eso. Se encogió de hombros.
—Supongo que nos la mete doblada, porque nos habíamos hecho amigos.
Tan solo reconocerlo en voz alta le dejó un regusto ácido en la lengua, efervescente y punzante.
¿De verdad eran amigos? Eso parecía, ¿no?
Bromeaban juntos, se reían juntos, ahora hasta bailaban juntos.
La culpabilidad que Kara sentía en lo más profundo de su caja torácica cada vez que se sorprendía angustiado al verlo partir hacia Nascente era innegable.
La delicadeza con la que trataba sus heridas y escuchaba su pasado después, también.
—Trágico —suspiró Bego.
—En mi experiencia —dijo Esther, refiriéndose a sus largos años de obsesión con el tema.
Susana puso los ojos en blanco—, solo recordamos las vidas con asuntos pendientes que podemos cerrar en la actual.
Cumplir una promesa, cobrarse una venganza, ya sabes.
Di, Gon, ¿hay alguien a quien quieras apuñalar últimamente?
Mmm. Si tardó en contestar, aguantando estoico el peso de sus miradas, fue porque dudaba de si debía hacerlo.
Tenía la sensación de que, en cuanto pronunciase su nombre, el temita reencarnaciones adquiriría cuerpo y forma, se volvería real.
Ya no podría barrerlo bajo la alfombra, fingir que no estaba ocurriendo.
Y, al mismo tiempo, ¿qué más daba? Titi lo sabía, por ejemplo.
Era una gilipollez. No significaba nada.
—Ugh, sí —respondió al fin—. A Reyes —añadió para Bego, y ella pestañeó, descolocada—. En los sueños es el espía, y empecé a tenerlos cuando probé la miel que me regaló Titi por lo de reclamación.
Esther chilló.
—¡Lo sabía! ¡El hilo! ¡El hilo rojo del destino! —Qué boyante parecía la tía—. ¡Seguro que juraste devolverle la puñalada en la siguiente vida!
El guante contra sus labios, terciopelo rico y pesado.
Sí que recordaba la amargura, el dolor, la melancolía y la avidez, un profundo anhelo por volver (¿volver a dónde?
¿A qué? ¿Con quién?), pero ningún deseo de venganza.
Incluso la rabia había estado teñida de una pena tan cruda que la deshacía en dolor ciego, mudo, sordo.
No. En sus últimos momentos, Kara no había querido destruir a René en algún futuro incierto.
Había querido revivirlo todo desde el principio.
—Pues voy listo —decidió reír entre dientes, sin poder evitar la acritud—, porque hasta ahora las puñaladas me las sigo comiendo yo.
—Pero ¿no os llevabais bien ya? —Bego tenía el ceño fruncido—. Si habláis casi todos los días…
Su voz sonaba extraña, rebordeada de algo que no logró identificar.
—Sí, pero solo de los sueños. Él también los tiene.
Nuevo silencio. Este más denso que el anterior, más incrédulo.
No le gustaba esa conversación. No había sido buena idea, debería haberse quedado calladito.
Como ahora, labios apretadísimos según el reloj de la cocina hacía tic-tac tic-tac, cronometrando la rareza del ambiente.
Quería que dejaran de mirarlo. Quería que alguien cambiase de tema.
Sin embargo, Esther preguntó:
—¿Los mismos?
Y él suspiró.
—Bueno. No los mismos, Reyes ve su parte de la historia. Pero seguro que es solo una alucinación conjunta por estrés, ya se nos pasará.
Cuando por fin reunió fuerzas para encararlas, ellas cruzaban miradas preocupadas. O confundidas. O asombradas. La verdad, lo de leer a la gente no se le daba muy bien, y menos aún cuando tenía que ver con él. Siempre se ponía en lo peor.
—Sea como sea —dijo Esther, mientras abría como si nada una bolsita de canapés con pasas—, yo no le daría mucho bombo al Reyes ese si fuera tú, Gon.
—¿Eh? ¿Por qué?
Ella se encogió de hombros. Al contrario que Susana y Bego, su hermana pequeña no se había arreglado, y la sudadera le quedaba enorme, haciéndola parecer un monje medieval en miniatura.
Quizá fue por eso, o por el intensísimo olor a fogata que inundó la cocina, que sus palabras le sonaron a sentencia:
—Porque, si ya te traicionó una vez, lo hará de nuevo.
—Pero ¿¡será lianta!? —Susana le dio un empellón con el hombro—. Deja de meter cizaña con tus idioteces.
—¿Idioteces? —chirrió ella—. ¡Si tú crees en la reencarnación!
—Pues por eso mismo no se me ocurriría acusar a nadie por lo que hizo o dejó de hacer en su día. Nos reencarnamos para aprender de nuestros errores.
—¡Pues que aprenda Gon de los suyos! —Y le apuntó con un dedo—. ¡No te fíes!
A pesar de la inquietud que le latía por dentro, la fiereza con la que se picaban sus hermanas le hacía sentir a salvo. En casa. Así que, al final, Gon negó con la cabeza, sonriendo por primera vez desde que Susana lo había lanzado por accidente a los lobos.
—Estate tranquila. ¿Qué es lo peor que puede hacer, ponerme otra reclamación? Podré soportarlo.
—O levantarte a la novia —bromeó Susana—. ¿No te regaló tu maravilloso potencial cliente una velita por Navidad?
Bego sonrió también, aunque fue una sonrisa tirante, prefabricada.
De pronto, Gon se dio cuenta de que, en algún punto de la conversación, su novia había cuadrado los hombros y enderezado la columna, una respuesta postural propia de comentarios mordaces de su familia.
El estómago se le encogió con un miedo nuevo, porque Recla ya le había dicho algo así, semanas atrás.
—Sí —admitió ella—, pero siento decirte que tu conjetura tiene un gran fallo.
—¿Ah, sí? —se rio Esther—. ¿Cuál?
—Que Reyes Cisneros juega para el otro equipo.
Sus hermanas rompieron en carcajadas al instante, pero Gon tardó en entenderlo. Quizá porque no se lo esperaba, o porque lo primero en lo que pensaba al hablarse de equipos era en baloncesto, o porque hacía siglos que no escuchaba esa expresión.
Fuera como fuese, en cuanto comprendió, el nudo de su estómago se hizo más fuerte.
A las 0:00 exactas, mientras el país entero celebraba el nuevo año, Bego lo besó con una sonrisa sincera en los labios. A su alrededor, Esther seguía recuperándose de una uva asesina, Susana se reía de ella a mandíbula batiente y sus padres brindaban con champán.
A las 2:00 exactas, cuando por fin se fueron a dormir, Gon apagó la luz de su antigua habitación e ignoró el aroma a lavanda y arena mientras cumplía su verdadera tradición de Año Nuevo entre las piernas de su novia.
A las 3:00 exactas, con Bego plácidamente dormida sobre su pecho, Gon se rindió y agarró el móvil para ver si cotilleando Instagram le entraba sueño.
La story más reciente, de Titi (ni siquiera recordaba desde cuándo se seguían), lo obligó a bajar el volumen a toda prisa.
Luces fluorescentes, música latina y alcohol.
Llevaba tanta purpurina que parecía haberle llovido encima y bailaba con gente que Gon había visto entre las fotos de Reyes.
Sus colegas de Guadalajara, suponía, los de toda la vida.
En el último vídeo, Titi y una amiga cantaban a cámara y, a un lado, oscurecido e iluminado por focos parpadeantes, el color rojo atrajo su atención como un faro en el mar.
Apenas duró un segundo, pero fue suficiente.
Desde luego, Reyes Cisneros no perdía tiempo.
No alcanzó a ver al otro chico; tampoco le interesaba.
De hecho, si se metió en TheKingBee fue por puro aburrimiento, porque no podía pegar ojo y Reyes era su fuente principal de entretenimiento.
Y, ahora que sabía lo que sabía, se sentía idiota al reparar en la de banderas arcoíris y tricolores que había obviado, la de comentarios que no había asimilado.
También se sentía un poco nervioso, aunque no tenía motivos.
No recordaba haberle dicho nada mínimamente homófobo nunca, y Reyes tampoco se lo hubiera dejado pasar.
Reyes había subido tres stories. La primera, una selfie en el baño de su casa, ya de punta en blanco; la segunda una foto a un platito con sus doce uvas (por supuesto, peladas y sin hueso); la tercera un vídeo en el que le deseaba un feliz Año Nuevo a todos sus seguidores, incluso a aquellos que lo seguían «en contra de su voluntad».
Eso le hizo sonreír y poner los ojos en blanco.
Pensó en felicitarle el año por WhatsApp, pero descartó la idea al segundo. A fin de cuentas, no eran tan cercanos, y Reyes estaría ocupado bebiéndose hasta el agua de los floreros. O con otras cosas. Con otra gente. Con otro tío.
Así que volvió a dejar el móvil en la mesilla para intentar dormirse de una vez por todas, el aroma a lavanda a cada segundo más y más intenso hasta que se tornó hierro y barro y encina y lo ahogó en las profundidades de An’Ser Kara.
—He pensado que, esta vez, podrías… no darme en la cara. En el costado, si eso. O romperme un dedo, no sé.