Con la miel en los labios 6 Muertos, sangre y flores #8
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6 Muertos, sangre y flores #8

Sonreía ampliamente con su rompevientos amarilla, atendiendo a clientes uno tras otro porque todo Madrid quería su pedacito de Alcarria antes de Nochebuena, la urgencia mezclándose con los aromas del Mercado de Navidad.

Aromas que ya no pertenecían a su mundo sino a otro.

El olor a frío se convertía en verano, las castañas asadas en lavanda y el chocolate en malamiel.

Nada encajaba y, al mismo tiempo, todo encajaba.

Y Gon lo prefería al hedor putrefacto de un cadáver, claro, pero preferiría aún más oler lo que debería oler del mismo modo en que por fin la comida sabía a lo que debía saber.

Cuando Reyes lo localizó arqueó una ceja, pero ni lo saludó ni apartó la mirada.

La luz de ocaso del calefactor transformaba su silueta en lava volcánica y fragmentaba la miel de los tarros en miles de centelleos dorados, el puesto ahora un pedazo de universo irreal, meloso y cálido.

Mientras hacía tiempo buscando las palabras correctas, Gon paseó la vista por el expositor, por sus etiquetas y sus herramientas de apicultura.

Conocía todos sus nombres, todas sus funciones, aun sin haberlas aprendido de ningún libro.

Allí estaba el cuadro de colmena que había secuestrado su atención el primer día, la rejilla de propóleo, el ahumador antiguo, el par de cuchillos para desopercular…

Educado, Reyes aguardaba pacientemente a que empezase a hablar, así que habló:

—No me has mandado ningún audio hoy.

La sonrisa que esbozó no fue ácida, como habría esperado. Más bien sorprendida.

—Me dejaste bastante claro ayer que te interesaba poco y menos lo que recordase.

Pronunció esa última palabra con perfecta dicción, cada sílaba fuerte y clara, quizá retándole a llevarle la contraria. Gon no lo hizo. En su lugar, dijo:

—Tenías razón.

—¿Perdón?

—Que tenías razón. No llegué ni a probar la miel, todo empezó a oler a…

Torció el gesto. Reyes asintió, grave. Y también algo aliviado, si se guiaba por cómo relajó la espalda después, dejando escapar un largo suspiro congelado en vaho.

Así, justo así, se parecía más a la Avispa que nunca, y un pedacito de Kara debió de colársele en el pecho, pues su corazón empezó a latir a toda velocidad sin ningún motivo.

—¿Cuál era tu teoría? —preguntó Gon.

Reyes se encogió de hombros mientras trazaba con la yema del índice las hendiduras de un catador de madera.

—Que, según atamos cabos, los recuerdos nos llegan por otras vías.

Primero fue a través del gusto, la forma más directa de llamar nuestra atención; y solo si lo que tomábamos provenía del otro, para dejarnos claro el origen.

Luego vinieron los sueños, y ahora, pues…

—alzó la naricilla y olfateó el aire— esto, cada vez que nos encontramos.

Como con la basura de ayer. Va avanzando.

Él asintió. Entre ambos, como una tercera presencia, aquel ligero aroma a lana recién lavada y desinfectante de encina.

—Pero los sueños no se van.

—No —negó Reyes, volviendo a hundir la barbilla en el collar de su cazadora—, tenemos que verlos todos. Quieren que los veamos todos.

—¿Quiénes?

Lo miró a los ojos.

—¿Tú qué crees?

Silencio. Gon quiso protestar, aunque no supo a qué.

—Y a ti tampoco se te repite ningún sueño, ¿no?

—añadió Reyes entonces, cuidadoso, tan cuidadoso que reconoció en su voz aquel deje a cepo que René usara con Kara al pedirle el dichoso favor.

Un animal acorralado, unas fauces de hierro perforando carne y tendón, un arrullo para que confiase en él—.

Porque yo a veces sueño diferentes momentos del mismo día, posteriores o anteriores, pero nunca la misma escena.

Sabía a lo que se refería, así que volvió a asentir.

Incluso su muerte, a la que había regresado ya varias noches, nunca era su muerte, no exactamente.

Eran retazos de batalla, de crueldad, de desesperación.

Era la sensación de ligereza al ver su propio brazo seccionado sobre los cuerpos de sus compañeros, guantelete incluido, o la catarata roja manando desde el tajo.

No, Kara solo había besado el terciopelo una única vez y, por lo tanto, una única vez lo había soñado Gon.

—Vale —continuó Reyes—. Hasta ahora, mi recuerdo más antiguo es la llegada de René al Panal. ¿El tuyo?

Jez’bel llorando; Kara desorientado. Y, al final, el anuncio del zángano: «La Avispa, princesa».

—Igual.

La manera en la que esa otra Avispa lo miraba escondía algo. Tampoco supo el qué.

—La historia comienza con nuestro primer encuentro —explicó, extrañamente suave— porque es nuestra historia. Digo yo que, cuando termine, terminará también todo lo demás. Hasta entonces no nos queda otra que oler a muertos, sangre y flores.

—Pues vaya —logró mascullar Gon, y él rio.

—Ya…

Se quedaron ahí, muy quietos, al calor del calefactor. Gon debería irse, porque Bego lo esperaba en casa y Reyes tendría clientes que atender, pero su cuerpo no quería colaborar. Aún quedaban cosas por decir, asuntos que retomar.

—Entonces… —carraspeó—. ¿Qué soñaste anoche?

Al instante, Reyes se envaró. Ah, vale. Algo malo. Algo horrible, según sus dientes apretados y según se tironeaba del cuello de la chaqueta para respirar mejor. Y, sin embargo, contestó igualmente:

—Eh, pues… Algo bueno. —¿Oh?—. Nada que esclarezca mi futura traición al Panal.

—¿Un baile? —Sonrió.

A Reyes le encantaban los bailes de paso. A Gon le martirizaba saberlo.

—Podría decirse que sí.

No entendió la respuesta, al menos al principio.

Luego lo vio recolocarse un mechón tras la oreja, profundamente incómodo, y entonces comprendió.

Una oleada de vergüenza le picoteó las mejillas con saña.

Por supuesto que Reyes también reviviría esos recuerdos, esos que empezaban en el salón de baile y terminaban en alguna realera, esos de los que ni Kara ni Jez’bel jamás formarían parte.

—¿Y tú?

—Escarificaciones en los mares lilas —se apresuró a responder.

—¿Curas o…?

—Curas, sí.

—Esos son mis preferidos —murmuró Reyes, perdiendo toda rigidez de súbito, como cera derretida bajo el titilar de una llama. Su sonrisa volvió—. El de la abeja…

—Justo ese ha sido.

Sonrió aún más, ahora blando, melancólico. Después preguntó:

—¿Te vas ya para casa?

Muy a su pesar, Gon asintió. No quería irse. No quería enfrentarse a la familia de Begoña. Quizá por eso permanecía anclado al puesto de miel de Reyes Cisneros, deseando sin desear que siguiera reteniéndolo a su lado.

—Sí. En Nochebuena y Nochevieja cerramos antes.

—Entonces llévate esto —dijo, y se agachó para pescar una cajita bajo el mostrador—. Es nuestro regalito de Navidad para Bego. Si no tienes nada bueno para ella te dejo decir que ha sido cosa tuya.

Suspicaz, Gon recogió el regalo, envuelto con el mismo papel con el que embalaban sus productos. ¿Más miel…?

—Es una vela aromática —contestó Reyes, aunque nadie le había preguntado—.

Vimos en Instagram que le gustaba el asunto, y Titi llevaba ya meses con la idea de reaprovechar la cera de las colmenas, así que…

—Señaló el paquete con la barbilla—. Esa huele a espliego.

Si le convence, podemos planteárnoslo para el año que viene.

¿Que si le convencía? ¿Hacer de su mayor obsesión parte de su trabajo?

¿Ayudar a diseñar una línea comercial de velas aromáticas ?

Iba a volverla loca. De hecho, iba a destronar sin esfuerzo el regalo bien pensado (y bien ahorrado) de su propio novio.

Y Reyes debió de leérselo en la cara, porque se inclinó hacia delante como había hecho René allá en los mares lilas para buscar la mirada de Kara y decirle que había crecido esperando lo peor. Pero lo que dijo fue:

—Podemos guardárnosla para enero, si quieres.

Gon negó con la cabeza.

—No hace falta. Le va a encantar, gracias. ¿Quieres ponerle una notita de vuestra parte o algo?

—Nah. —Y rio—. Espero que a ti no te huela a nada raro.

—Con mi suerte, seguro.

Las risitas de Reyes siempre salían en pequeños bufidos, muy diferentes al estruendo de sus carcajadas.

De esas últimas Gon había oído muy pocas, normalmente en directos o mientras charlaba con Recla, o Titi, o Bego.

En resumen, con cualquiera menos con él.

Con él siempre parecía controlar cada sonido, gesto o palabra.

Antes había creído que así mantenía a raya el odio que le tenía.

Ahora empezaba a sospechar que se trataba de otra cosa.

—¿Te imaginas que la enciende y empieza a apestarte la casa entera a boñiga de caballo? ¿O a…?

De pronto, Reyes paró de hablar. Gon lo vio casi a cámara lenta, cómo desviaba la vista a un punto por encima de su hombro, pupilas dilatándose hasta comerse todo rastro de ámbar. Estuvo a punto de preguntarle que qué pasaba, pero cuando se giró para mirar ahí estaba.

La nieve.

Como cada vez que nevaba, Madrid quedaba suspendida en el tiempo.

Los copos aterrizaban sobre los tejaditos de las casetas del mercado, aún demasiado lechosos como para cuajar; y se refugiaban en las bufandas de los madrileños y en los gorritos de Papá Noel de los turistas, siempre coreados por los gorgoritos emocionados de los nenes y el silencio reverencial de los mayores.

El cielo blanquísimo, las primeras farolas encendidas, la nevada a cada segundo más espesa. Parecía un sueño.

—Me encanta la nieve.

Gon se volvió hacia él. Reyes había extendido el brazo para atrapar un par de copos que se derritieron en cuanto aterrizaron en su palma.

No olía a nada, solo a frío. Solo al mundo real, al mundo en el que vivían.

Al mundo al que debía regresar. No podía retrasarlo más, ni siquiera aunque la imagen de Reyes Cisneros decorado por el caer de miles de perezosos copos blancos le pareciera digna de conservar para siempre, para el siguiente Gonzalo.

—Tengo que irme —dijo, quizá demasiado brusco.

Reyes despertó del trance. Tenía las mejillas rojas de frío y los ojos brillantes de emoción.

—Claro —sonrió (suspiró)—. Feliz Navidad, Gon.

—Feliz Navidad .