7 En el espacio entre los dos #5
Mientras pedían y esperaban, él contempló distraídamente charlar a los otros tres.
Su novia parecía cómoda con los alcarreños (aunque ella siempre estaba cómoda con todo el mundo), y también emocionada.
Gon sabía que mantenían contacto estrecho de cara a futuros negocios, pero ahora no estaban hablando de trabajo, ni de miel, ni de velas.
Hablaban de lo que hablan los amigos, de todo y de nada.
¿Eran amigos? ¿Eran todos sus amigos también amigos de Reyes y Titi? ¿Desde cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué?
El camarero les trajo las bebidas, la carta y algo para picar; Nadia les envió la lista con lo que querían cada uno; el bar entero olía al armadillo asado que servían en los bailes de paso y a las especias con las que lo sazonaban.
Casi podía sentir en la lengua el crujido del caparazón al cortarlo, o quizá era el eco del tostadísimo torrezno que Titi mordía en aquel momento.
Eso le trajo el recuerdo de las patas del animalito aún adheridas a su escudo de queratina, pero, aunque Gon torció el gesto, nada lograría disipar el (para su desgracia) delicioso aroma.
Sin querer, sus ojos se cruzaron con los de Reyes, que le confirmaron que estaban en el mismo barco. «Podría ser peor», leyó en su encogimiento de hombros, así que Gon asintió, porque tenía razón. Podría oler a cadáver, o a establo, o a sangre.
A su lado, Bego enroscó el brazo con el suyo, tratando de incluirlo en la conversación, y él se dejó hacer.
Las 0:24 y acababan de subir al metro.
Gon se arrellanó en uno de los mil asientos libres, estómago lleno y boca dolorida de reírse.
Recla y Carol formaban un dúo cómico increíble, pero sumar a los alcarreños al circo había conseguido arrancarle más de una y dos y tres carcajadas.
Tampoco Bego se quedaba atrás, aunque su humor grupal era más sibilino, fugaz, de comentarios inesperados aquí y allá que detonaban toda una nueva ronda de risotadas.
Sintiendo los músculos de gelatina, miró sin ver a las dos chicas.
Normalmente Bego se habría sentado con él en vez de con Titi, aunque tampoco le molestaba el cambio.
Ahí estaban, hablando de sus futuras velas aromáticas, cómo no.
Discutiendo olores, etiquetas, tamaños, precios.
Durante la cena, Titi había confesado que aquel era un proyecto que llevaba años posponiendo, primero porque la empresa no era suya y segundo porque al propio Reyes no le entusiasmaba del todo la idea.
«A mí no me eches la culpa encima», se había defendido él, pinchándole la mano con el tenedor.
Ahora que había encontrado compañera de obsesión, una que no solo le alentaba, sino que además le daba cuerda, se la veía boyante. A Bego aún más.
Qué bien iban a dormir esa noche. Y encima esa semana Gon tenía turno de tarde, así que a la mierda madrugar, pensaba quedarse en la camita con su novia hasta mediodía.
A su lado, Reyes también las miraba, como siempre acodado allá donde terciara (esta vez, en el reposabrazos del asiento esquinero), un inicio de sonrisa asomando por encima del collar de su rompevientos. Fue por el cariño con el que lo hacía que Gon preguntó:
—Estáis juntos, ¿no? Titi y tú, digo.
Al instante, el chaval volvió el rostro hacia él, ladeando la cabeza como si quisiera captar el eco de sus palabras con el oído bueno, si bien sus ojos muy abiertos traicionaban que lo había escuchado a la perfección.
La carcajada vino después, escandalosa e incrédula.
También un poquito irónica. Por fin una risa solo para él; aunque no entendía a qué le debía tal honor.
—¿Juntos? —repitió, doblado en dos. Se reía como una hiena—. Titi y yo… ¡Oye, Titi! ¡Titi, oye! ¡Titi…! —O ella le ignoró o no le oyó, enfrascada en su conversación con Bego. El puchero de Reyes no duró mucho—: Bueno, da igual… No, no, Titi y yo solo somos amigos.
Gon resopló por la nariz.
—Ya, claro.
—¡Que sí! —ladró Reyes, dándole un codazo vago en el costado.
Con un gruñido, él se llevó una mano al golpe, pero ni protestó ni se lo devolvió.
Estaba demasiado cansado para eso. Aunque no era un mal cansancio.
Era… modorra, suponía—. La quiero más que a nadie, no podría quererla más como novia. Nos conocemos desde peques.
Le creía. Y también le daba una pizca de envidia. Mucha, para ser sinceros.
Gon no tenía amigos tan cercanos. De la infancia no le quedaba ninguno, y de su adolescencia solo Bego permanecía, a un tiempo mejor amiga y novia…
. Pero ella tenía sus propias amistades.
Él no. O, al menos, dudaba de que sus compañeros del FP siguieran considerándolo cercano.
¿Cuánto hacía que no quedaban? ¿Cuatro, cinco meses?
¿Y antes de eso? Sí, de tanto en tanto le decían de cenar con ellos, pero ya la última vez se había sentido un intruso.
Poco a poco, sin apenas darse cuenta, el Stardust había ganado la batalla.
Si todavía conservaba a Bego era porque vivían juntos. Y ni siquiera eso bastaba. Algún día ella se cansaría de esperar que las cosas mejorasen y se marcharía.
—Al final no me contaste el sueño del 25 —dijo entonces Reyes, bajando un poco la voz—. ¿Algo importante?
Por Dios, no. Con lo bien que iba la noche…
—Ah, nada. Un baile, sin más.
—Joe, qué morro… Te lo habría cambiado sin pestañear por el de anoche.
—¿Qué te tocó?
Con suerte, se liaría a contarle su recuerdo con todo lujo de detalles y se olvidaría del suyo. Pero su sonrisa se tambaleó.
—Rojo.
—¿Rojo?
Reyes desvió la vista antes de añadir:
—Nascente.
Oh.
—Joder… Vaya mierda. Lo siento.
Hubiera preferido no ver cómo se encogía de hombros, intentando desterrar el malestar. Una vez más Gon metiendo el dedo en la llaga por accidente. Empezaba a sospechar que Reyes Cisneros era una llaga en sí mismo, cada roce un siseo de dolor oculto bajo toneladas de sonrisas.
—No pasa nada —carraspeó—. Al menos paso poco tiempo allí.
Con un suspiro, Gonzalo reclinó la cabeza contra la ventana, ojos anclados en algún punto del techo. Notó a Reyes hacer lo mismo y su rodilla chocó contra la suya. Ninguno se apartó.
—En realidad no sé nada de Nascente —confesó Gon poco después—. Solo que despellejan gente y les encanta el rojo.
Lo vio hacer una mueca en el reflejo fantasmagórico del cristal.
—No quiero hablar de Nascente.
—Perdón.
—No, no es… —Arrugó la nariz—. Luego no son tan salvajes, y el sitio es bonito. Tiene sus luces y sus sombras, como todos los países y como todas las culturas. Supongo.
—¿Entonces?
Reyes volvió a encogerse de hombros. En el sucio y rayadísimo ventanal del vagón, su expresión no ofrecía muchas pistas. Contestó con otra pregunta:
—¿Sabes ya por qué invadieron Nazcar?
—Porque querían el rojo.
Respuesta rápida, inconsciente, de libro de texto.
Escanciada directamente de la mente de Kara.
A fin de cuentas, para el custodio ciertas cuestiones suponían simple cultura general, y, por lo tanto, no se detenía a pensar en ninguna de ellas, su cerebro un barullo de refranes, vivencias y prejuicios.
A Gon no le quedaba otra que ir conectando los puntos por el camino.
¿Y por qué cuestionarle? Nascente eran «los malos», punto.
Querían conquistar su reino, desollar a sus vecinos y quemar los Bosques de Miel.
No había grises, solo blanco y negro; solo Nascente y Panal.
Reyes no contestó, porque entonces el metro anunció su parada. En cambio, mientras se ponía en pie, dijo :