7 En el espacio entre los dos #3
—Pero en el espacio entre los dos solo soy yo; René ax Nazcar.
—Cerró los ojos un segundo, disfrutando de la música, o de la sensación de sus dedos entre los suyos, o de que fuera Kara quien lo guiase ahora a través del salón—.
Ni la Avispa ni el espía. No tengo que fingir.
Hacía… Ni siquiera recuerdo quién era antes de Nascente.
Kara lo contempló hasta que volvió a abrir los ojos.
—Pero yo formo parte del Panal.
—¿Y?
—Que también representas algo para mí. El peso sigue ahí.
René lo sonrió con la mirada.
—Al principio, quizá —contestó, suave—. Ya no.
Kara bufó y el baile lo arrancó de su lado.
Un duque rotó a su alrededor sin prestarle atención, demasiado ocupado en regresar junto a su dama; Kara se odió al reconocer esa misma avidez en su interior.
La pieza se acercaba a su cénit y quería desesperadamente que terminara antes de decir algo de lo que se arrepintiese (antes de que René dijese algo que lo avergonzase).
A fin de cuentas, toda avispa tenía su aguijón.
—¿En qué te basas? —espetó Kara en cuanto tuvo a mano su cintura, porque callar sería reconocer que se negaba a oír la respuesta.
—En que puedo oler una mentira a kilómetros y tú jamás habías mentido hasta nuestros dos últimos regresos.
—Yo no miento.
—¿Cómo llamas entonces a fingir ante tu reina que aún sospechas de mí?
Lo soltó como si quemase, con la virulencia de un jarrón estallando en pedazos, y aunque quedó petrificado en mitad del salón René no avanzó un solo paso más, sosteniéndole la mirada largamente.
A su alrededor, la música siguió sonando, el baile siguió su compás, dejándolos atrás, atrás, atrás.
Ojeadas curiosas, murmullos punzantes. René sonrió. Kara se sintió cazado y algo más.
—Jamás confiaría en una avispa.
Pero René fue un zorro cuando alzó la barbilla y olfateó el aire entre ambos, más astuto que el hambre y que el comer.
El custodio quiso esconderse en el centro del mundo, lo más lejos posible de esos colmillos que lo sabían, lo sabían.
La sangre huyó de su rostro cuando lo vio abrir la boca para decirlo, para decir que era mentira, que la olía clara como el día, que podría recolectarla directamente de sus labios si quisiera, pero el An’Ser de la princesa Arenna llegó antes.
—¿Nos concedería este baile, ax Nazcar?
La pieza había finalizado y Kara ni siquiera se había dado cuenta, todo sonido o color absorbido por el agujero negro que era la Avispa de Nascente.
Avispa que siquiera lo miró cuando asintió, solícito y elegante, extendiendo la mano hacia el otro custodio, quien se escurrió en el hueco entre ambos para apartarlo sin miramientos, como diciéndole que no acaparase al invitado de honor, que ya bailaría con él de camino a la frontera.
Así que permaneció allí varado durante uno, dos, tres segundos, horrorizado y abochornado a un tiempo, mientras la siguiente tonada arrullaba la sala.
El tacto de René le ardía como un trago de malamiel en las palmas, en cada punto donde las suyas lo habían tocado, y temió el momento en el que volvieran a encontrarse a solas, porque la Avispa podía leerle en cualquier idioma y en cualquier silencio y no estaba preparado para hablar ni para callar ni para nada aparte de encerrarse en sus aposentos hasta pudrirse.
Huyó del salón sin aire en los pulmones, rojo hasta la médula, ajeno a la mirada atenta de la princesa heredera en su nuca.
—Ah, no, en mi casa no damos regalos por Navidad —rio Reyes—. Cuando éramos pequeños sí, para que tuviésemos más tiempo en vacaciones de jugar con los juguetes nuevos, pero en cuanto crecimos mis padres lo pasaron todo a la mejor noche del año… La noche de —y le guiñó un ojo— Reyes.
«No te rías», se dijo Gon, justo antes de reírse. El otro sonrió, satisfecho.
—Eres lo peor.
—¿Peor que un envenenador enemigo?
—Peor que un envenenador enemigo.
Reyes rio de nuevo, esta vez un poco más alto.
Un poco menos contenido, un poco más parecido al ruido que se permitía soltar cuando bromeaba con Titi o Recla.
Todavía no le había preguntado por el sueño de anoche, solo por sus regalos y si a Bego le había gustado la vela, pero a Gon tampoco le importaba.
Mucho mejor hablar de regalos que de bailes en los que la Avispa de Nascente lo sabía.
Y Gon ignoraba qué «sabía» René, pero el pánico que había sentido Kara entonces seguía encallado en su pecho.
Le ponía incómodo, aquel recuerdo. Tenía la misma energía culpable que las curas en los campos de espliego.
Cuando Nadia les hizo una seña para que se dejasen de circos («el cierre no se hace solo»), Reyes se apartó de la barra mientras se estiraba, haciendo chascar varias de sus vértebras.
—Bueno…, pues nos vemos mañana.
—Pues va a ser que no. Mañana y pasado libro.
Su cara de sorpresa le resultó al mismo tiempo ofensiva y graciosa.
—Enhorabuena —respondió Reyes al fin—. Disfruta del finde.
—Ni lo dudes.
Y luego Reyes añadió:
—¿Te apetece quedar a comer alguno de los dos días? Y así me cuentas los sueños atrasados ahora que estarás más relajado con la vuelta al horario normal.
Lo último que quería era gastar un solo minuto de su primer fin de semana libre con Reyes Cisneros, no cuando podía pasárselo tumbado en la cama, saliendo a pasear con su novia, jugando a los videojuegos que le habían regalado o simplemente vegetando en el sofá.
Pero lo que dijo fue:
—Vale.
¿«Vale»? ¿Qué cojones?
Estaba tan sorprendido consigo mismo que no le dio tiempo ni a despedirse antes de que Reyes saliera volando por la puerta. Para cuando logró reaccionar, Nadia y el novato lo miraban, una con una ceja arqueada y el otro esperando pacientemente a que alguien le diese algo que hacer.
—Si no lo veo no lo creo —se burló ella mientras lo apartaba del terminal para explicarle al nuevo cómo cerrar caja—.
Hace dos semanas casi nos arrancas la cabeza por invitarte a cenar con nosotros y ahora mira.
—Gon puso los ojos en blanco—. Tú yéndote de cenita con Reyes Cisneros sin nosotros. Y a escondidas, encima.
—A escondidas no —protestó—. Es solo que… tenemos asuntos pendientes, sin más.
La miradita con la que contestó le sentó fatal. ¿Qué pasa, que iba a echarle en cara tanto si odiaba a Reyes como si lo toleraba? ¿Y qué mierda le importaba lo que hacía o no en su tiempo libre? Ni que fuese un crimen. Ni que también fuese su jefa fuera del Stardust.
Pero, cuando Recla le preguntó si tenía planes para el finde y Gon se calló que quizá quedaba con Reyes, se dio cuenta de que también quizá Nadia no iba tan desencaminada.
«Es por si acaso volvemos a acabar mal», se dijo. «No quiero que nadie tenga que elegir bando. Esto es solo entre Reyes y yo».
Eso era solo entre Reyes y él.
La vela de cera alcarreña olía a René.
No había otra forma de describir el aroma, y al principio Gon lo había creído otra alucinación más.
Olía incluso apagada, tan intensa que el piso entero parecía haber sido edificado en mitad de un prado de lavandas en flor.
Si cerraba los ojos volvía irremediablemente al instante en que la Avispa se había bajado los guantes para que él (para que Kara ) le aplicara la pomada de encina.
Y, aun así, lo prefería mil veces más que al hedor a cadáver, así que aprovechó aquella mañana milagrosa en la que ninguno trabajaba, los platos estaban limpios y todo olía a fantasía para retomar tiempo perdido con Begoña.
Se la pasaron dando vueltas en la cama hasta que el sol cruzó a otra habitación, cocinaron juntos una receta china que Susana le había enviado hacía meses y por la tarde se hincharon primero a palomitas en el cine y luego a hamburguesas en Gran Vía.
Se le había olvidado que la vida también podía ser así, pacífica y pausada.
Se le había olvidado lo bien que le sentaba simplemente pasear con su novia por Madrid, lo poco que le molestaba la marea de turistas cuando no tenía por qué sonreírles.
De madrugada, ya de vuelta en la cama, la vela apagada olía más que nunca. Gon dejó de besar a Bego un solo minuto para decir:
—Reyes me ha dicho de quedar mañana a comer o cenar, ¿te importa?
Ella frunció el ceño, su pelo rizado esparcido por la almohada como bronce ensortijado. No supo leer su expresión más allá de la sorpresa.
—¿Ahora sois amigos?
Se encogió de hombros.
—No. Pero tenemos un par de cosas en común, y…
—No hace falta que te expliques —sonrió, rodeándole el cuello con los brazos—. Me alegro. Oye, justo mañana Leti y yo vamos a ir a merendar… Si quedáis a cenar, ¿puedo unirme después?
Como el mundo parecía estar en contra de que Reyes y él quedaran a solas, Gon no tuvo otra opción que rendirse.
—Claro. Es más, puedo decírselo también a los del Stardust, para celebrar que hemos sobrevivido al horario infernal… Y Reyes puede traerse a Titi.
—Lo tienes todo planeado, ¿eh?
—Os debía una.
Bego sonreía tan amplio que se le arrugó la naricilla.
Ah, cómo la quería. El trabajo no le dejaba hueco para pensar en eso, en lo mucho que la quería.
Tampoco le sobraba mucho tiempo para ellos, y la última vez el hedor los había frenado (le había frenado a él ), así que estaba dispuesto no solo a continuar por el mismo punto, sino también a compensarla.
Así que la besó de nuevo, el olor a lavanda masajeándole los músculos hasta derretirlo en charco y sus manos entre sus rizos, bajo su camiseta, bajo las sábanas.
Ojalá todas las noches fueran así.
—Pues entonces tendremos que quedar otro día.
—Nos vemos todas las noches, Reyes.
—Los sueños no cuentan.
—No me refería a…
—¡Da igual! ¡Pocas me parecen para estar soñando recuerdos de otras vidas, ¿a ti no?!