Con la miel en los labios 8 Querían el rojo #3
38%

8 Querían el rojo #3

Y, sin embargo, al acabar se atrevió a echar un segundo vistazo.

La luz de la cocina vecina ya apagada, la del salón aún encendida.

Alcanzó a ver toda una hilera de muebles de madera oscura, maciza, que gritaban años setenta hasta desgañitarse, así como un sofá verde botella con pinta de haber sido destrozado por garras felinas décadas atrás y una mesa redonda cubierta por un faldón del mismo color por la que apostaría la mano a que debajo escondía un brasero.

Si le dijeran que formaba parte del escenario de Cuéntame cómo pasó, se lo creería.

Los alcarreños destacaban como una maldición allí dentro, pijamas y calcetines de colores brillantes y una sudadera gruesa en el caso de Reyes; quien se desplomó en el sofá tras despedirse de Titi para luego arrebujarse bajo una mantita de pelo blanca.

Lo único que Gon no conseguía distinguir a aquella distancia era su expresión, aunque pudo imaginársela cuando el chaval sacó el móvil para echarle una ojeada rápida antes de dejarlo sobre la mesa.

Con un chasquido de lengua, él se sacó también el móvil del bolsillo.

Ya se lo había dicho Bego: esa vez nadie lo perseguiría para que asumiese sus propios errores.

Ni para remendarlos. Así que abrió su conversación privada de Instagram con TheKingBee y no se permitió pensar hasta escupir una disculpa que no sonara a crío de cuatro años farfullando perdón a cambio de recuperar su recreo.

En el salón setentero, Reyes pescó el móvil sin siquiera mirarlo, perezoso, pero en cuanto oteó la pantalla se incorporó enseguida, tensísimo.

Por si acaso (en un movimiento un tanto sibilino), Gon se aseguró de que su cocina seguía a oscuras, aunque obviamente Reyes no alzó la vista hacia allí.

¿Cómo podría, si no sabía en qué planta vivían? ¿O sí?

« TheKingBee está escribiendo» y, de inmediato, un número de nueve cifras como única respuesta.

Vale. No pillaba la razón, pero sí la indirecta.

Lo agregó a WhatsApp.

Allí, su avatar era más personal, una selfie menos cuidada, menos estudiada, con todo un mar violeta detrás.

Por un segundo, no lo comprendió, no comprendió lavanda y Reyes compartiendo lugar, no cuando debería ser René.

Luego recordó que la Alcarria destacaba por su miel de espliego, y el espliego era…

, bueno, lavanda. Por supuesto que habría campos de lavanda en Guadalajara.

¿No celebraban, de hecho, una feria lila en verano…

? ¿Era eso? ¿Era allí donde Reyes Cisneros se había sacado la foto?

¿O solo se había pasado por trabajo, para llevar a sus colmenas a polinizar?

¿Y había tenido siempre esa foto de perfil o la había cambiado recientemente, a la luz de ciertos… acontecimientos?

«Soy Gon», escribió, para que guardara su número.

Su respuesta, para variar, fue instantánea:

Por favor, repita aquí lo comunicado en la aplicación llamada Instagram.

para?

para reenviárselo a titi

no me dejará en paz si no le enseño el comprobante

Lo vigiló desde su madriguera. De no estar viéndolo con sus propios ojos, se lo habría imaginado satisfecho y presuntuoso, con esa sonrisita suya de comemierdas; pero en cambio estaba encorvado muy serio sobre la pantalla, sin apenas parpadear.

En cuanto Gon cumplió su parte, Reyes se recostó contra el sofá, y algo en su postura desarmada le hizo sentirse culpable por espiarlo.

Bueno, no solo culpable. Al fin y al cabo, se estaba aprovechando de una ventaja un tanto…

cuestionable. Injusta. Aunque bien que siguió mirando, expectante, según Reyes volvía a teclear:

disculpas aceptadas

Y:

mirarás la escaleta alguna vez?

Gon contestó:

en cuanto tenga un hueco

libras por las mañanas

bego está de vacaciones

consideras TRABAJO a tu novia??

más bien a lo nuestro

Distinguió su sonrisa incluso a esa distancia.

entonces quién es el jefe

tú no

pero si estoy todo el día detrás de ti para que hagas algo???

exacto

justo lo que hace un empleado con sus jefes

no ves a titi?

te voy a bloquear.

pronto empezamos

me voy a la cama

dulces sueños

ojalá

Esa vez, Gon no respondió. En su lugar, apagó la pantalla con un bufido divertido, dando por terminada la conversación. Por puro morbo, miró a ver si Reyes hacía lo mismo.

No lo hizo. Se quedó ahí, ojos fijos en el móvil, como esperando algo más.

Para Gon cuando se fue a dormir, hasta el último cubierto colocadito en su sitio, ninguna luz quedaba ya encendida en el salón de enfrente.

Infinitos campos violetas, infinitos cielos primero de oro rosa, luego azules, luego de sangre, luego negros.

Una hoguera entre los mares lilas si no alcanzaban posada alguna al caer la noche, una risa escondida tras un guante manchado de pomada antiséptica, un secreto a voces.

Infinitos campos violetas, infinitos cielos arcoíris y al ponerse el sol todo teñido del color de Nazcar.

Los trece días de ida y los trece días de regreso comenzaban a convertirse en su posesión más preciada.

Había perdido la cuenta de los bailes, de las escarificaciones y de los miedos.

En medio año había visto a Jez’bel un total apenas mayor a un mes y se obligaba a recordarse que hacía aquello por ella, por la colmena, por el futuro.

Que algún día la vida volvería a su cauce, con o sin Avispa, con o sin guerra.

En sus sueños, René ax Nazcar le quitaba los guantes poco a poco y luego le besaba los nudillos uno a uno. Y al despertar, cada uno en su lado de la lumbre extinguida o cada uno en su lecho del dormitorio, él lo miraba como si lo supiese. Porque lo sabía, lo sabía, lo sabía.

René ax Nazcar lo sabía y ahora él también.

Dos noches después, sus hermanas, Bego y él preparaban los aperitivos de la cena de Nochevieja mientras su madre aprovechaba para arreglarse y su padre cortaba jamón con la concentración de un opositor en pleno examen.

De críos se divertían tratando de distraerlo, carcajeándose con sus respuestas sinsentido hasta que una Susana de catorce años había probado a decir que pensaba estrenar el año perdiendo la virginidad con Javier Hernández y su padre se había cortado un dedo del susto.

Por supuesto, su madre les había echado la bronca del siglo, por lo que los hermanos habían acordado dejar tranquilo al pobre hombre de ahí en adelante.

Así que allí estaban, alrededor de la mesa de la cocina, cada uno con su labor tradicional navideña.

Él preparaba los entremeses; Susana los turrones y Esther, como buena hermana pequeña, iba poniendo la mesa.

Begoña, a pesar de ser la invitada de honor por quinto año consecutivo, había encontrado algo en lo que ayudar, en ese momento cortando finísimas rebanadas de pan.

Bromeaban, charlaban, canturreaban las canciones de la playlist navideña de Esther, se ponían al día.

A Gon le encantaba esa hora y media de estrés mecánico, donde todo el mundo ocupaba su lugar para luego dedicarse a comer y beber hasta la medianoche.

Con el trabajo, le parecía que habían pasado eones desde su última reunión familiar.

Y qué diferencia con Nochebuena, el alboroto parte de la rutina y el maquillaje opcional.

Qué diferente lo bien que encajaba Begoña allí, arreglada pero cómoda, elegante pero natural.

De vez en cuando le robaba un poquito de lomo recién cortado y él fingía no darse cuenta porque le llenaba de una felicidad burbujeante que su novia se sintiese a salvo comiendo entre ellos.

Allí no le lloverían ni comentarios sobre su peso, ni raciones más pequeñas, ni sugerencias sobre dietistas o médicos.

Allí las cenas navideñas estaban para disfrutar, no para acusar.

Sus padres siempre habían sido tajantes con eso y él agradecía el privilegio.

—Ay, Gon —dijo entonces Susana, apartando de un manotazo la escurridiza mano de Esther, que intentaba birlar por enésima vez alguna bolita de chocolate de la bandeja de turrones—, ¿qué pasó con los sueños esos? ¿Ya has recordado de dónde te venían?

A su lado, Bego alzó las cejas. Mucho.

—¿Sueños?

—Las pesadillas —aclaró él, con un carraspeo—. Le pedí ayuda para ver si eran de alguna peli o algo.

—Oh. ¿Y lo eran?

—¿Qué sueños? —cotilleó Esther, boca llena de chocolate robado.

Gon suspiró. De lo último que quería hablar en Nochevieja era de Kara y René, pero ahora que Esther había puesto la oreja cambiar de tema sería imposible.

Cuando su hermana pequeña olía un chismorreo, no descansaba hasta enterarse.

Su única opción era soltarlo cuanto antes y rezar por que le pareciera aburridísimo.

—Son sueños como de fantasía, hay espadas y viajes a caballo y todo eso.

—Con un sentido estético muy peculiar —añadió Susana, mientras alejaba de la ladrona aún más la bandeja de dulces—. Claramente ficticio y claramente fuera del alcance de la imaginación de Gon.

—¡Oye! —protestó su novia, pero lo hizo con una carcajada risueña.

—¿Y de dónde eran al final? —insistió Esther.

Él se encogió de hombros.

—De ningún sitio.

A su hermana pequeña le brillaron los ojos como dos gemas negrísimas. Ah, allá que iba:

—¿No serán recuerdos ?

—Dios, otra vez no —rezongó Susana.

—¡Sshh, calla! ¡Vidas pasadas! ¡El hilo rojo del destino! ¡Cuéntamelo todo! ¿¡Quién eres!? ¿¡Dónde estás!? ¡Suelta la lengua!

—Esther. —Les llegó la voz de su padre desde su esquinita de la cocina—. No grites.

—Uy, perdón. —Y apenas dos tonos más bajo—: Cuéntamelooo…

Por puro instinto, Gon buscó a Bego con la mirada, quien le regaló una enorme sonrisa, mitad traviesa mitad de ánimo. Así que se rindió con un gruñido, sin parar de colocar el lomo en la vajilla preferida de su madre: