Con la miel en los labios 6 Muertos, sangre y flores #3
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6 Muertos, sangre y flores #3

Gon alzó las manos en son de paz. Vale, sí.

Se había pasado de rosca ahí. Pero es que Reyes tenía la capacidad innata de pinzarle justo el nervio que le sacaba las garras.

Y él no era así, nunca había sido así. Kara quizá, con su entrenamiento de soldado y su misión de proteger a Jez’bel a toda costa.

Quizá era eso. Quizá la parte de sí que reaccionaba a Reyes no estaba reaccionando a Reyes, sino a René.

Decidió cambiar de tema:

—¿Alguna idea de por qué nos está pasando esto, sea lo que sea?

Reyes no contestó, no inmediatamente. Lo que hizo fue marear un pedazo de pollo rojo de un lado a otro con el tenedor para, suponía, darse tiempo. Al final, se encogió de hombros.

—No lo sé. Tampoco creo que tengamos datos suficientes como para sacar ninguna conclusión.

«Ya», quiso decir. En vez de eso, asintió.

—Al menos ya puedo pedir café sin miedo —continuó Reyes, sonriente de nuevo—. Cada día era la ruleta rusa. ¿Sabrá bien? ¿Sabrá a mapache en descomposición? ¿Me estoy muriendo?

Gon rio por lo bajo. No mucho, claro. Lo mínimo para destensar el ambiente, no fuera a creerse el tío que sus bromas le hacían gracia.

—¿Tú qué has visto hasta ahora? —se animó a preguntarle mientras pinchaba una alita. Ojalá tuviese hambre.

Una vez más, la repuesta tardó en llegar.

De hecho, tardó tanto que Gon dejó de lamentarse por su inexistente apetito y lo miró.

Parecía incómodo. Quiso decirle que no hacía falta que contestase, por muy tonto que le pareciera evitar el único tema que habían quedado en tratar, pero entonces Reyes dejó de mordisquearse el carrillo por dentro y:

—Si te digo la verdad, solo distingo entre recuerdos y pesadillas porque son más vívidos. Y porque tienen sentido.

Silencio. Al principio, le sonó a exageración.

Más teatro para Reyes Cisneros. Después recordó la sensación metálica, terrorífica, de rajarse la garganta con su propia daga en un campo de batalla atestado de cadáveres, y el empavorecido despertar que la siguió.

Había sentido el dolor del brazo cercenado, la borrosidad de la pérdida de sangre, la profunda angustia de saberse traicionado y enterrado.

Y, sin embargo, era el único sueño al que podría categorizar de pesadilla. ¿El resto? No tanto.

—¿Tan malos son?

Reyes asintió, aún con la nariz arrugada.

—Nascente echó miel en la pira de su hermana. En todas las piras, como insulto. René la huele a veces, cuando mencionan la toma de Nazcar. No solo me como su presente, también su pasado.

Esta vez, el silencio fue pesado, asfixiante.

De pronto, el personaje altisonante y rococó que era Reyes frente a la cámara (frente al mundo) había sido reducido a labios fruncidos y tenedor clavado con saña en un pobre muslo de pollo.

Sin poder evitarlo, Gon se sintió culpable.

Sus sueños no eran tan horribles. Hasta que René ax Nazcar había irrumpido en su vida, Kara la había vivido tranquilo y rutinario, solo preocupado por la coronación de su princesa.

Incluso Nascente suponía una amenaza lejana, una guerra que tardaría generaciones en estallar.

No había esperado luchar (y morir) en ella.

La Avispa, en cambio…

—¿Qué ves tú?

Gon se encogió de hombros. Ahora le daba hasta vergüenza contestar.

—Escenas muy breves. El Panal, Jez’bel, una batalla, la posada de frontera…, pero sobre todo te veo a ti. Bueno, a René.

Al instante, el rostro de Reyes se suavizó. Gon se dio cuenta de que intentó contener hasta el final una sonrisa diminuta, casi trémula. Luego le dio un traguito a su Fanta y dijo:

—Sí, yo también veo mucho a Kara. El tío siempre mira a René como si fuera a apuñalarlo por la espalda.

—Hombre, es que creía que iba a apuñalarlo por la espalda.

Ahí a Reyes la risa le salió por la nariz, burlona y vivaracha. Si a Gon le importase un mínimo su bienestar, le alegraría volver a verlo animado. No acababa de sentirse cómodo frente a ese rostro hueco, anclado en escenas mucho más sangrientas que las suyas.

—¿Y cuándo iba a hacerlo? —Reyes puso los ojos en blanco—. ¿Antes o después de pedirle que le partiese la boca?

—¿También vas a culpar a Kara de las ideas bombero del otro?

—En tiempos desesperados, medidas desesperadas.

—Pues por eso mismo.

Reyes hizo un ruidito que podría significar cualquier cosa mientras se colocaba un mechón rebelde tras la oreja.

En sus sueños era infinito y lustroso, leonino en color y espesor, mucho más claro e intenso.

Si existía algún recuerdo en el que Kara llegaba siquiera a rozarlo con los dedos, aún no lo había vivido.

Mejor.

—¿Sabes cómo acaba? —preguntó entonces Reyes, repentinamente cuidadoso. No parecía querer oírlo. Normal.

—Pues con la puñalada por la espalda, como se veía venir.

—¿Puñalada? ¿Qué puñalada?

—Venga, Reyes —bufó, seco—, no me jodas. Cuál va a ser.

El modo en que frunció el ceño, mitad confuso mitad ofendido, le dio ganas de morder.

¿Qué intentaba, hacerse el tonto? Pues no iba a funcionarle, porque quizá Gon era incapaz de conseguir que Kara pensase o recordase lo necesario para comprender del todo cada sueño, pero tampoco podía mentirse a sí mismo, ni guardarse verdades a medias.

—La Avispa traicionó al Panal —espetó Gonzalo—. Kara estaba pensando en eso antes de morir.

—¿¡Kara está muerto!?

¿Qué cojones? Cuanto más empalidecía Reyes, más se enfurecía él.

—Claro que lo está. —Le costó no rugir—. ¿Qué creías, que estaba pasando todo ahora?

Reyes desvió la vista. Al menos la incomodidad parecía haber vuelto. Bien.

—No —admitió. Bien también—. Porque la línea temporal…

—¿Entonces? —le cortó él, tratando de relajarse. Enfadarse por una vida ajena (por una vida que ni siquiera existía) era ridículo. Toda esa conversación era ridícula. No le molestaba que René hubiese traicionado a Kara; le molestaba que Reyes intentara colársela cuando Gon ya lo había visto.

—No sé, no… ¿Cómo murió?

—En una batalla contra Nascente. Se suicidó para que los Gemelos no lo atraparan.

—¿Y dónde estaba yo? —Con un violento chasquido de lengua, se corrigió—: René. Dónde estaba René.

El tacto del terciopelo negro contra sus labios. El hedor de la sangre, la pena, la muerte, el atardecer del mismo color que su pelo.

—Muerto. —Reyes abrió la boca para protestar, pero Gon siguió hablando, con esa rabia que no le pertenecía despellejándole hasta los huesos—: Y no me preguntes cómo, porque todavía no lo sé, pero más vale que fuera a mis manos.

Más vale que te pillase con tiempo porque confié en ti y me traicionaste y los traidores no se merecen una muerte rápida. Te mereces todo lo que te pase.

Él no dijo nada. Solo se miró las manos, muy rígido. Hubo un retazo de urgencia en cómo se movió, como si estuviese al borde de las lágrimas, y eso lo devolvió bruscamente a la realidad. A la taberna de la calle de las Veneras, a Reyes y no a René, a él mismo y no a Kara. Ah, mierda.

—Joder. Mira, perdona, ¿vale? Es que me cuesta creer que no supieses que René estaba mintiendo. No hay muchos más personajes en esta historia.

Muy, muy lentamente, Reyes negó con la cabeza.

—René no mentía —dijo, aunque sonaba débil—.

Quería cargarse Nascente de verdad. —Y luego gruñó, todavía lívido—.

Genial. No tenía bastante con las marcas que ahora me voy a tener que tragar también lo que fuese que le hicieran para que os traicionara.

¡Aparte de su muerte, por supuesto! Perdón, ¿puede traernos la cuenta?

¡Gracias! Y ponernos esto para llevar, por favor.

El cambio de registro lo descolocó. Había ocurrido como una bofetada, en un instante Reyes horrorizado y al siguiente sonriente. Dos caras de una misma moneda y ninguna de ellas era René.

—No, déjalo, yo invito —escupió Reyes al verlo sacar la cartera—. Qué mínimo, después de condenar a todo un reino a la hoguera, ¿no?

Gon frunció el ceño.

—Pero tú no eres René.

—Pues bien que me has hablado como si lo fuese.

La oleada de vergüenza fue tan intensa que le duró todo el tiempo que tardó Reyes en pagar, risueño y reluciente, disculparse con el dueño por no haber probado bocado y ponerse en pie, todo con la falsedad de una moneda de tres euros.

Por supuesto, él se mantuvo calladito, y solo se atrevió a moverse cuando el dueño le tendió su propia bolsa para llevar, arrastrado por el dolido huracán que era Reyes Cisneros.

Antes de darse cuenta ya estaban de vuelta en Santo Domingo y aún le quedaban diez minutos para fichar.

—Bueno, pues ha estado bien —dijo Reyes, aunque no, no había estado bien—. Gracias por tu tiempo, siento lo de la puñalada trapera y espero que todo esto acabe pronto. Chao.

Y lo dejó ahí tirado, sin esperar siquiera respuesta, de pie frente al Mercado de Navidad y con la horrible sensación de que era él quien había traicionado a su reino. Lo observó mientras se alejaba, fácil de distinguir entre el gentío gracias al amarillo inconfundible de su rompevientos.

Ojalá no se sintiese tan mal.

Ojalá ahora los sueños le dejaran en paz.

Eran las 22:22 cuando Reyes y Titi atravesaron las puertas del Stardust, uno con la barbilla hundida hasta el fondo del cuello de su cazadora y la otra con los ojos en blanco.

«Tres euros a que Gon ha vuelto a cagarla», susurró Carol a su espalda. «¿Tres? ¡Vaya miseria! Diez a que ha sido Reyes», respondió Recla.

—¡Yo nunca le he hecho nada! —siseó Gon entre dientes, volviendo el rostro lo mínimo para hacerles saber que les hablaba a ellos.

—Buenas noches —canturreó Titi, con la voz divertida pero cansada de una madre recogiendo del jardín de infancia al terremoto de su hijo. Espera. Era eso, ¿verdad? Stardust era el jardín de infancia y Reyes y él eran…—. ¿Andáis muy ocupados?

—Qué va —contestó Carol en el mismo tono—. ¿Venís a por el café o a por el barista?