6 Muertos, sangre y flores #5
No dijo nada mientras René repetía el proceso con el otro, revelando también la última marca grabada en su antebrazo.
—¿Contento? —espetó, extendiendo ambos brazos frente al custodio.
Para nada.
—Es… —carraspeó él, incapaz de apartar la vista—. Estás sangrado.
—Son escarificaciones. —Y se encogió de hombros—. Cicatrizarán por sí solas.
Rígido (espeluznado), Kara alzó la mirada para buscar la suya. René no se la devolvió, sus ojos fijos en la profunda incisión que ahora interrumpía los anillos de tinta. Carne abierta, cruda, expuesta. Un río rojo abriendo un valle entre montañas.
—No es como las otras marcas.
—No —concedió René—. El resto son tatuajes, se hacen con tinta. Esta ha sido a cuchillo.
—¿No te duele?
—¿Tú qué crees? —siseó, por fin mirándolo a los ojos. El ámbar de sus iris hervía, borboteaba de rabia y algo más—. Aquí no puedo quitarme los guantes ni aunque se me peguen a la herida y allí ni siquiera tengo permitido curarlas.
Silencio. Ni una pizca de brisa arrullaba los kilómetros y kilómetros de espliego que los rodeaban, sus flores aún cerradas tiñéndolo todo de un verde desvaído.
La próxima vez que atravesaran aquella comarca, el verde habría dado paso al intenso color púrpura del que tomaba su nombre.
Hasta entonces, el sol los observaba atentamente, caldeándoles la nuca sin piedad.
—¿Significan que confían en ti?
René respiró muy hondo.
—No lo sé —confesó tras unos segundos, girando un brazo para estudiar el recorrido íntegro del corte—, nunca he visto este grabado. Puede ser tanto condecoración como amenaza.
Kara se ahorró el preguntarle si es que los Gemelos no le compartían el significado de sus marcas. Estaba claro que la Avispa, aun crecido y criado en las entrañas de Nascente, aún tenía demasiado de abeja como para ganarse una explicación.
Lo contempló en conjunto: el violeta de los golpes recientes y el amarillo de los viejos, la sangre nueva de las escarificaciones y la seca del labio partido.
Los guantes y los tatuajes, el idioma y el acento.
Todo él era una oda a la desesperación, a los límites de la lealtad y la traición, y solo entonces comprendió An’Ser Kara que nadie, absolutamente nadie, estaría tan dispuesto a vender su propia piel en nombre del Panal como René ax Nazcar.
Ojalá fuese verdad. Quería creer que era verdad, que podía confiar en él.
Quizá fuese verdad. Quizá debería confiar en él.
E incluso si no debiera, si en realidad todo era mentira y los Gemelos habían devorado hasta la última de sus raíces nazcarenas, quizá Kara podría recuperarlo.
Recolectar lo que quedara de abeja en su interior, arrebatárselo a Nascente como Nascente se lo había arrebatado a ellos.
Y eso empezaba por tratarlo como tal.
—A la siguiente villa pararemos en el sanatorio.
René lo miró, confuso.
—No me… No puedo curarlas, es parte de…
—Te han pedido que finjas ser parte del Panal, ¿verdad?
Pues finge. —Y tiró de las riendas de su caballo para despejar el camino—.
No tienes por qué seguir sus tradiciones, no frente a nosotros.
¿Qué clase de traidor conservaría las costumbres de la nación que desea ver en llamas?
Yo sospecharía de sus verdaderas lealtades.
Pudo distinguir el momento preciso en que René lo entendió por cómo abrió los ojos, atónito, aunque sobre todo por la exhalación ahogada que se le escapó, como si no se atreviese siquiera a contemplar la posibilidad de emplear su propia farsa a su favor.
—Para ellos sigo siendo nascente —susurró poco después—. Si descubren que me las he tratado, lo pagaré caro.
—Lo habrías pagado aún más caro de rechazar el ofrecimiento de An’Ser Kara. No podías permitirte que desconfiase aún más de ti.
Kara había esperado que sonriera. Que le diera las gracias, que retomara el paso con un canturreo o se burlara de su amabilidad.
Pero no que lo mirase con la cautela de la presa, tratando de encontrar la trampa.
Por alguna razón, que dudase de él le dolió.
¿Era así como se sentía René de continuo, frustrado y descorazonado y triste? ¿Impotente?
Con un carraspeo, Kara azuzó a su caballo para ponerse en marcha y:
—Vamos. Cuanto antes lleguemos, antes te vendarán. Pero cúbretelas mientras, aunque sea con la capa. Es más difícil tratar una infección que una herida.
No se molestó en comprobar si obedecía, aunque poco después el crujido de cascos contra tierra le dio la respuesta.
Cuando René lo alcanzó, llevaba echada la capa que reservaba para las tibias madrugadas al raso como un chal.
Tenía una pinta horrible y, sin embargo, no había perdido un ápice de esa elegancia y orgullo de los que hiciera gala aquel primer baile, con el blanquísimo xamar decorándolo. Quizá porque los llevaba en la sangre.
Si la Avispa lo cazó mirando, no dijo nada.
De hecho, no dijo nada hasta caer la noche.
Reyes Cisneros pasó a formar parte de su vida tal como lo haría un dolor crónico: al principio inconsolable y luego invisible. Rutinario. Siempre estaba ahí, ruido de fondo, y desahogarse con sus compañeros o con Bego nunca funcionaba porque ellos lo adoraban.
Cada mañana, por Instagram, se informaban el uno al otro de sus sueños.
Gon escribía escueto y al grano; Reyes enviaba audios larguísimos con todo lujo de detalles.
A veces, mientras lo escuchaba en el metro, le parecía que el vagón se llenaba de los aromas del recuerdo susurrado en su oído.
Nunca soñaban lo mismo a la vez, pero sí consiguieron localizar algunas escenas en común.
La tarde del 22, además, Reyes le mandó un listado con los sueños ordenados cronológicamente.
Y, aunque no habían vuelto a quedar para comer, Reyes aprovechaba que el Mercado cerraba una hora antes que el Stardust para plantársele allí todas las noches sin falta.
Gon quería creer que la rutina desaparecería en cuanto volvieran al horario por turnos, pero había algo en la forma en que el chaval cruzaba las puertas, exclamando un «¡Ay, os he pillado cerrando, lo siento!
» para presionar subconscientemente al resto de clientes a marcharse («efecto oveja», había dicho la primera vez) que le hacía pensar que ya jamás conseguiría librarse de él.
Luego se acodaba sobre el mostrador para pedir su chocolate de brownie («Se te van a picar los dientes», «Pues suerte que puedo permitirme unos nuevos, ¿no?
») y, si Gon no tenía mucho curro, se le pegaba como una lapa, tratando de sonsacarle toda clase de trivia superflua sobre el exmundo.
«¿Cuántos pisos tiene el Panal?», mientras recogía bandejas.
«¿Cuántos años tiene Kara?», mientras limpiaba los baños.
«¿Estaba liado con Jez’bel?», mientras intentaba hacer caja.
«¿Qué simboliza regalar miel de esparceta?», mientras tiraba la comida caducada.
«¿Por qué algunas princesas son hombres?», mientras atendía al último cliente del día.
«¿Se quita alguna vez Kara los guantes?», mientras rehacía la caja porque dicho cliente había pagado con billete grande.
«¿Por qué está mal visto ser sastre?»
—Reyes, por favor —gruñó Gon entonces, con un puñado de céntimos en una mano y la calculadora en la otra—. Si tengo que volver a contar las monedas de veinte porque no te puto callas te juro que te pongo a ti a hacerlo.
Reyes tuvo la desfachatez de reírse, aunque también el detalle de cerrar la boquita.
Así que solo se quedó ahí, en silencio, mirándolo sumar distraídamente con la mejilla apoyada en una mano.
Quedaban quince minutos para el cierre y todo estaba ya preparado para salir pitando.
Al final de la barra, Titi y Recla disputaban una guerra de pulgares; en el almacén, Carol y Nadia cuadraban los horarios de la semana siguiente.
—¿Para qué quieres saber todo eso? —le preguntó Gon en cuanto finiquitó el recuento.
Él se encogió de hombros.
—René tiene muchas dudas que nunca pregunta porque sabe que Kara no se las va a contestar por si es un espía nascente y yo paso de… —Señaló con la barbilla las bolsas de basura acumuladas en una esquina—. ¿Te ayudo con eso?
—Va.
Se pusieron manos a la obra, los villancicos un rumor de fondo del que ni podía escapar ni acallar.
Las manos de Reyes no tenían un solo tatuaje rojo, pero sí lunares blancos de calcio en un par de uñas.
Nunca se quitaba la chaqueta durante la hora que pasaba en el Stardust, así que siempre se quejaba del frío al salir. Gon odiaba saber esas cosas.
—Pues eso —siguió hablando mientras Reyes (cómo no)—, que no pienso quedarme con la espinita otra vida más. Si René quiere saber qué tipo de miel se regala en una boda voy a preguntarte qué tipo de miel se regala en una boda y punto.
Gon resopló.
—Que no es otra vida; es psicosis compartida.
—Ah, ¿ahora es psicosis?
Reyes ni se inmutó cuando alzó la vista hacia él. Seguía sujetándole la bolsa de basura bien abierta para que volcara dentro la porquería restante, y el modo en que le sostuvo la mirada, con una ceja enarcada y los labios apretados, le dio rabia. ¿Por qué? Pues a saber por qué.
—¡Crees de verdad que somos nosotros! —siseó Gon, mitad sorprendido mitad asqueado. Al final, sonó más acusador que otra cosa.
—¡Es que somos nosotros! ¡Tampoco oigo por el oído izquierdo allí!
—¿¡Cómo vas a oír allí si no puedes oír aquí!?
Teatral, Reyes puso los ojos en blanco, aderezando la mueca con un larguísimo suspiro. Gon quiso pegarle y reírse a la vez, pero luego el rostro del chaval se tornó serio. Serio y algo más que no logró identificar.
—¿Has vuelto a probar la miel?
—No —contestó, como si fuera obvio (porque lo era)—. No me gusta.
— Ya sé que no te gusta. —Y otro resoplido—. Pero tú pruébala. Con una gotita basta, esta noche. Y luego me dices si te sabe a sangre.
—A ti ya no te sabe a sangre lo que te preparo.
—No —concedió Reyes, extrañamente manso—. Pero creo que está pasando otra cosa. Creo que no nos vamos a librar tan fácil.