6 Muertos, sangre y flores #7
Aun reticente, René obedeció, aterrizando con una gracia imposible teniendo en cuenta su aspecto. Kara desmontó con menos garbo y comenzó a rebuscar entre sus alforjas el estuche de curas.
—¿Qué vas a hacer?
—¿Tú qué crees? —Escaneó los alrededores, buscando…—. Siéntate allí, donde esa encina, y ve echándote esto.
Si sospechaba de sus intenciones, René se lo guardó para sí.
Solo aceptó la redoma de agua que el custodio le tendía y se alejó.
Los últimos ramilletes de espliego crecían a la sombra del árbol, tan cerca del tronco que parecían cobijarse bajo sus ramas, lugar donde Kara se reunió con la Avispa tras dar por fin con el estuche.
Sus caballos se entretuvieron mordisqueando hierbajos entre arbustos.
En silencio, si es que se le podía llamar silencio al concierto de enjambres, Kara tomó asiento también sobre una de las gruesas raíces y extrajo del estuche un par de guantes finos. René los miró, nariz arrugada y labios fruncidos en una tersa línea.
—No te has echado el agua —observó Kara.
Él negó con la cabeza, firme.
—Brema capital está apenas a dos horas. No hay necesidad de gastarla.
—Sí la hay. Los cortes te los hacen a cuchillo, pero las costras te las arrancan con las manos, lo que aumenta el riesgo de infección. Lávatelas.
«Y dale con el desprestigio contra las manos…
» fue lo que rezongó la Avispa antes de ceder de nuevo y abrir la redoma.
Primero bebió, eso sí, lo que a Kara le habría sacado una sonrisa si no siguiera achantado por la ferocidad de las escarificaciones.
Todavía quedaban esquirlas de costra pegadas en los bordes, como sedimentos de un río de hierro, pero una lámina transparente revestía por entero la herida en sí, señal de que empezaba a sanar.
Por supuesto, el agua se la llevó. No podían permitir que se cerrase con polvo dentro.
Kara aprovechó que René estaba centrado en lo suyo para cambiarse de guantes.
Dejó a un lado su par de cuero negro y, siempre atento a que el otro no mirara, se enfundó los medicinales, de tejido duro pero flexible y ajustados, perfectos para coser cualquier parte latiente de un cuerpo humano sin torpeza.
René no necesitaba puntos, pero antes la muerte que mancharse los guantes de montar con sangre de avispa.
Esos, al contrario que los medicinales, no eran desechables.
—¿Ya?
—Sí —asintió René, rígido, mientras lo observaba extraer una tarrina opaca del estuche—. ¿Qué es eso?
—Pomada antiséptica. Cicatrizante. Actuará como una costra y ayudará a que la tuya crezca más rápido.
—¿De qué está hecha?
—No se me permite decírtelo. Hasta donde sabemos, Nascente no tiene la receta.
Por alguna razón, aquello le sacó una sonrisa. Genuina, vivaz. Contrastaba con la carne cruda de sus escarificaciones incluso más que el rojo de su pelo contra el malva del espliego. René ax Nazcar entero era una herida abierta en mitad de Quin’Xa.
—Pues enseñársela a su mejor envenenador no es la idea más brillante de tu repertorio, An’Ser Kara.
—Se inclinó hacia la tarrina, ojos entornados pero animados—.
Huele agria y es verde, pero no parece melosa, sino grasa.
Yo diría que tiene un poco de encina —señaló al árbol a su espalda con la barbilla— y también un poco de…
—Calla —le cortó, hosco—. ¿Quieres que te la ponga o no?
René se mordió el labio inferior, visiblemente contrariado.
—¿No puedo ponérmela yo mismo?
—No. No me fío tanto de ti.
Uno, dos, tres segundos más de silencio.
Quizá casi un minuto completo. Luego suspiró y adelantó el brazo izquierdo palma arriba, piel expuesta al sol como una ofrenda.
Sus venas se entrelazaban con tatuajes y escarificaciones en una enredadera verde y roja.
Con cuidado, Kara le bajó el guante un poco más, descubriendo los primeros centímetros de palma, el tendón fino de su muñeca, antes de apoyarse su mano en la rodilla.
A sus pies, el agua derramada había formado un diminuto charco de barro que comenzaba a atraer toda clase de insectos.
No había ni empezado a aplicar la pomada cuando ocurrió.
Por puro acto reflejo, René trató de espantarla de un manotazo, pero Kara fue más rápido, apresando a tiempo su muñeca libre con una fuerza fruto de la urgencia.
No tuvo que explicarse, porque entonces el cuerpo de la Avispa se tensó de arriba abajo y quedó inmóvil, más de lo que jamás lo había visto, pupilas tan dilatadas que apenas quedaba dorado en sus ojos.
—Shh —le chistó Kara igualmente—. No la asustes.
La abeja continuó a lo suyo, posada sobre una rojísima mota de tinta.
Confusa pero curiosa, se dio un paseíto por el antebrazo de René, siguiendo con sus patitas minúsculas uno de los senderos escarlata.
Él irradiaba emoción contenida como el sol calor a media tarde, y a Kara le pareció que temblaba mientras se inclinaba para estudiarla de cerca.
—¿Por… por qué…? —logró susurrar, sin apartar la mirada.
—Es por el color. Registran el negro como amenaza, así que se habrá acercado a comprobar que no soy un oso. —René sonrió, pero muy poquito, como si tan solo ese mínimo gesto pudiera espantarla—. Y tú, pues…, vistes de claro, no te ven como un peligro.
—Entonces, ¿por qué está conmigo y no contigo?
—Se habrá distraído con el rojo.
Por fin, la Avispa lo miró a los ojos, divertido y suave a un tiempo. A esa distancia, Kara podía distinguir hasta las mil variaciones de violeta en su pómulo, tan diferentes al del espliego que los rodeaba.
—¿Me ha confundido con una flor? —preguntó, la risa bien audible en el susurro.
—Algo así.
No se atrevieron ni a respirar mientras la contemplaban recorrer su antebrazo de arriba abajo, antenas vibrantes y alas constantemente a punto de despegar.
Siempre parecía encontrar algo más de interés, otra línea escarlata, otro rubí de tinta, y aunque Kara lo notó ponerse rígido cuando se acercó demasiado a la escarificación, René no hizo intento de liberarse del férreo agarre de sus dedos.
Se preguntó si sería una señal. Si la abeja lo estaría marcando centímetro a centímetro, adueñándose los trazos rojos de un reino que las odiaba.
Si eso significaba que nunca había sido avispa, que nunca había sido más que René ax Nazcar.
Quizá le estaba dando la bienvenida. Quizá aquello era un mensaje para el custodio y no para la Avispa.
—Te dije que eran peluditas —rio René por lo bajo, mitad maravillado mitad burlón.
—Nunca te lo negué.
Era increíble, cómo el zumbido de mil colmenas se tornaba silencio al acostumbrarse.
La abeja cruzó la escarificación de un saltito, como sabiendo que dolería, y René aspiró aire rápido entre dientes, sobrecogido y conmovido.
Sí, era un mensaje. Tenía que serlo. Pero, aunque no lo fuera, Kara aún se debía a su palabra, así que se puso manos a la obra con cuidado de no espantar a la invitada de honor, que ahora trepaba por un largo mechón cobrizo.
Si la pomada escocía o ardía al contacto, René se encargó de que ni uno ni otra lo supieran.
Como siempre, en realidad. Todo un experto en guardarse el dolor.
—¿Seguirías haciéndolo?
—¿Hm?
—Si realmente te estuviera apaleando cada vez que regresas a Nascente, ¿seguirías dispuesto a traicionarlos?
René le sostuvo la mirada, de pronto serio.
—Kara, es al revés. Vine preparado para ello. Pero en cambio tuve que obligarte a hacerme daño.
Cuando apartó los ojos, René los buscó de nuevo. No necesitó preguntar, porque Kara contestó igual:
—Suena a que no doy la talla como custodio.
—No —negó él, blando—. Suena a que yo he crecido esperando lo peor.
No dijeron nada más hasta que la abeja, decepcionada por no haber encontrado una nueva fuente de néctar, echó a volar con un zumbido perezoso de vuelta a los mares lilas.
Bajo sus finos guantes medicinales, la piel de René era cálida y suave, casi líquida, y Kara no pudo evitar preguntarse cómo sería tocarla con las manos desnudas.
Lo primero que sintió al oír el despertador fue alivio: el hedor se había ido.
Lo segundo, incomodidad: algo en ese último sueño le daba mala espina.
No sabía lo que era, solo que acababa de notarlo por primera vez; una sensación de vergüenza, de intimidad rota, como si hubiera estado espiando tras la encina en lugar de soñando (recordando) en su cama.
Lo cual, en realidad, era estúpido, por un lado porque en los sueños él era Kara y por otro porque el simple acto de curar a un espía poco tenía de privado.
Que el corazón del custodio se acelerase a cada toque de piel tatuada tenía más que ver con el tabú que con el propio René, al igual que la tensión en sus hombros o el cómo lo miraba de madrugada en las posadas, cuando la Avispa ya dormía y su cabello era un charco de sangre sobre la almohada.
El ardor en la garganta al verlo bailar con otros custodios, princesas o nobles ilustraba su temor a que los traicionase y el nudo en el estómago al verlo mutilado a manos de los Gemelos solo la empatía básica de todo ser humano.
—¿A qué hora sales hoy? —murmuró Bego, aún medio dormida, pegada a él como un segundo pijama.
—A las cinco.
Bego dijo algo más, aunque Gon no logró descifrarlo, así que sonrió y le dio un beso breve antes de levantarse.
El 24 de diciembre a las cinco el cielo estaba blanquísimo y Reyes guapísimo.