6 Muertos, sangre y flores #6
—¿Librar de qué? ¿A qué te refieres?
—Mira, dime a qué huele.
—¿Cómo que a qué huele?
—Sí, ahora mismo, ¿a qué huele?
Su primer impulso fue negarse. El segundo, obedecer, por eso de que no quería discutir otra vez con Reyes y llegar a casa molesto y angustiado.
Así que aspiró hondo por la nariz, esperando llenarse los pulmones del típico aroma a café demasiado dulce y leche derramada que normalmente flotaba en el Stardust. Sin embargo, lo único que distinguió fue un leve regusto a polvo, no de libro viejo sino arenoso, del levantado en el campo tras una carrera a mediodía en pleno verano.
Se encogió de hombros bajo su atenta mirada.
—A nada en especial. Polvo, si eso.
Los labios de Reyes esbozaron una sonrisa ladina, como si lo hubiera cazado en una mentira.
—¿Y no debería oler a basura?
De pronto mudo, Gon bajó la vista hacia la bolsa abierta. En su interior, un revuelto de sándwiches pasados, bollería a medio comer y restos masticados, escupidos, desechados. Sí, debería oler a mierda. Debería oler a cualquier cosa menos a espiga y ribera.
—N-no sé… Estaré resfriado.
Reyes entornó los ojos.
—Tienes que empezar a poner de tu parte, Gon, o esto no va a terminar nunca.
No le dejó replicar. Lo que hizo fue cerrar la basura de un tirón brusco a las asas y marcharse directo a por Titi.
A cinco minutos del cierre, uno y otra salían del local, charlando como si nada, sus voces adquiriendo la consistencia del vaho en cuanto la puerta automática les abrió paso. La ráfaga de aire frío que ocupó su lugar le erizó entero, pero no logró deshacer el nudo de su estómago.
Los diez días de vacaciones de Bego habían comenzado a mediodía, así que cuando Gon llegó al piso esa noche se la encontró vibrando como un avispero, sonriente y emocionada y llenando cada rincón con las decoraciones navideñas que ambos habían rapiñado de casa de sus padres.
Eran adornos que ya nadie quería, y se distinguía cuáles pertenecían a cada familia a simple vista.
Allí estaba el diminuto ciervo blanco de plástico con el que Gon había estado obsesionado de niño, y a mitad de pasillo la serpentina que imitaba una frondosa enredadera de muérdago y musgo que antaño había decorado la habitación de su novia.
Y, aunque aquel piso era demasiado pequeño como para contener todo cuanto la caja de Navidad guardaba, Bego lo intentaba cada año con más ganas.
En ese momento, por ejemplo, colgaba una estrella plateada del telefonillo del portal.
Gon sonrió. Estaba en casa. Estaba en casa, Bego de vacaciones, en dos días terminaba el horario infernal y había un arbolito de Navidad en una esquina del salón, sus luces intermitentes coloreándolo todo de azules, verdes, rojos, dorados.
—¡Tachán! —le saludó ella, ya en pijama y con el pelo aún mojado de la ducha—. ¡Sé que odias colgar adornos, así que quería haber terminado para cuando llegases, pero me he entretenido con…!
—Gracias —le cortó él, tirando de cualquier manera la bandolera sobre el sofá para acercarse a darle un beso. Bego tenía la cara llena de purpurina desprendida y tres estrellas más entre los dedos—. Aunque no hacía falta, ya sabes, me gusta poner las cosas contigo.
—Yaaa, pero como este año estás hasta arriba…
—¿Y has podido mover el sillón tú sola?
—¿Qué te crees que soy, una hormiga?
—No es el mejor ejemplo en este caso.
—Oye, que no me hagas bullying, ¡encima…!
Intercambiaron pullas en lo que Gon se desabrigaba.
La calefacción central siempre le golpeaba como una bofetada nada más entrar, pero a los dos minutos ya agradecía con toda su alma no regresar del infierno a un cuchitril congelado.
Estaba tan a gusto que ni siquiera le importó que Bego tuviera puesta una playlist de villancicos, o que la serpentina de muérdago le recordara que en veinticuatro horas se vería encerrado con su familia política.
Así, marchó a ponerse el pijama al mismo ritmo perezoso de Blanca Navidad, y al volver un espeso aroma púrpura cubría el salón como una mantita calentita.
Ah, ese era nuevo. Y no había otro modo de describirlo: púrpura.
Intenso pero no pesado, presente pero no agobiante.
¿Lavanda? No, no era temporada de lavanda, aunque olía justo a eso…
—¿Has comprado otra vela?
Bego dejó de intentar anudar un lazo al asa de la nevera y se giró hacia él con una sonrisita culpable.
—Sí… ¿Te gusta?
Ah, su novia y las velas aromáticas, menuda historia de amor.
Negando con la cabeza, Gon la encontró junto a la TV, camuflada tras el belén de madera.
De haber estado un pelín menos cansado, quizá se habría dado cuenta antes de que el aroma no se intensificaba según se aproximaba.
Sin embargo, sí que se sintió bastante confuso cuando la etiqueta, ilustrada con un colorido mercado navideño, le dijo que olía a vino especiado, muérdago y avellanas tostadas. Porque no, no olía a eso. Ni de coña.
—Cuidado no te vayas a quemar —rio Bego al verlo acercarse la vela a la nariz.
Lo primero que pensó fue que la tienda se había equivocado. Que habían derramado por accidente cera de lavanda en el vaso que no era, o que no habían logrado acertar con la mezcla. Pero su novia era el Sherlock Holmes de las velas y, si alguna no olía a lo prometido, lo sabía.
«¿Y no debería oler a basura?»
Se quedó petrificado ahí mismo, ojos fijos en la etiqueta y sus casetas nevadas.
Muy despacio, volvió a dejarla en su sitio para escanear el salón.
Ah, allí estaba: el tarrito de miel favorito de Bego, ya casi agotado.
Aparecía en lugares del piso cada vez más extraños, y empezaba a sospechar que su novia lo hacía adrede, intentando sacarle alguna sonrisita.
Por suerte, ella había retomado su misión divina de colocar hasta el último de los lazos de purpurina en la cocina, así que Gon aprovechó aquel momento de intimidad para abrir el tarrito y desear que oliese simplemente a miel. A insoportable, dulcísima miel.
Todavía tardó un par de segundos en notar el cambio.
Un cambio que no procedía de la vela tras el belén ni de la miel bajo su nariz.
Poco a poco, la lavanda fue pudriéndose en su interior, pisoteada primero por un fuerte olor al humo de una mecha apagada y luego a azúcar quemado.
Al final, un hedor innegable, empalagoso y dulzón se le pegó al paladar, forzándolo a respirarlo sin remedio, sin lugar al que huir.
La angustia le trepó costilla a costilla cuando por fin ubicó el olor, el recuerdo de una sala helada y un cadáver.
René ax Nazcar alzaba un escalpelo y de su filo cobrizo caía una sustancia con la consistencia del sirope de fresa.
Toda la estancia hedía a muerte. A muerte, descomposición, frío y miel roja.
Con la náusea en la garganta, Gon se apresuró a cerrar el tarro, pero el hedor ya no se fue.
El hedor siguió allí mientras cenaba, mientras se lavaba los dientes, mientras Bego se cernía sobre él en la cama. Sus rizos olían a cadáver en lugar de a jabón y sus besos a tumba, a insectos que comían carne muerta y a tierra empapada de restos.
—Espera —gimió, apartando el rostro para intentar respirar aire limpio. No funcionó, claro. Cada bocanada era peor que la anterior.
—¿Qué pasa? —Sonaba preocupada. En la oscuridad del dormitorio, Gon no podía distinguir su expresión, aunque sí notar sus manos acariciándole el pelo, la mejilla, la frente—. Ay, Gon, estás ardiendo. ¿Has pillado frío?
Negó con la cabeza, pero no quiso decirle que no, que no había pillado ningún resfriado, que lo que había pillado era una puñetera maldición que no le dejaba ni besar a su novia sin querer vomitar.
Chirriando los dientes, Gon cerró los ojos con fuerza y la abrazó, esperando no tener que explicarse.
Cuanto antes se durmiera, antes se iría el olor, ¿verdad?
¿Verdad?
Se había prometido no meterse en los asuntos personales de la Avispa, primero porque no era su lugar y segundo porque no le interesaban.
Jez’bel y él miraban a otro lado cuando lo pescaban charlando amigablemente con otras princesas, fingían no ver los guantes cada vez más provocativos que había popularizado entre la clase alta, se mantenían al margen en los bailes.
Bailes que ahora se sucedían cada veintiséis días, el Panal recibiendo con champán y malamiel a una Avispa que, a pesar del cansancio del viaje, se prestaba a bailar del mismo modo en que se prestaba a morir.
Pero para eso aún quedaba una semana. En ese momento, atravesaban a caballo los infinitos campos de espliego.
Mares lilas, los llamaban. Minas de oro azul.
Allá donde alcanzara la vista redondos ramilletes lo cubrían todo, filas y filas de flores espigadas como soldaditos en guardia.
Conquistaban los pueblos, los montes, los senderos; un mundo malva bajo el azulísimo cielo de verano.
René llevaba horas sin hablar, bebiéndose el paisaje con los ojos, escuchando con devoto respeto el zumbido de millones de abejas.
Un único eco para un único color. Por encima del trino de los pájaros, por encima del rumor del río, de los cascos de sus monturas: las abejas.
Solo el dolor conseguía sacarlo del trance.
Kara no había necesitado preguntar qué le habían hecho los Gemelos en esa ocasión, porque nada más partir René había vuelto a bajarse los prietos guantes opacos hasta las muñecas para cuidarse del roce las escarificaciones reabiertas.
Y, sin embargo, nada podía impedir que el aire azuzara de tanto en tanto la capa con la que se escudaba del polvo.
El siseo que se le escapaba entonces le producía tal dentera que la sentía hasta en el tuétano de los huesos.
—Para —gruñó esa vez Kara, mientras se estiraba para arrebatarle las riendas—. Bájate.
—¿Perdón?
—Desmonta.
—¿Para qué?
—Tú hazlo.