Con la miel en los labios 7 En el espacio entre los dos #2
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7 En el espacio entre los dos #2

Y, aunque a él eso de actuar no se le daba muy bien, había perfeccionado su expresión de indiferencia hasta tal punto que ninguna de las miradas de reojo que se llevó mientras hablaban de murciélagos y comunismo duró mucho tiempo.

Ya estaba acostumbrado a ese tipo de comentarios, y mejor a puerta cerrada con un conocido que en la calle con un veinteañero que a saber qué escondía en los bolsillos.

Total, el racismo contra los asiáticos siempre había existido.

El Covid solo lo había encrudecido. Peor: le había dado un motivo.

Un nombre español no lo protegería de él.

Un nombre español jamás iba a protegerlo de otros españoles.

En ese preciso momento, un peso cálido se le subió de un salto al regazo, y antes de poder reaccionar una oleada de exclamaciones tiernas recorrió la mesa. Alcázar, ajeno al barullo, procedió a ronronear como un tanque de guerra en miniatura, exigiéndole mimos.

—Ese gato va a acabar levantándote al novio, Bego.

—Acepto la derrota. Es mucho más guapo que yo.

—Oye, Gonzalo, a los animales les gustas mucho, ¿no? Tulipán también se volvió loca contigo cuando te viniste a la playa el año pasado. ¿Nunca te has planteado ser veterinario? Porque si todavía estás en paro podrías…

—Ay, sería ideal tener uno en la familia, que cuestan un ojo de la cara.

—Soy barista en una cafetería del centro.

—¿Y con los ordenadores qué tal te llevas? Estamos buscando un informático con chino en nuestra empresa, con que te hagas el par de cursos que te pase el puesto es tuyo.

—Muchísimas gracias —contestó, rascando a Alcázar tras las orejas—, pero no sé chino.

—Vaya por Dios.

Gon se limitó a enmarcar la carita del minino entre las manos.

Sus enormes ojos dorados le recordaron a Reyes y al vídeo en que hundía la mano en el gelatinoso enjambre perdido.

¿Les gustaría él también a las abejas? ¿O no contarían por tratarse de insectos?

Aún no había visto a Kara cerca de ninguna colmena.

—¿Sabéis dónde se gana bien de pasta como veterinario? En Dubai. Los jeques se dejan millonadas en sus caballos.

Les dejó hablar. Les dejó diseñar su futuro sin preguntarle.

Después de todo, no pensaba aceptar ninguna oferta, ni se arrastraría a que le costeasen una carrera privada por la que luego tuviera que dar las gracias.

Se había metido él mismo en su pozo de mierda y él mismo saldría.

No quería caridad. Lo único que quería de los Lesmes era a Bego, y eso sería lo único que aceptaría.

Cuando aún entrenaba al equipillo de baloncesto no le había afectado tanto, ya que al menos podía presumir de ir avanzando poco a poco.

Lo habían escuchado, complacidos, viéndole como una futura máquina expendedora de entradas para la Liga Endesa, pero ahora ni siquiera eso le quedaba. Ahora solo era… camarero.

—Bueno —intervino por primera vez su suegra, zanjando el tema con un movimiento afectado, elegante, rico—, ¿quién va a querer lubina y quién lechal? Este año el tiempo nos ha dado un respiro y hemos podido usar el horno de leña.

Gon respiró hondo, aliviado, aunque sabía que no lo había hecho por él, sino por sí misma. A ninguno de los dos les gustaba que les recordasen que Gonzalo no daba la talla. Por eso no podía flaquear. Debía ser digno. Digno de Begoña.

Y, aun así, se permitió recostar la espalda contra la silla y cerrar los ojos un instante. Ya estaba, lo peor había pasado. Ya solo quedaba brindar, comer, sonreír. Brindar, comer, sonreír.

Cuando abrió los ojos, Bego le sonreía, blanda, y él le devolvió la sonrisa.

Al despertar del 25 de diciembre, ya bien entrada la mañana, Gon seguía oliendo las flores, el sudor del caballo, el polvo del camino. Aspiró largamente, llenándose el pecho de campo a pesar de tener la nariz enterrada en el pelo de Bego.

Con cuidado de no despertarla, se estiró para recuperar su móvil de la mesilla. Aún le quedaban un par de horas antes de tener que regresar al Stardust (bendito fuera el horario reducido de Navidad), así que volvió a tumbarse mientras cotilleaba en Instagram las cenas de sus amigos.

Respiró hondo. Todo olía a verano. Incluso por encima del aroma a asado de leña aún impregnado en la ropa arrugada en el suelo, incluso por encima de sus sábanas limpias, incluso por encima de la propia Bego: verano. Trigo y resina y malas hierbas.

Tenía dos audios de Reyes Cisneros. En el primero le deseaba Feliz Navidad con voz ronca, en el segundo le decía que, mira, que se volvía a dormir, que ya le contaría el sueño después. Y, como Gon estaba también aún medio dormido, le contestó que descansara.

Y luego se volvió para despertar con la mayor delicadeza posible al perezoso de las selvas madrileñas que era su novia.

Los bailes de paso siempre se celebraban la noche siguiente a su regreso al Panal, concediéndoles un mísero día de descanso antes de obligarlos a vestirse sus mejores galas y sonreír a invitados y princesas por igual.

Por suerte, Kara no tenía por qué acicalarse más que con su uniforme de etiqueta, ni siquiera tenía por qué danzar o charlar, pero desde su rinconcito del salón alcanzaba a ver la galería de pretendientes que peleaba por un hueco en el carné de baile de René ax Nazcar.

«¿En serio tenéis que hacer bailes para todo?», había rezongado este en su tercer regreso, heridas ya curadas tras trece días de camino y guantes oscuros pero traslúcidos, cosidos con abalorios en forma de diminutas libélulas iridiscentes. «¿También eso teníais que copiarle a las abejas?»

Aquella noche, Kara ni se había molestado en contestar.

Esa otra, ya el séptimo baile de paso que les tocaba sufrir, por fin empezaba a compadecer a René.

Y eso que no se le notaba el cansancio ni el hastío en el rostro, esplendoroso como siempre, su pelo largo recogido en una trenza tan floja que parecía llevarlo suelto y unos guantes tan transparentes que a primer vistazo Kara había creído que no vestía par alguno.

Quizá fue por eso, porque quería asegurarse de que René no montase un escándalo, que atravesó el titánico salón de baile con el corazón en la garganta y le tiró bruscamente de la muñeca para examinarlo de cerca.

A su lado, la condesa de Tesar escupió un improperio, ofendidísima, pero la Avispa enarcó una ceja, sonriendo con la mueca más sarcástica que le había dirigido hasta entonces.

—Si querías bailar, solo tenías que pedírmelo —ronroneó.

—No —carraspeó él, seco—. Solo estaba…

—Tarde.

Y, de un movimiento rápido, René se liberó de su agarre y lo empujó al lento molinillo de parejas preparadas para dejarse llevar por la siguiente tonada de violín.

Kara quiso resistirse, huir incluso, pero ya se encontraban en el ojo del huracán y eso habría llamado más la atención que rendirse.

René disimuló una risita; Kara disimuló un gruñido.

Hacía años que no bailaba y se notaba oxidado, torpe.

A René no pareció importarle. Ni siquiera aprovechó para humillarlo, sino que guio sus pasos con la sutileza de quien estaba acostumbrado a hacer creer a su pareja de baile que era ella quien llevaba la voz cantante.

Sonrió cuando Kara se adueñó del control por puro orgullo, poco a poco rememorando las rotaciones, las reverencias, el compás.

El mundo desaparecía y reaparecía según la coreografía los separaba o reunía, su mirada siempre en la suya y su sonrisa alargándose cada vez que lo cazaba vigilando de reojo sus manos.

—Creías que había venido sin guantes —acusó René, aunque sonaba a burla.

—Te vi capaz —contraatacó él, mientras un nuevo giro los obligaba a alejarse.

Los segundos hasta regresar a su lado se le hicieron eternos.

—No os apuréis, An’Ser Kara. Si algún día he de prescindir de ellos en vuestra presencia, me cuidaría de hacerlo en privado. —Inclinó la cabeza en una reverencia corta que Kara no logró discernir si formaba o no parte de la coreografía—. Como agradecimiento por rescatarme de la condesa de Tesar.

—¿En qué momento debería considerar un regalo verle las manos al envenenador de Nascente?

—En el momento en que todos quieren hacerlo.

La música los distanció una vez más y él aprovechó para tragar saliva, desestabilizado y confuso.

¿Qué insinuaba? Nadie querría verle las manos.

El Panal no funcionaba así. Y, sin embargo, durante aquel tramo silencioso en el que solo se intercambiaban miradas y susurros Kara distinguió cientos de ojos clavados en sus guantes cristalinos, en su cabello sanguinolento.

Cuadró los hombros, tenso. ¿Qué le estaba haciendo la Avispa de Nascente al Panal?

¿Y si aquel era su verdadero plan? ¿Destruirlos desde dentro, a base de bailes y sonrisas y promesas veladas de piel descubierta? ¿Tan débiles eran?

Cara a cara y René suspiró.

—Estoy deseando volver al camino.

Eso le hizo fruncir el ceño.

—Pensé que te gustaba estar aquí.

—Mm… No del todo.

—¿Por qué?

Una estrecha línea blanca decoraba sus párpados, los afilaba, potenciaba la sensación de compartir baile con un l’encanto de los mares lilas, aquellos que en las fábulas conseguían devorar reinas y larvas con solo pedirlo por favor.

René podría poner de rodillas a todo el Panal con solo pedirlo por favor.

Kara quería pensar que con él no funcionaría.

—Aquí todo el mundo tiene una idea de mí —respondió la Avispa—. Para algunos represento la paz; para otros, lo perdido en la guerra y lo que puede recuperarse. Para el resto, una amenaza.

René lo miró a los ojos y él se forzó a no apartar la mirada. Sonaba triste. Desolado.

—Y en Nascente solo soy una herramienta. Puedo darles perfumes o venenos, hijos con el rojo en la melena o al Panal en bandeja. Puedo ser lo más inofensivo o lo más mortífero que deseen de mí.

Quería que el baile terminase. Quería que parase de alejarlos y acercarlos, un tira y afloja de violines y roces. Quería que René parase de hablar y quería parar de querer escuchar.