8 Querían el rojo #2
Tenía la carita hinchada de sueño y marcas de sábanas en las mejillas. Gon sonrió mientras ella le apoyaba la barbilla en el pecho con un gruñido que sonó extrañamente al ronroneo de un gatito.
—No —contestó él, apartándole los rizos de la cara.
—Enhorabuena.
—Gracias.
—¿Qué hora es?
Alcanzó el móvil.
—Las doce y media.
—Ostras…
Él rio.
—Ya.
—¿Cuándo entras?
—A las cinco.
—¿Te parece que vayamos a hacer la compra juntos? Hace mucho que no lo hacemos.
—Vale.
Bego sonrió, aunque había cerrado los ojos otra vez.
No necesitó pedirle cinco minutitos más, porque Gon se los concedió igualmente, sin dejar de acariciarle el pelo, respirando con toda la delicadeza posible para no molestarla con el subir y bajar de su pecho.
Hasta que ella volviese a trabajar y hasta que él cambiara de turno, despertarían así. Tendrían tiempo para despertar así.
El mejor regalo de Navidad.
Algo había cambiado.
Gon no lograba detectar el qué, o cuándo lo había hecho, pero tenía que ver con sus compañeros de trabajo.
Los estudió durante toda aquella jornada: la manera amable en la que Nadia los despedía al terminar sus turnos, la destartalada en la que Recla formaba al nuevo recluta, la firme con la que Carol atendía a los clientes difíciles.
Se movían como una misma máquina, una misma criatura, y, aunque siempre había sido así, solo entonces Gon había notado que había algo más detrás.
Antes no solían quedar mucho a comer o cenar todos juntos, por eso de que sus horarios se solapaban.
Sin embargo, desde que Titi y Reyes habían irrumpido en sus vidas había adquirido rango de costumbre, cada salida con su consecuente intento por convencer a Gon de que se les uniera.
Y la noche anterior, cuando por fin lo habían logrado, algo había cambiado. No. Algo había encajado.
Se dio cuenta de que ya no solo eran compañeros de trabajo.
Poco a poco, esas tres personas con las que compartía sueldo, angustias y risas se habían convertido en sus verdaderos amigos.
Eran los únicos a los que tenía fuerzas de ver al salir del Stardust, los únicos que se interesaban realmente por él y los únicos de los que realmente quería saber.
Conocía a sus padres, hermanos, parejas y exparejas, y se animaban entre sí a intentar conseguir algo más que servir cafés ocho horas al día durante cinco días a la semana.
Nadia y sus oposiciones, Carol y sus ilustraciones, Recla y sus…
Bueno, sus reclamaciones, suponía. Si cualquiera de ellos dimitiese, Gon lo consideraría una tragedia y, al mismo tiempo, la mejor noticia del mundo.
Y eso lo llevó a preguntarse si los mieleros también eran sus amigos. Si Reyes, acodado cada noche de diez a once en la barra mientras esperaba pacientemente su turno de acribillarle a preguntas, era también su amigo.
¿Cómo iba a serlo, si no lo conocía de nada?
Aunque sentía que lo conocía más que a sí mismo. Sentía que lo conocía de toda una vida. Y eso a su vez le dio miedo y rabia y hastío, así que cuando Reyes Cisneros lo acorraló esa noche entre dos mesas y la escoba para parlotear sobre Jez’bel le pilló bien calentito.
—Lo que no entiendo —decía el muy imbécil— es por qué no cambia las leyes al subir al trono y punto.
Gon lo miró, aunque a su parecer no había mucha diferencia entre la porquería acumulada en el recogedor y el propio Reyes.
—¿Perdón? —logró chirriar.
—¿Quién iba a llevarle la contraria a la reina?
—¿Y quién supervisaría cada colmena?
—¿Representantes de confianza? —sugirió el chaval, apilando bandejas olvidadas—.
Como se ha hecho en todo el mundo durante todas las épocas de la historia.
No hace falta, ya sabes, parir tus propios concejales.
—Se encogió de hombros mientras las vaciaba en la basura—. Nascente también lo hacía así.
— Nascente —siseó Gon, sin siquiera ser consciente de haberlo hecho. Tenía los nudillos blancos de apretar la escoba y Reyes lo miró con el ceño fruncido, un tanto perdido—. Nascente usa la tortura para asegurarse la lealtad. Quin’Xa no lo necesita; todo el reino es la reina. Su sangre.
—¿A qué precio? —resopló Reyes—. Se les mueren todas.
Quizá fue por cómo bufó después, sardónico y divertido a un tiempo, que Gon perdió pie. No había otra manera de explicarlo. Perdió pie y se le encaró, hirviendo de una rabia que no le pertenecía:
—No te atrevas a volver veinte años después y pretender que cambiemos nuestras costumbres para acomodar las de tus secuestradores.
Y apenas media hora más tarde Gon comprendería que aquel fue el instante en que René perdió pie. Abrió mucho los ojos, como si lo hubiese abofeteado, y escupió:
—Hay más reinos aparte de Quin’Xa y Nascente, más ejemplos a seguir.
Jez’bel lo sabe, ¿qué tal le va lo de encasquetarle el trono a otra?
Cada vez menos princesas quieren ser reinas, porque en Nascente despellejan a sus enemigos, sí, pero al menos son eso, enemigos.
El Panal tortura a su propia reina, y algún día os explotará en la cara.
—¿¡«Os»!? Aclárate, ¿eres abeja o nascente?
—¡Soy…!
—Chicos.
Se volvieron hacia la voz, alarmados, arrancados de cuajo de una vida que no estaban viviendo, no en ese momento.
El Stardust entero olía a cedro húmedo y a las flores con las que la Avispa se decoraba el pelo cuando nadie miraba (cuando solo Kara miraba).
A Nadia no le hizo falta añadir nada, porque Reyes cazó al vuelo la orden y se escabulló a toda prisa. Sabandija.
En cambio, Gon reunió fuerzas para devolverle la mirada a su supervisora, mitad avergonzado mitad acelerado. Estaba lívida.
—Si vuelvo a verte montando el espectáculo, la tenemos. Da igual que estemos cerrando, todavía queda gente y me dirás tú qué imagen damos gritándole a un cliente.
—Reyes no e…
—¡Pero ellos no lo saben! —le cortó—. No saben si sois amigotes o no. Y yo empiezo a cansarme ya de no saber por dónde vas a salirme.
Eso dolió. Dolió porque le hablaba como supervisora, pero también como amiga. Gon agachó la cabeza.
—Lo siento.
—No me vale. Si vais estar siempre así dímelo y les pido que se busquen otro Stardust.
—No, no h…
—Pero el 8 se acaba el mercado, así que no esperes que dejemos de quedar con ellos en nuestros ratos libres.
No contestó. Se limitó a asentir, de golpe consciente de que aquello no iba a durar mucho más.
En diez días, Reyes y Titi marcharían de regreso a la Alcarria y ya no volverían a revolotear por allí ni a las diez de la noche ni a las diez de la mañana ni a ninguna otra hora. Año nuevo, vida nueva; chao, Cisneros.
Le sorprendió no sentir alivio sino angustia.
¿Seguiría soñando incluso sin verle? ¿Bastaría con mantener el contacto por Instagram?
¿O se quedaría atrapado en aquel estadio en que el aroma a lavanda lo ahogaba todo de pronto, recordándole que parte de él ya había existido previamente?
«Quieren que los veamos todos», había dicho Reyes, pero de sueños sabía lo mismo que Gon: nada.
Así que, ¿y si funcionaba? ¿Y si al desaparecer de su vida desaparecía también la anterior?
Bajó la vista hacia el recogedor mientras Nadia retomaba sus quehaceres, el puñado de pelusas y recibos y pajitas pisoteadas la visión más absurda en la que podía concentrarse.
«No soy tu madre —le había dicho Bego nada más entrar al piso—, así que no te voy a decir lo que tienes o no que hacer, pero ya me conozco esa cara».
«¿Qué cara?», había replicado él, desorientado.
«La cara de Reyes Cisneros».
En lugar de protestar, Gon se había refugiado en el baño, donde su reflejo le confirmó que sí, que tenía una cara específica para cagarse en Reyes Cisneros. No le gustaba; no se reconocía en aquella mueca retorcida y tensa. Le gustaba aún menos sentirse culpable.
Por suerte, Bego no había insistido con el tema.
De hecho, cenaron bien tranquilos y luego se acurrucaron en el sofá a ver su serie, luces apagadas y vela navideña titilante en una esquina.
En lo que sí insistió fue en ayudarle a recoger cuando Gon tuvo que despertarla por cuarta vez en media hora, pero él ganó la batalla y ella se retiró a lavarse los dientes jurando venganza.
Venganza que, más bien, era una promesa de no volver a dejarlo solo ante el peligro (ante los platos sucios).
Sin embargo, a Gon no le importaba hacer de más de vez en cuando, así que se puso a recoger vasos y cubiertos con la vela como única compañía.
Justo cuando andaba buscando el interruptor de la cocina, lo vio.
Fue sin querer, un destello por el rabillo del ojo, una luz que llegaba del rincón equivocado. Siguió el haz anaranjado con la mirada hasta el balconcete y el corazón le dio un vuelco. Del susto, que conste.
En retrospectiva, quizá lo habría sabido incluso sin verlos. Habría adivinado quién vivía allí incluso sin Reyes fregando los platos y sin Titi secándolos en aquella cocina más destartalada todavía que la suya.
Se los quedó mirando muy quieto, como si pudieran oírlo respirar desde el edificio de enfrente.
Las estrechas callejuelas de La Latina arrimaban sus fachadas más de lo sanitariamente deseable y desde luego que ahora Gon desearía un poquito más de distancia, un poquito más de intimidad, y eso que era él quien los estaba…
¿qué? ¿Espiando? Para nada. Él solo había venido a fregar también, que ya no tenían edad como para caer en la trampa de dejarlo para el día siguiente.