7 En el espacio entre los dos #4
Gon puso los ojos en blanco; Reyes bufó.
No se había tomado muy bien lo de convertir su cena de pesquisas en una celebración multitudinaria (lo había llamado «escurrir el bulto»), pero se había ablandado en cuanto había mencionado que también vendría Bego.
Con una sacudida enérgica, se deshizo por fin de su inseparable rompevientos amarilla y tomó asiento frente a él en la mesita esquinera del restaurante.
—Tenemos entonces… —miró el móvil— la friolera de veinte minutos antes de que Titi acabe de cerrar el puesto. ¿Cuándo llega Bego?
—Ya está en casa, así que puedo decirle que vaya viniendo. Vivimos a diez minutos.
—Lo sé —rio Reyes—. Somos vecinos.
Ah, cierto. Casi se le había olvidado. Quizá porque ponía muchísimo empeño en olvidarlo. Frunció el ceño.
—¿Creía que vivíais en Guadalajara…?
—No hemos venido para hablar de nosotros —soltó Reyes, mientras levantaba una mano para llamar al camarero, aunque contestó igualmente—: Es el piso de mi abuela.
Murió el año pasado y nadie nos lo alquila porque está hecho una pena, así que lo usamos cuando no nos apetece comernos el bus de vuelta a Guada.
—Oh, vaya. Lo siento.
—No pasa nada, estaba muy mayor ya. Casi fue más un alivio que un mal trago.
Y, sin embargo, mantuvo la vista fija en el móvil, sin teclear ni cambiar de pantalla.
Vaya puntería. Gon se sintió un poco culpable, así que se apresuró a avisar a Bego de que Titi se les uniría hacia y media.
Luego el camarero les tomó nota y Reyes dejó el teléfono bocabajo en un extremo de la mesa.
Su primer instinto fue empujarlo un poco más hacia dentro (¿y si se lo robaban?
¿Y si se caía y se rompía?), pero se quedó quieto, mirándolo.
Carcasa transparente y pegatina de una abeja redondísima, cómo no.
—Bueno… —carraspeó Gon—. ¿De qué querías hablar?
Eso pareció desterrar todo mal agüero, porque de pronto su rostro era pleno verano otra vez mientras volvía a encender el móvil y asentía, frenético.
—De Jez’bel.
—¿De Jez’bel?
—Sí, mira —aunque no le enseñó nada—, he estado pensando en que ella es la única persona que aparece recurrentemente en nuestros recuerdos. —Gon asintió—. Hasta he soñado con ella a solas, así q…
—¿Eh? ¿Y eso cuándo?
Reyes arqueó una ceja.
—Te lo puse en la escaleta.
—Uh —alcanzó a decir—. Aún no la he abierto.
Por lo visto, Reyes decidió ahorrarse el comentario sarcástico.
Quizá se lo había notado en la cara, o en la postura.
Lo de que se arrepentía genuinamente de no estar poniéndole tanto empeño como él.
No, arrepentirse no era la palabra correcta.
Tampoco sabía cuál era. «Tienes que empezar a poner de tu parte, Gon, o esto no va a terminar nunca», le había dicho un par de días atrás.
Quería hacerlo. Quería que se acabara. Y para eso tenía que esforzarse.
—En fin —sentenció Reyes, con voz al mismo tiempo contenida y seca. Él también se estaba esforzando, pero por no morder—. Creo que tendría sentido que también se hubiera reencarnado.
«Reencarnado». Gon se lo quedó mirando como el imbécil que era, desorientado. El camarero les trajo sus refrescos, él se apresuró a darle un trago a su Coca-Cola, Reyes frunció los labios, esperando otra discusión. Nunca llegó. En su lugar, Gon asintió.
—Es solo una teoría —reconoció Reyes, encogiéndose de hombros—. ¿No es ninguna de tus hermanas? ¿Primas? ¡O incluso tu madre de joven!
No pudo evitar reírse.
—Eso sería imposible.
—¿Por?
—Porque soy adoptado.
A lo largo de sus veintisiete años de vida, Gon había presenciado millones de reacciones diferentes ante una noticia tan simple como su adopción. Esa, ofendidísima, era nueva.
—¿¡Cómo te atreves!? —acusó Reyes, señalándolo teatralmente con el dedo.
—¿Perdón?
—¿Me estás diciendo que Jez’bel podría haberse reencarnado en tu hermana y no lo sabes porque decidiste ser adoptado?
—¿¡No lo decidí yo!?
Y aun así la protesta no le salió ni incrédula ni dolida ni furiosa, sino divertida.
Reyes sabía cómo moverse para que Gon distinguiera cuándo hablaba en serio y cuándo no, y en aquel momento rebuscaba en su móvil con el ceño fruncido y un bisbiseo afectado entre los labios que se parecía mucho a un «¿Será posible…
? Es que tengo que hacerlo todo yo… No me he sentado en todo el día, un día voy a salir por la puerta y se os va a comer la mierda».
Gon se mordió el carrillo para no sonreír.
—¡Me he pasado horas dibujando un mapa —se lo enseñó— y cotilleando en Facebook a todos mis antiguos contactos —también se lo enseñó— y a todos los tuyos de Instagram —ahí estaba su perfil— para que ahora tenga que ponerme a buscar también a tus padres biológicos!
Rio por la nariz.
—Si los encuentras dame un toque.
Al final, ambos rieron. Nadie había reaccionado así, bromeando.
Era un buen cambio. Era un soplo de aire fresco.
Resuelto, Reyes volvió al mapa, una foto medio borrosa de un folio con mil tachones a bolígrafo azul, y lo dejó entre ellos tal como Gon había dejado los bocetos de su hermana.
Su hermana Susana, la que no se parecía en nada a Jez’bel.
—¿Por qué iba a ser Jez’bel hermana mía en esta vida?
«En esta vida». No podía creerse que lo hubiera dicho en alto.
—No sé… —Lo observó delinear con el índice la larga frontera entre Nascente y Quin’Xa—. Siempre dicen que si alguien es muy cercano a otro lo conserva en la siguiente vida, ¿no?
—Entonces, ¿por qué te conservé a ti?
Reyes alzó la vista hacia él, pillado por sorpresa. Había abierto mucho los ojos, y no se movió ni un solo milímetro más, aún acodado sobre la mesa, mejilla apoyada en la mano en una postura que ya nada tenía de casual. Por supuesto, Gon carraspeó, removiéndose en el sitio.
—Me refiero a Kara —aclaró, aunque no hacía falta—. A por qué Kara conservó a René.
—A ver… —Reyes se irguió muy despacio—. Desde luego, cercanos eran. Quizá no como lo entendemos de normal, pero… Míranos. Nuestro primer impulso fue atacarnos. Seguro que lo heredamos de ellos.
Tuvo que reconocer la lógica de su argumento.
Jez’bel era… Jez’bel era el mundo entero para An’Ser Kara.
Su protegida, su mejor amiga, su futura reina.
En sueños, la lealtad y amor que sentía por ella no tenían fin, y ambas cosas le eran correspondidas.
Eran la unidad indivisible, principio y final, flor y miel.
René, en cambio… Ningún otro nombre habría encajado tan perfecto: Avispa.
Se colaba entre ellos, los forzaba a separarse.
En su último sueño sobre Jez’bel, ella le pedía que delegara los viajes en el An’Ser de la reina, angustiada por sus larguísimas ausencias.
Temía no ser capaz de encasquetarle la corona a otra princesa a tiempo sin ayuda de Kara, quien debía sonsacarle poco a poco al resto de custodios cuál de sus protegidas ansiaba darle una nueva camada de princesas al Panal.
Por primera vez en décadas de servicio, Kara se había negado. La seguridad de Quin’Xa era mucho más importante que sus deseos.
¿Que los deseos de quién?
Aunque Gon no había tenido ni voz ni voto en esa decisión, no pudo evitar pensar en el padre de Kara, el custodio de la predecesora de Jez’bel.
¿Qué opinaría él? ¿Habría priorizado también al Panal?
¿O le habría recordado que el deber de un An’Ser era para con su princesa?
Tenía la nariz tan grande como su hijo (como Gon) pero la piel ligeramente más clara, más rugosa, más dura.
En sus recuerdos, Kara siempre quería ir a visitarlo, y Gon se moría de ganas por que lo hiciera.
No quería preguntárselo, porque odiaría que notara la debilidad en su voz, pero…
—¿Los padres de René son los tuyos? ¿Son… Son las mismas personas?
Ahí estaba, la suavidad. En los rasgos de Reyes al mirarlo, al respirar hondo. A Gon le bastaría con saber si compartía padre con Kara, si podría usar sus sueños no para encontrarlo en la vida real, sino para tener algo de él. Ni siquiera le había dado un nombre.
—No —contestó al fin, con una dulzura que le supo amarga—. Mi madre nazcarena era muy diferente a mi madre de aquí. Y René tenía una hermana pequeña mientras yo tengo un hermano mayor. —Muy, muy dulce—. Solo yo soy igual.
Gon chasqueó la lengua, decepcionado.
Fue visto y no visto. Reyes alargó una mano hacia la suya, un movimiento instintivo, empático, pero a él no le dio tiempo siquiera a apartarla antes de que un escándalo con forma de Titi aterrizase sobre su amigo.
—¡No puedo más! —aulló, pegándosele como una calcomanía—. ¿¡Cuánto queda para el 31!? ¡Quiero librar! ¡Me merezco librar!
Al instante, Reyes y ella se enzarzaron en una discusión rabiosa pero inofensiva, dos caniches ladrándose el uno al otro mientras Bego lo saludaba con un beso en la mejilla. Un tanto confuso, Gon le hizo sitio en la banqueta.
—Has llegado pronto —seguía refunfuñando Reyes, echando una ojeada al reloj de su móvil—. ¿Qué tienes, un petardo en el culo?
—Ah, mis más sinceras disculpas por interrumpir vuestra cita, Su Excelencia —replicó Titi, sarcástica—. Cualquiera diría que no te alegras de verme.
—No es una cita —aclaró Gon. Tampoco hacía falta aclararlo.
—Te he visto hace quince minutos.
—Más bien me has dejado tirada hace quince minutos.
—¡Me dijiste que no te importaba!
—¡Ya, pero me gusta quejarme!
Gon y Bego se miraron. Ella sonreía, traviesa, así que él aprovechó para darle otro beso rápido. Ay, Bego y su obsesión por ayudar a la gente a cerrar…
—Hola, chicas, ¿qué os traigo? ¿Vais a cenar o…?
—¡Cenar! Pero vamos a ser siete.
—Oye, ¿les decimos a estos que nos vayan poniendo qué quieren y así lo tienen ya aquí cuando salgan?
—Venga, les mando un wasap.
—Para nosotros dos primero una cartita, que somos los nuevos.
—Marchando cartita. ¿Y de beber?