8 Querían el rojo
– E xacto. Querían el rojo.
Esa respuesta no encajaba del todo con la pregunta, pero Kara no dijo nada. Se limitó a esperar a que René continuara, quieto como una tumba, como las ruinas a las afueras del Panal. Como si solo con tragar saliva pudiera romper el hechizo.
—Así que entraron y se lo llevaron, sin más.
—La Avispa se encogió de hombros, aunque seguía sin mirarlo—.
Les fue fácil encontrarnos, la mayoría vivíamos en la capital, en el Barrio de Cobre.
A los demás los ejecutaron. No nos dejaron explicar que el moreno y el rubio también podían resultar en rojo, les daba igual.
Les dieron igual todos los años que habíamos pasado estudiando nuestra propia herencia.
Todo lo que no era rojo terminaba en la hoguera.
Era noche cerrada en la última posada de Quin’Xa.
Esta vez, René ax Nazcar había pasado un día entero con los Gemelos, y Kara había temido que ya no volvería.
Al final, había regresado, acompañado cómo no de nuevas escoriaciones, la carne desollada titilante bajo las velas de los candelabros.
En la mesa, un pergamino sellado con cera escarlata.
En la mecedora, una Avispa que miraba las vigas del techo con ojos borrosos, agotados.
Nuca arqueada sobre el respaldo, cabello suspendido al otro lado, escrupulosamente peinado y chorreando agua perfumada sobre la alfombra.
El batín con el que se cubría se pegaba a su piel todavía húmeda, cruzado al pecho sin mucho cuidado y anudado a la cintura con la pereza del cansancio.
A Kara le gustaría poder apartar la mirada del caminito exento de tinta que formaban su garganta, clavícula, esternón, vientre.
Le atraía como la luz a la polilla, como antes le había atraído el rojo de los tatuajes a cada orilla.
—Mi madre fue más lista —prosiguió, voz diminuta. Kara podría oírlo incluso si susurrara, habituado tras tantos meses a su acento—. Me dijo que no me resistiera, que me pegase a la persona más tatuada que viera, y eso hice. En lugar de esconderme, fui directo al batallón y me ofrecí a su capitana.
Silencio aún.
Ya no recordaba la última vez que había dudado de sus palabras. Era una confianza ciega, que le provocaba vértigo y pavor a un tiempo, pero que no podía evitar concederle. Si René le hubiera confiado sus recuerdos de la caída de Nazcar el primer día, Kara no los habría creído. Ahora, en cambio…
Junto a la chimenea, el agua de la bañera de madera había adquirido una turbia consistencia rosada tras lavarse René con ella.
Ojalá proviniese de su manicura o su pelo o sus tatuajes.
Al menos el dormitorio olía a cedro y a las hierbas con las que la posadera adecentaba el baño y no a hierro.
En cuanto la Avispa terminase de secarse (en cuanto se rindiese), Kara volvería a sacar la pomada de encina.
—Les dije que sabía preparar perfumes. Oí a mi hermana pequeña chillar mientras la arrastraban fuera de nuestro hogar, pero no podía hacer nada por ella, porque había heredado el pelo negro de mi padre.
Kara frunció los labios. Él no habría sido capaz.
Él habría luchado hasta el final, con garras y dientes, con quince años demasiado joven como para planificar una vida entera de mentiras.
Habría muerto en Nazcar, otro cuerpo más entre los miles ardiendo en piras dulces, toda miel encontrada en despensas y tiendas volcada encima entre burlas y escupitajos.
—Les dije que sabía de incienso, velas, afeites; que mi familia llevaba generaciones trabajando en eso y que podría serles útil, que mi madre me había enseñado a preparar ungüentos para la piel y para la lengua, que conocía hasta la última planta venenosa o medicinal de la región, que les daría lo que quisieran de mí voluntariamente si no me apilaban con el resto de rojos.
«Apilar» era la palabra correcta. Se los habían llevado como animales, vendidos o regalados en mercados y granjas.
Solo habían desechado a los ancianos, inservibles para procrear.
En el decenio que Nascente llevaba alimentándose de la sangre de Nazcar, la inmensa mayoría de aristócratas había conseguido hacerse mínimo con un heredero de melena cobriza.
—¿Y tu madre? —se atrevió a preguntar Kara, sin moverse de la cama. Las sábanas raspaban, revueltas y usadas—. ¿No tenía el rojo?
Por fin, René giró el rostro hacia él. Lo hizo extremadamente despacio, como si el cuerpo le pesara toneladas. Quizá los recuerdos pesaban toneladas.
—Sí —contestó—. Pero todo el mundo sabía que tenía dos hijas, así que cuando la apilaron se aseguró de que no la relacionaran conmigo. Para cuando pude salir a buscarla, ya habían descubierto que no podía engendrar más niños, por lo que había sido desechada.
Un escalofrío le recorrió la columna.
—¿No intentaron… «arreglarla» primero?
René negó con la cabeza.
—Nascente no hace milagros. Ni magia. Les perderéis el miedo cuando lo aceptéis.
Kara no contestó, porque tenía razón y, al mismo tiempo, no la tenía. Después de todo, aunque era un alivio saber que los nascentes no pactaban con l’encantos para perfeccionar a su gente, era la violencia con la que trataban a sus enemigos lo que realmente aterraba al Panal.
Pero sí era cierto que los nascentes se construían a sí mismos.
Eran conocidos por su maestría con el escalpelo y la tinta, capaces de transformar cualquier soldado en un monstruo a base de perforar, injertar, tatuar, agujerear.
No existía rincón que no pudiera alterarse gracias a ese conocimiento suyo del cuerpo humano: afilar una nariz, engrosar unos labios, enderezar una columna…
Nada los frenaba. Por eso se habían ganado tal fama de brujos, de cambiapieles.
A veces ni siquiera dejaban cicatrices a su paso.
A veces la dama más perfecta de Nascente solo era un conjunto de cuchilladas bien cosidas.
De pronto, se le ocurrió.
¿Habrían tocado a René? Tendría sentido, ahora que lo veía de cerca, sin capas, sin bisutería ni maquillaje.
A lo mejor lo habían tallado así de magnífico, o quizá intensificaba el rojo de su pelo con pigmentos…
¿Era aquel el verdadero René, el que habían arrancado de Nazcar tantos años atrás?
O, si no lo era, ¿qué capacidad de decisión había tenido sobre sus cambios?
¿Había podido negarse, o elegir? ¿Se habría dejado hacer para ganarse su confianza, tal y como hacía hoy en día con las escarificaciones?
¿Tal y como hacía con el propio Kara, pidiéndole nuevas marcas cada mes?
¿Qué de lo que veía de Avispa había nacido con él?
Quizá René jamás había sido pensado para mimetizarse en un colmenar de abejas.
Quizá el objetivo de Nascente siempre había sido tentarles con una flor de la que quisieran alimentarse, de colores llamativos y aroma aún más, una flor capaz de tejer redes como las arañas y paciente como una planta carnívora.
Fuera cual fuese la respuesta, ya era tarde para Kara, así que preguntó:
—¿No dudó de ti la capitana?
Él respiró hondo.
—Jamás dejarán de dudar de mí, al igual que jamás volveré a ser parte del Panal.
Pero cuando la capitana me preguntó por qué traicionar a mi colmena yo le contesté que ya no existía colmena alguna, y eso bastó por entonces.
—Desvió la vista, aquejado por el recuerdo—.
Olió en mí que haría lo imposible porque ni siquiera me molesté en defender a mi gente o mirarla arder, así que aceptó mi ofrenda y luego la reutilizó para ganarse el favor de los Gemelos.
Pétreo y tenso, René se enderezó, enroscando su cabello húmedo en una mano para exprimir el agua restante. Cayó en cascada entre ambos, sobre la alfombra ya empapada.
—Así que sí, Kara, claro que les habría dado el rojo.
Les habría dado todo cuanto me hubieran pedido, y les seguiré dando todo cuanto me pidan porque mi lealtad a Nascente fue el último deseo de mi madre y porque es la única manera de llegar vivo a su muerte.
—Lo miró directamente a los ojos. El custodio se sintió diminuto, banal, inadecuado—.
Fue Nascente quien decidió respetar mi identidad, cosa que jamás podría decir del Panal.
¿O puede Jez’bel negarse a parir una vez heredado el trono?
Una vez más, Kara no contestó, súbitamente avergonzado por su propia cultura. René asintió.
—Ya me parecía.
El sol lo bañaba todo cuando despertó. El edredón de IKEA que habían cambiado entre risas nada más llegar la noche anterior, el cesto de la ropa sucia del que sobresalía el sucio, el suelo, sus calcetines, el techo, la lámpara, la pequeña telaraña que la cruzaba. Los rizos de Bego, brillantes y llenos.
Cada día conseguía dormir un poquito más tras cada sueño, pero eso no significaba que la experiencia mejorase.
Tampoco empeoraba, solo… se enrarecía, como el aire respirado a través de una mascarilla quirúrgica en sus últimas horas de utilidad o el agua después de toda una noche de oxidación.
Le salían burbujitas, le advertía de que algo ocurría.
Algo a lo que no sabía poner nombre, pero sí ejemplos.
Era la misma sensación de Kara huyendo del salón de baile porque René había averiguado que confiaba en él, la de expectación cuando le curaba las heridas en el altamar violeta, la de contemplarlo largamente en una habitación de una sola cama y sábanas revueltas.
La Avispa de Nascente lo miraba con ojos derrotados y lo sabía.
Gon no. Gon no lo sabía. Aunque tampoco quería saberlo.
Lo único que quería era que se agotasen los recuerdos de una vez. Odiaba sentirse así, como si hubiera cometido algún crimen imperdonable y luchase cada día porque nadie se enterase. Reyes su único cómplice y Bego a cada segundo más cerca de cazarlos.
—¿Hoy no has tenido pesadillas? —murmuró esta, arrastrando las palabras.