6 Muertos, sangre y flores #4
Gon resopló sonoramente, Titi soltó una risita, Reyes frunció tanto el ceño que casi acabó escondido también tras el collar.
¿Qué, no había tenido suficiente en la comida que ahora iba a perseguirle hasta el Stardust?
¿Qué sería lo siguiente, sentarse juntos en el metro durante quince incómodos minutos y luego subir con él los cuatro pisos para saludar a su novia?
Cuando llegaron al mostrador, Reyes seguía mirándose las playeras.
—Venga —lo animó Titi, dándole un pequeño empujón con el hombro.
Tras el terminal, Gon alzó las cejas. Y Reyes, con pinta de querer estar en cualquier lugar menos allí (mira, en eso coincidían), hizo el titánico esfuerzo de asomar la boca por encima del rompevientos para refunfuñar:
—Perdón.
Titi le dio una palmadita en el hombro, satisfecha, antes de marcharse al final de la barra, donde Carol y Recla la esperaban para ponerse al día. Suspicaz, Gon la siguió con la mirada, pero luego suspiró y se resignó a centrarse en el chaval ahora acodado sobre el mostrador.
—¿Perdón por qué?
—Por perder los papeles —contestó, encogiéndose de hombros—.
Como te he dicho esta tarde, todo esto está siendo…
—torció el gesto— un poco difícil para mí.
No sé cómo será para ti estar dentro de Kara, pero René tiene miedo todo el rato.
A todas horas. De que le pillen los Gemelos y lo despellejen en la plaza, de que el Panal no le crea y decida ejecutarlo, de que Kara caiga por su culpa…
—Gon desvió la mirada—. Saber que una de esas cosas llegó a cumplirse, y que me va a tocar vivirla como me toca aguantar los escarmientos de unos y otros cada noche…
—Ya —dijo Gon, incómodo—. Lo entiendo.
No quería hacerlo, pero lo hizo. Se miró los nudillos, esos que esperaba encontrar pelados cada vez que despertaba tras soñar con la posada de frontera. Nunca se había parado a pensar que Reyes estaba al otro extremo. Que era René quien recibía los golpes y Reyes quien los soñaba.
—Así que eso —carraspeó Reyes, tamborileando con los dedos en la madera—. Lo he pagado contigo. ¿Empezamos de cero otra vez?
«¿Empezar el qué?», quiso preguntar. No había nada que empezar ni nada que continuar.
Ya habían dejado claro que ninguno sabía qué estaba ocurriendo ni tenían suficiente información como para averiguarlo, así que…
Pero Reyes alzó la vista hacia él, una copia perfecta de la Avispa que a veces lo miraba justo así desde la grupa de su caballo a media tarde, y algo en su interior quiso preguntar otra cosa. Aunque no escogió ninguna de las dos:
—Tablas.
—¿Tablas?
Asintió.
—Yo también he perdido los papeles. Tú no tienes la culpa de lo que hizo René, pero me cuesta deshacerme de… de…
No encontraba la palabra.
—¿Sus sentimientos? —probó Reyes, pensativo, apoyando la cara en una mano.
Gon volvió a asentir; Reyes sonrió (muy leve). El reloj marcaba las 22:34 y sus compañeros recogían el local mientras Titi parloteaba a su alrededor. En la esquina, la parejita de siempre aún no se había besado y aprovechaba la tranquilidad del ambiente para mirarse amorosamente a los ojos.
—Es raro, ¿eh? —casi susurró Reyes, como para sí—. Ser y no ser al mismo tiempo. Y frustrante. Me gustaría poder advertirle, ¿a ti no?
Ni siquiera se le había ocurrido. Si pudiese hablar con Kara, ¿le avisaría? ¿Le diría que tuviera cuidado con la Avispa de Nascente? Bufó solo de imaginárselo. Kara lo miraría de arriba abajo con su propio bufido desdeñoso y contestaría que qué cojones se creía que estaba haciendo si no.
Pero había pasado. En algún momento, Kara había bajado la guardia y René había aprovechado para traicionarlo. Por miedo, por obligación, por lo que fuese. Había pasado.
—Creo que Kara me mandaría a la mierda.
Reyes rio por lo bajo.
—Sí, tiene toda la pinta.
Y Gon lo negaría, pero sonrió. Sonrió porque estaba agotado y quería irse a casa pero estaba manteniendo una conversación con Reyes Cisneros ni tirante ni a punto de convertirse en maremoto.
Quizá ese era el truco: hablar después de trabajar, ya sin energía para sacarse los ojos el uno al otro.
Aunque a la hora de comer tampoco había querido hacerlo.
Lo único que lo había enfurecido había sido creer que Reyes le estaba vacilando cuando en realidad había estado a todas luces al borde de un ataque de pánico.
Debía de ser horrible, descubrir al mismo tiempo que su alter ego se volvió malvado seguramente a raíz de alguna tortura y que en cualquier momento le tocaría sufrirla a él.
Y eso sin contar al gilipollas acusándole de traidor mentiroso en mitad de una taberna gallega a saber cuántos milenios después de dicha tortura.
—¿De verdad René quería ayudar al Panal?
Tenía que preguntarlo (tenía que oírlo). Reyes se enderezó con un suspiro.
—Sí. Ojalá pudieras entrar en su cabeza, aunque fuera una sola vez.
Lo tenía todo calculado, desde los quince.
—Su sonrisa se retorció, ladina, ácida—.
Usó los conocimientos de perfumería de su familia para resultar útil y, a partir de ahí, a subir.
Le daba igual qué le mandasen hacer o qué le hicieran a él mientras eso lo acercase un poquito más a decapitar a los Gemelos.
Silencio. Gon frunció el ceño.
—No suena a alguien que se rendiría por una torturilla de nada.
La sonrisa se le congeló en la cara.
—Por eso digo.
—Espero que sea lo último que sueñes.
Y eso era lo más dulce que podía desearle.
Reyes asintió, un agradecimiento silencioso mientras retrocedía el primer paso.
Aunque se movía de forma más tosca que la Avispa, menos elegante, sí guardaba la misma energía de baile, rítmica, como si encajase mejor en un enorme salón a rebosar de arpas y faldas de vuelo que entre las calles asfaltadas de aquel mundo.
—¿Todo bien? —sonrió Titi al regresar, colgándose del brazo de su mejor amigo y socio, quien puso los ojos en blanco.
—Sí, mamá.
Gon sonrió también. No tardaron en marcharse, por eso de que no querían entorpecerles el cierre, y él se lo agradeció por dentro porque prefería volver solo a casa. Prefería pensar.
Prefería pensar en que claro que le gustaría advertir a Kara. Pero quizá no de la traición. Si Reyes había juzgado correctamente a su alter ego, quizá lo que Gon le diría al suyo sería que dejase la desconfianza y comenzase a proteger a René.
Por el Panal, claro. No por René.
Como todos sus viajes de regreso al Panal, aquel comenzó en silencio.
Se levantaban al mismo tiempo que el sol, Kara desvelándose con el primer rayo que le caía en la nariz y René reaccionando a su movimiento como reaccionaría un gato al estallar una granada.
Ya se había ido fijando en que René siempre dormía con el oído izquierdo pegado a la almohada, manía que Kara se había apuntado para analizar más tarde.
¿Alguna lesión antigua, punto débil o simple hábito?
Allá en Nascente la gente solía dormir a ras de suelo, sobre mullidos colchones plegables, y no se le escapaba el modo en que René a veces miraba el espacio entre sus camas, pensativo.
¿Echaría en falta esa costumbre de sus captores?
¿Querría conservarla? Y, si así era, ¿se contenía para encubrirlo o por pura educación?
¿O quizá quería recuperar a la fuerza su identidad nazcarena?
La Avispa, un rompecabezas rojo y blanco.
Durante el cuarto regreso al Panal, fue Kara quien habló primero:
—Llevas guantes opacos.
De reojo, vio cómo René se tensaba, apretando con saña las riendas.
Sus guantes se perdían bajo las anchísimas mangas de su conjunto de viaje, tan negros como tejidos con retazos de madrugada y tan ceñidos que Kara podía apreciar hasta el subir y bajar de sus nudillos, hasta la curva de los huesos de sus muñecas.
—¿Te gustan? —Alargó un brazo al frente para exhibirlo, una sombra recortada sobre los campos de espliego—. Me los regaló la princesa Bal’na en nuestro último encuentro.
—¿Por qué?
René rio, divertido.
—No esperaba tener que explicarte tus propias tradiciones, An’S…
—Por qué los llevas puestos hoy.
Y, esta vez sí, Kara se dignó a mirarlo. La Avispa conservaba la sonrisa burlona, pero tras setenta días de idas y venidas más los cinco de descanso a cada vez en el Panal, Kara ya empezaba a leer entre sus líneas de expresión. Mueca tirante, dientes apretados, una gota de sudor rodando sien abajo.
—¿Llevas tres meses ofendido porque se me vieran las manos y ahora las echas de menos?
Ahí estaba, el aguijón. El ataque como defensa. Ignorando el bochorno por la acusación implícita, Kara frunció el ceño y:
—¿Qué estás ocultando?
—¿Cómo?
—Quítatelos.
No le dio oportunidad para replicar antes de cortarle el paso de un brusco tirón de riendas. Jinete y montura resoplaron a un tiempo, hastiados, pero él ni se inmutó.
—Enséñamelas —ordenó—. Quiero ver qué escondes.
Al parecer, tres meses eran más que suficientes, pues podría haber descrito al detalle cómo René se preparaba para interpretar su mejor versión de señora escandalizada; de modo que, de nuevo, Kara se adelantó:
—Ahórrate el cuento. Ambos sabemos que mostrarlas no significa nada para ti, así que vamos.
Aquella mueca tirante era nueva. Tardó en darse cuenta de que, por primera vez, había conseguido acorralarlo. La victoria le habría sabido más dulce si bajo sus guantes hubiera hallado otra cosa.
Muy despacio, la Avispa obedeció, descubriendo milímetro a milímetro la algarabía de tatuajes rojos que decoraba por entero sus brazos.
De normal, el tejido traslúcido de sus guantes emborronaba los trazos de tinta, pero ahora, expuestos al sol, Kara pudo apreciar la nitidez de cada línea, todas ellas girando y girando en círculos irregulares pero concéntricos como curvas de nivel en un mapa desconocido.
Aunque no era eso lo que René le enseñó, tan cerca de la palma que Kara solo sintió alivio cuando paró de tirar del guante.
Luego ya se le encogió el estómago.