7 En el espacio entre los dos
L levaba traje de chaqueta, zapatos relucientes y colonia cara.
Se había peinado el cortísimo cabello hacia atrás (idea de última hora tras comprobar que a Kara le sentaba de lujo), colocado los gemelos nuevos y llamado al Uber.
A su lado, Begoña parecía sacada del especial navideño de Vogue, con los rizos recogidos en un entramado de diademas brillantes, la gargantilla de piedras y los tacones de aguja.
El iluminador convertía su rostro en la máscara de una diosa griega, y su vestido drapeado no hacía más que potenciar esa impresión.
Como siempre, su novia olía a algo dulce a lo que Gon nunca llegaba a poner nombre ni quería.
Arreglarse tanto como para la gala de los Goya no impidió que el trayecto hasta la urbanización privada de sus abuelos políticos le pareciera el corredor de la muerte.
Los Lesmes se tomaban muy en serio las tradiciones cristianas.
No se saltaban ni una misa, rezaban antes de comer y cada fecha bíblica era celebrada con el debido respeto.
Según la propia Bego, no lo hacían tanto por verdadera fe como por aparentar, pero bien que su abuela le había retirado la palabra durante un año entero al mudarse con él.
«Vivir en pecado», lo había llamado, y a Gon le había angustiado tanto el tema que estuvo a punto de pedirle matrimonio por pura presión social. Bego se reía cada vez que se acordaba.
En realidad, le daba pena tenerle rabia a la familia de su novia, porque siempre habían sido muy amables con él. Amables de esa manera que tiraba más hacia la caridad de pega, de esa que se enseña en los colegios cuando se habla de donar ropa vieja a ONGs.
Mientras los padres de Bego vivían en un ático en el centro de Argüelles, sus abuelos paternos pasaban la jubilación en un chalet de cuatro pisos con jardín y piscina cuyo salón había sido decorado para aquella noche cual cuento de hadas navideño.
Y, como ya era su cuarta Navidad con los Lesmes, Gon no se agobió cuando una marabunta de rostros perfectos salió a recibirlos.
A fin de cuentas, como en la inmensa mayoría de familias de clase alta, la abundancia de hijos, tíos, primos, sobrinos y parejas era de esperar.
La primera hora no fue tan mala. Bego y él se limitaron a hacer la ronda de saludos (su abuela política le regaló un asentimiento satisfecho al verle «bien peinado»), hincharse a canapés y refugiarse en el corrillo de familiares más jóvenes (que no siempre actuaban como tal).
Aquella vez, la novia estacional de Borja no solo parecía maja, sino también normal; y Vega había abandonado su nonato negocio de cremas antiedad de leche de burra, por lo que no trató de venderles nada.
Charlaron del posible ascenso de Begoña, de los óvulos congelados de Jimena y de la intención de Pelayo y Sofía de «llenar la casa de retoños» a sus tardíos treinta años.
Por suerte, la manada de primos siempre había antepuesto su carrera profesional a formar una familia, así que Gon y Bego pasaban desapercibidos.
Aún tardarían tres o cuatro años en juzgarle por no hacerle un bombo a su prima.
A la segunda hora se sentaron a la larguísima mesa del comedor, donde los ibéricos, las ostras, el caviar y el marisco ocultaban hasta el último pedazo de mantel, y Gonzalo se sintió a salvo allí, en un reducto alejado del ojo del huracán que formaban los anfitriones.
Si le hubiesen puesto en la mesa de los niños lo habría hasta agradecido.
La pregunta del millón llegó en cuanto retiraron los entrantes, mucho más tarde de lo habitual, así que a Gon le pilló con la guardia baja y con la copa de vino contra los labios.
—Bueno, Gonzalo —sonrió Diana, la novia invernal de Borja—, ¿y tú de dónde vienes?
Por supuesto, el musculadísimo prometido de Jimena no perdió oportunidad de asentir, mostrando una hilera de dientes artificialmente rectos e incómodamente blancos:
—¡Llevo preguntándomelo toda la noche! ¿Qué eres, de Macao? ¿Hong Kong? ¿Singapur? ¿Japón?
No se le pasó por alto el suspiro agotado de Begoña.
Sí, Gon compartía el sentimiento. Frente a ellos, el resto de primos que ya se conocían la historia mantuvieron sus educadas sonrisas en el sitio, dejando que Gonzalo respondiera por sí mismo.
Todas las navidades el mismo rollo. Uno no podía escapar de sus raíces, ¿eh?
Y cada año la nueva fila de novios esperaba de él al protagonista mazado de Crazy Rich Asians.
—Soy de China —respondió aun así, con su voz de atención al público—. Pero eso es lo único que puedo confirmar, porque mis padres me adoptaron de muy pequeño, así que no sé nada más, lo siento.
Por supuesto, la conversación se había extendido como un resfriado por toda la mesa, atrayendo todas las miradas, y ahora su abuela política lo miraba con lástima.
«Proyecto solidario», decían sus ojos. El proyecto solidario de una pareja que no conseguía tener hijos y luego el de su nieta. Uno que ya estaba durando demasiado.
—¡Vaya! —exclamó Diana, encantada—. ¿Y no te has planteado irte para allá algún día? ¿A buscar a tus padres o para conocer tu país sin más?
Borja miró a su novia al instante, horrorizado, como si hubiera preguntado algo profundamente racista, pero, siendo sinceros, a Gon le había resultado bastante inocente.
De haber venido del propio Borja, en cambio, lo que habría oído sería: «¿Cuándo vas a liberar a mi prima de una vez?
». No era el caso. Diana parecía una chica como cualquier otra, así que le contestó como a cualquier otra:
—La verdad es que no. Mis hermanas también son adoptadas, y ellas sí decidieron recuperar lazos con China, pero a mí no se me ha perdido nada allí.
—Diana asentía, mostrando un interés genuino que le hizo sentir un poquito menos bicho raro—.
Ninguna de las tres ciudades que he visitado me han dado ganas de saber más.
Aquel suponía un nivel de conversación al que jamás había llegado con su familia política.
Aunque Gon les había traído suvenires de China a sus suegros, estos nunca le habían preguntado por su experiencia allí.
Sabía que, en el caso de él, era por miedo a decir algo desafortunado; en el de ella, simple desinterés.
—¿Por eso no usas tu nombre chino? —intervino de pronto Jimena, ojiplática. Ugh —. Porque por nosotros no hay problema, ¿eh? ¡Mira con Waltraud! Era alemán y todos aprendimos a pronunciarlo sin pegas, no necesitó ponerse Javi o algo así.
Gon sonrió, tirante. No era lo mismo. No era lo mismo un noviete alemán CEO de una eléctrica que un chaval chino becado. Ni siquiera si dirigiera una multinacional sería lo mismo. Y, sin embargo…
—No hace falta. Nadie me llama por mi nombre chino, tampoco mi familia.
—Ooh… ¿y cuál es?
Bego carraspeó, nada sutil, recordándole que no tenía obligación de contestar. Pero Gon prefería no agitar las aguas, así que lo hizo igualmente, con la misma sonrisa rígida:
—Rundong.
—¡Rundong! —coreó una emocionadísima Jimena, y toda la mesa se lanzó a repetirlo como relojes de cuco a medianoche—. ¡Qué bonito! ¿A que sí, abu?
—Suena muy señorial —afirmó la abuela, para su desgracia. Oh, no. Si les daba por llamarlo así no habría vuelta atrás—. ¿Qué significa?
Incómodo hasta la médula, se encogió de hombros. Si lo había sabido alguna vez, ya se le había olvidado.
—¿De verdad que no quieres que te llamemos así? —insistió Jimena, erróneamente entusiasta. La pobre creía que estaba siendo inclusiva—. ¡Es precioso!
—Ah, no, no, por favor —pidió él, sonriente. Sonriente y tenso—. Gonzalo está bien. El otro es solo el que me pusieron en el orfanato para poder dirigirse a mí.
Eso los calló de golpe. Lo cual fue, al mismo tiempo, un consuelo y un incordio.
Al menos, ninguno fue tan maleducado como para enunciar sus pensamientos.
«¿Tu madre ni siquiera te puso nombre?», le había preguntado su compañera de pupitre, allá en el instituto.
Lo odiaba, lo odiaba. Odiaba cómo lo miraban, buscando a contrarreloj algo que añadir que no sonase a pánico o a compasión.
Odiaba no haber entrado a la universidad para ganarse mil matrículas de honor como Esther con las que desviar la atención de su nombre, de sus orígenes, sus ojos, su lengua, todo.
¿De qué servía un huerfanito sino para demostrar que el esfuerzo daba sus frutos?
¿Que el pasado no determinaba el futuro?
Gonzalo no les servía de ejemplo y no sabían qué hacer con él.
—China es un mercado emergente.
Fue lo que se le ocurrió al tío de Begoña para «cambiar de tema» y Gon le dejó hacer, aprovechando para terminarse la copa de vino porque bien sabía Dios que lo necesitaba.
Aquella conversación sí solían tenerla todas las navidades, como si vivieran en 1880 y quisiera animarlo a emigrar a las Américas para hacer fortuna.
Así, su familia política pasó a hablar de lo mucho que compraban «los chinos», de la ley ya levantada del hijo único y, como no podía ser otra manera, del Covid.
A su lado, Bego abrió la boca para rugir, pero Gon entrelazó los dedos con los suyos bajo la mesa, dándole un par de apretones urgentes como si fuese un botón de apagado.
Funcionó: muy, muy despacio, ella pescó un dadito de queso con la mano libre y se dedicó a ahogarlo en la exitosa Miel de la Alcarria mientras se forzaba a desconectar de la conversación.
Años atrás habían acordado que se mordería la lengua con el Tema China y que le dejaría sortearlo como considerase oportuno, pero Gon sabía que le quemaba por dentro no tener libertad para defenderle.